CAPÍTULO 69
De reyes amables y espadas hermosas
Tras la jornada siguiente, volví a visitar a Anamkha para leerle.
Se había llevado una regañina de su hijo, pero, en palabras textuales, me dijo que le daba igual, que había sido una noche bonita.
Eso me hizo feliz. Leímos dos capítulos más.
Y en la noche posterior, otros dos. Y cuando ese libro se acabó, con los malos teniendo su merecido y los buenos su final feliz, para alivio de ambos, comenzamos otro.
Así fueron pasando los días y sus heridas fueron mejorando, hasta pudo empezar a dar cortos paseos.
Seguí con mis entrenamientos, mis rutinas. Me gustaba esa vida donde los días solo ofrecen sorpresas cotidianas que uno puede manejar sin arrojarse a grandes hazañas. Me recordaba a mis tiempos en Paltia, esos que jamás regresarían pero que siempre llevaría conmigo.
De vez en cuando, veía a Zofi. Trabajaba ayudando en las cocinas y, en la pausa para comer, siempre nos traía algo al campo de entrenamiento.
Zampar bocadillos mientras la oía hablar con la zeta, poniéndome al día de sus idas y venidas, era un momento digno de vivirse.
También me crucé unas cuantas veces con Altaxio y Araleen.
La elfa tenía mejor aspecto; se les veía bien juntos, como si hubieran establecido una relación cómplice y cercana, aun en poco tiempo.
Quizá es que el dolor une más que muchas otras cosas.
Quizá, Altaxio para Araleen era lo que Anamkha para mí: el único lugar seguro de Sigmarina.
Una mañana, después del entrenamiento, fui a ver a los zahories.
Aunque no pudieron serme de ayuda, su oficio me pareció más que interesante.
Regresaba del barrio de los ingenieros cuando un guardia me avisó de que Azkena quería verme.
Temí que fuera a caerme una real bronca, en ambos sentidos; sin embargo, lo único que el hermano de la mitad de mi destino quería era compartir conmigo su mesa en agradecimiento por lo que había hecho por su hermana.
Así que me encontré zampando las mejores viandas posibles a la mesa del pulecoronas. Ni en mi mejores tiempos en Ardacia.
El comedor real estaba lleno de tapices de grandes gestas, sin duda bordados por las damas de la corte.
En el centro, al calor de un gran fuego, había una enorme mesa.
El rey ocupaba la cabecera; sus galgos andaban tendidos a sus pies o frente al fuego.
No molestaban salvo que él les dijera que se acercasen y les diera algo de comer.
Los coperos y sirvientes, así como los guardias, aguardaban con la paciencia y el esmero de quien ha nacido para proteger y cuidar.
—Siento haber tardado tanto en verte a solas —dijo él tras dar un trago a su bebida—. No tengo mucho tiempo para nada, estoy muy ocupado.
—Sí, ya me lo imagino. —Me chupé los dedos tras degustar un rico muslo de pollo bien grasiento—. Vas y vienes con tus cosas de rey, que todos sabemos lo que son: causar inconvenientes a los súbditos por culpa de alguna nueva ley o impuesto.
Rio por lo bajo, algo triste. Esa tristeza le hizo bajar las defensas conmigo.
—Mis leyes e impuestos no son lo que disgusta a algunos de mis súbditos, es mi persona.
Soy un extranjero, como tú, y ya sabes cómo son aquí con las tradiciones.
El anterior rey era un tirano, pero era un Stantor, la familia que llevaba siglos reinando en estas tierras, y eso valía más para algunos que una buena gestión del reino, al parecer.
El resto de mis súbditos, por fortuna, están muy contentos conmigo y con los inconvenientes que les causo.
—Brindo por aquellos que te son leales, por los que no… brindaré el día de su muerte.
Levanté la jarra. Azkena imitó mi gesto y ambos bebimos a la par. El líquido espumoso burbujeó en mi garganta, reconfortándome. El calor secaba más que nunca el gaznate. Tras un silencio lleno de los ruidos típicos de quienes degustan una buena comida, dije:
—He visto tu biblioteca. Es muy bonita. Anamkha me contó que la hiciste para tu esposa.
—A ella le gusta mucho leer; sobre todo si se trata de investigar sobre cualquier tema que pueda pasársele por la cabeza.
Puede levantarse una mañana cualquiera y decirme: «Azkena, querido, ¿sabes cómo funciona el aparato digestivo de una vaca?
» —relató con cariño—. Y como nada puedo contestarle más que alguna broma, ella se lanza a investigarlo.
—¿Y cómo funciona? —pregunté.
—Que te lo cuente cuando regrese, su investigación sobre los vacunos sigue en curso.
Reí a la par que él. Esa mujer me provocaba una honda ternura, y eso que era una pulecoronas y que aún no la había conocido. Además, el amor que él sentía por ella era contagioso. Me recordó a Hach cuando hablaba de Azani.
—La echas de menos, ¿verdad?
Asintió muy decidido. Masticaba un pedazo de empanada de carne y, cuando tragó, se limpió la comisura de los labios con delicadeza. Tras unos momentos de reflexión, dijo:
—Más que el campo a la lluvia en los días de sequía. —Su sonrisa plena, una de las más bonitas que había visto jamás, me llenó el corazón. Sentí que no solo hablaba de ella, también de su hijo, mas no quise entrar en ese campo, porque era pedregoso—. ¿Tú echas de menos así a alguien?
