CAPÍTULO 74
De sangre y tinieblas
El cuerpo entero se me agarrotó. Azskar. Había sido una trampa. Una ilusión. Ahora estaba atrapado con él en ese callejón; con él y con cientos de muertos que formarían parte de su burla. Una risa grotesca emergió de los labios de esa serpiente.
—Maldito seas… —gruñí.
En un movimiento rápido, saqué las dagas y clavé una en cada uno de sus muslos, al tiempo en que le daba un cabezazo hacia atrás.
No solo para herirlo, también para separar el cuello del filo de su arma.
A pesar de eso, con el movimiento, rajó mi piel, aunque no lo bastante como para ser letal.
Él soltó un alarido de dolor. El caballo se encabritó y me lancé a un lado para caer de forma controlada.
En el suelo, me puse en pie a toda prisa.
Llevé una mano a la herida; la palma se me manchó de sangre.
Miré a mi hermano con la rabia ardiéndome en las pupilas.
Ellos ya no eran Epona y Anamkha. Eran Azskar y un equino con el pelaje como el azabache, ojos rojos y sangre en vez de saliva. En las manos de mi hermano estaba esa daga sinuosa. Mi sangre en ella. Algo había hecho al tomarla. Aunque no supiera qué, y eso me aterraba.
—¿A qué tanto teatro? —dije desenvainando las dos espadas. La sangre de mi mano manchó la empuñadura de la más larga, antes de que la levantase en posición de guardia—. Te gusta jugar conmigo, ¿no?
Los esqueletos a nuestro alrededor no se movieron. Parecían estatuas hechas de hueso y oscuridad. Con sus ojos rojos puestos en nosotros.
—Bonito dedo de plata. ¿Un regalo de tu futura esposa? —Los ojos se le oscurecieron por la malicia del pensamiento que debió rondarle al mencionarla—. Eso dicen en Sigmarina, ¿no? Que deberíais casaros. ¿Me invitarás a la boda?
—Te invitaré a tu funeral, imbécil.
Soltó una risa burlona.
—Se te pone una cara de estúpido cuando la ves…
Babeas por ella cual perrito faldero. —Tiró de la empuñadura de una de mis dagas y la sacó del muslo.
La sangre brotó unos segundos; luego dejó de hacerlo.
Lanzó el arma lejos e hizo lo mismo con la otra—.
Es gratificante saber que ya has olvidado a Leyla, así te será más fácil superar su muerte, lo que sucederá pronto.
—Baja del maldito caballo y lucha conmigo, si tienes agallas. No metas a Leyla en esto.
—¿Que no la meta en esto? —Rio a carcajadas—. Se metió ella sola, vinculándose al hechizo.
Levantó la palma de la mano libre y me mostró en ella la piedra.
Debía de haberla cogido de mi bolsillo, sin que me diera cuenta, en alguno de los movimientos bruscos del caballo.
Por eso me había entretenido, para robármela.
La pasó por la daga manchada de sangre y luego sobre la propia.
La piedra ardió en altas y virulentas llamas que no parecían ni quemarle.
—La Luna de Sangre se agota. Moriréis ambos. Ella en primer lugar, tú en segundo.
Guardó la piedra y me señaló con la daga. Afiancé mi postura, en guardia, sin perder ojo de él ni de lo que sucedía a mi alrededor. Sentí bajo la suela de mi bota la dureza del frasco de agua bendita. Entendí por qué él no había querido que la sacase. Probablemente afectaría a su forma falsa.
—Os advertí que me protegían fuerzas mucho más poderosas que las que os protegen a vosotros.
Para ellos no hay límites, ni prohibiciones, tampoco existen esas burdas imposiciones sobre la magia.
Ellos son poder. Poder y sangre. Y tú eres sangre de mi sangre.
—Estiró el brazo y puso el filo de la hoja en la muñeca—. Sangre de mi sangre.
No iba a dejar que continuase con aquella oscura letanía.
Aunque tuviera que matarlo cien veces y reviviese cien más, no lo dejaría hablar.
Estaba subido a un caballo, así que tenía ventaja sobre mí.
A no ser que lo dejase sin caballo, claro.
No sabía si ese animal era un espectro o uno de verdad.
Solo sabía que tenía una oportunidad para hacerlo y que tenía que jugármela.
Aunque acabase con el cráneo aplastado por aquellas patas negras.
Lo rodeé, primero para despistar a Azskar.
Le gustaba mirarme a los ojos mientras decía aquellas palabras, él disfrutaba con eso.
Mi movimiento supuso una interrupción. El caballo levantó las patas delanteras, al notarme cerca, y cuando las dejó en el suelo, sonó como si tronase. Mi hermano gruñó.
—Untar mantequilla —me dije.
—¿Qué has dicho?
—Que espero que te gusten los caballos sin cabeza. O, al menos, casi sin cabeza.
Fui tan rápido que ninguno tuvo tiempo de reaccionar.
Ese movimiento que tantas veces había hecho, que había llevado a mi cuerpo al límite al practicarlo una y otra vez, encontró el momento de hacerse realidad.
Mas no fue solo eso. Tomé el frasco y lo lancé contra el caballo.
Luego, una espada y otra cortaron el gaznate del animal.
No salió sangre de él, si no un humo negro que casi parecía líquido.
