Málakor 4 CAPÍTULO 77
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CAPÍTULO 77

De noticias y ríos desbordados

Pregunté a voces por él, en el barrio, colándome entre los vecinos que, conmocionados, trataban de hallar las fuerzas para seguir adelante.

La mayoría me miraban con gesto confuso, negaban con la cabeza y seguían tratando de poner orden al caos, con las ropas llenas de barro.

Sin embargo, dos de ellos me contestaron en sigmari, apresurados.

Distinguí dos palabras: «ir» y «templo», suficientes para entender qué querían decirme.

Corrí hacia allí, tanto como me daban las piernas y como los montones de ramas y escombros que el agua había arrastrado me lo permitían.

Ardacia estaba más despierta que nunca, y aunque solo se había visto afectada una pequeña zona, vecinos de todas partes de la ciudad acudían a ayudar a los suyos.

En el camino hacia el templo, me pregunté dónde habría acabado Azskar.

Probablemente se había esfumado, como tantas otras veces.

No obstante, sentía un aguijón en la nuca por el temor a que pudiera seguir allí, camuflado entre tanta gente, a que volviera para continuar con lo que había empezado.

Tuve que tranquilizarme, aunque fuese con la mentira de pensar que eso no pasaría; que necesitaría tiempo para recuperarse e idear un nuevo plan.

La catedral era un hervidero de gente, de heridos que buscaban atención, de familiares que los acompañaban, de sanadores y vecinos. Los acomodaban en los bancos y en los deambulatorios laterales; les daban agua, mantas, comida… y, sobre todo, consuelo.

Busqué desesperado a Cerennis. Tanto que me dolió la garganta de gritar su nombre y el pecho de pensar en que podría estar muerto.

La misma noche en la que había nacido su hijo.

Por mi culpa. Por mi maldita culpa. Por no saber controlar eso que latía en mis venas.

Mi madre había anegado una ciudad por su rabia; yo, por mi desconocimiento.

Tal vez ella sintió idéntica culpa, a pesar de todo.

Me tragaba las lágrimas de impotencia cuando mis ojos dieron con una imagen que las tornó en felicidad.

Al menos una felicidad momentánea. Verlo allí no significaba verlo con vida, me dijo una amarga voz en mi cabeza.

Dos hombres cargaban a Cerennis, sujetándolo de los brazos y las piernas.

Su cuerpo se combaba hacia abajo igual que se comban los cuerpos sin vida.

Corrí hacia ellos, y llegué al tiempo en que lo dejaban sobre un improvisado camastro.

—¿Está muerto?

Me miraron sin entender. Me arrodillé junto a él y busqué los signos vitales. Cuando sentí el pulso, aunque leve, en su muñeca, lloré de la misma manera que cuando había visto nacer a su hijo. Porque, para mí, Cerennis había vuelto a nacer también.

—Tiene que verlo un médico. Está vivo.

—Sí —dijo uno de los hombres, extrañado—. Golpe en… —Se señaló la cabeza—. Nada.

—Se pondrá bien, muchacho —dijo un joven, que se nos acercó, con pinta de médico.

—Está vivo —repetí, y abracé al librero—. Vivo, Cerennis, y has tenido un hijo precioso. Cuando lo veas, llorarás de alegría.

No contestó, pero en su rostro vi una calma que me dio fuerzas.

—Vamos, vamos —me dijo el galeno, de buena gana—, tengo trabajo que hacer con él. Busca algo útil que hacer. Eres joven y fuerte.

Asentí y me puse en pie al momento. Me sequé las lágrimas con la manga y, mientras él se hacía cargo del librero, miré a mi alrededor. Apenas cabía un alfiler allí, y todos se afanaban a poner de su parte para ayudar a los afectados, que no dejaban de llegar.

—¡Ayuda! —gritaban por todas partes—. ¡Ayuda aquí! —Y luego en sigmari—. Necesitamos agua, ropa limpia.

No podía quedarme allí parado. Sin embargo, antes, tenía que ir a transmitirle las buenas noticias a Anamkha.

Sin perder más tiempo, corrí a casa de Ursa más rápido que una flecha.

Silbé, desde abajo, y llamé a mi amiga. Cuando ella se asomó al balcón, con el rostro angustiado a causa del miedo de una mala noticia, pude borrarle esa expresión de golpe.

—Está vivo. Solo se ha dado un golpe en la cabeza, pero estará bien.

Ella desapareció del balcón, al momento, y pronto la vi aparecer por la puerta. Corrió hacia mí y se lanzó a abrazarme, presa de la alegría.

—Maes Ir…, no podemos… —le recordé.

—Me da igual. —Me estrechó con más fuerza—. He sentido un miedo horrible al pensar que Cerennis podría estar muerto, solo quiero celebrar este momento de felicidad.

—Yo también. —La estreché asimismo—. Iré con él, ¿tú estarás bien aquí? —Cuando asintió, dije—: Eso que has hecho ha sido increíble, ¿cómo lo sabías?

