Málakor 4 CAPÍTULO 75
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CAPÍTULO 75

De la vida que se alza

La fuerza del agua me separó de Azskar, inevitablemente.

Luchó por mantenerse a flote mientras se lo llevaba calle abajo.

Dejé de mirarlo, tenía que salvar mi propia vida, así que me agarré del saliente de una fachada.

Estaba aturdido y el agua seguía subiendo.

Me empujaba cada vez con más fuerza. Brotaba con tanta potencia de aquel boquete que arrastró puertas y ventanas de las plantas bajas y se coló en las casas.

Se oyeron gritos. Uno detrás de otro. Luego todos a la par.

No pude sujetarme más y me arrastró con ella, mientras subía cada vez más, hasta llegar a la segunda planta de aquellas casas.

Vi muebles y ramas arrastrados por la corriente.

Logré asirme a un voladizo de un balcón y encaramarme a él.

El sonido de unas campanas tocadas frenéticamente llenó el aire.

Subí al tejado. Sigmarina empezaba a parecerse a un río más que a una ciudad, todo era caos, gritos, peticiones de auxilio.

Miré hacia el lugar del que había llegado la energía esmeralda y vi a Anamkha agarrarse a un árbol al que le quedaba poco para ser cubierto por el agua.

La perdí de vista entre las ramas más altas de la copa.

El agua pronto la alcanzaría, se ahogaría.

Aunque hubiera sido la mejor nadadora de todo Hérenthor, la fuerza del líquido elemento era tal que la arrastraría.

Se golpearía contra las casas, con todo lo que flotaba y lo que no podía verse.

Me sentí desolado. Había quemado una ciudad y ahora estaba inundando otra.

Nada había sido intencionado; solo una suma de desafortunados sucesos; sin embargo, me sentía culpable.

No sabía cómo pararlo. No lo sabía. Igual que no pude parar el fuego; que fue la música de Hach la que lo apagó.

Eché más de menos que nunca al bardo, pero tenía que dejar de lamentarme.

Salté, aguantando las lágrimas, de tejado en tejado, de balcón en balcón, con el fin de llegar a Anamkha.

El agua casi había llegado a las ramas más altas.

Llamé su nombre, tratando de hacerme oír por encima de aquella tromba. Ella asomó la cabeza y me miró pasmada.

—No te muevas de ahí —le dije.

El árbol quedaba a unos tres metros de distancia del tejado en el que estaba. Cogí impulso y salté, esperando aferrarme a alguna de esas ramas. Aunque lo conseguí, me escurrí: estaban húmedas. Anamkha me agarró a tiempo de que cayese sobre la corriente. Me pegué a ella.

—Estás herido. ¿Qué demonios ha pasado? —me dijo, con la voz temblorosa, ambos sobre una rama que, aunque gruesa, terminaría por vencerse bajo nuestro peso.

—Es una larga historia, muy larga, pero estoy bien. —Me llevé la mano al cuello. Gracias a los dioses, apenas sangraba ya—. ¿Tú estás bien?

—Sigmarina se está inundando. La gente…

—No pienses en eso. Tenemos que salir de aquí. Súbete a mi espalda, agárrame todo lo que puedas. Nadaré por ti.

—No podrás nadar, la corriente nos arrastrará.

—Lograré agarrarnos a alguna parte y subirnos a un tejado. Esto no durará para siempre.

La mirada se le perdió en la corriente.

—Es una crecida casi imposible. No entiendo nada.

—Lo entenderás, pero…, venga, agárrate bien.

—No quiero morir ahogada.

—No morirás ahogada. Confía en mí.

Anamkha tomó aire, fatigosamente, y se subió a mi espalda. Casi perdí el equilibrio por su peso; sin embargo, me mantuve firme en la rama. Rodeó mi cuello con los brazos y unió las manos bajo mi garganta. Sentí un escalofrío.

—Espera, di la palabra. Nuestra palabra.

—Talabarina.

—Gracias a los dioses —suspiré—. Agárrate más fuerte.

Me rodeó la cintura con las piernas; pegó las manos a mi pecho. Cuando sus dedos rozaron el colgante, sentí calor en él. Me recorrió de pies a cabeza; la rama crujió bajo mis pies. Un destello esmeralda lo llenó todo. Llegó hasta el agua y esta comenzó a bajar muy despacio.

—No estoy entendiendo nada, Anamkha, pero quizá puedas explicármelo más tarde. Voy a saltar. Contaré hasta tres. Toma aire.

Ella me hizo caso, conté y salté. Nos hundimos un poco, pero salí a flote con ella.

—Me soltaré un poco o te hundiré con mi peso.

—Solo las piernas, para que tenga más libertad de movimiento.

Noté que dejaba de hacer presión. Permití que la corriente nos arrastrase, mientras sentía que, paulatinamente venía con menos fuerza. Al poco, me agarré al cartel colgante de un negocio. Al ver cuál era…

—Cerennis —musitó Anamkha, seguramente con la misma sensación que yo—. Viven ahí enfrente. Necesito saber si están bien. Por todos los dioses, espero que lo estén.

