Málakor 4 CAPÍTULO 78
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CAPÍTULO 78

De lograr grandes cosas

En uno de los pasillos adyacentes al salón, Anamkha tocó la pieza de una armadura decorativa, lo que abrió, ante nosotros, una puerta secreta.

Por los corredores ocultos, me llevó a sus aposentos.

No había rastro de la doncella en ellos.

No supe si verlo como algo bueno, porque podíamos hablar a solas y con tranquilidad, o como algo malo, dado lo que todos pensaban de nosotros.

Si me cazaban a solas con Anamkha en sus aposentos… íbamos a tener problemas.

Algunas velas dispersas iluminaban el ambiente, y la ventana estaba entreabierta, lo que llenaba la estancia de la brisa nocturna. Ya no hacía tanto calor, se acercaban los primeros días de otoño. Cosa que agradecía.

Cerró la puerta secreta tras de sí, se giró para mirarme y cruzó los brazos.

—Tu don se ha manifestado cuando Azskar ha aparecido, ¿no? Por eso me has llamado a través del medallón, porque él estaba allí.

Asentí, pesadamente, y le puse al corriente de lo sucedido. Me escuchó atentamente, sin interrumpirme ni una sola vez.

—Yo jamás haría eso. Lo de cogerte al vuelo mientras voy a caballo. No sabes montar, ni habrás hecho eso nunca. Además, pesas más que yo, sería muy peligroso obrar así. Epona podría asustarse, hacer un mal movimiento y acabarías herido, con el hombro dislocado. Así que no, esa no era yo.

—No lo pensé. Te vi y… —me encogí de hombros— yo qué sé. No sé nada de jinetes ni de caballos.

—Es lo próximo que haremos. Enseñarte un poco sobre ellos.

Asentí con decisión.

—¿Dónde está Epona?

—A salvo. La puse a resguardo en las caballerizas de la entrada este en cuanto pisé Sigmarina, antes de lo del agua.

—Me alegro muchísimo. Esa yegua me cae bien. Dime, ¿qué opinas de… lo del agua?

—Que dentro de lo malo podemos darnos con un canto en los dientes, Málakor, pero el asunto de tu don es horriblemente serio. Se ha manifestado y no tienes control sobre él. Podría volver a suceder en cualquier momento; llegar a matarte incluso.

—Podría haber matado a mucha gente —dije desesperado—. Allá donde voy, Anamkha, muere gente. No sé si habría podido soportar que volviera a pasar.

Me miró con gesto comprensivo.

—Ha sido un accidente.

—Lo sé —me froté la frente con ambas manos—, pero por todos los dioses que si hubiera habido muertos, yo…

—Vamos… —Anamkha me cogió de las muñecas y me obligó a bajar las manos—.

No ha pasado. Es lo único que importa. Mi hermano tendrá que invertir en restaurar los desperfectos.

La gente tendrá que tomarse unas vacaciones de sus negocios un tiempo; la corona se encargará de ellos.

Tras la guerra se creó un fondo de contingencia para situaciones así.

Los nobles aportan cuanto pueden a él, también los gremios y los particulares.

Esa gente no se quedará desamparada, no te preocupes.

—Esto me alivia un poco más. —Esbocé una sonrisa a duras penas—. Si estuviéramos en Luara, pondría toda mi fortuna al servicio de Sigmarina.

—Ah, ¿tienes una fortuna? Habérmelo dicho antes, me habría casado contigo ya —dijo con gesto divertido, para hacerme reír.

—Tendrías que compartirla con el bardo. Él se lleva casi todos mis ingresos para hacer sus libros.

—No me importa, siempre que sea por el bien de la cultura.

—Gracias, Anamkha. Has hecho que me sienta un poco mejor.

—Lo que sea por la mitad de mi destino.

Tomé su mano y la apreté.

—Cuando has tocado el medallón, todo ha cesado.

—¿Recuerdas aquella vez que tocamos el medallón del otro y nos envolvió esa energía?

—Cuando asentí, dijo—: Hoy…, perdón, ayer, Ivarix me dijo que la energía del otro se canaliza a través de ellos, que podía unirse a ella, transformarla o frenarla.

Está estudiándolo, y yo quería esperar hasta estar segura.

Fui a buscarte para hablarte de ello, pero mientras estabas hablando con Zofi, recibí una carta de manos de uno de los guardias.

Por eso estaba conversando con ellos. Pregunté a mis amigos en el Reino Élfico cuando hablamos de esto la primera vez, y esa carta tenía su respuesta.

Él conoce viejas historias de reliquias de la Pasada Era y…

Le hice un gesto para que frenase. Me miró atenta.

—Perdona, ¿la Pasada Era?

—Así es como se llama en los libros de Historia al periodo de tiempo posterior al fin de la Guerra de las Huestes.

—Hizo una pausa en la que esperó quizá que le hiciera alguna pregunta más, pero callé, porque, aclarada esa duda, necesitaba que me hablase de los medallones, más que de cualquier otra cosa—.

Lo que mi amigo me ha dicho, Málakor, es que nuestros colgantes, al igual que nosotros somos la mitad del destino del otro, son el uno la mitad del otro también.

Tu medallón no es solo una piedra de azani. Es mucho más.

Pestañeé sorprendido, pensando en que Medora sospechaba eso. No estaba lejos de la realidad.

Ella dio un paso hacia mí y sacó el suyo de debajo de las ropas.

—Se conocen como El Manantial de los Bosques.

—Eso significa el nombre que me pusieron los dioses. Mi padre me lo dijo.

—Élean —musitó ella, como quien habla de un bello recuerdo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo he dicho?

No contestó, solo me miró a los ojos hasta que cerró los suyos y soltó un suspiro.

—Hablemos de los medallones —dijo después.

—Está bien… —rezongué.

—Eran uno solo, hace mucho tiempo. La diosa Yssal, con ayuda de Méistar, lo imbuyó con la energía de su Luz, de su poder de creación, para salvar al mundo de la destrucción de Nadiackus.

Igual que hizo con la Espada Esmeralda. Por eso, cuando están juntos, pueden lograr grandes cosas.

Solo que tú y yo aún no sabemos bien cómo.

Lo de hoy ha sido un intento, lo he hecho con la vana esperanza de que funcionase, y ha funcionado. Gracias a los dioses.

—Tenemos que saber más sobre esto entonces —le dije entusiasmado.

—Quien sabría de ello, firmemente, sería la persona que… —apretó el colgante entre los dedos y negó con la cabeza—, da igual, él… no puede decirnos nada, tampoco Andric.

—Un Méistar, entonces, eso es lo que necesitamos para saber más.

—Sí, podría hacer una investigación precisa de las energías de ambos colgantes, pero sabes que no… —chasqueó la lengua—, no queda ninguno aquí.

Fue en ese preciso instante, en ese único y preciso instante, cuando no pude callar más.

—Pero sí en Ítaro. La hija de Andric. Medora Drummond.