Málakor 4 CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

De papel y magia

Unos cinco días más tarde, casi al filo del verano, volvimos a vernos en el entrenamiento.

El ambiente era muy animado, pues la ciudad empezaba a llenarse de festividades en honor a las estrellas, al agua y a los animales.

Anamkha estuvo en una decena de ellas y me las relató con todo detalle entre disparo y disparo.

Solo podía mirarla con una sonrisa cuando me contaba sus cosas.

Me hacía feliz verla feliz. Eso era todo.

—Tenías que haber visto a Epona desfilando —me dijo, con los ojos brillantes como pavesas, mientras yo cargaba una flecha en el arco—. Qué brío, qué pasos más elegantes, los dejó a todos obnubilados. Es una pena que no pudieras venir.

—Khabyr me tuvo untando mantequilla hasta que caí rendido —dije, y disparé. La flecha alcanzó su objetivo—. No sé cómo llegué al dormitorio. Creo que alguno de los cadetes me llevó en brazos y hasta me quitó la ropa para meterme en la cama.

Ella rio por lo bajo, y puso otra flecha en mi mano.

—Pena de ti que no fuera una cadete.

—No habría podido hacer mucho con ella, la verdad. —Coloqué el proyectil en el arco, apunté y disparé. La flecha perdió velocidad a mitad de camino y se vino abajo—. Eso, justo eso, habría pasado.

A la pelirroja le salió una carcajada que inundó el patio.

—Parece que ya eres uno más de ellos, ¿no? —dijo después con un tono muy alegre—. Ellos, desde luego, te sienten como uno más.

—¿Eso te han dicho? ¿Que me sienten como uno más?

—Sí, y me alegro mucho de que, aunque estés lejos de tu hogar, ya pertenezcas a este de algún modo.

Miré a mi alrededor, a todos esos cadetes dándose espadazos, a los arqueros frente a las dianas, a los gatos en las rondas, a Khabyr dando órdenes.

—Me siento cómodo aquí, la verdad. —Tomé otra flecha y acaricié su pluma con los dedos.

Empezaba a encontrar ese ejercicio muy relajante—.

Este ambiente me es familiar, y estoy viviendo muchas cosas nuevas también.

La verdad es que he estado pensando en que me gustaría poder contarle a mi amigo Hach todo lo que me está pasando aquí.

Cuando vuelva se me va a haber olvidado la mitad.

—Pues escríbelo.

—Qué te crees que soy, ¿el bardo? Eso de escribir novelas es cosa suya.

—No se trata de escribir una novela, solo de contarle tu historia, tal y como la estás viviendo, pensando que él va a leerte. No sé. Podría resultarte entretenido. Así no olvidarías nada de lo que está pasando aquí.

—Pero… no estamos seguros de que pueda llevármelo. Tampoco los libros.

Disparé aquella flecha, que encontró un buen lugar bien cerca de la diana. Después de celebrarlo, ella dijo:

—Le pregunté a mi hermano y dijo que sí, aunque hay un límite de cosas con las que podrás cargar. ¿Quieres que pida papel y tinta para tus aposentos? Podrías hacer solo una lista si quieres. Llámala: «Cosas importantes que contarle al bardo».

—Me estás metiendo en un lío, pelirroja…

—rezongué—. Hasta hace poco ni siquiera tenía por costumbre leer y ahora quieres que escriba cosas.

Aunque eso de la lista no me parece mala idea…

Más fácil para mí. Igual tú, que eres una lechuguina sabelotodo, también eres buena escribiendo; yo soy una catástrofe.

—No tengo la menor idea de cómo escribir una historia, ni tampoco soy una sabelotodo —respondió ceñuda—. Hay muchas cosas que desconozco, que no sé hacer.

—¿Como por ejemplo? —Dejé el arco en el poste y tomé un poco de agua mientras esperaba contestación.

—No sé, cosas. —Se encogió de hombros.

—Eres una sabelotodo —me burlé sin mala intención.

—¡Que no es así! —Rio divertida, me dio un codazo y oteó alrededor. La mirada se le detuvo en contemplar uno de los torreones—. No sabría escalar un muro, ni construirlo, ya puestos.

