Málakor 4 CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70

De correr sin ser perseguido

Cuando me quise dar cuenta, el verano había entrado más que de sobra y yo llevaba ya cinco meses en Sigmarina.

El mundo siguió su curso; lo estaría siguiendo también en Ítaro, aunque no pudiera saber qué pasaba allí.

El bardo, en cambio, sabría todo lo que me estaba aconteciendo, pues empecé a escribir esa lista de cosas que debía contarle.

Como me supo a poco, acabé desarrollando algunas hasta llenar varias páginas.

Mejor o peor escrito (lo segundo mayormente), estaría orgulloso de mí.

También incluí en esos escritos la lista de criaturas del Ynsheran que Anamkha había hecho para mí.

Estaba llena de nombres impronunciables, bichos raros y criaturas que esperaba no ver jamás con mis propios ojos.

A Hach le encantaría, pero a Medora aún más.

A ella le gustaban las cosas extrañas. Como ese dragón guaperas.

Sabía que los días vividos allí jamás volverían, que eran una excepción en mi vida.

Eso me instalaba una sensación agridulce en la boca.

Estaba más cerca que antes de regresar a Ítaro, y lo deseaba con todas mis fuerzas; más que nada por saber cómo estaban mis amigos.

Sin embargo, y a la par, no quería irme de allí.

Sería fantástico poder llevármelos conmigo a Sigmarina, donde las cosas parecían más en paz que en Ítaro, aunque tras capas y capas de estabilidad y apariencias, tampoco lo estuvieran del todo.

Aunque quedasen los estragos de otros tiempos en los que la Oscuridad campaba por allí a sus anchas, al menos los ejércitos oscuros no estaban a sus puertas.

Pensar en las cosas que Araleen nos había contado sobre la Ciudad Maldita me hacía sentir como si estuviera a punto de caer al vacío.

Soñé, más de una noche, que tenía los pies al borde de esos acantilados oscuros llenos de celdas y los ojos clavados en el carmesí de las aguas teñidas por la sangre de los sacrificios.

Despertaba con los músculos agarrotados y la mandíbula dolorida de tanto apretar los dientes.

Le hablé de aquello a Khabyr, en una mañana de entrenamiento.

Entretanto, él escogió unas espadas sin filo para dárselas a unos nuevos cadetes.

Aguardaban a unos pasos, más tiesos que una vela.

Eran muchachos imberbes, con cara de haber salido no hacía mucho del ala de sus padres.

—También sufro pesadillas a menudo —reveló finalmente.

Sospechaba por qué, mas no lo mencioné. Seguía siendo un secreto entre Anamkha y yo.

—Lo que hago es correr por la ciudad y los bosques circundantes.

—¿Corres sin que nadie te persiga?

—Sí, corro sin que nadie me persiga —dijo entre risas. Alguno de los cadetes rio también, así que lo freí con la mirada—. Igual que os hago correr por el patio. Me ayuda a despejar la mente. Pruébalo mañana y me cuentas.

Asentí, dispuesto a aceptar su consejo. Dado que esa noche soñé que Azskar regresaba y terminaba el trabajo, salí de la cama cerca del alba presto a ello. La primera vez lo encontré cansado y aburrido, y regresé pronto; en cambio, a lo largo de los días empecé a cogerle el gusto.

Los guardias de palacio tenían órdenes de Khabyr de dejarme salir, así que se convirtió en una costumbre lo de darles los buenos días, aun cuando fuera de noche; en llevarles una sidra caliente, típica en las mañanas sigmaris, y charlar unos minutos con ellos antes de irme.

Cuando corría por la ciudad no pensaba en nada. Solo en respirar y en pedirle a mis músculos que siguieran corriendo. Y la voz de mi cabeza me decía: un poco más. Hasta que caía rendido. Con la mente más en blanco que si la hubiera metido en leche.

El paisaje cambiaba a cada tanto, distrayéndome.

Me gustaban esas horas oscuras, llenas de estrellas, envueltas por un ambiente reposado.

Sigmarina estaba más callada, sí, pero nunca silente del todo.

Los gatos hacían sus incursiones nocturnas, el búho ululaba en las ramas de los árboles de los jardines, las fuentes seguían murmullando la melodía de su agua, los ronquidos salían de las paredes de las casas.

El fuego crepitante de alguna chimenea aún prendida, los postigos mecidos por el aire, el gemido de unos amantes que andaban despiertos.

