Málakor 4 CAPÍTULO 61 #2
65%

CAPÍTULO 61 #2

El lugar bullía de gente, de luces, de colores, de aromas…

Guirnaldas de mariposas lo llenaban todo.

Había puestos callejeros de comida, de vendedores de juguetes y de comerciantes de mariposas de magia y papel.

Los chiquillos corrían de aquí para allá: esa noche era también para ellos y nadie los mandaría pronto a la cama.

Esa infancia tan feliz era algo que jamás viví, pero si algún día toda esa guerra acababa, me prometí, procuraría que Xelirian la viviese, al igual que mis hijos.

De tenerlos, serían todo lo felices que yo no pude ser.

Me habría gustado preguntarle a Anamkha cómo se sentía siendo madre, cómo era eso de traer hijos a un mundo tan cruel a veces, tan lleno de peligros y retos, de decadencia en algunas partes.

Sin embargo, no quería estropear la noche con conversaciones profundas que pudieran hacerla salir de esa burbuja de felicidad en la que parecía sumida.

Solté un suspiro, perdido en ese pensamiento, y llevé la mirada hacia una zona engalanada con muchas guirnaldas.

Sobre una tarima habían dispuesto sillas que ocupaban músicos con flautas.

El sonido de la música se mezclaba con el de las risas.

Luego me fijé en un grupo de clérigos que lanzaban rezos a la luna, de rodillas ante ella.

Una miríada de gente estaba a su alrededor, en igual postura.

Un fuego ardía entre ellos. Era una imagen poderosa, de esas que, si pierdes la fe en los dioses, hace prender la chispa que te lleva a creer en ellos.

En que algo más grande que uno mismo está ahí, aunque no acuda a tu llamada a través del medallón.

—¿Dónde estará Azani? —le pregunté al aire, a mí mismo, más que a la pelirroja.

No obstante, ella respondió:

—Tékim la mantiene al margen, o quizá ella misma, para que descubras todo esto por ti solo.

—Eso no quita que pueda asomarse para decir «Hola, nieto, estamos jodiéndote la vida una vez más, pero, ey, nada que no sepas ya. Adiós». Pocas cosas hay peores que la incertidumbre de no saber qué sucede con los seres queridos.

—Ciertamente, no las hay.

Anamkha apretó mi brazo con cariño. Le dirigí una mirada agridulce.

—¿Has visto lo bonita que está la luna? —dijo ella entonces.

—¿Intentas distraerme para que no piense en penalidades?

—Sí. —Me cogió del mentón, con dos dedos, y me hizo mirar arriba.

—¿Con qué compararías esa luna, Anamkha? —pregunté, señalando al cielo.

—Una rendija de plata —contestó tras observarla.

—Una rendija de plata —repetí mientras asentía—. Dicen los cadetes que la luna en Hérenthor tiene nombre, Azurie.

—Se acerca al momento de su mayor esplendor. En su ciclo brilla tanto que, incluso en las noches de luna nueva, se percibe su luz. —Anamkha se llenó los pulmones de aire—. Parece que no lloverá, después de todo. El aire ha cambiado y ha barrido las nubes que venían desde el norte.

—Me parece bien, no tengo ganas de mojarme. Aunque así tendría una excusa para regresar a palacio y quitarme esto. —Me tiré un poco de la túnica.

—Calla, estás guapísimo.

—Oh, vaya, gracias por el cumplido. Tú también lo estás. Espero que Khabyr no te vea esta noche. Te cargará el hombro y te llevará a sus aposentos para que te confieses.

Anamkha puso los ojos en blanco, pero luego rio. Aunque la risa se le apagó pronto. Se quedó mirando de nuevo la luna, como si se perdiera en algún recuerdo lejano.

—Khabyr no viene nunca a la Fiesta de las Mariposas.

—¿Por qué?

Apretó los labios y se detuvo. Lo hice también. Creí que no contestaría; sin embargo, dijo:

—Su mujer y su hijo murieron aquí. Nos atacaron los elfos oscuros. Hace dos años. El niño era un bebé y ella estaba esperando otro hijo.

Me pareció que los pies se me hundían en la tierra y que no podría moverme nunca del sitio.

—Pero Khabyr es como tú…, ¿sabes? —continuó ella, con voz amarga—, hace bromas de todo para disfrazar lo que en realidad siente: un dolor que no lo deja vivir.

Por eso se pasa el día entrenando y trabajando.

Mientras lo hace, tampoco piensa en nada más.

Por eso rechaza el compromiso y se refugia en un montón de camas. Quiere apagarse los pensamientos.

—No tenía la menor idea, yo… —Me rasque el cuello, abrumado—. Cuando lo vea…

—No le digas nada. No le gusta hablar de ello. De hecho, si se lo mencionas, es probable que se enfade conmigo por habértelo contado. Tú solo… demuéstrale que sabes cortar cabezas de elfos oscuros y que las cortarás todas. Por él, por su mujer y sus hijos.

