CAPÍTULO 64
De calor, fresas y floristas
Me pasé las horas pensando en el asunto de los meurvor, en los dones de mi madre y en cómo desarrollarlos.
La impaciencia por hablar con Hach y Kebarenis me quemaba la sangre; sin embargo, ambos estaban horriblemente lejos de mí.
Tenía que preguntarle a Anamkha por esos brujos, por si ella sabía algo más.
Pero antes de pasar a verla, haría un par de recados.
Quería comprarle unas flores que llamaban tulipanes de invernáculo, porque había oído decir a unas doncellas que se regalaban a los convalecientes.
También deseaba llevarle un montón de libros de Cerennis y algo rico para comer.
Aunque seguro que todo el mundo le llevaría aquellas cosas, las tradiciones eran las tradiciones.
Más que andar por las calles, tuve la sensación de que andaba por un horno.
La gente, quejándose del calor a cada tanto, vestía sus ropas más ligeras, de vaporoso algodón y lino.
Llevaban sombreros y sombrillas, telas anudadas a la cabeza como las de las gentes de Terhacress.
La mayoría se me acercó con buenos propósitos a darme las gracias por lo que había hecho; otros me miraron con recelo por eso de la ruptura de las tradiciones y la mala suerte.
Un par de chicas me suplicaron que las ayudase a salvar a su gato, atrapado en las ramas más altas de un árbol.
Bajé al felino, o más bien negocié su bajada con él, no sin antes llevarme un par de arañazos que me escocieron largo rato.
En agradecimiento, me invitaron a una bebida fría a la que no quise negarme, porque el calor secaba la garganta y hasta los pensamientos.
Era de fresas. Los sigmari las consumían heladas para refrescarse.
Todo olía a fresas, a muchas cosas distintas, sudor entre ellas, aunque sobre todo olía a pescado.
Igual que en Aberrak. Podía imaginarme en la ciudad enana, con Xelirian agotando la población de peces de los túneles.
Unos muchachos cargaban con canastas de pescado al hombro, vendiéndolas a voz en grito.
Distinguí a un grupo de personas hablando en mi lengua, o mejor dicho, en una mezcla de ambas, así que puse la oreja.
Me enteré de que el día después del festival de las mariposas, la pesca siempre era mucho más abundante y también se recolectaban las algas dulces.
—Algas dulces, eso le gustará a la pelirroja. —Me acerqué a ellos—. Es una hierba, ¿no?
—Es una hierba —respondió uno, antes de lanzarse a felicitarme por mi hazaña.
Al momento, se le unieron los demás. Como uno de ellos tenía un puesto de algas, me llevó hasta él y me regaló unas cuantas, envueltas en un papel gris que se humedeció pronto.
Eran oscuras, casi parecían pepinos aplastados, y olían al fondo del océano.
Después de comprar una docena de fresas fui al mercado de flores.
Cuando di con el puesto de Ursa, me sentí feliz.
Irradiaba una luz hermosa, de brillante dicha.
La barriga ya se hacía más que notar en el holgado vestido.
Tras saludarme con mucho cariño, me contó que se habían agotado todos los tulipanes de invernáculo.
—No había demasiados, la primavera no ha sido abundante en lluvias.
Si es que los dioses no obran un milagro, nos enfrentaremos a una sequía —dijo, apostada tras un montón de barriles llenos de flores o de hojas que flotaban en los restos del agua, señal de buenas ventas—.
Y con esto de la convalecencia de la Maes Ir, la gente los ha comprado para enviarlos a palacio.
Torcí el gesto.
—¿Hay alguna otra flor que pueda regalarle?
Miró alrededor, acariciándose la barriga entretanto. Luego, torció el gesto.
—La tradición son tulipanes —dijo entonces.
—Me da igual la tradición.
—Eso nos ha quedado claro a todos. Tú y la Maes Ir…
— Ni lo menciones. —Levanté el dedo índice.
La expresión de Ursa se volvió disgustada.
—Puede que al ser extranjero no te importen las tradiciones, pero aquí las valoramos. —Me señaló con el dedo índice de la mano izquierda. En el anular, brillaba su anillo de casada—. Si mi querida amiga y tú no vais a casaros, no os comportéis como si fuerais a hacerlo.
—Creo que tenéis cosas más importantes en las que pensar que en eso.
No sé, llámame loco: aberraciones en los bosques, gente como Corman, que de seguro no es el único, elfos oscuros saliendo de la tierra cual setas…
—Hice aspavientos como pude, pues llevaba preciada carga—.
¿Qué importa mi grado de cercanía con la princesa?
—Importa mucho. Al menos aquí en Sigmarina. Hemos perdido muchas cosas, no queremos perder también nuestras tradiciones.
—No son más importantes que las personas —me quejé.
Negó con la cabeza, brazos en jarra, chasqueando la lengua.
—Algún día reconocerás lo que se te pasa por la cabeza cuando la miras.
Fruncí el ceño.
—Déjate de historias y búscame algo para regalarle a Anamkha.
—Muy bien —De uno de los barriles, extrajo un ramo con unas flores rojas, como amapolas pero más grandes—. Llévale esto.
Le tendí unas monedas, que se negó a aceptar.
—Mi querido Cerennis podría contarte una historia al respecto de nuestras tradiciones que quizá te haría entendernos mejor—anotó volviendo al asunto—. Ve a verlo. A estas horas, además, estará tranquilo. Dile que hoy tenemos asado para comer. Le encanta.
—A quién no. —Esbocé una sonrisa amable para calmar la tensión—. Iba a ir a la librería de todas formas. Gracias por las flores. —Las levanté ante mí—. Le gustarán mucho.
—Claro que le gustarán… —Dibujó uno de esos gestos que parecen ocultar algo.
Sacudí la cabeza y me largué con las flores bajo el brazo tras darle las gracias de nuevo.