CAPÍTULO 73
De lo oscura que es la noche
Iba de camino a buscarla, envuelto por el silencio de un tranquilo corredor, cuando un tumulto sin igual empezó a llenarlo todo.
Ruido de pasos apresurados, de voces nerviosas, de guardias moviéndose, fácilmente distinguibles por el sonido de sus armas y armaduras al andar.
Una doncella pasó corriendo a mi lado, tan rápido que apenas me dio tiempo a verla desaparecer por el corredor adyacente, ni tampoco a hacerle preguntas.
Otra entró en el pasillo, armada con un apagavelas.
Se detuvo ante unos candelabros que reposaban sobre una cómoda.
Los apagó a toda prisa, uno a uno, e hizo lo mismo con todos los que estaban en su camino.
Ceñudo, me acerqué a ella, a medida que la luz del corredor disminuía.
—¿Qué sucede?
—Vienen —contestó con voz temblorosa—. Ya vienen.
—¿Quiénes?
Negó con la cabeza, los ojos llenos de pavor.
Dijo algo en su lengua que no alcancé a comprender.
Me apartó de un empujón y se fue a seguir apagando velas.
La penumbra inundó el pasillo, así que eché a correr en busca de alguien que me diera una explicación.
Encontré a otra doncella, haciendo lo mismo. Por suerte, esa sí hablaba mi lengua.
—¿Qué demonios está pasando? —inquirí, al borde del infarto.
—Vienen los Acechadores —dijo atropelladamente, sin dejar de apagar velas.
El pulso le temblaba tanto que volcó un par de ellas.
La cera se derramó mesa abajo. Las gotas, al caer al suelo, sonaron como si estuvieran hechas de hierro.
Se agachó para recoger las velas y la ayudé a hacerlo, con la cabeza llena de las palabras que Anamkha me había dicho sobre aquellos seres.
«Son aberraciones recolectoras de almas.
Llegan a las ciudades y la única forma de sobrevivir es mantenerlo todo a oscuras, en silencio. Sus sentidos están muy desarrollados».
—Los han visto en el camino del este —dijo la doncella—.
Se dirigen hacia aquí. Hay que ponerlo todo a oscuras.
Métase en sus aposentos, señor, y no salga de ellos hasta que escuche la Campana del Alba o no vea prendida la aguja más alta de la torre de la catedral.
Oiga lo que oiga. No salga. ¡Vamos, váyase!
Corrió a apagar más velas. Los lazos de su vestido ondearon en la carrera.
Me quedé paralizado, procesando aquello, unos segundos.
Mi primera reacción fue correr en busca de Anamkha.
A medida que recorría el palacio, la oscuridad se apoderaba de él.
Vela tras vela, antorcha tras antorcha. Candil tras candil, incluso las chimeneas.
Se oía el ruido de las puertas al cerrarse, de los cerrojos al correrse.
Cada vez más silencio y menos pisadas. Solo respiraciones fatigadas que iban haciéndose menos audibles.
Al cabo del ala de los aposentos reales, me topé con Azkena. Iba en dirección a los suyos, escoltado por una decena de guardias. Ninguno se detuvo; sus rápidas y largas zancadas devoraban el suelo. No vi a Khabyr con ellos, e imaginé que aún seguiría en la taberna. Recé por él y por los muchachos.
—¿Dónde está tu hermana? —pregunté, poniéndome a su paso.
—No lo sé, salió a cabalgar y no ha regresado aún —contestó él, firme a pesar de todo.
—¿Por dónde? —Antes de que lo dijese, lo vi en su mirada—. ¿El camino del este?
Respondió con un asentimiento; su labio inferior tembló.
—¿Has enviado a gente a buscarla?
—¿Que si he enviado a gente a morir? —Negó con la cabeza—. No, desde luego que no. Sabrá regresar sola.
—¡Es tu hermana! —Lo cogí del brazo con fuerza, para retenerlo.
Los guardias desenvainaron las armas. En el escaso segundo de tensión que pasó hasta que Azkena les hizo un gesto para que las envainasen, vi mi vida pasar por delante de mis ojos.
—Discúlpame —aparté la mano, más por quién era que por su rango—, pero no lo comprendo. Es tu hermana y está en peligro.
—Precisamente por eso, porque es mi hermana.
No es la primera vez que está sola en un bosque con una amenaza así.
Ella no querría que pusiera en peligro la vida de nadie en una situación como esta.
Conoce de sobra cómo actuar y cómo hemos de actuar en la ciudad.
Se esconderá y esperará al alba. Así que métete en tus aposentos y por nada del mundo salgas de ellos.
—La mirada de Azkena se recrudeció al añadir—: No salgas, ¿me oyes?
Porque leo en tu mirada que estás pensando en ir a buscarla.
¿Mentir a un rey es peor que mentir al hermano de la mitad de tu destino? ¿Y qué hay de mentirle a ambas personas a la vez? No lo sabía, pero iba a hacerlo.
—Puede irse tranquilo, Su Majestad.
—Muy bien. —Estrechó la mirada—. Un guardia te acompañará y cerrará tus aposentos, para que resistas la tentación de salir y, la próxima vez, la tentación de mentirme.