—A muchas personas. Solo que no las amo del mismo modo.
—Entiendo… —Cabeceó, antes de tomar de su bebida. Luego hizo un gesto al copero, y este la rellenó—. ¿Quieres más cerveza?
Apuré la bebida y asentí. Con la jarra llena, tras dar un primer trago, le pregunté:
—¿Crees que conoceré a tu esposa antes de irme?
—Eso espero, porque significará que estará de regreso antes de lo previsto. Hemos enviado un barco con voluntarios para la reconstrucción de la isla. Deseo, de corazón, que les sea de ayuda. No es la primera vez que su viejo hogar se ve afectado por un temporal.
«Y vendrán más», quise decir, pero callé, porque el pobre ya tenía bastante.
—Quieran los dioses que todo se arregle —dije de buena gana.
Nos dirigimos una sonrisa amable, otro brindis por aquella petición. Luego, nuestra conversación versó acerca de técnicas de defensa, así como de espadas. Eran su cosa favorita del mundo, sobre todo esas de acero de Máranoore, la vieja montaña que cobijaba Erisias.
—Son uno de los bienes más preciados que existen —dijo nostálgico—. Nada se puede comparar a ellas. Por desgracia, quedan muy pocas, y la mayoría las atesoro como si fueran mis hijas. Pueden separar de un tajo la cabeza de los hombros de cualquier hombre.
—Entonces habrás cortado muchas cabezas con ellas.
—Últimamente, sobre todo de elfos oscuros.
Temo que vuelvan a ser una plaga. En todos estos años hemos invertido mucho dinero y esfuerzo en echarlos de aquí, en derrumbar todas las salidas de los túneles que hemos encontrado.
Pero están unidos por un nudo común y siempre salen por alguna parte.
Si no, envían a sus esclavos a tallar la roca.
Ojalá pudiera meter un río en ellos y hacer que se ahogasen —escupió con desprecio—.
Me gustaría escuchar sus gritos desde aquí, sentado cómodamente mientras me tomo una cerveza.
—Vaya, avísame, te haré compañía.
Relajó un poco el rostro.
—Altaxio no me deja hacer nada parecido. Dice que morirían inocentes. Que esos elfos vivieron un día en la Luz, y que ha de existir un modo de traerlos de vuelta y sacarlos de los túneles para darles una vida mejor.
—¿Y crees que es posible? Mi sobrino no es como ellos pero lo es a la par, así que es un asunto que me está dando que pensar.
—Lo creo. Lo que sucede es que no tenemos las herramientas suficientes. Fueron corrompidos por la Oscuridad, y solo un Méistar podría hacer algo contra eso. Uno que conociera los secretos más profundos de su linaje.
Me mordí los labios, con el nombre de Medora al borde de salir por ellos. Bien cierto era que mi amiga, aún, no conocía esos secretos, pero en Rádamo seguro que los descubriría.
—Ahora no podemos descuidarnos —continuó él, ajeno a mis pensamientos—.
El hijo de mi hermana, a veces, es tan tibio como su padre.
Siempre le digo que, en las guerras, la muerte de inocentes es inevitable.
Y lo que tenemos con esos elfos es una guerra.
No se libra en un campo de batalla, desde luego que no, pero en muchos aspectos no se diferencia de eso.
Recordé aquella conversación, o más bien discusión, que tuve con Leyla sobre lo vivido entre asesinos y exploradores. No pude más que sentirme identificado con la situación.
—Seguro que podéis con ellos. Podremos con ellos.
—Eso espero… No ha habido rastro de tu hermano, ¿no? —preguntó entonces.
—No, y eso me inquieta. O es que Anamkha, con su Espada Esmeralda, lo ha dejado muy herido o es que andaba tramando algo.
—Probablemente lo segundo. No bajes la guardia. La gente como nosotros jamás ha de bajar la guardia.
Aquella pesada carga le quitó hasta el brillo de la mirada. Nunca había sentido tanta empatía por alguien de la realeza como la sentí por él entonces. Para animarlo, dije:
—¿Me llevarías a ver tus espadas de después de comer?
—Por supuesto que sí. —Puso la mirada en mi dedo de plata y sonrió—. Te encantarán.
Lo miré también, por si se me había quedado algo raro en él; sin embargo, estaba limpio y brillaba como nuevo.
—¿Te has acostumbrado a llevarlo? —quiso saber.
—Sí —lo encogí y estiré—, me está siendo muy útil. Tenéis grandes inventos por aquí.
—En estas tierras, Málakor, la magia no siempre fue bienvenida.
Hemos hecho un trabajo incansable hasta hacer comprender a los habitantes que la magia no es su enemiga, pese a que las guerras de antaño digan lo contrario.
Ese dedo es la prueba de su muestra de fe.
En otros tiempos, habría sido imposible que te paseases por la ciudad con algo así, o que los clérigos usasen resquicios de la magia menos pura, de esos que necesitan ser limpiados, para hacer que las velas flotasen.
Miré atentamente aquel dedo tan valioso, más aún de lo que esperaba.
—¿Tanto daño hizo la magia?