CAPÍTULO 76
Del cordón de la vida
Las gotas de sudor de la frente de la pelirroja caían sobre la barriga de Ursa, mezclándose con la línea de vello oscuro que le iba desde el abultado ombligo hasta perderse más abajo.
Puso las manos sobre el vientre y fue moviéndolas mientras presionaba con firme delicadeza.
Cuando vi que la forma de la barriga cambiaba, que estaba dándole la vuelta al crío, me quedé patitieso.
Fue la cosa más rara que había visto nunca y la más digna de ver a la par.
La mujer se quejó, pero no gritó. Anamkha soltó un suspiro de alivio antes de decir:
—Creo que lo he conseguido. Ahora sí…, prepárate, Ursa.
Ella me apretó las manos. Anamkha le secó el sudor de la frente y le limpió la barriga también.
A la florista le sobrevino otro intenso dolor.
Apretando los dientes, y mis manos a la par, empujó con todas sus fuerzas.
No supe cuánto tiempo pasó entre alarido y alarido de Ursa; entre intento e intento de alumbrar, pero jamás olvidaré la fuerza que demostró tener esa mujer, ni la paciencia y el tesón de Anamkha; ni tampoco mi propia resistencia ante los apretones de la parturienta o la incómoda postura al sostenerla durante tanto tiempo.
—Muy bien —le decía mi amiga una y otra vez, con las manos entre sus piernas, allá donde no llegaba mi vista—, lo estás haciendo muy bien.
Sin embargo, empezó a perder de nuevo las fuerzas. El aire se llenó de olor a sudor, sangre y orín.
—No puedo más —resolló.
—Tu marido me ha hablado de tus asados —dije, en el intento de distraerla del dolor y el cansancio—. Así que vamos, empuja, no puedes dejarme sin probarlo. Tampoco a tu hijo, en cuanto tenga dientes no querrá comer otra cosa.
Ursa levantó la mirada hacia mí y me sonrió.
—Eso es verdad —dijo entre fatigosas respiraciones—. Comeremos asado, y a la Maes Ir le haremos unas verduras con mi salsa especial.
Miré a la pelirroja, ella también sonreía.
—Claro que sí —dijo.
Ninguno pensó en que la cocina estaba llena de barro, en que Sigmarina estaría de luto, probablemente, por incontables pérdidas.
Tampoco en que, tal vez, Cerennis se habría ahogado por la riada o le habrían hecho daño esos acechadores.
Solo pensamos en la vida que estaba por llegar y en poner todo nuestro empeño en ello.
Tras otra ristra de dolor, gritos y empujones, los ojos de Anamkha se abrieron con una expresión de asombro y felicidad. Vi emerger en sus manos, de entre las piernas de la mujer, aquella vida. Ursa rompió a llorar de alegría.
—Mi hijo… —musitó, algo laxa en mis brazos.
La pelirroja sujetaba un bebé, pequeño y frágil, unido a su madre por el cordón umbilical. El crío soltó un plañido que retumbó en las paredes. Un llanto de vida que me dejó más asombrado aún y me llenó el pecho de una sensación cálida, de una profunda emoción.
—Ursa, es un niño —anunció Anamkha—. Un niño precioso, ya lo ves.
La mujer estiró las manos hacia él, temblorosas, y ella le puso al bebé en el pecho.
—Hola, mi amor —dijo su madre, con voz dulce, mientras le tocaba las mejillas.
—Hay que cortar el cordón de la vida. —Anamkha tomó su daga, la puso al fuego de la chimenea y cortó aquella cosa gris. Le hizo un pequeño nudo y dijo—: Es el niño más hermoso que he visto nunca.
Lo observé con curiosidad. Estaba arrugado, sucio, lleno de sangre y de una sustancia blanquecina.
Con un poco de pelo en la cabeza, los ojos cerrados y los labios apretados.
Sin embargo, sí, era precioso. Lo era. Lo más bello que hubiera contemplado jamás.
No podía dejar de mirarlo. De preguntarme sobre el misterio de aquella cosa.
De la vida. Pensando en que un día fui algo así tan pequeño y frágil.
Que mi madre me sostuvo así en sus brazos.
Noté la humedad de las lágrimas de emoción en mis mejillas y me puse a reír.
Miré a la pelirroja, emocionada también, al igual que Ursa.
Acabamos los tres riendo de felicidad entre lágrimas.
—Gracias por ayudarme a traer este regalo de los dioses al mundo —dijo la florista—. Que ellos os lo paguen con la felicidad más inmensa. Ojalá mi Cerennis estuviera aquí para verlo.
—Voy a buscarlo. Pero antes te llevaré a la cama. Necesitas descansar —dije.
Levanté a madre e hijo en los brazos y los llevé al lecho. Anamkha acomodó los almohadones y ayudó a Ursa a colocarse cómodamente. Luego, la pelirroja me acompañó al pasillo. Lejos de la puerta de aquella estancia, en un susurro, me dijo:
—Si a Cerennis le ha pasado algo… Ursa tiene que descansar o se desplomará. Es mejor que no se lo digamos ahora.
—De acuerdo —dije tras tragar saliva, que me pareció más densa que nunca.
Cuando me deseó suerte, emprendí una carrera frenética hacia el exterior.
Afuera, topé con los signos de la destrucción que yo había provocado.
Había clareado el día y la luz me reveló todos los detalles.
Carros volcados, cajas tiradas, ramas arrancadas.
Hasta árboles enteros. El suelo estaba lleno de lodo y corría un riachuelo por el centro, dibujando surcos.
La gente, embarrada, iba de aquí para allá, ayudando a sus vecinos, llamando a todas las puertas para comprobar que estaban bien.
Caminé hacia la librería, como pude, sintiéndome tan desolado como aquella vez en Knegara. Cuando estaba a unos pasos, me detuve en seco. Lo que vi casi me paró el corazón.
Los libros nadaban en el barro; las estanterías, por la fuerza del agua, habían caído como árboles a los que les hubieran dado un tajo. La campanilla de la puerta colgaba de apenas un hilo. No había rastro de Cerennis allí. Ni vivo ni muerto.