Málakor 4 CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

De días que no volverán y noches para recordar

Los bosques de Sigmarina se llenaron de mariposas naranjas y de ciudadanos prestos a contemplarlas ensimismados como si jamás hubieran visto una.

La ciudad se vistió por unos días de farolillos de colores para celebrar su llegada y de oraciones que hablaban de transformación y buenos deseos.

Los puestos de bollería estuvieron repletos de dulces de temporada con sabor a melocotón que, cada día, me ocupaba de comprar para Anamkha y que así pudiéramos comer juntos, a dos carrillos, mientras que hablábamos de cualquier cosa.

Gracias a los pequeños detalles y al buen ánimo de los sigmaris, poco a poco, la amargura de lo sucedido en el festival quedo atrás.

En tanto que la pelirroja se recuperaba, mis días siguieron una estricta rutina.

Ejercicio, desayuno, entrenamiento con Khabyr y los cadetes hasta mediodía, pausa para comer, una siesta, más entrenamiento, ya fuera con el arco o con las espadas, y una cerveza en la taberna.

Sumado a todo esto no podía faltar el estricto aseo diario que era costumbre en Sigmarina.

Soy dado a la limpieza personal, pero lo de esta gente está a otro nivel.

Estaban a la orden del día los jabones, los aceites y los perfumes, cualquier cosa que sirviera para erradicar los malos olores, más aún en los días de calor.

En general, las cosas estaban tranquilas, porque habían dado con esa partida de elfos oscuros que andaba por allí molestando.

Tuvieron que matar a la mayoría, pero encerraron a unos cuantos en las mazmorras.

Fui a verlos, y lo único que obtuve fueron burlas y amenazas.

Así que ellos obtuvieron un agujero en la barriga por el que sacar las tripas a pasear.

A veces hay que airearlas un poco, sobre todo cuando, como en su caso, están negras de tanta maldad.

Mi relación con la gente de la ciudad seguía igual, felicitaciones, que con el paso de los días fueron disminuyendo o se sustituyeron por sonrisas o miradas de recelo.

Tuve la alegría de saber que ese Corman secuestrador de niños ya había sido colgado.

Aunque no pude asistir a su ejecución, fui a su cremación para asegurarme de que estaba muertísimo .

En Sigmarina quemaban a los muertos, por esas razones que en Ardacia habíamos aprendido a golpe de desgracias.

No fui el único que acudió, media Sigmarina estaba allí, celebrando su muerte.

Entre un reguero de lápidas que guardaban lugares donde los sigmaris enterraban las cenizas, vi a Melantha, la prostituta que había sido testigo de lo sucedido aquella noche.

Se la veía mucho mejor; con un gran vestido y algunas joyas.

Su hijo iba de su mano, pulcro y arreglado también.

Eso me hizo sonreír, porque habían tenido una nueva oportunidad gracias a mi intervención.

Me quedé más tiempo de lo necesario mirándolos, ella se dio cuenta, y supe que me había reconocido.

Quizá por mi complexión o porque la sangre se remueve y le indica a uno aquellas cosas que de otra manera no sabría.

Me quedé quieto, preguntándome si diría algo allí, en medio de la multitud.

Sin embargo, sonrió y articuló un gracias que pude leer en sus labios.

Le devolví la sonrisa y la vi partir entre las tumbas, hasta desaparecer a lo lejos.

Lo pasado sería nuestro secreto, de por vida.

Aunque estaba cómodo en el ir y venir de las horas diurnas, mi momento favorito llegaba por la noche.

Todas las preocupaciones y esfuerzos quedaban atrás, porque podía ver a Anamkha.

Sobre todo porque así podía comprobar cómo sus heridas iban sanando.

Verla mejor me hacía feliz. Hablábamos de cómo había ido nuestro día, le leía un poco y, entre capítulo y capítulo, teníamos intensos debates sobre la novela.

—Me parecería asombroso que Darcy y ella acabasen juntos, siendo que han empezado con tan mal pie —me dijo Anamkha—. Sus diferencias podrían ser difícilmente irreconciliables.

Me rasqué el cogote.

—Mi única experiencia con algo así no ha acabado bien, o al menos no en boda, así que…

—Leyla, supongo.

—Supones bien. Cuando la conocí, éramos… Éramos un asesino llamado Orgullo y una exploradora llamada Prejuicio. Igual que en esta novela. —La levanté con cara de circunstancias—. Fueron tiempos difíciles.

—Eso me parece por tu gesto. ¿Y Brianna?

—Con ella todo fue más fácil, aunque nunca sabía por dónde iba a salirme. Era un peligro con patas.

Ya tenía mejor las magulladuras, así que podía permitirse reír un poco, y lo hizo. Yo la miré algo más serio.