—Creo que esa pregunta se responde sola.

La imaginé dando a luz así, con tal sufrimiento, y me recorrió un escalofrío. Sin embargo, Altaxio estaba vivo y ella también, eso era lo que importaba.

—Está bien. —Puse la mano en su nuca y la besé en la frente—. Nos vemos luego.

Salí de allí igual de rápido que había llegado. Temía el momento en que tuviera que darle explicaciones y decirle que había sido yo quien había provocado la riada. Los malos recuerdos del día en el que le dije a Leyla lo del incendio me hicieron temblar.

Ya en el templo, tras otra carrera, me froté la nuca, helada por el sudor y la humedad, y espiré con todas mis fuerzas.

No dejaba de pensar en que, de un momento a otro, alguien me diría: «Han muerto veinte personas.

Treinta. Cincuenta. Y ha sido por tu culpa».

Tenía que concentrarme en ayudar, sin pensar en nada más.

Asumir las consecuencias, pues nada podía hacer para cambiarlo, al igual que en Knegara.

Distinguí el cabello rojo de Altaxio entre la multitud y corrí hacia él.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó nada más verme, tomándome de los brazos.

—Está bien. La he dejado en casa de Ursa.

—Gracias a los dioses —suspiró aliviado—. Estaba muy preocupado por ella.

—Dame algo que hacer Altaxio, lo que sea.

El chico miró alrededor y me señaló unos cubos vacíos.

—Llénalos de agua, el pozo está en la parte trasera, y déjalos ahí mismo —señaló una esquina— cuando los llenes.

Me dispuse a hacerlo al momento. En el ir y venir con los cubos, mientras los llenaba en el pozo, escuché a dos hombres hablar en mi lengua, así que puse el oído y los ojos de vez en cuando, con disimulo.

—Hemos tenido mucha suerte —comentó uno de ellos, al que un sanador le vendaba la muñeca—. Suerte de estar encerrados, en los dormitorios de las plantas altas a causa de los acechadores.

—Y suerte que han sido pocas las calles afectadas, claro… —anotó el sanador, asintiendo—. De haber sucedido en un momento en el que el ritmo de la ciudad fuera el habitual, las pérdidas habrían sido desoladoras.

Quizá aún había esperanza, pensé. Esperanza de no cargar con la culpa de haber matado inocentes. Solo de dejar atrás caos y daños materiales.

—El agua perdió fuerza pronto, he oído. Qué cosa más rara, ¿no? Fue como si abrieran una presa y, de golpe, llegase todo. Luego… —el hombre hizo un gesto seco con la mano— se acabó.

—Ha sido el río —dijo su interlocutor—. Los ingenieros dicen que ha crecido de golpe y la bóveda no ha podido contenerlo.

Aquel río que había visto encerrado bajo la ciudad tenía tanto que ver con aquello como yo. ¿Había sido mi poder? ¿O una casualidad?

—¿Habrá bajado porque el agua se habrá ido por las alcantarillas? —comentó el sanador—. No lo sé… En cualquier caso, menos mal que perdió fuerza, sí. Por fortuna.

¿Por fortuna? No, pensé, había sido cosa de la luz esmeralda.

Tenía muchas cosas que hablar con Anamkha, y esa era una de ellas.

Dejé a aquellos hombres a lo suyo: tenía que seguir cumpliendo con mi trabajo.

Cargué con cubos de agua hasta que me dolieron los brazos.

Al cabo del atardecer, exhausto y hambriento, me resistía a dejar de ayudar.

Altaxio me mandó a limpiar a los heridos.

Un higienista, los dioses sabrán que es eso, había llegado diciendo que el barro debía limpiarse cuanto antes de los cuerpos y las ropas, con especial urgencia de los calzados, porque podría acarrear problemas de salud mayores.

Después de su charla, entendí el porqué del nombre de su profesión.

No les habría venido nada mal uno de esos en Ledaria.

Un rato después apareció Azkena, escoltado por Khabyr y otros guardias.

Sus botas y pantalones estaban llenos de barro, su peinado estaba deshecho.

Debía de haberse metido en las calles más embarradas y, a pesar de las advertencias, no había perdido tiempo en lavarse.

Su prioridad no era él mismo, sino Sigmarina.

Pronto lo reclamaron los sanadores. Se fue a hablar con ellos y a visitar a los heridos.

Los tomaba de la mano, les daba palabras de aliento.

Hacía de rey, pero de un rey que me gustó ver.

No como el pulecoronas de Palas. Él era otro cantar.

Me pareció la señal de que merecía estar donde estaba.

Eso, en mi opinión, era más de lo que podían decir muchos reyes.

Me mataría cuando me supiera culpable de aquel desastre, igual que Khabyr.

Casi temblaba al pensar en decírselo; sin embargo, tenía que afrontarlo y cuanto antes, mejor.

Sin embargo, solo pude charlar un momento con ellos para hablarles de Anamkha, sobre quien me preguntaron apurados.

