CAPÍTULO 63
De los meurvor
Pasé la noche sentado en una silla, a la puerta de los aposentos de Anamkha.
En el palacio, parecía que fuera de día, de tanto trajín de sirvientes, de guardias y de cuchicheos.
La preocupación por la salud de la Maes Ir corrió desde los acantilados hasta allí.
Tuve la impresión de que no se hablaba de otra cosa en la ciudad; que muchos habían salido de la cama solo para comentar aquello o para ver si había noticias.
Hora tras hora, esperé en aquel corredor que se me antojó estrecho y frío, aunque no fuera ninguna de las dos cosas, por si podía verla.
A cada tanto, alguna doncella o guardia me daban las gracias por haberla salvado, a medias en su lengua a medias en la mía.
—Cualquier otro habría hecho lo mismo —les decía.
La mayoría solo negó con la cabeza y se marchó para cumplir con sus obligaciones, pero uno de los guardias me dijo:
—Los acantilados son muy peligrosos. Los peces plateados que viven en ellos son letales. Mucha gente muere allí.
Eso me hizo fruncir el ceño, porque, en parte, habían sido esos peces quienes me habían iluminado el camino hacia ella.
—Me daría igual que fuera el lugar más peligroso del ancho mundo, me tiraría de cabeza a buscarla, una y mil veces.
—Amor —contestó él, y se fue a hacer su ronda.
Andaba ya al final del corredor, cuando dije:
—No es amor, es sentido del deber.
—¿Qué dices, Arben?
Vi a Khabyr a unos pasos, de brazos cruzados, mirándome con gesto curioso.
—Nada, hablaba solo.
—Dicen que es muy sano. —Caminó hacia mí y, frente a frente, puso una mano en mi hombro—. Gracias por lo que has hecho.
—Cualquier otro habría hecho lo mismo —le dije, como a todos los demás.
—No, cualquier otro no. La gente le tiene mucho miedo a esa parte de los acantilados. Por eso, precisamente, se lanzan las mariposas en ese punto y no en otro, para que los buenos deseos llenen el espacio de las cosas malas allí ocurridas.
Asentí, con lo que sabía de él en la punta de la lengua. Sin embargo, no podía decirle nada sin poner a Anamkha en un compromiso.
Apretó mi hombro, lo soltó y luego miró hacia la puerta de los aposentos.
—¿Sabes cómo está?
—No, pero Azkena, Altaxio y los médicos están con ella. Confío en que salgan pronto a decirme algo.
—Dicen que estaba consciente cuando la han traído.
—Sí, aunque aturdida —informé—. Tiene el labio partido, una contusión en la cabeza y creemos que un brazo roto y un tobillo probablemente. Supongo que Altaxio lo sanará.
—Lo harán los médicos, por los procedimientos normales. No se ha de abusar de los dones, ni de la magia, eso ya te lo hará contado ella. Su hijo la ayudará a sentir menos dolor. Cuando uno tiene algo roto, eso ya es bastante.
En todos los sentidos, pensé mientras asentía comprensivo.
—Es un milagro que haya sobrevivido. Eso dicen ahí fuera —anotó Khabyr después—. La calle está llena de gente. Han acudido a la catedral a rezar por ella, la han llenado de velas con peticiones. También rezan por ti, para que los dioses te bendigan por lo que has hecho.
—Me basta con que Anamkha se ponga bien.
Khabyr cabeceó, mirándome como si sospechase de mí.
—¿Cómo lo has hecho? Allí abajo no se ve nada.
La manera más fácil de armar una excusa es enmascarándola con una verdad.
—Tengo buena orientación en el agua. Me crie en una isla.
Él miró hacia los guardias que custodiaban la puerta de los aposentos, me cogió del codo y me hizo apartarme lo bastante como para que no nos oyeran.
—Eso no es suficiente —dijo en voz baja—.
Algunos piensan que obraste con magia. Están haciendo muchas preguntas sobre ti.
Hasta ahora solo eras el extranjero que acompañaba a la Maes Ir, un viejo compañero de guerra o un antiguo amor, por eso de cómo andáis quebrando las normas del decoro, pero ahora todos quieren saber quién eres, de dónde vienes y hasta la última letra de tu apellido.
¿Qué se supone que tenemos que decirles?
—Basta con que sepan que soy su amigo.
—No, eso no bastará ya. Algunos piensan que eres un meurvor.
—¿Meurvor? —pregunté, con la sensación de que había escuchado esa palabra antes.
—Un brujo del agua. Solo uno sería capaz de sacar a alguien de allí abajo en esas condiciones.
—Ni sé lo que es eso, ni lo soy. —Carraspeé, con las imágenes de aquella burbuja martillándome las sienes.
—Si no sabes lo que es, ¿cómo sabes que no lo eres? —Levantó una ceja.
Chasqueé la lengua y relajé los hombros, la tensión de la conversación me pesaba.
—Está bien, ¿qué son?
—Eran. Hace mucho que no se ve a ninguno por estas tierras.
—Hubo una nota de amargo pesar en la voz—.
Servían a Kaely, quien procuraba sus dones.
Eran llamados en épocas de sequía, de riadas, de malas tormentas…
Sentían el agua correr bajo la tierra y le decían a la gente dónde construir sus pozos.
