Málakor 4 CAPÍTULO 71
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CAPÍTULO 71

De la distancia de mil océanos

A Anamkha no le pasó nada, así que esa noche nos reunimos para leer. Como tenía un montón de cosas que contarme después de todo el día fuera, el libro se quedó sobre la cama la mayor parte del tiempo. A punto de despedirme de ella, desde la puerta, apoyado en el marco, le dije:

—Cuando te has ido a cabalgar, he sentido miedo porque pudiera pasarte algo, así que me siento agradecido de que esa mala sensación solo fuera eso, algo provocado por mis propios temores.

Por esos que ya siento… —Se me quedaron atascadas las palabras, porque venían de la mano de una emoción honda que no sabía manejar.

—¿El qué? —preguntó ella.

—Es igual, es una tontería.

Anamkha saltó de la cama y se plantó frente a mí.

—Me encanta oír tus tonterías. Son casi más interesantes que las que no lo son.

Reí, sabiendo que lo había dicho para eso: para hacerme reír, igual que yo hacía con ella.

Colocó delicadamente un mechón de mi flequillo hacia atrás. La suavidad de sus dedos se impregnó del sudor de mi frente, pero no le importó, porque recolocó algunos más.

—Me gustan estos mechones que se te desordenan, son como chiquillos rebeldes que no quisieran hacer caso a su padre. Aunque no te vendría mal un corte de pelo. Dime qué te pasa, anda.

Apartó la mano de mí. A medio camino, se la cogí para ponerla contra mi pecho.

—El otro día, tu hermano me dijo que si murieses, no sabía si podría seguir viviendo.

—Qué cosas tiene… —rio con cariño—. Claro que podría. Tiene muchos motivos por los que luchar.

—Eso mismo le dije. Pero su miedo a perderte me hizo darme cuenta, más aún, del que yo siento, Anamkha.

El que he sentido cuando te he visto sobre Epona para salir a cabalgar.

Si pienso en que algo podría pasarte, el miedo me atenaza el corazón.

No entiendo cómo es posible que alguien que lleva tan poco tiempo en mi vida signifique tanto para mí.

Sus ojos se llenaron de una ternura que me conmovió.

—Tú también significas mucho para mí. —Tiró despacio de mi mano y la sostuvo entre las suyas. Sin soltarla, me dijo—: Aunque llegue el día en que tengamos que separarnos, quiero que sepas que ni la distancia de mil océanos te arrancará de mi corazón, nuadhair .

Asentí, perdido en su mirada. Mi reflejo estaba en ella, una vez más, y quise quedarme en él para siempre. Un poco abrumado por la magnitud de aquellos pensamientos, solté su mano, aunque no bruscamente, y le di las buenas noches. Salí de allí casi corriendo.