Málakor 4 CAPÍTULO 72
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CAPÍTULO 72

De historias de dioses y un bocadillo de panceta

Tras una noche agitada, con un sueño pesado por culpa de aquellas emociones, me di una buena carrera matutina, fui a entrenar y unté mantequilla hasta caer rendido.

En el suelo, apoyé la espalda en la pared de roca, estiré las piernas y di un trago al pellejo de agua.

Mientras me secaba la comisura de los labios, miré hacia arriba.

En la ronda de paso alrededor del campo de entrenamiento había unos guardias apostados que no quitaban ojo de cuanto sucedía.

Una pareja se acercó, habló con ellos y luego se marcharon.

Aún no era el cambio de guardia, quizá llevaban noticias para ellos que debían conocer, pensé, o tal vez amigos que se paraban a saludar.

La expresión que se les quedó me hizo descartar lo segundo.

—¿Ha pasado algo? —le pregunté a uno de los cadetes que entendía mi lengua.

Se encogió de hombros. Sin información alguna que rumiar, me quité una brizna de paja de las botas.

Tenía la cabeza gacha cuando noté que algo tapaba el sol.

Al levantar la mirada, vi a Zofi ante mí.

Llevaba un vestido verde y unas botitas de cuero con cordones.

Parecía otra persona. A su lado estaba ese carrito en el que llevaba los bocadillos, cubierto con un mantel.

—Anda, mi pequeña ladrona.

—¿Ladrona yo? —Negó la cabeza con vehemencia y se le movieron los mechones sueltos del recogido de trenzas—. No zoy ninguna ladrona, fue una zituación dezezperada. Ya lo zabez.

—Sí, lo sé —dije con una sonrisa—, ¿qué tal tus heridas? Supongo que recuperadas del todo.

—Eztoy bien. Me dan mucho de comer, porque dicen que tengo que ponerme fuerte. Y zi la tripa eztá llena, la felicidad eztá llena también. —Se la frotó por encima del vestido—. ¿Tú qué hacez aquí parado ganduleando? Tienez que entrenar.

—Descanso un poco.

Se giró hacia el carrito y retiró el mantel. Bajo este había bandejas con bocadillos, unas jarras grandes y unos vasos de latón.

—Maez Ir ha enviado ezto para los cadetez. Me ha dicho que… —Rebuscó con la mirada entre los bocadillos y cogió uno en concreto—. Que ezte ez para ti.

Sonreí por el detalle y extendí la mano para cogerlo. Olía a panceta a leguas.

—Esa pelirroja sabe lo que me gusta.

—¿Te guzta la panceta? —me preguntó.

—Mucho.

—A mi padre le guztaba. —La chiquilla me sirvió zarzaparrilla en uno de esos vasos y me lo tendió—. En las nochez de verano, la azaba en el patio de caza, zobre laz brasas. Y luego me contaba hiztoriaz mirando al fuego. Ya nadie me contará hiztoriaz mirando al fuego.

Suspiró con tristeza. El corazón se me encogió.

—¿Quieres sentarte conmigo y compartir mi bocadillo? Te contaré una historia que me contó mi amigo el bardo.

La niña me miró con sorpresa.

—¿De verdad?

—Claro. —Dejé el vaso en el suelo y el bocadillo sobre él. Luego arrastré uno de los braseros que prendían por la noche. Aunque no había llama en él, quedaban unas fulgurantes brasas—. Venga, imagina que es una hoguera.

—¡Vale! —dijo entusiasmada—, dame unoz minutoz.

Casi voló al centro del campo de entrenamiento.

Gritó a viva voz que había bocadillos para todos, que podían coger lo que quisieran, cortesía de Maes Ir.

Dejó allí el carrito, que pronto fue asaltado por los cadetes, y regresó junto a mí.

Palmeé el suelo a mi lado. Zofi se acomodó, con la espalda en la pared y las piernas estiradas.

Partí el bocadillo en dos y le di su mitad. No tardó en darle un bocado.

—¿Qué hiztoria me vaz a contar? —preguntó con la boca llena.

Mordí mi bocadillo y, de igual manera, dije:

—La historia de Azani y Éresar.

Ella se rio. «Si el bardo nos viera…», pensé riendo también.

—¿Y eza quién ez?

—Tú la conoces como Yssal.

—Oh, dicen que ella creó a las ardillaz. ¡Me guztan mucho laz ardillaz! Me hace gracia cómo comen… —Mordió el bocadillo como si fuera una.

