CAPÍTULO 69 #2
—La magia nos enterró en vida —soltó muy serio, y alcé la mirada para encontrarme con la suya.
En sus ojos vibraban los malos recuerdos.
Tras un pestañeo y una sacudida leve de cabeza, agregó en un tono más tranquilo—: Aunque, como dice mi amigo Ivarix, «eso fue cosa de la magia mala, Azkena, nada más».
Eso de «magia mala» suena algo infantil, ¿no crees?
—Sonrió—. Hasta lo hace parecer menos problemático. Es el poder de las palabras.
Asentí, porque después de todos mis años con el bardo sabía de sobra que esa afirmación era más que cierta.
Después de algunas conversaciones más que triviales, dejamos el comedor en pos de visitar la Sala de Armas del Rey, llamada así, con todas sus mayúsculas y letras.
Lo que vieron mis ojos, jamás lo olvidaré.
Ante mí, en expositores que llenaban las paredes, estaban las espadas más asombrosas que hubiera visto jamás.
—¿Quieres coger una? —dijo, parado a mi lado ante uno de ellos.
—Creo que nunca he deseado tanto tocar nada —musité admirando el brillo del acero.
—Eso lo dudo, alguna bella dama se habrá cruzado en tu camino —dijo con tono pícaro.
—Más de una —reí—, pero ahora mismo prefiero una espada.
—Aunque me gustan las espadas…, nunca las elegiría antes que a una mujer.
—Eso es porque eres feliz con tu esposa. Yo… —miré a Azkena, que me observaba con gesto curioso—, yo no he encontrado aún la felicidad plena en una relación.
—Es que la felicidad plena, Málakor de Luara, no existe.
Solo se compone de momentos dibujados en un océano lleno de otro montón de cosas, a veces amargas.
El secreto de una relación plena no se halla solo cuando se es feliz en ella, se halla cuando la felicidad es una quimera.
Ahí es donde el amor muestra su verdadera cara; donde prueba su existencia.
—¿Y si no se muestra?
—Entonces es que no era amor. —Sus labios se estiraron en una mueca franca.
Me palmeó el hombro, animado, y luego señaló a una de las espadas. De negra empuñadura, la cruceta estaba grabada con filigranas que formaban nudos y otras figuras entrelazadas. En el pomo, sobre un fondo esmaltado en negro, se alzaba la silueta roja de un roble.
«Rojo sobre negro», pensé. «Pero un rojo de buenos augurios».
—Es el roble de Erisias —anotó él, al darse cuenta, quizá, de que lo miraba—. Los bosques de mi hogar son rojos como el cabello de mi hermana.
Había visto esos árboles antes. En el mundo entre los mundos.
En mis sueños. Ese día en el que vi a esa muchacha que decía ser mi hija.
Tragué saliva, abrumado ante ideas a las que no quería darles más alas de las que ya tenían en mi mente.
Dejé de mirar aquella espada y me fijé en otra cuyo pomo y cruceta estaban decoradas con elementos vegetales.
El verde esmeralda del esmalte, delicado y bello, llenó mis ojos.
—Esa es la favorita de mi hermana —dijo él—, ¿quieres cogerla?
Asentí, y él la sacó del expositor, tomándola como quien toma su bien más preciado, y la puso en mis manos.
Jamás había tenido una espada como aquella.
Cuando la empuñé, la suave firmeza del cuero de su empuñadura me acarició los dedos; la ligereza de su acero hizo latir mi corazón más rápidamente.
Di unos espadazos al aire, que silbó ante el poder del filo.
Me sentí capaz de derrotar a un dragón con ella.
—¿Te gusta? —preguntó él, mirándome con orgullo.
—Es la mejor espada que he empuñado jamás.
—Pero no será la mejor que empuñes.
Sus palabras auguraban algo grandioso, así que sonreí conforme.
Después de disfrutar un poco más de ella, la dejé en su lugar. Al salir, hasta le dije adiós. El brillo de su acero me guiñó los ojos. El rey y yo nos despedíamos ya, en uno de los largos corredores de palacio, prestos a seguir cada uno con nuestros asuntos, cuando él me dijo:
—Gracias de nuevo por haber salvado a mi hermana. Si ella muriese, no sé si podría seguir viviendo. —El verde de sus ojos se volvió gris—. Anamkha es toda mi vida. Siempre lo ha sido.
Su miedo a perderla me atravesó el corazón y se unió al mío, porque yo también lo sentía, más hondo de lo que jamás habría esperado.
—Seguirías viviendo, porque tienes otras personas por las que luchar —le dije—, otras que también son tu vida, y lo sabes.
Asintió despacio, sin apartar la mirada de la mía. Agregué:
—Pero mientras esté conmigo cuidaré de ella para que no tengas que perderla jamás. La salvaré una y mil veces. No solo por ti, es que yo… —llené los pulmones de aire, encogidos por un sentimiento pleno que iba más allá de lo que comprendí entonces—, es que yo tampoco quiero perderla.
—¿Tanto te importa?
—Digamos que hasta compartiría mi bocadillo favorito con ella.
Su gesto se tornó más jovial, al borde de la risa.
—Está bien, Málakor. Cuidaremos juntos de ella. Y ella de nosotros, todo sea dicho.
—Probablemente mucho más que al revés.
Reímos, en un instante de felicidad compartida.
Luego, Azkena me palmeó el hombro y se marchó.
El blanco de alguno de sus mechones se volvió naranja a su paso ante una vidriera de colores que dejaba entrar la luz de la tarde.
¿Cuántos de esos mechones le habrían poblado el cabello tras perder a su hijo? , pensé, lleno de compasión por él.
Esa noche, cuando le dije a su hermana que habíamos estado juntos, se puso tan contenta que bailó descalza por la habitación tarareando una canción.
Los bajos de su camisón eran olas al viento; sus brazos, alas de esas mariposas de papel y magia.
La observé, sonriente, y guardé aquella imagen en mi memoria para recordarla así de feliz siempre.
Estuvo bien hasta que tiró de mí para hacerme bailar con ella.
Solté un gruñido, arrastré los pies, pero acabé cediendo.
—Por todos los dioses, Anamkha —me quejé, tratando de seguir aquellos giros, aquellos saltos, entregado a sus manos que sujetaban las mías—. Solo el bardo se ha atrevido a arrojarme a esta clase de sufrimiento, y es mi mejor amigo.
Ella casi se atragantó de la risa al verme tratar de hacer algo parecido a un baile.
—He visto cabras con más ritmo, Málakor.
—Y yo princesas menos alborotadoras. Casi echo de menos tus días de no poder andar.
—Cómo te atreves… —Rio a carcajadas.
La noche terminó entre risas que despertaron a la doncella.
Al vernos bailando juntos, frunció los labios y señaló hacia afuera.
Dejé la habitación fingiendo honda seriedad mientras Anamkha se cubría la boca con las manos, callando otra risotada.
A su lado, pensé, a ratos me volvía un niño más que dispuesto a vivir de un modo más alegre.
Y esa parte de mí me gustaba. Me gustaba tanto que hacía que solo quisiera regresar una y otra vez a su lado para ser esa parte de mí mismo que la vida y sus asperezas habían herido.