Apreté el mentón y miré de reojo al pasillo, dispuesto a emprender una huida.
—¡Han cruzado el anillo exterior! —gritó alguien—. ¡Cerrad puertas y postigos! ¡Mantened las luces apagadas! ¡No abráis hasta que no claree el día o escuchéis la campana del alba! ¡Hasta que no prenda la aguja de la catedral! ¡Si en algo apreciáis vuestra vida, permaneced ocultos!
El rey y los guardias se agitaron nerviosos. Si armaba revuelo, si los retrasaba, los pondría en peligro. Todos tendrían familia o amigos con los que regresar cuando aquello acabase. No quería más muertes a mi espalda.
—Está bien —dije enfadado—. Vámonos de una vez.
Azkena me dirigió un gesto de agradecimiento, le hizo una señal a uno de los guardias y luego echó a andar a toda prisa. El soldado me escoltó hasta mis aposentos y dejé que me encerrase en ellos y fuera a buscar refugio.
Sin embargo, ni cerraduras, puertas o ventanas podrían detenerme en mi propósito de ayudar a Anamkha.
Era menos ruidoso escalar por la fachada que trastear con una cerradura y tener que recorrer los corredores a oscuras.
Al menos, en el exterior, la luna estaba casi llena.
Me armé, todo lo posible, y di un trago al agua para humedecerme los labios y pasar el nudo que tenía en la garganta. Los nervios me los habían secado.
Al abrir la ventana, la visión me sobrecogió.
No había una sola luz en Sigmarina, apenas flotaban los restos del humo de algunas chimeneas.
Miré hacia el este. No alcanzaba a ver el espacio entre las calles de aquella zona, así que no podía saber si esas criaturas estaban allí.
El silencio más sobrecogedor que había experimentado lo llenaba todo.
Era un silencio de vida, como si incluso los grillos y las lechuzas hubieran dejado de cantar esa noche, por miedo a los Acechadores.
Ni siquiera los gatos se atrevían a andar por los tejados.
Las cosas inertes sí hacían ruido. La polea del brocal de un pozo.
La madera de algún tejado. Una reja de metal a la que el aire caliente mecía.
Soplaba desde el oeste, pero de golpe cambió y llegó del este.
Me inundó la nariz un olor peculiar. Una mezcla entre tierra removida y carne podrida. Era asqueroso.
Me descolgué e inicié el descenso, ayudándome de los salientes de los sillares, de los dinteles de las ventanas y de algunos huecos que habían sido adornados con yeserías para tapar, probablemente, los agujeros que dejan los andamios en la construcción.
Estaba a unos cinco pisos del suelo cuando se me escurrió el pie.
Suerte de mí que tenía aquel dedo de plata y pude agarrarme bien o habría acabado siendo puré de Málakor.
Ya en el suelo, corrí hasta pegarme a la ronda de la muralla que protegía la zona palaciega.
Luego subí las escalinatas. Corrí por la ronda hasta llegar a uno de los rastrillos.
Estaba completamente bajado, y aunque no había guardias, el ruido atraería la atención de esas cosas.
Así que volví a servirme de mi practica de largos años y me descolgué desde el matacán.
Tras un balanceo, salté sobre una cornisa y de esa a otra hasta que alcancé una altura prudencial que me permitió caer con seguridad al suelo.
Un escalofrío me recorrió cuando me vi solo en aquella calle vacía.
Era como si todo el mundo se hubiera muerto de golpe.
Muertos. Todos. Y solo yo, un extranjero en ese mundo oscuro, restaba con vida para hacer frente a cosas que ni comprendía.
Si los elfos oscuros hubieran querido atacar esa misma noche, habrían tenido Sigmarina a su merced.
Quizá esos elfos también le tenían miedo a los Acechadores, tanto que ni ellos se atrevían a aparecer.
Corrí en dirección al este. Cuánto tenía que agradecerle a Khabyr por su idea de correr por la ciudad.
No solo la conocía como para no perderme, con todos sus rincones y atajos, también mis piernas respondían más ligeras que nunca, mis pulmones soportaban con mayor resistencia la larga marcha.
Más de tres kilómetros después, escuché el sonido de los cascos de un caballo repiquetear frenéticos sobre el empedrado.
Recé para que fuera Anamkha, para que ninguna otra persona hubiera dejado su casa aquella noche con el afán de perder la vida.
Seguí aquel sonido y me llenó otro, de golpe, los oídos.
Un silbido persistente. Igual que cuando había recibido algún golpe, en mis tímpanos moró temporalmente un pitido.
Giré a la derecha en una calle. Entonces la vi, subida en Epona, avanzando hacia mí.
Si esa yegua me había parecido rápida la vez que subí en ella, entonces casi volaba.
Aunque me alegré de verlas, lo que seguía a la pelirroja no me gustó tanto.
Una miríada de seres que me provocaron igual pavor que aquella Sombra con la que tanto había lidiado en Ardacia.
Estos no llevaban una túnica andrajosa, si no una armadura oscura y capas de igual color.