—Yo sí. Ambas cosas. He colocado tejados y todo.

—Qué bien. Te contrataré si quiero hacerme una casa algún día.

—A tu servicio, pelirroja —dije con gesto resuelto—. Y eso no te sirve de excusa, la mayoría de la gente no tiene nociones de construcción. Busca otra cosa que me haga cambiar de opinión.

—Pues… —se mordió el labio inferior, pensativa—, hay algo muy importante en Sigmarina que no tengo la menor idea de cómo hacer, lo que se considera un acto imperdonable siendo una dama noble. Casi tanto como lo de no haberme casado.

—Me tienes intrigado. —Apoyé las manos en la cintura. El dedo de plata presionó contra la tela recordándome que estaba ahí. A veces se me olvidaba que lo llevaba. Era como un guante—. Espero que sea algo muy oscuro.

—¿Cómo de oscuro? —quiso saber con expresión pícara.

—Algún ritual para lechuguinas estiradas que implique comer con las manos o algo así.

—No… —Volvió a reír—. Se trata de bordar tapices. Las altas damas de Sigmarina casan mejor cuanto mejores sean haciéndolo. Es un símbolo de estatus. Hacen increíbles obras de arte con los hilos.

—Es verdad que he visto un montón por los pasillos. —Torcí el gesto—. Míralo por el lado bueno, es una suerte que no sepas, porque no quieres casarte.

—Cierto. ¿Qué tal se te da nadar?

—Como pez en el agua —presumí—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Vas a invitarme a un baño privado?

—Málakor… —rio—. Solo lo decía para saber si podrías salvarte por ti mismo de morir ahogado, porque no podrás contar conmigo para eso. En agua en calma podría defenderme, pero como esté muy agitada…

—Tú me has enseñado a disparar —levanté el arco—, yo te enseñaré algún día a nadar como si fueras una de esas sirenas de los cuentos. Así podrás engatusar a los hombres escondida entre las rocas.

—No tengo intención de engatusar a ningún hombre —dijo entre risas.

Una vez más, no dejaba de reír en mi compañía, y eso me hacía sonreír de oreja a oreja. Fingí decepción y chasqueé la lengua.

—Khabyr se pondrá tristísimo.

—Eso espero —soltó, con un guiño burlón—. Vamos, dispara.

Recompuse la postura y me dediqué a ello durante un buen rato. Al poco, después de que nuestra dinámica se centrase en aquello, ella soltó:

—Siento mucha angustia los espacios cerrados, por si quieres sumarlo a tu lista de cosas que me hacen humana.

—Dijiste que habías estado en Narqania.

—Yo no dije eso. Fue mi hijo, que habló de más.

—¿Y cómo es que te metiste en los túneles si te dan angustia los espacios cerrados?

—¿Podemos hablar de otra cosa?

—No. Quiero hablar de eso.

—Pues no podemos. Es mi pasado.

—¿Pasado reciente?

—Narqania se fundó hará unos siete años.

Aunque hace algo más que soportamos la crueldad de esos elfos oscuros.

—Como si todo el odio que llevase contenido hacia ellos saliese a borbotones, dijo—: Tenemos que acabar con ellos, Málakor, cortar el problema de raíz.

Y eso pasa por acabar con tu hermano, que es uno de sus grandes aliados, y con la Ciudad Maldita.

Luego…, luego tenemos que prenderle fuego a Narqania desde los cimientos. Roca a roca y túnel a túnel.

—¿Y qué os lo impide?

Anamkha tomó aire profundamente.

—Tiene que ver con eso que no puedo contarte.

—Pero ¿quieres contármelo?

—Necesito hacerlo, o acabarás enterándote de otra manera —dijo con una mirada franca.

—Prefiero saberlo por ti, porque viendo lo nerviosa que estás, no es cosa pequeña. Escoge el momento y el lugar en el que decírmelo y hazlo. Si Azani aparece, ya lidiaremos con ella.

Ella solo asintió y me dio otro proyectil.

—Tienes las manos frías —le dije, pues rocé sus dedos al cogerlo—. ¿Quieres ir dentro?

