CAPÍTULO 62
Del poder que guardamos
El grito de Anamkha se perdió en la oscuridad del acantilado.
Me asomé al vacío, soportando una embestida del aire que amenazó con hacerme caer.
Llamé su nombre, desesperado. No esperaba que pudiera contestarme.
Irremediablemente, caía, aunque no pudiera verla.
Aunque la pared de los acantilados era de roca blanca, la luna no iluminaba lo suficiente y las mariposas de fuego solo eran pequeños puntos de luz allí abajo.
Me daban igual los metros que nos separase: iba a saltar.
Me quité la capa, la túnica y las botas a toda prisa.
Casi me las arranqué por el apremio. Tirarme al agua con aquellas ropas podría hacer que me hundiese.
Una multitud de gente se apostó a unos pasos de mí, a mi espalda.
Aquellos chiquillos se pararon al poco, rompieron a llorar.
Más aún el que había empujado sin querer a Anamkha.
Las gentes, aterrorizadas, corrían la voz de lo ocurrido.
O eso me pareció, a la mitad no podía entenderlos.
Cuando iba a dar el salto, sin más tiempo que perder, noté una mano en mi hombro. Era uno de los cadetes.
—Te matarás si saltas.
—Me da igual, suéltame, Anamkha está ahí abajo.
—Está muy alto, extranjero. Bajaremos a la playa, la buscaremos y…
No oí más, porque di el salto.
El aire se me metió en la nariz y me aplastó los pulmones, cortándome el aliento unos instantes.
Nunca había saltado desde tan alto, así que perdí la noción de dónde estaba.
Se apoderó de mí una sensación de vacío y desconcierto.
Todo era oscuro. Todo pasaba muy rápido.
Entonces llegó el impacto. Aun habiendo entrado en el agua por los pies, calculada la postura, dolió.
Fue como revolcarme en un lecho de afiladas agujas.
Un dolor penetrante se adueñó de mis oídos, de mi cerebro, de absolutamente todo.
Me hundí tanto que me costó bracear hasta la superficie para poder coger aire.
Las olas, por pequeñas que fuesen, daban contra las rocas amenazando con arrastrarme hacia ellas.
Miré alrededor, no veía más que algunos puntos brillantes, que no eran otra cosa que las mariposas.
Me sentí tan inútil, tan desolado, que me quedé bloqueado por unos segundos.
—No puedo rendirme, tengo que encontrarla.
Pensé que el impacto podría haberla dejado aturdida, que podría haberse hundido por el peso del vestido o por alguna corriente. Me sumergí, aunque el agua estuviera hecha de densa negrura. Me sumergí dos veces más. Nada en absoluto.
—Soy el Hijo del Agua, y esto es agua. Mamá, si queda algo de ti aquí, ayúdame.
Me sumergí de nuevo, y sentí entonces un calor en la muñeca.
La pulsera que Kebarenis me había dado refulgía en tonos azules.
Mientas la miraba, cruzó por mi campo de visión un banco de peces plateados y brillantes que se hundían en las profundidades.
Nadé hacia ellos, y pasaron sobre un grupo de algas.
Algo de color rojo brilló entre ellas, al reflejo de los peces, momentáneamente.
Subí a coger aire: me quedaba sin él. Llené los pulmones, quemaban, y me hundí de nuevo con todas mis fuerzas.
Los peces se habían alejado. Lo que me rodeaba me parecía hostil como ninguna otra cosa.
El sonido del agua era curiosamente ensordecedor.
Como si no hubiera más que caos a mi alrededor.
Supe que todo estaba en manos de la suerte.
—Mamá… —pedí de nuevo, para mis adentros—. No puedo perderla. Llévame hasta ella.
Sucedió algo que me dejó confuso por unos instantes.
La pulsera prendió aún más en azules y aquel caos que había estado sintiendo se volvió paz.
Empecé a escuchar nítidamente todos los sonidos que componían las profundidades.
