CAPÍTULO 74 #2
—¿Y quién va a pararme? Cuando tenga tu poder, ni los dioses podrán hacerlo. Tampoco la Espada Esmeralda. —Con mayor firmeza aún, agregó, espaciando las palabras—: Nadie podrá detenerme.
Negué con la cabeza, mascullando una maldición.
—¿Qué se supone que te arrebaté para te hayas convertido en esto? ¿Por qué lo haces?
En sus ojos vi algo que jamás había visto: nostalgia; sin embargo, pronto refulgieron de ira.
—El Destino te eligió a ti, quedé a la merced de otros. Vosotros me habéis hecho lo que soy. Tú y esa maldita diosa. —Escupió al suelo—. Azani.
—Yo no tuve la culpa, Azskar. Ni tampoco la diosa, ella lo haría por algo.
—¡No la defiendas! —Dio un paso y me puso la punta de la daga en la garganta.
Estaba helada—. Sí la tuviste. Si no hubieras nacido, todo habría sido para mí.
Nuestro poder era tan grande que el Destino decidió que debía contenerse en dos almas.
En dos cuerpos. Yo podría haber llegado solo a este mundo.
—¿Y por qué crees que lo habrías hecho tú y no yo?
—Porque nací primero. Fue mi llanto el que primero se escuchó en las regiones divinas. ¡Solo yo tenía que nacer! ¡No tú! —Clavó la punta, hasta arrancarme un hilo de sangre que sentí correr cuello abajo—. ¡Tú eres el culpable de todas mis desgracias!
No aparté la mirada de él. Si iba a matarme, tendría que soportar que lo mirase a los ojos.
—Elegiste la Oscuridad, Azskar. Podrías haber tomado otro camino, igual que hice yo.
—No fue mi elección. Nací así. Esta es mi naturaleza. Tú eres la Luz y el Agua que da vida. Y yo soy la Oscuridad y la Sangre. Por más que hayamos intentado hacer de ti lo contrario, siempre regresas a la luz que eres.
Supuse que se refería a los años de Ledaria. No es que sintiera compasión por él, pero, una parte de mí, quizá la que vivía en eso que nos unía, en los tiempos que pasamos en el vientre de nuestra madre, me hizo decirle:
—En la más absoluta oscuridad se puede ver la luz, y en la noche más oscura es donde más brillan las estrellas. La sangre, hermano, es vida también. Siempre hay una oportunidad, escógela, por favor. Acabemos con esta lucha que solo nos conducirá a la destrucción.
Su ceño se frunció brevemente.
—Eso son historias de bardo. Cuando perteneces a la oscuridad y a la sangre, no tienes escapatoria. ¡Basta de absurdas conversaciones! Leyla morirá esta noche, luego lo harás tú, Málakor. Lo haremos los dos, pero yo renaceré con más poder del que nadie ha tenido jamás.
Tras dar un paso atrás, extendió la palma de la mano izquierda. Hizo un corte en ella y dijo:
—Sangre de mi sangre. Que cada gota que yo derrame, deje tus venas también. Que cada gota de mi sangre drene la tuya —dijo, con la mismísima voz de la muerte, a la par que las gotas del líquido vital golpeaban contra el suelo—. Sangre de mi sangre.
Los esqueletos se agitaron; estarían disfrutando de aquel grotesco ritual.
Dejé de pensar en ellos, en lo que Azskar estaba haciendo, y pensé en mis amigos.
En las cosas que había vivido a su lado.
En las personas que me habían hecho feliz alguna vez.
En aquellas que me estaban esperando cuando muriese.
O quizá no, quizá aquella Magia de Sangre tendría el mismo efecto sobre mí que habría tenido en Leyla.
Mi alma se apagaría como llama de una vela tras un golpe fuerte de viento.
Tal vez pasaría a formar parte del alma de mi hermano y seríamos uno solo.
Sea como fuere, yo ya no recordaría nada.
Ni lo bueno. Ni lo malo. Ni el sabor de la comida.
Ni la sonrisa de las personas a las que amaba.
Azskar, con su oscuridad, barrería todos los rincones que me eran familiares.
Mataría a Hach, a Xelirian… Los mataría a todos.
Quizá también a Anamkha, y eso que sentía cuando estaba con ella, no volvería jamás.
Me ardieron las venas de pura rabia. Algo se apoderó de mí, no supe qué, pero me dio fuerzas para zafarme de los muertos y estirar la mano para agarrar la daga de Azskar y forzarlo a poner la punta contra su garganta.
Aunque me cortase con su sinuoso filo, apreté más y más contra él, hasta hendírsela en la piel.
—No te saldrás con la tuya —dije entre dientes—. No lo harás. Si tú eres hijo de la Sangre y la Oscuridad, yo soy hijo de la Luz y el Agua; ruego entonces a los Dioses Buenos que me asistan en tu destrucción, igual que otros te asisten en buscar la mía.
Mi hermano me miró asustado; las siguientes palabras del ritual se le quedaron congeladas en la boca.
Su rostro se tiñó del azul que desprendió la pulsera de Kebarenis.
Una sacudida de energía me recorrió desde la cabeza a los pies e hizo temblar la tierra.
Agitó las casas, desprendió algunas tejas.
Unos esqueletos montaron en sus caballos y emprendieron la huida.
Otros se pegaron contra las paredes y clavaron los ojos en el suelo.
El empedrado crujió y se abrió en algunas partes. Columnas de agua surgieron del suelo y se proyectaron altas. Un barrido de luz esmeralda lo llenó todo, tan brillante que me hizo entrecerrar los ojos. Los muertos caían uno detrás de otro, se deshacían en sombras que aquella luz devoraba.
—Ya está aquí —dije.
Azskar intentó cogerme del cuello, desenvainar de nuevo la espada.
No se lo permití. Con todas mis fuerzas lo empujé sin soltarlo contra una pared.
El agua salió con más ahínco de todas partes, barriendo el tejado de algunas casas al hacerlo.
Abrió un boquete a unos pasos de nosotros y se formó un río que arrastró a los no muertos; que nos arrastró a todos, a la par que esa luz esmeralda tenía las aguas de verde y seguía devorando las sombras.