CAPÍTULO 68
De un cisne, un unicornio y una palabra hermosa
Metí los brazos bajo su cuerpo, en la parte alta de la espalda y la corva de las rodillas, y la levanté.
Ella apoyó la mano en la curva de mi cuello.
El otro brazo, el del cabestrillo, reposaba en su vientre.
Nuestras miradas se encontraron en aquella cercanía, quedándose la una en la otra por unos instantes.
A los dos se nos dibujó una amplia sonrisa.
—Muy bien. —Me aproximé a la puerta—. Guíeme por el palacio, Maes Ir.
—Por ahí no es. Por ahí. —Señaló al cuadro de la oveja con la cabeza.
—Yo ahí no veo ninguna puerta.
—Acércame al cuadro.
Hice lo que me pedía. Ella estiró la mano y tocó sobre uno de los ojos del animal. Al hacerlo, se escuchó un leve clic. Me pidió que me moviera un poco hacia la derecha. Cuando lo hice, dimos con uno de esos corredores secretos.
La llevé a través de ellos, en silencio.
Tras un periplo de escaleras de caracol, largos pasillos e infinitos giros, llegamos a una falsa puerta encastrada en la pared.
Anamkha tocó un punto en el marco y esta se abrió.
En el amplio espacio que vi ante mí, no quedada una sola pared libre de estanterías, de suelo a techo.
Era una habitación tan alta, tan larga, que casi se me perdía la vista.
Entré, mirándolo todo, pasmado. Aquello se parecía mucho a la biblioteca de la Universidad de Ardacia, pero tenía algo distinto, como más personal.
Era un lugar que rezumaba intimidad. Pensé que, a diferencia de la biblioteca ardaciana, no todo el mundo tendría permiso para entrar.
La luz de las brasas que quedaban en una chimenea iluminaba el espacio en tonos rojizos. Entraba también algo de claridad a través de las ventanas, gracias a unos faroles del exterior. Pero, mayormente, había penumbra.
—Tienes una cara de asombro… —dijo Anamkha.
—Este sitio tiene algo especial.
—Fue un regalo de mi hermano a su esposa.
Antes había una biblioteca muy pequeña, y él se esmeró en hacerla para ella.
Todos los detalles que la componen significan algo para los dos.
Los frescos del techo, las molduras de los estantes, las alfombras…
Creo que es el mejor regalo que puede hacerse a alguien que ama los libros.
Llevé la mirada a todas esas partes que ella señalaba.
Apenas podía verlas con todo detalle, pero eran hermosas incluso a tan poca luz.
En el techo había escenas de bellos paisajes, que me parecía que contaban una historia.
Las molduras tenían motivos florales o de seres mitológicos.
Las alfombras eran grandes y bien bordadas.
—Alguien debería regalarte una biblioteca entonces.
—Ya hay una biblioteca esperándome. La de Erisias. O lo que quede de ella —dijo con pesar.
—Anamkha… —musité, con la impotencia apretándome el estómago por no poder aniquilar la pena que destilaban sus ojos.
—No pasa nada, vamos. Ve en esa dirección. —Señaló un punto del fondo con la cabeza.
Me guio junto a las estanterías, hasta que llegamos a la que andábamos buscando. Anamkha me pidió que la dejase sobre la alfombra, donde se acomodó.
—Prende algunas velas más, por favor —pidió—. Hay candelabros por toda la estancia.
Tras hacerlo, y disponerlos cerca de nosotros, corrí una escalera de mano para llegar al anaquel que me indicó.
Luego saqué de él los dos libros que me dijo.
Cuando bajé, los puse sobre las piernas de la pelirroja.
Sus tomos azules resaltaron en el blanco del camisón.
En ellos estaba la insignia de Sigmarina, señal de que pertenecían a la biblioteca real.
Abrió uno, hábilmente, y me senté a su lado, en la alfombra.
Ella buscó algo de información relevante.