El animal se combó hacia delante, doblando sus patas delanteras.
Todo su ser se deshizo en ese humo y Azskar cayó al suelo.
Los esqueletos rugieron furiosos, como si tuvieran garganta con la que hacerlo.
Dieron un paso hacia nosotros, se agitaron cual avispero al que hubieran molestado.
Azskar les hizo un gesto y frenaron sus pasos.
No iba a dejarlo ponerse en pie. No iba a darle tregua.
Así que fui hacia él y descargué un golpe con la espada larga, tratando de herir su guardia baja con la corta.
Mi hermano esquivó mis ataques; tuve que ser veloz para evitar que me atravesase con la daga.
—Sabes que no tienes escapatoria, Málakor —dijo mientras retomábamos la posición de ataque—. Ella no está aquí, y ella es la única que puede herirme. Pelearemos hasta que te canses… y luego ¿qué?
Ella no estaba allí, pero…
Llevé una mano al medallón. No podía cogerlo, sujetaba la espada, así que pegué la palma contra él.
Quizá mi energía la traía hasta mí, como había hecho muchas veces en situación de peligro.
Sin embargo, no estaba al otro lado de un océano, estaba cerca.
Noté la humedad de la sangre en mi pecho. El colgante empezó a arder.
—¿Por qué sonríes tan satisfecho? —dijo mi hermano.
—Porque en todas las familias hay un tonto y, en la nuestra, eres tú.
Abrió la boca para replicar, o para reírse; mas no le di margen a hacerlo: mi espada larga le pasó tan cerca del cuello que tuvo que cerrar la boca y echarse hacia atrás.
La larga le pinchó el abdomen. No se clavó, no me dio tiempo, pero le abrió una herida.
Aunque se recuperaría de ella, me daba igual.
Estaría así hasta que Anamkha apareciera.
Jugaría a ese juego mortal con mi hermano hasta que solo uno quedase en pie o tuviera oportunidad de huir.
Era más fácil que lo hiciera él, en general, pues aunque Azskar se fuera, esos malditos no muertos seguirían allí.
Mi hermano mantuvo la daga en una sola mano. Con la otra, desenvainó la espada. Parecía hecha de obsidiana, con gemas rojas incrustadas.
En nuestras miradas hubo un penetrante desafío a lanzar el primer ataque. El crujido de los huesos de nuestros testigos mudos, de aquellos que estaban a mi espalda, me erizó el vello de la nuca: sonó como si estuvieran moviéndose.
—¿Es que vas a ser tan sumamente cobarde de pedirles ayuda? —le dije a Azskar.
—¿Eso lo dices tú? —respondió burlón—. Has llamado a esa puta para que venga a salvarte. Veo brillar tu colgante bajo las ropas. Pero está demasiado lejos, me he encargado de ello.
—Otro perro soltando un insulto de lo más original, o lo que tú crees un insulto.
Me he criado entre ellas, y muchas me han despertado más respeto del que tú me despertarías jamás.
Pero, verás, a Anamkha no le haría gracia oírte decir eso, así que mis ganas de rajarte la garganta se están volviendo insoportables.
Esto se acaba aquí, hermano, no perderé más tiempo.
—Estoy de acuerdo.
Le hizo un gesto de cabeza a los no muertos. Los que estaban frente a mí se movieron. Aquellos sobre los tejados, bajaron de ellos. Los que tenía a mi espalda… Oí sus tarsos y falanges aplastando el suelo. Tragué saliva; afiancé con seguridad las armas. Si iba a morir, lo haría luchando.
Azskar esbozó media sonrisa sardónica, los ojos le brillaron de pura maldad.
—Atrapadlo —dijo entonces.
La marea de esqueletos avanzó hacia mí. Algunos atravesaron a Azskar en su paso.
Corté cuantas cabezas pude, cercené brazos, costillas, fémures, pero eran demasiados.
Hasta rebané a aquellos caballos cadavéricos.
Bajaron de ellos y se cernieron sobre mí como lobos sobre una presa.
Con sus bocas abiertas y sus dientes macilentos.
Me agarraron de los brazos, de las piernas.
Me clavaron sus dedos huesudos en los tendones de las muñecas hasta hacerme soltar las espadas.
Grité y traté de zafarme. Fue imposible.
Un hueco se abrió entre ellos y me arrastraron ante Azskar.
Aguardaba con la daga en la mano y esa sonrisa ya completa.
El brillo de sus ojos ya no era solo de maldad, era un canto a la oscuridad.
A la sangre. A la muerte. Al ansia de poder desmedida.
—Ponte de rodillas.
—Jamás me arrodillaré ante ti.
Azskar pasó la palma de la mano por encima de su rostro. Fue Anamkha de nuevo.
—¿Y ante ella? —se burló—. Seguro que ante ella sí. Lo estás deseando. Estás deseando meter la lengua entre sus piernas. ¿Sabes qué? Quizá lo haga yo cuando acabe contigo, igual que la metí entre las de Brianna y Leyla. Tomaré tu forma, sería tan sencillo…
—¡Cállate! —bramé sacudiéndome—. Estarías muerto antes de hacerlo.
—Muerto…, interesante palabra. Justo lo que estarás tú en unos minutos.
—Puedes matarme, puedes robarme el poder, pero no te saldrás con la tuya.