Salvaban a los niños que caían a los ríos, haciendo que el agua los devolviese.
Igual que en los naufragios. Conocían y escuchaban la voz del agua.
La interpretaban. La protegían —narró entonces con entusiasmo—.
Dicen que tiempos muy antiguos incluso la usaban como arma para proteger a los pueblos.
Hay una vieja leyenda que cuenta que fue uno de ellos quien abrió el mar para que las gentes de la Vieja Religión pudieran salvar un antiguo estrecho que separaba los continentes.
Aunque también hay historias oscuras. Tenemos una gran cantidad de agua en el cuerpo, así que ellos usaban eso para matar.
Lo escuchaba pasmado, mientras mi cabeza imaginaba todas aquellas cosas.
—Yo sé de dónde vienes, Málakor —agregó—, Anamkha me lo contó, así que no hace falta que finjas que no tienes nada que ver con eso.
—No estoy fingiendo, Khabyr. Es algo que me ha cogido por sorpresa. Sabía que los dones de mis antepasados llegarían a mí, pero no sabía cómo ni cuándo. Ni tampoco sé cómo hacerlo. Solo ha sucedido.
—Entonces es una pena que no quede ninguno de los meurvor. Ellos te enseñarían a escuchar la voz del agua.
—La voz del agua… —El sonido de la canción de Hach me llegó como si estuviera allí mismo—. Conozco a alguien que está estudiándola. Que la conjuró, de hecho.
—¿Uno de ellos? —dijo con sorpresa.
—No… Un bardo.
—No tenemos bardos aquí que hagan nada parecido.
—Pues él sí. —Sonreí—. Hablaré con él cuando llegue a Ítaro.
También con la dragona, pensé, mirando de reojo la pulsera.
—Muy bien, ¿y qué le diremos a los sigmari? Buscarán cualquier explicación para entender cómo has sido capaz de hacerlo.
—Solo ha sido suerte, nada más. Suerte y habilidad.
—Esperemos que se lo crean. Aunque muchos ven lo que ha sucedido como un milagro, tras un desafortunado accidente, otros dicen que su caída es una señal de mal augurio. Un castigo por no respetar las tradiciones. La Maes Ir no ha tomado aún esposo.
—Ah, no… —resoplé con disgusto—, ¿en serio? ¿Ahora resulta que alguien se cae por un acantilado y es porque no está casada? Tienes que estar de broma.
—No lo estoy. Aquí se toman formalmente esas cosas. Insistirán en que os caséis, ahora que la has salvado.
—No vamos a casarnos, que se dejen de tonterías —gruñí.
La puerta de los aposentos de Anamkha se abrió.
Al punto, Khabyr y yo corrimos hacia allí.
Azkena, seguido de un séquito de médicos y de guardias, dejó la estancia.
Su expresión era tranquila, lo que me calmó un poco los nervios, aunque tuviera en sus rostros las señales que deja una honda preocupación.
El rey se quedó a unos pasos de la puerta.
Los galenos, tras despedirse de él, siguieron su camino.
—¿Cómo está Anamkha? —le preguntó el capitán de su guardia.
—Descansando. La recuperación será larga.
Tiene un brazo roto, varias distensiones musculares, el labio partido y diversas contusiones.
También se ha fisurado una costilla. Por suerte, lo del tobillo es solo un esguince.
Ha sido muy afortunada. Mientras caía, el vestido y el velo se le engancharon en unas plantas y frenaron la caída.
A pesar de eso, el golpe fue fuerte. Dice que braceó un poco, aturdida, pero que terminó por perder la consciencia.
Inspiré tan profundamente que dolió. Solté el aire de golpe, pensando en la angustia que debía de haber sentido. El capitán hizo igual gesto.
—Aunque las olas la habrían arrastrado igualmente —anotó después su hermano, con mayor pesar—. No se le da muy bien nadar.
Khabyr asintió, y recordé la conversación que habíamos mantenido al respecto.
Azkena puso la mirada en mí. Contuve el aliento, pues me atravesó con ella.
No es que yo me arredre ante ningún pulecoronas, pero él ya no era solo eso para mí.
Era una de las personas más importantes de la vida de mi amiga.
Además, era el día de su cumpleaños. Un día de celebración que casi se convirtió en un funeral.
—Dice mi hermana que fue un accidente, que quiso recoger una de las mariposas y un niño la empujó sin querer, ¿es eso cierto o hay algo más que no quiere contarme?
—Te está diciendo la verdad.
Estudió mi gesto y luego asintió.
—Muy bien, voy a ver cómo lidio con todos esos rumores sobre ti y sobre ella… —Suspiró cansado—. Si queréis pasad a verla, hacedlo ahora. En un rato le habrán hecho efecto las hierbas y no podrá hablar. Pero tampoco la atosiguéis demasiado.
El capitán y yo cabeceamos con la promesa de no hacerlo.
—Y, Málakor… —Lo que iba a decirme estaba en su mirada antes incluso de que lo pronunciase. El más infinito agradecimiento por haber sacado del mar a su hermana.
—No hace falta que lo digas. Lo haría mil veces, aunque fuese…
—Lo último que hicieras, sí. Pero gracias, infinitamente. —Posó la palma de la mano en mi pecho, allá donde mora el corazón—. Gracias por haberla salvado.