El libro estaba escrito en élfico, así que yo no entendía nada.
Al principio, solo encontró datos semejantes a los que Khabyr me había dado.
Fue en el segundo tomo en el que halló algo que podría serme de utilidad.
—Dice que muchos meurvor tuvieron un maestro desde que eran niños, pero que la mayoría de ellos se ha topado con el don de forma imprevista.
En momentos de pura necesidad. Habla de un meurvor llamado Querien que descubrió que lo era cuando su hijo se estaba ahogando en un río.
Su desesperación frenó las aguas, como si hubiera un dique conteniéndolas, y el crio se salvó.
Otro descubrió que lo era buscando a su amada desaparecida en el bosque, en medio de una cruel tormenta.
Las gotas de lluvia formaron flechas que lo condujeron a donde estaba.
Otro, cuando estaba en un barco con su padre y este cayó al agua.
Le pidió al mar que no lo dejase morir, porque sus amigos y su familia lo estaban esperando, y una ola se levantó con su padre sobre ella y lo posó suavemente en el barco.
—Eso es asombroso —dije atónito.
—Lo es, sí. Aunque también cuenta historias en las que el don se ha manifestado trayendo horribles consecuencias. Inundaciones, riadas, ahogamientos… Incluso han empleado su poder para asesinar, manipulando el agua del cuerpo. Así que la mejor opción siempre es tener un maestro.
—Pero no queda ningún meurvor —dije desesperanzado—. Khabyr me lo dijo.
—No. Solo algunos hombres que saben dónde encontrar agua.
Zahoríes, los llaman. Trabajan mano a mano con los ingenieros en las obras hidráulicas, o con los agricultores.
Este año están trabajando incansablemente, porque prevemos habrá sequía.
Así que están buscando manantiales, fuentes de agua… Lo que sea.
—Eso me habéis dicho todos, que ha llovido mucho menos.
Anamkha asintió, pasó las páginas y luego señaló una en concreto. Me la mostró, había un dibujo en ella de unas manos humanas con dos puntos marcados en las muñecas. Estaba rodeado de palabras en élfico.
—¿Qué significa esto?
—Que los meurvor, cuando ya tienen su don, lo invocan pasando las yemas de los dedos por estos puntos, en un movimiento rápido de las manos. Lo haría, pero… no puedo —dijo con una risa de circunstancias—. ¿Quieres que te diga cómo se hace?
—Por favor.
Ella siguió las instrucciones del libro.
—Dedo índice de la mano derecha se desliza suavemente por la muñeca izquierda, de izquierda a derecha, entre ambos nudos.
—¿Qué son los nudos? —le pregunté.
—Creo que las líneas que se forman en la muñeca.
Cierra el puño. —Así lo hice. Señaló a unas que emergían bajo el dedo meñique al hacerlo—.
En algunos sitios, dicen que estas marcas cuentan cuántos hijos se tendrán.
Estira la mano, por favor. —Cuando lo hice, señaló la palma—.
Y estas de aquí, lo larga que será tu vida.
—Élinor —dije con una sonrisa—. Mi princesita, esa de la que te hablé cuando el asunto de la guerra civil; ella sabe leer estas líneas.
—¿Y te las ha leído alguna vez?
—Sí. Me dijo que el amor de mi vida me salvaría, y también me habló de una traición. ¿Tú crees en esas cosas?
—Considero que esas dos frases son aplicables a casi cualquier persona. —Me guiñó un ojo, con gesto perspicaz—. No digo que no sea posible. La magia existe. Pero… ¿a quién no le han traicionado alguna vez? O ha sido salvado por la persona que lo ama.
—Eso es verdad. Ya me dejas más tranquilo —reí—. Bien, sigue explicándome.
—Dedo índice de la mano derecha se desliza suavemente por la muñeca izquierda, de izquierda a derecha, entre ambos nudos.