—Ojalá tú pudieras hablarme de ellos. De los dos hombres de tu vida.

—¿Cómo sabes que son dos? —dijo ceñuda.

—No lo sabía, pero sé cómo sacar información sin preguntarla. —Me reí por lo bajo.

Anamkha me lanzó uno de los cojines; sin embargo, lo esquivé y acabó dando en un cuadro. Teníamos una broma con él, porque había una oveja muy gorda en un prado y cuando me entraba hambre siempre le decía que acabaría mordiéndole una pierna.

—No agredas a mi comida de emergencia, por favor —dije.

Aunque chasqueó la lengua, se rio. Luego miró a la doncella. La pobre se había quedado tan dormida que ni nuestra charla la molestaba.

—Ese cuadro lo pintó mi hermano —dijo después.

—¿El rey pinta cuadros?

—Sí, desde hace algunos años. Le sirve para… —rumió algo, que claramente no dijo—. Para relajarse. Las cargas de la corona son muchas.

—Y las cagadas también. De todas las coronas del mundo.

—Llevas sangre de reyes, Málakor, no deberías meterte con ellos.

—Ellos se han metido conmigo dándome su sangre, ¿ahora tengo que cargar con ella como si nada?, ¡que se fastidien!

—No tienes remedio —rio una vez más—. ¿Sabes quiénes han demostrado ser muy buenas con los pinceles?

Negué con la cabeza y ella dijo:

—Las doncellas de ese tal Corman. Vinieron a palacio a buscar trabajo, y mi hermano se lo dio en las cocinas, por compasión.

Sin embargo, uno de los cuadros del ala oeste se estropeó por culpa de unas goteras y ellas lo restauraron sin decir nada.

Azkena quiere que pinten para la Corte. Un gran cambio de vida, ¿no crees?

—Sí, me alegro por ellas. Ese malnacido les hizo cosas horribles.

—Y ha pagado por ellas. ¿Me lees otro poquito?

Le dediqué una sonrisa y asentí. Ese poquito se convirtió en dos capítulos más. A los dos se nos estaban cerrando los ojos, así que decidí que era hora también de cerrar el libro.

—Es todo por hoy, mañana seguiremos, a ver qué pasa con ese asunto del tipejo del que ella se ha hecho amiga, ¿crees que oculta algo raro?

Bostezó mientras asentía.

—Creo que le romperá el corazón.

—Si eso pasa, me meteré en el libro y le cortaré… ya sabes qué.

—Los huevos. —Rio un poco, y miró de reojo a la doncella.

A esas alturas, hasta roncaba plácidamente. Me disponía a dejar también a Anamkha dormir a pierna suelta, cuando me dijo:

—He sabido que en la biblioteca de palacio hay algunos libros que cuentan historias sobre esos brujos del agua. Puedes ir a verlos, si quieres. Están en la decimocuarta estantería, empezando por la derecha, en el quinto anaquel contando desde arriba.

—Y la decimocuarta estantería… ¿dónde está?

—Conforme entras, miras al frente, al lado de los ventanales. Pregúntale al bibliotecario si no. Dile que vas de mi parte.

—¿Estará despierto a estas horas?

—No, por todos los dioses, estará roncando, como ella. —Señaló con un gesto a la doncella—. Ve mañana… Aunque creo que no estará hasta por la tarde. Va a las escuelas a llevar libros.

—No podré aguantar hasta la tarde sabiendo que hay unos libros que pueden darme respuestas —me quejé—. No podría ni dormir. Sería más fácil que me acompañases tú ahora.

—Sí, sería más fácil, pero no puedo andar bien. —Se miró el tobillo—. Y volar no sé.

—No, pero puedo llevarte en brazos.

—Estás loco. —Se agarró a las sábanas como si estuvieran hechas de hierro—. Espera a mañana.

Negué con la cabeza, dejé el libro en la mesita y me acerqué a ella.

—Venga, pelirroja, no me dejes con la duda.

—Como alguien nos vea…

—Seré sigiloso como un gato.

Aunque me miró dudando, luego se le dibujó el brillo de la aventura en la mirada.

—Está bien. Ayúdame a ponerme una bata. Por los corredores no hará tanto calor.

Así lo hice. Era tan ligera como su camisón, en un tono gris oscuro con bordados naranjas.

—Estoy lista. —Levantó el brazo libre del cabestrillo—. Cuidado dónde pones las manos.

—Las pondré en los lugares más comprometedores que existan, señorita. Como sus tobillos.

Le dio por reír, tan alto que miramos a la doncella, por si se había despertado. Se acomodó mejor, soltó un ronquido más profundo y siguió durmiendo.

—Esa novela te está afectando —dijo ella.