Crucé a nado la calle. Aunque la fuerza del agua me arrastró en forma diagonal, logré hacerlo.

Anamkha se asió a la baranda del balcón, ese en el que yo había visto a Ursa, y consiguió saltar al otro lado.

Hice lo mismo. El agua, de no estar menguando, habría inundado ya la segunda planta.

Los postigos estaban cerrados, así que Anamkha golpeó con el lateral del puño.

—¡Cerennis! ¡Ursa! —gritó con todas sus fuerzas.

Del interior llegó un alarido de dolor que nos hizo mirarnos aterrados.

Estaba a punto de cargármela en la espalda para subir hasta el tejado con ella y usar el hueco de la chimenea, cuando se escuchó el cierre del postigo y este se abrió.

Ursa, con el rostro empañado en sudor y el gesto desencajado, nos miró.

El pelo se le apelmazaba por el sudor. Llevaba húmedo un camisón.

En la zona de piernas parecía que se lo hubieran metido directamente en el agua.

—Gracias a los dioses… —Se arrojó a los brazos de la pelirroja.

—¿Ursa? —musitó Anamkha, pálida—. ¿Qué ha pasado?

—Me he puesto de parto tras la alarma, no he podido avisar al médico. Cerennis no habrá podido salir de la librería. Por más que empujo, no sale… —Se derrumbó en llanto—. Mi hijo se muere. Se muere. Y yo también moriré. Apenas puedo mantenerme en pie.

Anamkha tragó saliva, pensé que se derrumbaría, pero cogió aire y dijo:

—No moriréis ninguno de los dos. Vamos al dormitorio.

Cruzaron juntas la puerta del balcón. Apenas lo habían hecho, Ursa se combó y el alarido que pegó me heló la sangre.

Salí de mi estado de asombro y la cargué en brazos.

La humedad que mojaba sus piernas me llenó la piel.

Señaló una habitación de esa planta. Me fijé en que el agua había llegado al cabo de las escaleras que conducían a la inferior, a una altura que había quedado marcada por las manchas de barro, aunque ahora estuviera más baja.

—No, ahí no —dijo Anamkha cuando fui a dejarla en la cama—. Ponla en la alfombra, delante de la chimenea.

La senté en el suelo mientras Ursa le dirigía una mirada confusa.

—¿Aquí? —soltó aterrada.

—En otros reinos, las mujeres paren en esta postura —explicó Anamkha, que se quitó la chaquetilla de montar y se arremangó.

Sus ropas estaban aún mojadas, igual que las mías—.

Facilita la apertura de la pelvis. —Luego se dirigió a mí para anotar—: Aquí las mujeres paren en las camas por la tradición, con lo inconveniente que es.

—Joder con las puñeteras tradiciones de Sigmarina —bufé.

Otro sobrecogedor alarido de la florista llenó el espacio.

—Ursa… —dijo Anamkha, que la tomó de la mano—. No pasa nada, todo irá bien. Escúchame, tienes que ponerte de cuclillas. Tienes que hacerlo.

—No sé si me darán las fuerzas…, Maes Ir, tengo miedo.

—Lo sé. —Mi amiga le acarició la sudorosa frente—. Es normal que tengas miedo, pero tienes que respirar profundamente, y pensar en que todo saldrá bien.

—Todo saldrá bien —repitió Ursa, aunque no pareció creérselo mucho.

La pelirroja besó su mano.

—¿Qué puedo hacer, Anamkha? —dije abrumado—. Dame algo que hacer, por favor.

—Necesito paños templados, agua caliente, toallas limpias y… un palo, y busca un taburete, lo más bajo posible. O cuatro puntos de apoyo, para que deje caer el peso del cuerpo, pero que pueda sacar al bebé, ¿me comprendes? —dijo atropelladamente.

Asentí y me dispuse a seguir sus órdenes, a toda prisa, aun sabiendo que, la mitad de las cosas, probablemente estarían en la planta baja.

Por suerte para mí, había un cuarto de aseo con una jofaina y varias toallas, que cargué aprisa.

Unas cortinas pendían de una vara de madera; tiré de ellas y me lo llevé todo.

Para cuando regresé a la habitación, Anamkha ya había prendido la chimenea.

Ursa estaba de cuclillas, agarrándose a la pelirroja con si la vida se le fuera en ello.

—Respira —pidió mi amiga—, tienes que respirar o te marearás; respira, aunque duela.

Me sentí impotente, abrumado también. Puse las cosas a su lado y salí de allí para buscar esos puntos de apoyo, mas no encontré nada.

Solo libros. Pensé entonces que podría hacer montones de libros, como los de la librería.

Conseguí una pila de ellos y la cargué en los antebrazos.

Del exterior llegaban algunos lamentos, llantos y llamadas de socorro.

También oí las voces de los guardias, dando órdenes, atendiendo a los ciudadanos.

El agua debía de haber bajado del todo. No me equivoqué: cuando pasé junto a la escalera, ya solo quedaba la mancha.

—¿Para qué has traído libros? —preguntó la pelirroja, pestañeando.