Armados con armas herrumbrosas, como guerreros caídos en el campo de batalla que alguien hubiera sacado de su tumba, tenían los ojos rojos, igual que los caballos esqueléticos en los que algunos iban subidos.
Sus jinetes abrían y cerraban la boca esperando morder algo.
Carne humana, tal vez. Almas, quizá. El aire que cortaban a toda velocidad se colaba entre sus huesos haciendo aquel silbido.
—¡Prepárate para coger impulso! —me gritó la pelirroja, sacándome de mi asombro.
Se inclinó hacia el costado derecho de la yegua, la hizo moverse un poco hacia la izquierda, sin perder el rumbo, y bajó la mano.
Sospeché qué quería. Solo teníamos una oportunidad para hacerlo.
Me aferré a su mano y tiró de mí con todas sus fuerzas, tantas como puse en las piernas para dar el salto.
De puro milagro no me caí por la cola del caballo.
En un acto reflejo me agarré a Anamkha y tiré de ella.
Dio un tirón a las riendas que hizo frenar un poco a Epona.
Miré hacia atrás. Un dedo huesudo estuvo a punto de alcanzarnos.
Anamkha azuzó a la yegua a ir más rápido.
El animal resolló por el esfuerzo. Me aferré a la cintura de la pelirroja con las manos casi engarrotadas y el corazón a punto de salírseme del pecho.
—No perderé el tiempo en preguntarte por qué demonios estás fuera de palacio, Málakor, tendremos después esa conversación —dijo visiblemente enfadada.
Solté un resuello y miré hacia atrás. Anamkha había conseguido tomar un poco de distancia con aquella marea de Acechadores, pero no parecía que fueran a dejarnos en paz.
—Tú tampoco estás escondida —repliqué.
—Acababa de cruzar el rastrillo cuando han dado la voz de alarma. La puerta de una casa se ha quedado atascada y no podían entrar. Me he parado a ayudarles. Cuando he querido darme cuenta, tenía a esas cosas pegadas al trasero.
Hizo virar al caballo, con el fin de tomar otra calle más estrecha. Yo no sabía si eso serviría para algo, porque había dicho que el rastrillo estaba bajado cuando entró, así que esas cosas lo habrían atravesado. ¿Eran corpóreas? ¿O solo espectros? Quizá lo habían echado abajo.
—Estas criaturas son…
Mis palabras se cortaron de golpe. Al final de la calle, había un grupo de Acechadores.
Epona frenó de sopetón. Aún sin el propósito de hacernos daño a ninguno, ese gesto me empujó contra Anamkha.
Debió de clavarse algo de la montura, porque se quejó.
La yegua piafó, una nube de vaho salió de sus hollares.
La pelirroja quiso dar la vuelta; sin embargo, los que nos seguían estaban ya cerca.
Como si quisieran burlarse de nosotros, al sabernos encerrados, avanzaron más despacio hacia nuestra posición, regodeándose en la idea de que éramos sus presas.
Se me perdía la vista tratando de contar cuántos eran.
—Estamos muertos —dije, y me palpé las ropas en busca del agua que Anamkha me había dado. La saqué y la pasé sobre su hombro—. ¿Esto servirá en algo?
—No abras eso ahora. ¡No lo hagas! —ordenó, en un tono que no me gustó.
—No me grites así —me quejé.
—Perdona, son los nervios. Coge las riendas.
—No sé montar.
A tientas, traté de guardar el frasco. Se me escurrió de las manos y fue a dar contra el suelo. Miré hacia abajo, pensando que se había roto; sin embargo, allí estaba, intacto.
—Te guiaré; la yegua también. Necesita que le demos órdenes y yo necesito las dos manos.
—Está bien.
Hice lo que me pedía. Ella bajó del caballo y me acomodé en su lugar. Epona piafó de nuevo, pero Anamkha le dijo algo en élfico, no sé qué, y la yegua, tras soltar un relincho que sonó a queja, mantuvo la postura.
Los no muertos se pararon. Crujieron sus huesos. Aquellos caballos cadavéricos hicieron un sonido similar a un bufido. Llené los pulmones de aire. Las mandíbulas de esas cosas crujieron y escuché un siseo. Era como si hablasen entre ellos.
—¿Qué dicen? ¿Los oyes?
—Hablan la lengua oscura. Están pensando en huir. —Empujó el frasco lejos, con la punta de la bota, y subió a la grupa—. La Espada Esmeralda los asusta, perciben su poder.
—¿Por qué no funciona el agua bendita con ellos? No me dijiste nada de eso.
La yegua se agitó y volvió a piafar. Palmeé su lomo.
Solo esperaba que no llegase a correr peligro.
Tiré de las riendas un poco. La sangre se me paró en las venas al mirar a un lado y a otro, y al ver todos esos rojos puestos en nosotros.
Lo peor llegó al sentir un crujido sobre nuestras cabezas y verlos sobre los tejados, con sus caballos fantasmales.
Percibí el calor de los labios de Anamkha en el oído cuando susurró:
—Hay muchas cosas que no te he dicho. —Sentí, de golpe, el filo de un arma en el cuello—. Hola, hermano, ¿me echabas de menos?