CAPÍTULO 65
De las historias que unen
En la librería de Cerennis, el ambiente era calmado y fresco. Fue un alivio estar allí. Se alegró mucho de verme y me interrogó sobre lo pasado y sobre la salud de Anamkha. En tanto que lo ponía al día, dejé las cosas sobre el mostrador y me fui con él a buscarle un libro a la pelirroja.
—Ha sido un susto terrible, querido amigo, muy terrible. El reino no se habría recuperado de una desgracia así. A la Maes Ir la quieren mucho, siempre es amable con todos, fíjate si la quieren que pasan por alto ese asunto suyo de ser una mujer adulta sin casar.
—Estáis muy pesados con eso. —Resoplé—. ¿Por qué es tan importante?
—Las tradiciones —dijo, y se paró frente a una estantería.
Me detuve junto a él.
—Empiezo a detestar las tradiciones tanto como el Bien Común. —Apoyé las palmas de las manos en las caderas, armándome de paciencia—. Me ha dicho tu mujer que conoces una historia que me ayudará a entenderos mejor.
Mientras me hablaba de aquel asunto, indagó entre los ejemplares de la estantería, buscando el adecuado para darme, hojeándolos un poco y arrugando la nariz cuando uno no le convencía. Lo seguí, paso a paso, para no perderme nada.
—En las Montañas de Ces vivió una mujer hace largos años.
Era hija de un cabrero, una chica corriente que, aunque había cumplido tres décadas, no se había casado.
Era feliz en los bosques, ayudando a su padre, un anciano que casi no podía tirar de su cuerpo.
Se enamoró del príncipe, que salía a cabalgar cada día por los bosques, y él de ella.
Pero a él lo habían prometido a la heredera de un reino vecino, así que su amor era imposible.
El rey prohibió que se vieran; los encerró.
Al príncipe, en sus aposentos; a ella, en una torre en mitad del bosque.
Fue como estar con Hach de nuevo, escuchando una de sus muchas historias. Quería guardar esa en mi mente para poder contársela cuando nos viéramos. «Cuando», no «si», pues confiaba plenamente en regresar a Rádamo y abrazar a mi amigo algún día.
—El muchacho logró escapar y fue a rescatarla —continuó él—.
Los guardias los persiguieron, acorralándolos en las montañas.
Los perros ladraban tras ellos, los cazadores se unieron a la batida.
La pareja se perdió entre las breñas. Al llegar arriba, estaban rodeados.
Desesperados, se arrojaron desde la más alta cumbre.
—Puso la mirada en mí. Con aire misterioso, añadió—: En los días despejados, pueden verse sus rostros en el relieve de las rocas.
—Quieres cabrearme, ¿no?
—¿Yo? —Se señaló el pecho con el filo del libro que sostenía.
Apoyé una mano en la estantería, se me llenaron los dedos de un poco de polvo, y asentí.
—Sí tú. Vaya historia tan trágica. Odio las malditas historias tan trágicas. La vida ya tiene bastante tragedia. Tenían que haberse escapado, eso tenía que haber pasado.
—Es la que es, no la he inventado yo. —Encajó aquel libro en su hueco con un solo gesto.
—¿Y qué pasó luego? —pregunté tras resoplar—. Algo debió de pasar. No comprendo la relación entre esa historia y la insistencia en el matrimonio.
—La hay. —Hojeó un par de libros más, mientras hablaba—: El padre de la muchacha sabía de remedios antiguos, no era un mago, eso no, pero conocía el poder de las plantas.
Así que, furioso, envenenó al rey, a quien culpaba en parte de aquella desgracia.
Sin embargo, el rey se salvó y lo ahorcó.
Luego estableció que todos los habitantes de Sigmarina debían de estar casados antes de llegar a la madurez.
Pensaba que si esa chica lo hubiera hecho, el príncipe y ella no se habrían arrojado a tan inconveniente relación.
—Creo que ese calientatronos no sabía sumar dos más dos.
En primer lugar, el matrimonio no aleja a la gente de caer en inconvenientes relaciones extramaritales.
