CAPÍTULO 60
De Rethy
Estirar, disparar, afianzar la técnica; estirar, disparar, postura correcta para evitar la fatiga y las lesiones.
Así, cada día. Hasta me lo repetía en sueños.
En una semana pude haber disparado unas mil flechas, y eso son muchísimas.
Tantas como para atravesar con ellas a unos cuantos ledaritas.
Para animarme, Anamkha había ordenado poner en el campo muñecos de paja vestidos de asesinos.
Me imaginaba que eran Derian, Roan, Azskar, Felger…
Toda esa panda de malnacidos. Mientras disparaba a mi hermano en la cabeza y me perdía pensando en los días en Ledaria, recordé eso que Leyla había dicho sobre el momento en que nos lo cruzamos allí.
Me preguntaba, no sé si una vez más o por primera, por qué no había hecho nada contra mí, sabiendo quién era.
Tenía que haber algún motivo de peso, más grande que cualquier otro.
—¿Qué te traías entre manos, Azskar Ledarias? —musité al aire.
Ese día estaba solo. La pelirroja tenía cosas de princesita que atender y me había dejado a mi aire.
Eso me hizo sentir importante, capaz. Esforzarme en hacerlo más que bien y en seguir mejorando para que, cuando llegase, viese mis avances.
Sin embargo, se me hizo más largo sin su compañía, así que, después de mi rato en la taberna, a la caída de la tarde, fui a buscarla.
Unos guardias me dijeron que se encontraba en los jardines de palacio.
Tras una ristra de patios e interminables pasillos, siguiendo las instrucciones de quienes me encontraba, llegué a un arco enorme.
Daba paso a un camino de piedra que se perdía bajo una pérgola, alargada y arqueada, repleta de flores colgantes de un bonito lila.
Su perfume lo inundaba todo. Había tantos aromas distintos, tantas flores, que los sentidos se abrumaban tratando de distinguirlos.
Pensé en lo mucho que el lugar le gustaría a Hach, Leyla y, sobre todo, a Griselda.
No olvidaba su pequeño jardín como tampoco a ella.
Me pregunté qué estaría haciendo, si estaría tan feliz como se merecía, si Darcy y ella habían encontrado su segunda oportunidad en la vida.
Pensar en la costurera me llenaba el pecho de una sensación cálida y los labios de una sonrisa luminosa.
Hay personas que, a pesar de no llevar tanto en la vida de uno, lo significan todo.
Entre tanto, caminé bajo la pérgola. El atardecer lo llenaba todo con sus naranjas, que se unían a los que desprendían los pebeteros que daban luz a aquel camino florido.
No eran muchos, pero bastaban para no andar en la penumbra que la manta de hojas y flores tendía sobre la pérgola.
El sonido de mis pasos se unía al de las hojas al ser mecidas por el viento; al del canto al atardecer de los pájaros, que se ponían al día antes de ir a dormir.
Al final, el espacio se abría en una rotonda rodeada de parterres, en cuyo centro vibraba el agua de una bella fuente decorada con motivos marinos, que distribuía cuatro caminos.
Era un lugar hermoso, con un caos ordenado y algunos elementos decorativos, como columnas o estatuas.
De algún lugar llegaban también los ruidos característicos de una charca.
Me acerqué para mojarme el cuello en la fuente.
El aire llegaba como soplado por una boca hecha de fuego.
Escuché un canturreo, que sin duda era de Anamkha, y lo seguí.
La encontré, canasto en mano, ataviada con un vestido negro de ligera tela, transparente en las mangas.
Cerca de ella, apostados al cabo de un conjunto de olmos, vigilaban dos guardias.
Hice contacto visual con ellos, y aceptaron mi presencia.
La pelirroja, absorta en sus cosas, se acercó a un penacho que bailaba al son del aire. Recolectó de él algunas flores que metió en la canasta.
—¿Qué haces cogiendo flores a estas horas? —le dije mientras me acercaba.
Se giró al momento y me miró con sorpresa.
—¿Y qué haces tú aquí? Pensé que estabas en la taberna.
—Me he ido un poco antes. Quería verte. —Llegué junto a ella, al tiempo en que me regalaba una de sus mejores sonrisas—. ¿Dónde estamos? —pregunté girando sobre mí mismo.
En el espacio, rodeado de plantas por todas partes, pequeñas luces iluminaban estrechos senderos que se perdían entre hierbas colgantes y parterres.
—Son los jardines privados de la reina —respondió ella—.
He venido para recolectar la Giliad annis.
—Miró la canasta, llena de hermosas flores del azul de un cielo en el crepúsculo—.
Flor de la noche temprana. Como su nombre indica, tiene que ser recolectada a la caída del sol o después, pero antes de la madrugada.
—Pues aún tienes un rato. Da un paseo conmigo, anda.
Dejó la canasta a cargo de los guardias y les pidió que no nos molestasen.
Eso, en lengua de lechuguina, quería decir que nos dieran espacio.
La incipiente noche y los jardines eran lugares óptimos para una emboscada, más siendo que los elfos oscuros podían andar cerca.
Así que nos siguieron desde lo suficientemente lejos como para ignorar su presencia.
La pelirroja y yo nos perdimos por los jardines. Entretanto, conversamos sobre el día. Mi entrenamiento, asuntos banales, cosas de la Corte. Sentí que Anamkha quería evitar ciertas zonas del jardín, pues cada vez que orientaba mis pasos hacia alguna parte, ella me reconducía.
—¿Se puede saber qué pasa? —pregunté frustrado.
—Hay mosaicos en el suelo que cuentan historias del pasado que no debes ver.
—Técnicamente, podría verlas y así te ahorrarías el contármelas.
—Sería hacer trampa.
—No pasa nada por hacer trampa alguna vez. Anda, llévame a ver uno. El que tú quieras.