Les conté lo mismo que a Altaxio, suspiraron con igual alivio.

No fue hasta casi la medianoche, ya en el palacio y después de un baño, cuando creí que se daría la oportunidad de hablar con él.

En el Salón del Trono, lo encontré atendiendo a los guardias, a los consejeros o a quien se preciase que pudiera darle noticias sobre lo sucedido.

No parecía tener la intención de dormir, aunque le rezumaba la falta de descanso por los poros.

Recorté la distancia que nos separaba, con paso firme a pesar de que volvían a temblarme las piernas.

A ambos lados había grupos de gente reunidos.

Sanadores, soldados, nobles… Estaban a lo suyo y apenas me prestaron atención.

Aguardé a unos pasos del rey a que terminase de hablar con dos hombres que llevaban unos papeles bajo el brazo.

Estaban reunidos a los pies del trono, junto a la escalinata.

Tras unos minutos de conversación y reverencia, se fueron.

—Deberías estar descansando —dijo Azkena cuando me aproximé.

—Tú también.

—Descansaré cuando todo esté en orden. La ciudad me necesita y yo a ellos. Están trabajando a toda prisa para arreglar este desastre —suspiró—, no puedo sentirme más orgulloso de ellos. Y no hay muertos, eso es lo único que importa, lo demás se arregla.

Oír decir al rey esas palabras fue como si, con sus propias manos, quitase de mi espalda una piedra de mil kilos. Esa vez no cargaría en mi conciencia con la muerte de nadie.

—Sí, lo demás se arregla.

Me apretó el hombro una vez más.

—Vete a dormir, Málakor, mañana seguiremos necesitando brazos fuertes.

—No puedo irme sin decirte una cosa.

Él escudriñó mi mirada, pero luego la vista se le fue hacia el fondo de la sala.

Allí vi a Anamkha. Se había cambiado las ropas y aseado también, porque incluso en la distancia me llegó olor a limpio.

Él salió corriendo hacia ella a toda prisa, bajo la mirada de sorpresa de los presentes.

La pelirroja hizo lo mismo. Los bajos de su vestido verde de tirantes, de una tela liviana, volaron en la carrera.

Los hermanos se fundieron, a medio camino, en un intenso abrazo.

La gente sonrió, antes de seguir a lo suyo.

Me aproximé, despacio, y me quedé cerca.

—Hermana. —Él la besó en las mejillas, en la frente, en las manos; un beso detrás de otro—. Hermana mía, aquí estás… He sufrido tanto por ti. Aunque Málakor me dijo hace unas horas que estabas bien y pude al menos respirar tranquilo.

Ella rio feliz y volvió a abrazarlo.

—Sí, estaba con él.

—Ya… —Me miró de reojo.

Tal vez cayó entonces en la cuenta de que me había escabullido de palacio esa noche. Abrió la boca para decirme algo. Por suerte para mí, su hermana reclamó su atención.

—¿Sabes ya que ha pasado?

—El río encofrado ha crecido de un modo inesperado; no ha llovido como para que eso suceda, así que los ingenieros, hasta que puedan estudiarlo más, lo han calificado como algo inexplicable.

Asombroso también. Sea lo que sea que lo ha provocado, y a pesar de todo y con la gran fortuna que es no tener que lamentar la pérdida de vidas, esto que ha pasado, hermana, salvará muchas otras.

—¿Salvar vidas? —Me acerqué a toda prisa.

Azkena giró el torso y la cabeza para mirarme y responder:

—Sí, han detectado pozos de los que no se tenía constancia y que podrán surtirnos de ella si fuera necesario. Estamos al límite de las reservas de agua.

—No lo dices en serio —murmuré atónito.

—¿Por qué iba a mentir en algo así? —dijo ceñudo—. Ha sido un milagro. A pesar de todo.

Me rasqué el cogote, mirando al suelo. No sabía qué sentir exactamente.

Si alivio porque la destrucción que había provocado tuviera un resultado al menos positivo, o continuar bajo la carga de haber mandado al traste las casas y negocios de familias enteras y, con ellas, su modo de vida.

Sea como fuere, tenía que decirle la verdad al rey.

Miré a la pelirroja; ella me observaba con un gesto un tanto misterioso.

Cogí aire, valor a la par, y llevé la mirada a su hermano.

—Azkena, yo…

Anamkha me cogió del brazo y dio un tirón que cortó mis palabras.

—Comamos algo, Málakor, mi hermano tiene que atender a mucha gente. ¡Nos vemos mañana en el desayuno!

—Está bien —dijo él, con voz confusa.

La pelirroja me sacó de allí casi a trompicones.

—No digas nada —murmuró mientras nos alejábamos—.

Absolutamente nada. Tu cara empieza a ser un libro abierto para mí, y la que has puesto cuando has sabido que había una parte buena en todo esto, no ha sido solo de sorpresa, había algo más.

—Miró a un lado y otro: los guardias y criados se apostaban por todas partes—.

No digas una palabra más. Lo hablaremos en otro lugar.