El movimiento de las algas al ser mecidas, de las piedras del fondo que la corriente movía, de las aletas de los peces.
Hasta de las burbujas. Escuché un leve zumbido, a la par que sentía un calor en el pecho.
Un destello vibró en tonos platas; otro, entre las algas, en tonos esmeralda. Eran mi medallón y el suyo.
Estiré las manos, esperando tocar el filo de esas algas, y las rocé con los dedos.
Noté en las yemas la fuerza de una corriente helada.
Me cosquillearon las burbujas de un remolino.
Al bracear, esa fuerza me dio en la cara y un canal de aire se abrió ante mí.
Parecía que hubiera abierto un agujero entre las aguas.
Caí en él, de cabeza, hasta que mi cuerpo dio con el lecho marino, entre las algas.
Aquel banco de peces pasó cerca. En un destello, vi de nuevo aquel rojo.
Fui hacia él, caminaba sobre el lecho marino, envuelto en una burbuja.
Eso era: una burbuja. Cuando distinguí a Anamkha…
casi rompí a llorar. Tenía que sacarla de allí sin perder tiempo, así que la tomé bajo mi brazo, por la cintura, y cogí aire.
Aire en medio del agua. Me impulsé con las piernas hacia arriba.
La burbuja se vino conmigo y me llevó hasta la superficie, para luego explotar entre la espuma de una ola que me sorprendió y me dio en la cara.
Su fuerza me empujó contra las rocas del acantilado.
Casi perdí a Anamkha por la brusquedad del movimiento; sin embargo, la agarré con más fuerza contra mi cuerpo.
Tragué agua. Apenas podía abrir los ojos de lo mucho que me escocían. Tampoco veía mucho más que esas lucernas llenas de deseos. Los nuestros quizá nunca se cumplirían. Porque ella…
No quería ni pensarlo.
Acerqué la oreja a sus labios. Me fue difícil distinguir si salía aire de ellos.
Tenía que nadar con ella hasta un lugar seguro donde tratar de sacar el agua que habría tragado.
Igual que había aprendido en Knegara. Una ola nos barrió contra una roca; la sensación de cientos de cristales clavados en mi costado me sacudió, pero me dio igual, solo quería proteger a Anamkha con mi cuerpo.
Tanteé la superficie, aunque era rugosa, podría subirnos a ella.
Sacando las pocas fuerzas que me quedaban, conseguí hacerlo.
Tendí a la pelirroja sobre la roca y me incliné sobre ella.
No respondía, por más que la llamaba. A tientas, le toqué el rostro.
Había sangre en él. Se había partido el labio, quizá por el golpe.
También había sangre en la línea de sus cabellos.
Sin pensarlo más, aunque el contacto supusiese transgredir del todo las normas de Sigmarina, puse los labios contra los suyos e insuflé aire, presioné bajo sus costillas.
Solo quería salvarle la vida. Solo eso me importaba.
Solo ella y la idea de verla respirar de nuevo.
Sonreír, bromear, montar a caballo, disparar…
Poder acariciar su cálida mejilla una vez más.
Tras varios intentos, tosió, esputando agua.
—Por todos los dioses —dije sin terminar de creérmelo—. Por todos los malditos dioses.
Ella tosía, trataba de recobrar el aliento, fatigosamente. La puse de lado, para ayudarla a hacerlo. Cuando recuperó el aliento, la tomé en mis brazos, sosteniéndola contra mi cuerpo.
—Ya ha pasado. —La besé en la frente, mientras la mecía—. Ha pasado. Estás viva.
No dijo nada; solo me apretó un poco el brazo.
Escuché entonces un vocerío que se mezclaba con el sonido de las olas. Una luz grande se dibujó sobre el mar. Era de una barcaza, con un farol, que se aproximaba.
—Vienen a buscarnos. Respira tranquila.
El tiempo que tardaron en llegar, me pareció una eternidad.