Ella me miró dubitativa. Se frotó la barbilla de puro nervio. Iba a decirle que había cambiado de opinión, para no apurarla más; sin embargo, dijo:
—¿Recuerdas eso que quería decirte antes de que te enterases por nadie más?
—Sí. Algo que tiene que ver con eso de no poder quemar Narqania, creo.
Sin decir más, me cogió de la mano y me guio por los jardines.
Tras un corto sendero entre setos, llegamos hasta otra zona en la que había un mosaico oval rodeado de bancos y enredaderas.
Aquella escena celebraba un nacimiento. Ella sostenía en sus brazos a un bebé de piel tostada, de unos meses, al lado de Azkena.
No era pelirrojo como Altaxio, aunque sí había semblanza de Anamkha y su hermano en él.
La felicidad que desprendían traspasaba las piedras.
—¿Tienes otro hijo? —dije ceñudo.
—No. Es mi sobrino. El mosaico se hizo en conmemoración de su eless morgen —reveló entonces—. Soy su vamya de nacimiento. Una segunda madre si le sucediera algo a los padres.
Sospeché, por su forma de decirlo, que era él a quien le había ocurrido algo. Deslicé la mano para rozar la de ella; quería que no se sintiera sola.
Puso su mirada en la mía. Los ojos estaban a punto de llenársele de lágrimas.
—Los elfos oscuros lo secuestraron. Por eso fui a Narqania, para tratar de sacarlo de allí. No… —dominó la angustia su voz de un modo que me atenazó el vientre—, no pude. Los oscuros me capturaron, pero Khabyr y otros amigos me ayudaron a escapar.
—Gracias a los dioses… —Estiré y encogí los nudillos en un gesto que revelaba mi tensión. La saliva se me hizo hiel al preguntar—: ¿Qué pasó con tu sobrino? Está…
—¿Muerto? Podría. Vivo, quizá. No lo sabemos.
—En el derrotado gesto de sus hombros se reflejó su angustia—.
En Sigmarina, a causa de la tristeza que su historia provoca, apenas se habla de él.
Solo una vez al año, cuando se le dedica un rezo en el templo, igual que a los muertos.
Porque eso pretenden todos que sea: un cadáver.
Incluso la reina y mi hermano, por evitar el dolor de la incertidumbre, han asumido que ha muerto.
Mas no hubo cuerpo que enterrar ni hay tumba en la que ir a rezarle.
Ellos están muriendo por dentro, aunque por fuera quieran aparentar normalidad.
Ninguno está preparado para tener otro hijo, así que hay dos reinos sin heredero aparente…
¿Sabes lo que es eso? Problemas políticos.
—Lo siento, Anamkha.
—Más lo siento yo —dijo con pesar—. No pude salvarlo ni quizá pueda salvarlo nunca, porque tal vez tengan razón.
El corazón se me encogió.
—Siento que necesitas un abrazo más que nunca.
Ella asintió, así que la tomé de la cintura y la pegué a mí, para luego estrecharla con fuerza. Anamkha cedió a mi gesto y se aferró a mi cuerpo como si fuera esa esperanza que creía perdida.
—¿Quieres que vayamos juntos a buscarlo? —dije—. Te juro que mañana mismo me meto de nuevo en los túneles.
—Así solo demostrarías ser terriblemente inconsciente.
—Me gusta eso. Quedaría bien en mi hoja de virtudes.
Su leve risa resonó contra mi pecho.
—Hagamos una cosa, Málakor —musitó—. Finjamos que no te he contado nada.
—Está bien. Fingiremos que nada sé, pero si me llega información, aunque no la haya buscado, te la diré. Quizá Xelirian sepa algo de eso. Solo dime cómo es ese niño.
Anamkha se separó un poco de mí y perdió la vista en la nada. Como si lo estuviera viendo, dijo:
—Tiene seis años. Es un crío menudo, con el pelo muy negro, los ojos de mi hermano y la tez del color del otoño. De uno de esos marrones tan bonitos que adquieren las hojas en esa época del año. Su madre tiene la piel un poco más oscura.
Como Medora, pensé.
—Te enseñaré algún retrato de él un día —agregó, y volvió a mirarme.
Algo calló en ese momento. Algo que sentí me haría tambalearme de saberlo.
—Hay una cosa que querría decirte, pero no puedo hasta que no hable con la persona indicada —soltó entonces, confirmando mis sospechas—. Te juro que lo haré en cuanto pueda.
—Odio los secretos, Anamkha. —Chasqueé la lengua—. No podemos vivir eternamente entre secretos. Dime, ¿cómo se llama tu sobrino?
—Lorethkenn. —Sonrió al pronunciar su nombre—. Aunque todos le llamamos Loreth y sus amigos en Ellertanah le llaman Rethy. En élfico significa «bonito». Él lo era… Lo es.
—Lo es —anoté también—. No pierdas la esperanza.
—Gracias. Hay algo más que debes saber sobre él.
Heredó los dones de la magia. No los había manifestado para cuando desapareció, pero sabíamos que estaban en él porque un amigo que conoce esa clase de secretos nos lo dijo.
Solo espero que no se le hayan manifestado en los túneles, o dejará de ser una moneda de cambio con la que querrán negociar algún día para ser un instrumento en sus manos.
Harán con él lo que quisieron hacerle a Araleen.
Tomando aire, apoyé la barbilla en sus cabellos.
—No te preocupes, Anamkha, todo irá bien.
— Béril ne veril —dijo con el ímpetu de quien desea creer en ello a pies juntillas.
Ninguno mencionó más sobre el asunto el resto del paseo. Anamkha solo quería olvidar, distraerse, y yo sentí que se lo debía, por más preguntas que quisiera hacerle.