—No. Estoy bien. —Elevó la mirada al azul mientras se las frotaba—. Creo que se acerca una tempestad, de esas que duran días, y es una pena porque se estropeará el Festival de las Mariposas.

Miré al cielo, estaba despejadísimo.

—Los chicos hablan mucho de eso, ¿tan bonito es en realidad?

—¿Recuerdas las velas y el templo?

Asentí.

—Pues vamos todos a los acantilados y hacemos las peticiones allí.

Lanzamos pequeñas mariposas con alas de fuego, que se tienden luego sobre el agua —dijo con una alegre sonrisa infantil, como si aquello la entusiasmase más que ninguna otra cosa—.

Cuanto más tarden en apagarse, más pronto se cumplirá tu deseo.

—¿Mariposas con alas de fuego?

—Son de papel en realidad. De papel y magia. Dime que vendrás conmigo a verlo.

Casi hizo un puchero.

—De acueeerdooo… Te prometo que iré.

—¡Bien! —Sonrió de oreja a oreja—. Te haré llegar la ropa adecuada.

—¿La ropa adecuada? —Me miré—. Ya llevo ropa adecuada. No empieces como Háchpirey, por favor, que entonces no voy.

—Es tradición acudir al festival con los colores de la mariposa danaus, que pronto llenará los bosques.

—¿Tengo pinta de saber de especies de mariposas? —Levanté una ceja.

—No —dijo riéndose—, desde luego que no. Es naranja, negra y blanca. Te prometo que los trajes son muy bonitos.

—¿Y no tienen encaje?

—No, no lo tienen —dijo con suma paciencia.

—Está bien. Mientras no sea un naranja chillón… No quiero parecer un bardo.

Anamkha sacudió la cabeza, luego señaló con ella la diana.

—Vamos, lo estás haciendo cada vez mejor.

—¿Cada vez mejor que bien o cada vez mejor pero cerca de peor?

—Digamos que me está gustando verte disparar. No es un suplicio.

—Un suplicio… —Reí y me dispuse a disparar otra flecha.

Tensaba el arco cuando ella dijo:

—¿Cuándo es tu cumpleaños?

—¿A qué viene eso ahora?

—Quiero saberlo.

—Da igual, tampoco es que lo celebre. —Me encogí de hombros—. No tiene importancia.

—Sí la tiene —dijo algo triste—, me encantan los cumpleaños.

—¿Te gusta celebrar el tuyo?

—Mucho. Es el día siguiente del festival. Que me acompañes será mi regalo.

La miré de reojo, con media sonrisa:

—¿Quién te ha dicho que te merezcas ningún regalo después de entrenarme tan duramente?

—En el fondo te gusta, Málakor.

Su tono atrevido amplió mi gesto.

—Debe de ser que sí. —Fijé la vista en el objetivo, me humedecí los labios y solté la flecha. Cuando se hendió a unos dedos del centro, dije—: ¿Te ha gustado lo bien que lo he hecho?

—Sí, pero seguro que puedes hacerlo mejor.

Ese aire de desafío me hizo respirar hondo.

—Te lo demostraré.

—Bien. Clava la flecha en la diana.

Su mirada y la mía conectaron por un segundo; bastó para acelerarme el pulso. Tomé aire y me concentré en un nuevo disparo. Aunque estaba nervioso, sin saber siquiera por qué, esa vez no fallé. La flecha se clavó en el centro de la diana y el silbido sonó como campanas de victoria.

—¿Queda demostrado? —Con media sonrisa, le puse el arco en las manos a Anamkha. No lo solté, así que sus manos y las mías quedaron muy cerca—. ¿O tienes objeciones que poner?

—Solo una, mercenario.

—¿Cuál? —pregunté curioso.

Ladeó la cabeza para señalar hacia el fondo del campo de tiro.

—Esa no era tu diana.

Miré hacia allí. Ciertamente, había disparado la flecha hacia la diana de al lado. Me froté la nuca mientras carraspeaba. Las mejillas se me debieron de poner como tomates maduros.

—Lo importante es que la he clavado en la diana. No especificaste en cuál —dije.

—Sí, claro —anotó aguantándose la risa.