Málakor 4 CAPÍTULO 61
64%

CAPÍTULO 61

Del Festival de las Mariposas

El día del festival, al filo del atardecer, tras darme un baño y rasurarme la barba convenientemente, encontré sobre la cama las ropas que me había prometido.

Eran de seda, del color de la capa: ese bronce hermoso que tendía al naranja.

En contra de lo que mis prejuicios me habían hecho esperar, me resultó bonito.

Estaban llenas de pequeños bordados dorados, grises y negros con motivos vegetales y geométricos, así como nudos entrelazados.

Una casaca de cuello alto, abotonada al centro del pecho, se ceñía con un cinturón también bordado que tenía por hebilla un escudo dorado en el que estaba labrada la insignia de Sigmarina.

Remataba el conjunto una capa con aberturas laterales en las que meter los brazos.

La tela caía en parte por el torso, en parte por las mangas, y le daba al traje un aire ligero.

Me había dejado también vainas para las dagas y la espada, a juego con la ropa.

Celebré que pensase en el detalle de que no pensaba ir desarmado, por más fiesta que fuese.

Cuando me miré al espejo, pensé que, si el bardo me viera así, se echaría a llorar de emoción, porque yo mismo me quedé pasmado.

—¿Quién eres tú y que has hecho con Málakor? —me dije.

Eso mismo soltó Anamkha nada más verme, cuando la encontré estando al pie de las escaleras que conducían a sus aposentos.

Ella bajaba, yo estaba dispuesto a subir, inquieto de tanto esperarla aunque solo hubieran pasado unos minutos.

Nos quedamos parados, mirándonos. Verla fue como contemplar un sueño.

Boqueé sin saber qué decir. En ese momento me habría gustado ser el bardo para expresar con miles de palabras lo que sentí.

Llevaba un vestido del mismo color que el mío.

Un corpiño se ceñía a su torso y las mangas dejaban al descubierto sus hombros.

Una falda de seda, que imitaba las alas de una mariposa, se entreabría dejando ver otra adornada con perlas doradas cual estrellas sobre el firmamento de un anaranjado atardecer.

Las joyas que la adornaban parecían haber capturado también ese instante.

El rojo de sus semirrecogidos cabellos brillaba como nunca, ceñida una tiara en su cabeza.

A su nuca, caía un velo de seda adornado por una redecilla llena de perlas doradas.

La seda semitransparente besaba la piel de sus hombros. Y yo… Yo me humedecí los labios.

—¿Yo? —dije cuando pude reaccionar—. No, qué has hecho tú, que me has dejado estas ropas en la cama. Tengo una reputación que mantener como para ir así vestido.

—No gruñas tanto —dijo con cariño—, te encantan en realidad.

—Me gustaría quemarlas, sí.

Sonreí, dejándola entrever que bromeaba. Anamkha rio. Bajó y yo subí, así que nos encontramos a medio camino. Cada uno en un escalón.

—Eres el hijo de una diosa, Málakor, has nacido para llevar esta clase de ropas.

—Eso es discutible, pero no estropeemos la noche. ¿Puedo acercarme hoy un poco más a ti? —Tenía la imperiosa necesidad de hacerlo; de oír más de cerca su risa; de mirar más de cerca a sus ojos; de sentir su perfume—. En las fiestas, las normas se relajan.

—Puedes llevarme del brazo, si quieres.

Se lo tendí y ella se enganchó de él.

—Te queda bien el naranja, pelirroja.

—Gracias, me gusta. Me recuerda a cuando era pequeña. —En su semblante se conjuró la dulzura de un recuerdo—. En los días de invierno traían naranjas del sur y mi madre me servía zumos con miel para que no enfermase. Bajaba a las cocinas, en persona, para hacerlos.

Vi en sus ojos el dolor de las cosas que ya no volverán.

—Yo te haré zumos de naranja en invierno, no te preocupes. —Apreté su mano—. Seguro que soy buenísimo aplastando naranjas. Solo tengo que acordarme de Khabyr cuando me manda a hacer flexiones e imaginarme que son él.

Ella rio con ganas, para luego asentir.

—Gracias.

—No hay de qué —solté, con un guiño.

Seguidos por la escolta de guardias, dejamos el palacio y nos unimos a la marea de gente que emprendía el camino a los acantilados.

El ambiente era agradable, lleno de espíritu festivo y daba gusto andar en medio de la marea.

No obstante, tenía los sentidos alerta, pues en las aglomeraciones uno corre peligro de ser sorprendido.

Además, tomaba nota mentalmente de todo para poder contárselo al bardo.

Cuánto habría disfrutado, al igual que Xely.

Los ojos se le irían a todas partes, me haría mil preguntas.

Panceta, seguramente, andaría persiguiendo a esos gatos que, desde los tejados o las esquinas, observaban.