—Puntos de apoyo, ¿no? Te servirán. Apílalos.

Ella los miró ceñuda, aunque luego asintió.

—Creo que ya puedo bajar las escaleras, ¿quieres algo más?

—Estará todo lleno de barro, pero inténtalo. Ursa, ¿tienes hierba mansa y hojas de frambuesa en la cocina? —preguntó mientras colocaba dos pilas más altas, separadas entre sí.

—Sí, claro —respondió fatigosamente—. En unos tarros en la alacena.

Salí de allí corriendo sin esperar la orden. Las escaleras, más que bajarlas, las salté de cuatro en cuatro, aún a riesgo de partirme la crisma, pues estaban resbaladizas. Abajo todo era oscuridad, lodo y constantes sonidos de crujidos y goteo. El aire olía como en una charca.

—¿Dónde está la cocina? —grité a todo pulmón.

—¡A la derecha! —me contestó Anamkha.

A tientas, fui hacia allí. La alacena tenía una puerta, y eso la había salvado de que el agua arrastrase todo lo de dentro.

Sin embargo, al abrirla, algo de agua se me vino encima.

Parte se me metió en la boca. Tosí, me limpié con la manga.

Trasteé con las manos hasta dar con los tarros.

Había muchos, algunos volcados; ni sabía cómo eran esas plantas ni podía mirarlos, así que arrasé con todos.

A toda prisa, subí a la habitación y los dejé en el suelo, al lado de Anamkha.

Ursa ya estaba colocada sobre los libros, con las nalgas en las pilas más altas y los talones en dos más bajas.

Anamkha había colocado algunos botes, de qué sé yo, a ambos lados de ellos para que no se movieran.

Rebuscó, sin quejarse, hasta que separó dos.

—Muy bien. Colócate tras Ursa, Málakor. Pon su espalda en tu pecho y tómala por debajo de las axilas.

Cogí aire y me situé. El cuerpo de esa mujer ardía, tenso como si estuviera hecho de piedra.

—Todo irá bien —dije—. Agarra mis manos.

—Gracias —respondió ella, a duras penas, y me hizo caso.

—Es posible que te rompa un dedo como le sobrevenga un dolor muy fuerte —advirtió Anamkha—. No se calcula la presión en estos casos.

—No me importa —dije—. Aprieta cuanto quieras.

Eso estaría por siempre en mi lista de cosas que no decirle jamás a una mujer dando a luz.

Porque le sobrevino un dolor y casi me quedé sin pulgares.

Anamkha se colocó delante de sus piernas abiertas, con la jofaina de agua caliente llena de paños, en la que había echado esas hierbas.

Le levantó el camisón, hasta debajo del pecho.

Vi su barriga enorme, apepinada hacia abajo, que parecía hecha también de piedra.

—Por todos los dioses —suspiré agobiado.

Ella volvió a apretarme las manos y soltó un grito. Tensé la mandíbula; lo soporté. Anamkha le puso los paños impregnados en hierbas sobre la tripa y le pidió que respirase.

—¿Y el palo? —pregunté—. ¿Es para que lo muerda?

—No, es para ponerlo aquí debajo. —Lo colocó sobre la alfombra, en el punto justo en el que habría caído el niño de deslizarse como si nada del cuerpo de la madre—. Es una larga historia. Ya te la contaré.

Anamkha palpó la barriga de Ursa. Su expresión no auguró nada bueno. Cogió aire y se echó el cabello hacia atrás.

—Esto te molestará, perdóname. Respira, ¿vale? Málakor, que no se olvide de respirar.

Inclinó el cuerpo y perdí de vista sus manos entre las piernas de Ursa. La mujer gritó. hasta yo tuve ganas de gritar. Más aún cuando la pelirroja sacó las manos llenas de sangre y de una sustancia pegajosa.

—El niño viene de nalgas. Hay que recolocarlo.

Por eso no sale por más que empujes. —Vi la preocupación en sus ojos, como nunca la había visto.

Había algo que callaba. Seguramente la realidad de que, aunque lo sacase, podría estar ya muerto, por la falta de oxígeno o por una hemorragia—.

Tienes que ser más fuerte que nunca, Ursa.

—Prométeme que estará bien. Que mi hijo estará bien. Que Cerennis estará bien, oh, dioses… —rompió a llorar—, ¿dónde está Cerennis? ¿Y si le ha pasado algo?

—No puedo prometerte eso. Pero te prometo que haré todo lo que pueda y que saldremos a buscarlo en cuanto des a luz.

La mujer asintió, casi desesperada. Anamkha clavó la mirada en mí. Los tenía vidriosos.

—¿Va a morir? —articulé, sin decir palabra.

Apretó los labios. Leí en sus ojos que existía esa posibilidad; una lágrima le cayó de uno de ellos. Se la secó con el dorso de la mano, llenándose la mejilla de sangre, y luego tomó aire.

—Sujétala, Málakor —ordenó con firmeza.

Me preparé para lo que estuviera por llegar. Aunque ni remotamente hubiera soñado con vivir un momento así. En toda mi vida.