Málakor 4 CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

De hombres solteros en posesión de una fortuna

Tal y como había esperado, los aposentos de la pelirroja estaban llenísimos de cosas, igual que el pasillo.

Dentro, había una doncella sentada en una butaca, mano sobre mano, que me saludó contenta cuando entré.

Sería de esas que pensaban que lo nuestro no era un mal augurio.

Anamkha estaba en la cama, sobre la colcha, con un vestido de tirantes.

Estornudó y se frotó la nariz, mirándome con cara de circunstancias.

—Soy alérgica a los tulipanes, pero esa chica de ahí —miró a la doncella entrecerrando los ojos— dice que si los saca de aquí traerá mala suerte.

No se puede despreciar un regalo, menos viniendo de la familia de ese chiquillo que me arrolló en la carrera.

Su madre estaba deshecha en llanto. Pobrecita.

Le he dicho que estoy bien, que no pasa nada, pero ha traído tulipanes como para enterrarme con ellos.

Dejé las cosas sobre el espacio hueco que quedaba en una cómoda y empecé a sacar todos los ramos al pasillo. La doncella me miró asustada, corrió hacia mí y trató de retenerme.

—Si no me dejas tranquilo, te saco también: por la ventana —advertí.

Ella miró a la Maes Ir, sin entenderme. Anamkha debió de traducirle literalmente mis palabras, pues abrió mucho los ojos, asustada, y regresó a su asiento.

La pelirroja se echó a reír y yo acabé mi trabajo, ante el estupor también de los guardias de la entrada.

Luego, abrí la ventana de par en par. El aire caliente, impregnado de olor a tierra seca, lo llenó todo.

—Hace un calor insoportable. —Anamkha suspiró.

—No sé qué vamos a hacer cuando sea verano. —Cerré la ventana de golpe—. Casi es peor tenerla abierta.

—Este año será particularmente caluroso, ha llovido poco.

—Eso me han dicho.

Cogí los regalos y me senté a su lado en la cama. La doncella carraspeó, pero la ignoré convenientemente.

—Felicidades, pelirroja. Te he traído… regalos. —Los puse a su lado—. Te había comprado fresas también, pero me las he comido, lo siento.

—Ya lo veo. Tienes las comisuras de los labios algo rojas.

Me pasé la lengua por ellas, al punto.

—¿Mejor?

Ella solo asintió mirándome los labios fijamente. Luego, sacudió la cabeza y centró la atención en las flores.

—Quería tulipanes, pero ya no quedaban, y menos mal —dije—. Así que le he pedido consejo a Ursa y me ha dado eso.

—¿Ursa te las ha dado?

—Sí, ella misma. Yo no entiendo de flores.

Aguantándose la risa, dijo:

—Simbolizan el amor eterno.

—La mato —resoplé.

Se habría carcajeado de no dolerle la cara.

—No pasa nada, son bonitas y no les tengo alergia. Lo cual las hace más que convenientes. —Se dirigió a la doncella en sigmari—. Le he dicho que las ponga en agua.

La chica salió de la habitación, rezongando, quizá, por lo inconveniente de dejarnos a solas. Miré de reojo hacia la puerta. Un guardia asomó la cabeza varias veces.

—¿Piensan que te voy a desnudar y hacerte el amor salvajemente o algo parecido?

—Sí, justo eso.

—Esta gente no está bien. Ha de ser por las algas. ¿De verdad coméis algas?

—Son muy nutritivas.

La doncella regresó con las flores y Anamkha la mandó a prepararle las algas, así que salió de nuevo, rezongando. Ya a solas, ella me miró con cariño y dijo:

—Son los mejores regalos que me han hecho, gracias.

—Aún queda el libro. —Lo puse en su regazo—. Dice Cerennis que es único, llegó en un naufragio, posiblemente desde Luara, porque menciona una ciudad de allí.

Ella me miró con sorpresa y se apresuró a abrirlo.

—Brightestin —leyó—. ¿Eso dónde está?

Repasé mentalmente el mapa de Luara.

—Al norte. Entre Terhacress y Brineg, con Harbin al sur.

Aquello despertó aún más la curiosidad de la pelirroja, así que me pidió que le hablase de esas tierras lejanas. Le conté lo que sabía gracias al bardo o a algunos de mis viajes.

—Parece un sitio hermoso —dijo con gesto feliz—. Deberías describirle Luara a algunos de nuestros cartógrafos, para que elaboren un mapa.

—Podrían elaborar más bien una cosa parecida a un mapa, porque de geografía no sé mucho, pero si eso te pone contenta, lo haré.