Tras media hora de camino y unas paradas para saludar a alguien (incluidos Florian, Cerennis y Ursa), llegamos al pie de los acantilados.

Allí aguardaban carros y carretas adornados con los colores del festival en los que los sigmaris se subían.

Uno de ellos aguardaba nuestra llegada, lleno de algunos cortesanos, y me aproximé hacia él con Anamkha.

—Nos sentaremos al borde. Es donde me gusta ir —dijo—. ¿Te parece?

—Lo que tú digas, pelirroja. Eres la anfitriona.

Llevó la mano a la falda del vestido para arremangárselo.

Sin embargo, antes de que diera un paso, la tomé por la cintura y la subí al filo del carro.

Sus ojos y los míos se hallaron una vez más.

No hubo un ápice de incomodidad en ese momento.

Se llenó de una sonrisa de sus labios, de un sonrojo en sus mejillas que recordaría toda mi vida de lo hondo que se clavó en mí.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué —respondí, y me subí de un salto a su lado.

Miré por encima del hombro a los lechuguinos que ocupaban cómodamente los asientos de la carreta.

Algunos miraban a Anamkha con cariño; otros, con cierto aire de superioridad—.

¿Puedes sujetarme para que no acabe con las ropas llenas de sangre?

Me miró asustada mientras se acomodaba la falda del vestido.

—¿Por qué iba a suceder nada parecido?

—Esos huelecajones te están mirando mal.

Con disimulo, llevó la vista hacia atrás.

—Son de la facción más conservadora de Sigmarina —informó en un susurro—. No les gusta que mi hermano reine, ni que yo me siente al filo como si fuera una campesina.

Acerqué los labios a la oreja de Anamkha. Sus cabellos me rozaron la punta de la nariz, llenándome de su aroma.

—¿Quieres que los asesine para ti? —le susurré, mirándolos de reojo con una advertencia.

A juzgar por cómo giraron la cabeza hacia otro lado, mi mirada había sido más que disuasoria.

—No al menos esta noche —respondió en tono de broma.

—Una lástima. Nunca he asesinado a nadie tan bien vestido. No, ciertamente, sí lo he hecho. Cómo olvidar la noche de la recepción.

—¿Qué noche?

—Ya te lo contaré en otro momento. No quiero que esos se enteren. —Tras suspirar, me acomodé como antes, con las manos agarradas al filo del carro—. Me incomoda darles la espalda, ¿sabes? ¿Y si quieren hacerte daño?

—Los tres hombres que están entre ellos y nosotros son guardias también, aunque vayan vestidos de fiesta. No nos harán nada. Relájate y disfruta de la noche.

Miré de nuevo hacia atrás, para comprobarlo. Bajo sus capas se advertían largas espadas. Solté un suspiro y regresé la mirada y la cabeza al frente.

—Eso es algo que me cuesta hacer. Cuando te pasas la vida escondiéndote, luchando, huyendo… —Me encogí de hombros—. Ya sabes.

—Todo irá bien —prometió, con la mirada llena de franqueza, y se levantó con disimulo la falda del vestido. Pendiendo de una cinta ceñida a su muslo vi una daga de hermosa manufactura—. Tampoco vengo desarmada.

Esa visión me secó la boca y también me trajo viejos recuerdos. Sonreí, con las mejillas ardiéndome.

—¿Te sonrojas, mercenario? —bromeó ella.

—Es por el calor de la noche. —Carraspeé—. ¿Tu hermano y Altaxio no vienen?

—Azkena ha estado inaugurando el festival esta tarde, pero se habrá ido ya.

Mañana hay un montón de eventos en su honor y el mío, por el cumpleaños, y querrá descansar.

Altaxio tenía trabajo en el templo. En esta época del año hay gran cantidad de nacimientos, son muchos los maridos y familiares que van a pedirle a Thaliz que todo salga bien.

—Si sigo aquí, ¿me llevarás a ver al niño de Ursa y Cerennis cuando nazca? Me hará ilusión. Esa criatura es… —No encontraba las palabras precisas.

—El símbolo de que la vida siempre se abre paso, a pesar de todo.

—Exacto.

Con los pies colgando al vacío, mientras ella me hablaba de las estrellas que empezaban a llenar al firmamento, ascendimos hacia la explanada que coronaba el acantilado, donde se celebraba el festival.

Estaba en la parte más baja de estos, en un repecho que se remontaba unos diez metros sobre el nivel del mar.

Más arriba, formaba una cuesta y la tierra alcanzaba una altura considerable.

Algunos de los acantilados de Sigmarina se alzaban a casi setecientos metros sobre el mar.

Habíamos estado sentados en la parte más alta en uno de nuestros encuentros.

Arriba, el aire era más fresco, cosa que agradecí. Dejamos el carro, del que la ayudé a bajar del mismo modo, y emprendimos del brazo la marcha por el sendero que conducía hacia el grueso de la fiesta.