CAPÍTULO 63 #2
Luego apretó mi hombro y echó a andar. Los guardias lo siguieron al punto.
Apenas se alejaron, Khabyr y yo estábamos llamando a la puerta de los aposentos de Anamkha.
Altaxio nos dio paso desde dentro. Al cruzarla, primero lo vi a él, sentado en una butaca junto al ventanal que ocupaba la pared frente a la entrada.
Amanecía. El horizonte se llenaba de amarillos, naranjas y rosas.
Altaxio nos saludó con un gesto, enfrascado en su lectura, y señaló hacia la derecha con la cabeza.
Llevé la vista hacia allí. En una cama en la que podría haber cabido un ejército, de madera oscura, revestida con doseles de verde terciopelo, estaba Anamkha.
Tenía la espalda reposada en grandes almohadones blancos, el pelo sobre los hombros y las manos en el regazo.
El brazo derecho lo llevaba envuelto en vendas, inmovilizado por unos palos planos.
Su rostro estaba hinchado, sobre todo en la zona izquierda, lleno de moratones que se hacían más visibles en la zona del labio y de la frente.
El ojo era pura sangre por la contusión.
—Anamkha… —a Khabyr se le rompió la voz—, demonios, estás hecha un desastre.
Ella estiró los labios para reírse, pero debió de dolerle, porque se quejó.
El capitán caminó hacia la cama y se sentó al borde.
Me quedé al filo de la puerta, extrañamente bloqueado.
Había sacado a Anamkha del agua en medio de la oscuridad, en la barca, apenas bajo la luz de un candil.
En cuanto llegamos a una playa se la llevaron en volandas unos guardias.
No había podido verle, de un modo tan nítido, todas esas heridas. Casi sentí que me dolían a mí.
—Sabía que ibas a venir y me he puesto lo más fea posible —contestó ella, con un tono muy suave, casi ronco. Debía de quemarle la garganta por la sal.
—Tú nunca estarías fea, Maes Ir. —El capitán le acomodó la manga izquierda del camisón blanco que lucía, arrugada en la muñeca—. Horrible sí, fea no.
Ella fue a reír, pero volvió a quejarse.
Luego puso los ojos en mí. No hicieron falta palabras para que supiera lo que había en ellos.
Gratitud y cariño. Ambas cosas en proporciones infinitas.
En los míos, la promesa de hacerlo mil veces si fuera necesario.
No supe cuánto tiempo estuvimos mirándonos sin más, solo que Khabyr soltó un silbido.
—Hacía mucho que no veía a nadie mirarse así, ¿qué os traéis entre manos?
—¿Te parece mal que mire así a la persona que me ha salvado la vida? —dijo ella.
—Otros te han salvado la vida antes y no los has mirado así —anotó el capitán—, pero allá vosotros. Ya sabéis lo que opina la gente de esta ciudad sobre vuestra relación.
—De amistad —anotó ella a toda prisa.
—Sí… —musitó Altaxio, y escuché que pasaba una página de su libro.
Solté un suspiro y caminé hasta los pies de la cama.
—¿Cómo estás? —pregunté al llegar.
—Bien. —Sonrió todo lo que sus heridas le permitían—. En unas seis u ocho semanas estaré recuperada.
—¿No pueden hacer nada más por ti? Florian, Altaxio, no sé…
—No es necesario, puedo pasar por esto sin que intervenga la magia. Son las normas.
—Y le vendrá bien un poco de descanso —dijo su hijo—. Es raro que mi madre pase tiempo descansando si no la obligan las circunstancias.
—En eso me temo que nos parecemos —anotó Khabyr.
—Todos los que estamos aquí, sospecho. —Anamkha nos miró uno a uno, con cariño—. Idos a dormir, estaré bien.
—No pienso moverme de tu lado, mamá.
—Tienes muchas cosas que hacer, Altaxio, y no soy una niña pequeña —respondió amablemente—. Todos tenéis cosas que hacer. Solo traedme algún libro mañana, para que me entretenga en las horas muertas. Aunque con este dolor de cabeza no sé si podré leer mucho. Venga, largaos de una vez.
Los tres nos dirigimos una mirada, con el afán de resistir a aquella orden, pero ella se puso más seria todavía y la reiteró.
—Vendré mañana a leerte, madre. Pediré en el templo que alguien me sustituya —dijo el chico.
—No hará falta. ¿Y si vengo yo a leerle? —me ofrecí al momento—, si os parece bien. Sé que estás muy ocupado en esta época del año. Con los nacimientos, tu madre me lo contó.
—Lo cierto es que sí. Gracias. —Se inclinó sobre su madre y la besó con suavidad en la frente—. Igualmente, pasaré a verte siempre que pueda.
Los dos dejaron la habitación; en cambio, yo me quedé un poco más a los pies de la cama.
—Si te hubiera pasado algo… —Apreté la madera de la estructura hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
No fui capaz de continuar aquella frase, porque el resto de las palabras y de la intensidad de lo que sentí al pensarlo me abrumaron.
Tensé la mandíbula y solté un regaño—: Eres una cabezota, te dije que te apartases del borde del acantilado.
Anamkha me contestó algo en élfico, que no entendí.
—¿Qué significa eso?
—Que no se puede luchar contra el viento ni contra los dictados del corazón.
—Ni cubrir el sol con una uva, ¿no? —dije con fastidio.
—Efectivamente. Ha sido un accidente, Málakor, de tantos que ocurren.
—Podría haberse evitado. Así que, la próxima vez, hazme caso, por favor.
—Te haré caso.
Asentí, mientras tomaba aire para diluir la impotencia que sentía al no poder hacer nada por ella.
—¿Te duele mucho?
—Estaré bien pronto. No te preocupes por mí.
—Cómo no me voy a preocupar por ti… —Suspiré.
Nos miramos en silencio. Supe que en su cabeza había mil cosas que decirme, al igual que en la mía. Sin embargo, quizá, también como yo, no sabía ni cómo expresarlas.
—Dime una cosa…—soltó al fin—, ¿cómo conseguiste sacarme del agua?
—Mi madre me ayudó. El mar me ayudó. La pulsera y los medallones también.
Ella esbozó una leve sonrisa.
—El Hijo del Agua. —Cerró los ojos, como si un pinchazo le sobreviniera de golpe.
Corrí a su lado y la tomé de la mano.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió tranquila—. Vete de una vez, quiero dormir.
—Me voy, sí…
Me incliné y la besé con suavidad en la frente. Me pregunté si ella era consciente de que había tocado sus labios con los míos.
—Lo he hecho por salvarte la vida, perdóname —le dije entonces.
—¿El qué? —Separó los párpados para mirarme.
—Mis labios y los tuyos…
Estiró la mano y me puso las yemas de los dedos en los labios.
—No pasa nada, Málakor. Ese gesto me ha salvado la vida. Puedes poner tus labios sobre los míos las veces que quieras.
—¿Las veces que quiera? —dije confuso.
—Para salvarme la vida, quiero decir —soltó apurada.
—Sí, claro.
Su mirada y la mía volvieron a unirse, unos instantes, hasta que ella cerró los ojos. La dejé, aún con la necesidad de quedarme a su lado casi frenándome los pies. Al salir al pasillo, me encontré a Khabyr hablando con los guardias. Se apartó de ellos y vino a mi encuentro.
—Oye, Málakor, tómate el día libre. Descansa todo lo que puedas.
Le di las gracias y me largué, pensando en mi suerte y en lo mucho que agradecía a los dioses la oportunidad de haberla salvado. Ahora que sabía lo que era tenerla en mi vida, ni por todo el oro del mundo renunciaría a su compañía.