Dedo pulgar de la mano izquierda se desliza a mayor velocidad entre los nudos de la muñeca izquierda.
Este gesto se repite sin perder el ritmo hasta que en las palmas de las manos se sienta un cosquilleo y una sudoración.
Aparecerá entonces el meur arvoris, la energía azul convertida en agua, que llamará a todas las aguas que rodeen al meurvor.
Hice aquello varias veces, pero nada pasó. Ni siquiera la pulsera de Kebarenis prendió como bajo el agua, así que torcí el gesto.
—Piensa lo que dice. «Cuando el don se haya manifestado».
—Pero yo creo que ya lo ha hecho, Anamkha, por eso pude salvarte. —Le hablé de la burbuja en la que estuve metido—. Gracias a eso pude sacarnos de las profundidades.
—No lo sé, Málakor. Habrá algo más que podamos hacer y que no sepamos. Quizá fue la urgencia de la situación. Conozco a gente cuyos dones se han manifestado así, por la necesidad, como si la propia magia que poseen quisiera ayudarlos.
—Recemos para que sea mi caso. —Llené los pulmones todo cuanto pude. Lo solté despacio y luego señalé el libro—. ¿Dice algo de la Voz del Agua?
Anamkha siguió explorando entre las páginas, con las puntas del cabello rozándolas si inclinaba mucho la cabeza.
—Dice que el agua tiene voz y que los meurvor pueden escucharla y pedirle ayuda. Que algunos trovadores expertos la han invocado con poemas o canciones. Nunca he visto hacer nada así —dijo mirándome—. Jamás. Ha de ser un conocimiento muy antiguo que se ha perdido en Hérenthor. Es una pena.
—Háchpirey y Kebarenis sabrán cómo hacerlo. —El rostro se me iluminó—. Podrán ayudarme. Asunto resuelto. Esperaré a llegar a Ítaro, tal y como pensaba. Aunque igual iré a ver a uno de esos zahorís, por si puede contarme algo.
—Claro. Se reúnen en el barrio de los ingenieros. Pregunta por la ciudad, no tiene pérdida. —Cerró el libro y posó la mano sobre él—. ¿Estás más tranquilo entonces?
—Mucho más. —Puse mi mano sobre la de ella—. Gracias por dejarte traer hasta aquí.
—Ha sido una experiencia aburridísima y poco emocionante la de deambular por palacio en mitad de la noche, en tus brazos, la verdad. No la repetiría por nada del mundo.
Me sonrió dulcemente después, dejando más claro aún que era una broma.
—Una tortura, sí —dije de igual modo—. ¿Quieres que te lleve a la cama?
—Nos quedaremos aquí un rato. Si te parece bien.
Asentí, y señalé al techo.
—¿Por qué tengo la impresión de que esos frescos cuentan una historia? —pregunté.
—Porque lo hacen, ¿quieres que te la cuente?
—Me encantaría.
Dejé los libros en la alfombra, en pos de colocarlos luego, y nos tendimos ambos en el centro, el uno junto al otro.
Le quité el nudo del cabestrillo para que estuviera más cómoda, y ella soltó un suspiro de alivio.
Reposó una mano en su vientre y con la otra señaló al techo.
Los frescos eran más visibles, más hermosos si cabe.
En tonos azules, verdes, rosados, blancos…
Anamkha me contó la historia de un cisne que no quería vivir más, que sentía que el mundo a su alrededor se derrumbaba sin que nada pudiera hacer por ello.
—Un día, un unicornio, que estaba también en una complicada situación, lo salvó de morir.
Juntos encontraron la fuerza para seguir adelante, pues el cisne acabó salvándolo también.
—Bajó la mano y la reposó sobre la alfombra, cerca de la mía—.
Por eso, en esa parte del fresco, lleva las alas abiertas, en señal de victoria. Es una alegoría.
—Es… hermoso. —Giré la cabeza para mirarla. Ella lo hizo también—. ¿Habla de alguien en realidad? ¿O solo es una historia de tantas que se cuentan?