Me dio las gracias y hojeó el libro.

—¿Es de aventuras?

—No tengo la menor idea. Solo sé que tiene un final feliz, porque odias los finales tristes.

—Los detesto, sí. —Torció un poco los labios, sin perder ojo del libro, y leyó en voz alta—: «Es una verdad infinitamente reconocida que un soltero en posesión de una fortuna ha de buscar esposa». Ah, no, por favor, ¿es de bodas?

—Dijo que te gustaban las historias de amor. —Me encogí de hombros.

—Ya, pero ¿bodas? Estoy harta de escuchar hablar de matrimonio.

—Igual no se casan al final y por eso te lo ha dado.

Me miró al borde de la risa.

—¿Tú crees?

—No sé, tendremos que leerlo.

Me tendió el libro al momento.

—No es que sea el mejor leyendo, pero a Xelirian le gusta mucho que lo haga —dije al cogerlo—. No dejo de pensar en cómo estará. En si Azskar aparecerá por allí, en todas esas cosas.

—Estará bien. Tiene a quien le cuide, ¿verdad?

—Sí, mis amigos. Más vale que lo hagan o les meteré ortigas en la cama. No, peor aún, les meteré bardos.

Se rio, y luego se tocó la cara.

—Deja de hacerme reír, por favor. Me duele horrores.

—Perdón.

—No pasa nada. —Puso la mano sobre la mía y la apretó.

Un carraspeo llenó la estancia. Allí estaba la doncella, con una bandeja con las algas y un par de platos más sobre ella, así como una jarra y dos vasos.

Acomodó lo que traía sobre la cama, entre nosotros, antes de regresar a su asiento.

En los otros platos había una especie de patatas fritas y una cosa que los de Sigmarina llamaban tripa ahumada.

Como un salchichón. Igual de rico, de hecho.

—Le he pedido que te traiga algo de comer —me dijo entonces—. Tendrás hambre.

—Mucha, casi me como tus algas por el camino, lo que habría sido un acto imperdonable, un delito de alta traición contra mí mismo.

—Comer algas no te matará—. Volteó la mirada hacia el techo mientras soltaba un suspiro.

—No puedes saberlo, pelirroja. Seguro que algún libro cuenta la vieja historia del hombre que fue devorado por algas. —Agité la novela ante mí—. Quizá aquí mismo.

Rio todo lo que las heridas le dejaron. Corrí una butaca al lado de la cama y me senté. Con una mano, agarré la tripa ahumada, con la otra, el libro. Me aclaré la garganta y dije:

—Capítulo primero. «Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero en posesión de una gran fortuna necesita una esposa.

Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario».

—Solté un resoplido con los labios cerrados, que los hizo reverberar—.

Pues ya te lo digo yo: irse de tabernas por el vecindario y tener sentimientos por todas ellas, así como opiniones.

A ella se le escapó una risa.

—¿Quieres dejar de hacerme reír? —dijo con un brillo amable en la mirada—. Venga, lee. A ver si ese hombre soltero con una fortuna encuentra esposa.

—¿Pero no decías que no querías una boda? —Levanté una ceja.

—A veces, una tiene que rendirse a las circunstancias.

Riéndome, sacudí la cabeza.

—Oye, Anamkha, antes quiero hacerte una pregunta: ¿qué sabes de los meurvor?

—No más de lo que te ha contado Khabyr. Me ha dicho que ha estado hablándote de ellos, y sé por qué. Te ayudaré a recabar información, ¿vale? Quizá en la biblioteca haya algo sobre ellos.

Asintiendo, di un bocado a la tripa. Tras saborear su salado gusto, retomé la lectura.

Cuando vi el nombre de uno los protagonistas, me sobrevino un bonito recuerdo.

El bardo, al mencionarle a Darcy, me había dicho: «Hay una novela muy buena con un personaje con ese apellido.

La escribió una autora de Brightestin, fabulosa, llamada…

». Aunque lo interrumpí entonces; ahora sabía cómo: «A.

Lady». Así se llamaba. Tenía esa novela en mis manos, en la otra punta del mundo, o a saber dónde, pero muy lejos de él.

Lo sentí un poco más cerca, lo que me hizo sonreír.

Hasta medianoche, solo fuimos Anamkha, aquella historia y yo. Bueno, también la doncella, recordándonos con un carraspeo que debíamos de mantener la distancia cada vez que se nos olvidaba aquella estúpida norma y nuestras manos se tocaban.