En segundo, uno ha de ser maduro y tener dos dedos de frente antes de aventurarse al matrimonio.
O no aventurarse, directamente. —Aprisa, añadí—: No lo digo por ti, pareces feliz con Ursa.
—Más feliz de lo que me había atrevido a soñar.
—Palmeó mi hombro con cariño—. Y puede gustarte más o menos la historia, pero me has pedido una explicación y te la he dado.
Espero que te ayude a comprender por qué es tan importante ese asunto del matrimonio aquí.
Incluso a mí, tras enviudar, hubo quien me presionó para ello.
—Eso no me parece justo.
—No lo es, aunque encontré a Ursa, por suerte, y lo hice gustosamente. —Suspiró con alegría y prestó de nuevo atención a los libros—. Buscaremos en otra parte. No es tarea fácil encontrar un libro que regalarle a la Maes Ir, tiene unos gustos muy específicos.
—¿Y cuáles son? —quise saber—. Espero que nada raro. No sé si quiero descubrir aún esa clase de secretos sobre ella.
—No. —Rio con ganas—. Nada raro. Solo historias de amor y aventuras, pero siempre con un final feliz. Se enfada tanto como tú si todo termina en tragedia.
Eso me hizo sonreír, sentirme cerca de ella de nuevo.
—Pues búscame una con el final feliz más feliz que tengas.
—Eso intento. —Se enfrascó en la búsqueda, en otras estanterías o montones. Al final, soltó un grito de júbilo que lo inundó todo—: ¡La tengo!
Sostenía un libro de tapas rosas y letras doradas en la mano derecha. Estaba escrito en mi lengua, así que ladeé la cabeza para ver qué ponía.
—¿ Primeras impresiones ?
—Sí. Llegó entre las cajas de un naufragio. Se salvó del agua de milagro; me costó restaurarlo. No conocemos a quien lo escribió y solo tengo este ejemplar. Es muy valioso, así que nunca he querido venderlo. —Me lo puso en las manos—. Ten.
Lo hojeé. En una de las páginas principales, llena de grabados con florituras, ponía: De A. Lady, autora de Brightestin .
—Este libro viene de Luara —dije con sorpresa—. Como yo…
—Siempre me he preguntado si nosotros encontramos a los libros o son ellos los que nos encuentran. Creo que estabais destinados a encontraros también. Como Anamkha y tú. —Cerennis me guiñó el ojo—. Espero que le guste.
—Yo también lo espero. —Le di las gracias y fui a pagarle. Se negó, amablemente, igual que su esposa—. Por cierto, me ha dicho Ursa que tenéis asado para comer.
Al hombre se le puso la expresión de quien ve agua en el desierto.
—Nadie hace el asado tan bien como ella. Con sus especias, su ajoblanco y esa salsa… Espero que algún día puedas probarlo.
—Nunca le diría que no a probar un asado. Adiós, Cerennis.
Cargado con las fresas, las algas y el libro, me dispuse a salir de la librería. Se agitó la campanilla, anunciando mi salida, cuando el librero reclamó mi atención:
—Una cosa más, Málakor, gracias por librarnos del tipejo ese. Los niños están ya en el orfanato y son muy felices. A él lo colgarán la semana que viene.
—¿Por qué me das las gracias? No tengo nada que ver. —Sonreí como si sí lo tuviera. Captó mi gesto, porque sonrió también—. Aunque iré a ver su ejecución, por curiosidad.
—No son públicas en Sigmarina. A las gentes de aquí no les gustan esas cosas. No después de tanta muerte como han visto.
—Ah, una tradición buena en Sigmarina, menos mal.
Cerennis soltó una risa comedida. Me despedí de nuevo de él y dejé el establecimiento.
Tenía unas ganas infinitas de dárselo a la pelirroja.
Sobre todo, las algas, porque tenía tanta hambre que hasta pensé en comérmelas de camino.
O más bien andaba soñando con devorar un asado de los de Ursa.
No probé las algas, pero me comí todas las fresas antes de llegar a palacio.
Seguro que la pelirroja entendería que, si había tradiciones que respetar, la de obedecer a mi estómago era la más importante de todas.