—No, no es solo una historia.
Sus ojos se clavaron con mayor fuerza en los míos. Correspondí a aquel gesto y volvimos a mirar al techo. Así estuvimos en silencio un buen rato, con su mano y la mía enclavadas en el espacio entre ambos cuerpos.
—Es una cosa muy tonta la que voy a decirte, Anamkha, pero tengo que hacerlo.
—Hubo un sabio que dijo: Más vale ser dueño de tu silencio que esclavo de tus palabras.
—No me importa ser esclavo de estas palabras.
Volvimos a mirarnos.
—¿Y cuáles son?
—Que el día que me vaya, te echaré tanto de menos que me dolerá el corazón.
—A mí también —dijo ella.
Estiró los dedos para encontrarse con los míos, que ya buscaban rozar su mano.
Mientras su piel y la mía se hallaban, nos dedicamos otra sonrisa.
Lo que sentí en ese momento, no puedo aún explicarlo con palabras.
Una parte de mí se quedó por siempre anclada a ese instante; a ese lugar; a ella.
A una parte de mí mismo que desconocía, pero que me resultó hondamente real.
—Tienes una sonrisa bonita, nuadhair —dijo.
—¿Eso qué significa?
—Extranjero, en la lengua élfica. Pero un extranjero que llega en son de paz y es bien recibido. Al que le abres las puertas de tu hogar. Ese que esperas se quede largo tiempo.
Sus palabras me estremecieron.
—Me dijiste que si alguna vez te alejabas sería para volver —dije, y ella asintió—. Pues yo también regresaré aunque me marche, Anamkha. Te lo prometo.
Estiré del todo la mano y cogí la suya. En sus ojos castaños vi la certeza de que creía en mi promesa. Ella debió de ver, en los míos, que la había hecho desde lo más hondo de mi corazón.
Nos quedamos en aquel rincón lleno de paz, ese que el amor había erigido, tendidos, de la mano, sin decir una sola palabra más pero diciendo una infinidad de ellas con la mirada.
Luego le pedí que me contase más historias sobre cisnes y unicornios que se salvaban unos a otros; ella me pidió que le hablase más de Luara, de mis días en Ledaria, de la noche de la recepción.
Y hablamos sin sentir nunca que hablábamos de más, porque el otro siempre escuchaba.
No sé cuándo me quedé dormido, ni cuándo lo hizo ella, pero si sé qué esa alfombra fue el mejor de los lechos, porque estaba en la mejor compañía.
Cuando abrí los ojos, vi sobre mí el rostro de Altaxio.
—A ver cómo explicáis esto.
Ceñudo, sacudí un poco la cabeza. En la estancia reinaba la luz mortecina que precede al alba; el fuego de la chimenea se había consumido; el aroma de los libros se mezclaba con el de la brisa fresca de la aurora, impregnada de mar y bosque, llegada de alguna parte.
Anamkha se hallaba cobijada en mi pecho.
Sonreí de oreja a oreja, pues me sentía más que bien.
Incluso cuando Altaxio me regañó, seguí sonriendo.
—Mi madre debería de estar en una cama, recuperándose, no sobre una alfombra, entre tus brazos. —Chasqueó la lengua—. Llévala de inmediato a sus aposentos. El palacio está despertando.
Con cuidado de no sobresaltarla, la cargué en brazos.
Recorrí con Altaxio los pasillos secretos mientras él refunfuñaba sobre lo inconveniente de la situación.
Ya en sus aposentos, donde la doncella seguía roncando, la dejé en la cama.
Tras pedirle disculpas al muchacho, y de que él volviera a regañarme, me fui.
Había sido una noche digna de recordar y no me arrepentía en absoluto de haberle dicho aquellas palabras a Anamkha, porque las sentía.
Las sentía de un modo que ni yo mismo entendía entonces.