El sonido de las armaduras de los guardias en su ronda nocturna.

Tampoco los olores de sus calles, porque todo se impregnaba del aroma de las flores que se abrían de noche, de la brea de las antorchas y candiles, del olor a pan, lo primero que se hacía en las madrugadas.

Empecé a conocer a todos los panaderos, de tanto cruzarme con ellos, y acabé regresando a palacio con un montón de bollos que compartía con los compañeros en los descansos de los entrenamientos.

A la gente de Sigmarina le gustaba mezclar lo dulce con lo salado, así que era común encontrarse un bollo de miel que estuviera relleno de una masa del color del chorizo a la que llamaban sobrasada.

O juntar pasta de leche endulzada con pescado en salazón.

La combinación puede parecer extraña, pero estaba buenísima.

Conforme la ciudad se despertaba, la ocupaban paulinamente otra clase de gentes, sonidos y olores.

El canto del gallo más perezoso, el espaciado golpe del martillo del herrero, el rodar de las ruedas de un carro.

Me cruzaba con los que iban a preparar sus puestos en el mercado, los que iban a trabajar los campos, los que venían de la recolecta nocturna de una especie de aceituna que solo crecía en esos lares, los que iban a llenar de agua los cántaros a las fuentes que, a aquellas horas tempranas, más que dar agua daban casi hielo de lo frías que venían de los manantiales, a pesar del verano.

A diferencia de en Ardacia, la magia no servía para tales asuntos.

No había bañeras con tuberías ni cosas así.

Aunque sí un sistema de alcantarillas que una madrugada me entretuve en recorrer.

Hasta las ratas de Sigmarina parecían más simpáticas.

Allí descubrí un río de escaso caudal, embovedado, que supuse habían elegido ocultar bajo la ciudad cuando esta creció, pues las piedras que componían la bóveda no tenían signos de tener demasiado tiempo.

Regresaba de uno de esos paseos cuando me crucé con Anamkha cerca de las caballerizas, montada en Epona.

La había visto progresar lentamente, así que no me sorprendió que ya no hubiera rastro de sus magulladuras ni tampoco de venda alguna o cabestrillo.

Verla fuera de la habitación, mejoró más aún mi humor.

—Vaya, pelirroja, ¿ya te han dejado salir de la cama? —dije cuando se detuvo a mi lado.

—Ya me han levantado el castigo, sí, y ¿sabes qué? Voy a salir a cabalgar, ¿quieres venir?

Acaricié la testuz del animal. La yegua me respondió con un sonido manso. Ella también estaba feliz de poder compartir un paseo con Anamkha después de tantos días.

—Ojalá, pero Khabyr me ha pedido ayuda con los nuevos cadetes.

—¿Ya ayudas al capitán y todo? Vaya, cuánto has crecido —dijo con cariñosa burla.

Le pellizqué en el muslo. Ella dio un respingo y se echó a reír.

—No te burles de mí, listilla. Ten cuidado, ¿vale?

—Iré directa el peligro. —Me guiñó un ojo. Irremediablemente, me reí—. Pienso estar todo el día fuera, ¿nos vemos esta noche? Tenemos un capítulo a medias.

—Ya no estás convaleciente.

—Lo sé, pero no hemos terminado esa historia. Las historias que se empiezan con alguien más, no pueden acabarse a solas. —Chasqueó la lengua para pedirle a Epona que echase a andar. La yegua obedeció al punto, en un paso tranquilo—. ¡Pásalo bien con Khabyr! ¡Dale recuerdos!

—Le diré que le has mandado un beso. Uno bien apasionado. Le encantará.

Anamkha se giró, todo lo que la postura le permitía, y me sacó la lengua. Luego miró hacia delante y azuzó a Epona a ir más rápido. En tanto que las observaba, sonreí; sin embargo, de golpe me invadió una amarga sensación.

—Estará bien —me dije—, no es la primera vez que sale a cabalgar. Estará bien. No es una niña. Sabe cómo cuidarse. Salvo que se acerque a un acantilado en un día de viento, claro, y quieran los dioses que un niño corra por allí sin mirar por dónde va.

Torcí el gesto, alarmado. Estaba a punto de mandar al traste mis planes con Khabyr, para ir con ella, cuando vi que la seguían un par de guardias. Suspiré entonces, más tranquilo.