—Lo haré, sí, y por ti también. No creas que me olvido de ese elfo del que hablaste.

—Compremos las mariposas, anda —zanjó.

Anamkha tiró de mí y me dejé llevar hasta los puestos.

Estaban llenos de gente, eligiendo unas y otras.

Nos colamos entre los huecos que dejaban los compradores y aguardamos el turno.

Sobre manteles de color naranja, había un sinfín de pequeñas mariposas de papel, pintadas de colores.

Casi parecían reales. Cuando soplaba un poco de aire se le movían las alas.

Señalé la que quería, una con unas alas bien grandes, pues me pareció llegaría más lejos que ninguna.

Anamkha escogió la suya, más pequeña. Por primera vez, pude regalarle algo: Khabyr me había dado una asignación, igual que a los demás cadetes.

Ahuecó las palmas de las manos y coloqué la suya en ellas.

Sonrió ampliamente con la mirada puesta en la mariposa.

—¿Sabes ya qué deseo vas a pedir? —pregunté después de que me diera las gracias.

—Sí —susurró.

—¿Y cuál es? Aunque quizá no me lo puedas decir, como tantas otras cosas.

Levantó la vista hacia mí, sin perder la sonrisa.

—Pediré que los mares no sean ingobernables para poder cruzarlos y así poder vernos siempre que lo deseemos. Porque me gusta estar contigo.

El aire hizo bailar los mechones de su cabello. Uno se le posó sobre la mejilla. Lo retiré con suavidad y le dije:

—Ese será también mi deseo. Dos siempre hacen más fuerza que uno, ¿no?

—Siempre. ¿Vamos? —Señaló con la cabeza hacia el borde de los acantilados.

Caminamos hacia allí entre el gentío. Una hilera de gente se distribuía cerca del borde.

A cada tanto, había unos pebeteros cuyas llamas se agitaban.

El aire arreció en aquella zona, venido de los mares con una fuerza descomunal.

Vapuleaba las ropas y los cabellos; amenazaba con tirarte de espaldas si no ponías los pies con firmeza en el suelo.

Debía de ser deseo de los dioses que esas mariposas estuvieran prendidas aun con esos golpes de aire.

Resistían como esos árboles que se doblan con la fuerza de un huracán y, sin embargo, se mantienen en pie.

Así me había sentido yo toda mi vida. Siempre soportando los golpes, pero resistiendo.

Quizá, ese festival no solo hablaba de deseos por cumplir y peticiones, también del recuerdo de las veces que uno ha soportado el aire en su contra.

Al lado de los pebeteros había unos palitos que la gente metía en el fuego y acercaba a las mariposas.

Aunque prendían la superficie de sus alas, el papel no se consumía como lo haría otro corriente.

Luego corrían hasta el borde del acantilado, se detenían a una distancia prudencial y lanzaban aquellas mariposas al aire.

El cielo se llenaba de ellas, como pequeñas estrellas de fuego que planeaban hasta el mar. La bahía se fue llenando de lucecitas.

Anamkha y yo, tras prender las nuestras, corrimos como los demás.

Entusiasmado, sentí esa emoción por las cosas nuevas.

Lancé mi mariposa, que planeó con ganas e inició el descenso.

La pelirroja hizo lo mismo con la suya; sin embargo, un golpe de aire la movió y la posó al filo del acantilado, atrapada entre unas hierbas altas.

Ella no dudó en aproximarse al borde. El estómago se me puso del revés.

—No te acerques tanto, Anamkha. Sé que no te dan miedo las alturas, pero es peligroso. Podría haber un desprendimiento, podría…

—No me pasará nada. He hecho esto mil veces.

—Me da igual. Déjala, compraremos otra.

—No se cumplirá el deseo entonces. —Estiró la mano para cogerla, con el cuerpo inclinado hacia delante.

—Anamkha… —miré a un lado y a otro, la gente estaba a lo suyo.

Un golpe de aire más fuerte que el anterior le movió el vestido y los cabellos; me pegó las ropas al cuerpo. Me acerqué a ella. La pelirroja capturó su mariposa y se dio la vuelta hacia mí.

—¿Ves como no pasaba nada? —dijo contenta.

Sentí un sudor frío recorrerme la nuca. Los sonidos que me rodeaban se volvieron vacíos y solo podía escuchar las risas de un grupo de chiquillos así como las voces de una mujer que les pedía que se detuviesen.

Miré hacia la derecha. El grupo de niños corría pegado a los acantilados, seguidos de la mujer los perseguía a gritos, rogándoles cuidado.

La pelirroja miró hacia ellos, con gesto preocupado.

Fue a frenar a los niños, pero uno de ellos la golpeó en su carrera y la hizo tambalearse.

La mariposa se le escurrió de la mano y voló lejos.

Ni toda mi rapidez ni mis buenos reflejos evitaron que ella se precipitase al vacío.

La punta de mis dedos rozó su vestido, mas no logré sujetarla.