Hice lo mismo. Aquello también la hizo reír.

—Venga —me dio un leve codazo—, la hiztoria.

Mi mente regresó a la casa del bardo, en otro tiempo, en otra vida, cuando acababa de llegar de quitarle la suya a August, cuando empezaba a entender el sentido de la amistad.

Con dos niños y un rey en su salón. Con una costurera y su gata.

Antes de ver una cara que no era la mía en aquel periódico, La Voz de Ardacia. Antes de tantas cosas.

—Un día, Éresar, un tío que se pasa el día en su forja haciendo armas que luego los mortales harán también, estaba haciendo un martillo. Digo yo que tendría que colgar algún cuadro y le hacía falta la herramienta.

Zofi se echó a reír con tanta gana que casi se ahogó. Le palmeé la espalda y le di el vaso. Bebió, y dijo:

—¿Y qué cuadroz tendría un dioz en zu caza?

—Pues Éresar no lo sé, pero Damien tendría su cara, porque es un engreído.

La niña rio de nuevo.

—Yo tendría cuadroz de ardillaz. ¿Y tú?

—Yo… —Un movimiento en la zona de los guardias me hizo prestar atención a la ronda—. Anamkha —dije al verla.

—¿Tendríaz un cuadro de la Maez Ir?

—No, yo… —Carraspeé y sacudí la cabeza—. Me refiero a que está allí.

La chiquilla llevó la mirada a donde señalé con disimulo. La pelirroja conversaba con la pareja de guardias. De algo serio, me pareció.

—Eza ropa de montar le queda muy bien. Cuando zea mayor quiero llevar ropa tan bonita como la zuya. Y no pazaría nada zi quizieraz tener un cuadro de ella. He vizto muchoz en palazio.

—Claro, es la Maes Ir, habrá algún que otro retrato.

—¿Alguno que otro? No, zu hermano tiene una zala llena de cuadroz de ella y de otro montón de gente.

Mi favorito ez eze en el que zale con un chico con la piel ozcura y un montón de tatuajez.

Porque él ez guapízimo y tiene un montón de armas.

Me gustan laz armaz. Creo que me haré de la guardia cuando zea mayor.

O aventurera. Quiero zer muchaz cozaz cuando zea mayor, ¿ezo ez malo?

Llevé la mirada hacia Zofi de golpe.

—No, no lo es… Perdona, pero… ¿has dicho un chico con tatuajes?

—Zí. Nunca me haría uno, me dan miedo las agujaz, pero a él le quedan bien.

—¿Dónde está esa sala? —pregunté con apremio.

—Al lado de los apozentoz del rey. Acabé en ella zin querer. —Levantó ambas manos; un churretón de aceite del bocadillo le cayó hasta la muñeca y se quedó en el filo de la manga—. Prometo que zin querer. Los cuadroz estaban tapadoz con zábanas y curiozeé unoz cuantoz.

Regresé la vista a Anamkha. Se dio cuenta de mi presencia y me dedicó una sonrisa a la que correspondí. Luego siguió hablando con los guardias, enfrascada, quizá, en algo importante.

—Tengo que ver ese cuadro…

—No te dejarán. Eztá prohibido. El rey me lo dijo cuando me encontró allí. Fue amable conmigo, pero lo noté dizguztado. ¿Me ziguez contando la hiztoria?

Traté de no darle vueltas al asunto del cuadro, mientras le contaba a Zofi, a mi manera, la historia de Éresar, su forja y el mineral de azani.

La chiquilla me prestó atención, entusiasmada, y dimos buena cuenta del bocadillo y la bebida.

Así estuvimos hasta que Khabyr empezó a llamarnos vagos a los que estábamos parados y nos instó a seguir entrenando.

Zofi me dio las gracias por la historia y se marchó feliz, empujando el carrito.

Volví a untar mantequilla sobre pan hasta que tocó la campanilla que llamaba a poner fin al entrenamiento.

Me lavé y me fui a tomar una cerveza con Khabyr y los cadetes.

Aunque estaba allí presente físicamente, la cabeza la tenía en ese cuadro, así que me despedí pronto de ellos.

Eran tan grandes mis ansias de verlo que decidí hablar con Anamkha para pedirle que me lo enseñase.

Aun sabiendo que no querría hacerlo; al menos tenía que intentarlo.

A veces, en la vida, basta con intentarlo.