Málakor 4 CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

De la cuerda, la flecha y yo

Durante dos semanas, nos encontramos ante aquella diana.

Quedó claro que no me haría un arquero experto ni en cien años que practicase, pero le había prometido a Anamkha, al menos, poder disparar una flecha y acertar en un objetivo.

Ya fueran los triskis o un puntiagudo. Empezaba a acostumbrarme a aquella cosa de madera que me parecía mucho más frágil que una espada, aunque fuera incluso más letal a veces. Al menos en las distancias largas.

A pesar del tiempo transcurrido, aún no había disparado una sola flecha.

Solo practicábamos una y otra vez el arte de la postura, cómo mantener el control sobre el centro del cuerpo, cómo coger el arco, acostumbrarse a él, cómo sacar la flecha de la aljaba, colocarla y apuntar, respirar y sentir la madera en las manos, etc.

Aunque a ratos me frustraba por la impaciencia, entendía que estábamos haciendo lo correcto.

Anamkha seguía pareciéndome una gran maestra, dura como una roca pero suave como algodón a la par, y tenía casi tanto aguante conmigo como Khabyr.

Antes de lanzarme alguna corrección o advertencia, siempre llenaba los pulmones de aire y decía con firme delicadeza: «Málakor, sube el hombro».

«Málakor, el codo. Te harás daño si sigues colocándote así».

—Málakor, no puedes dispararle a ese guardia que dices se ha reído de ti —me dijo una mañana—. Porque no se ha reído de ti. Solo ha estornudado.

—Le limpiaré los mocos con una flecha entonces… —gruñí yo.

Me sequé el sudor de la frente. Ni los árboles bajo los que nos resguardábamos quitaban el calor.

El aire caliente volvía la humedad del mar una sustancia pegajosa y molesta.

Aún estábamos en primavera, pero casi parecía ya verano.

El Ciclo de Azurie, como llamaban allí a los meses de estío, llegaría ese año con fuerza.

En las horas más altas del día, era casi imposible estar al sol.

El resto se podía sobrellevar siempre y cuando hubiera sombra y algo fresco que beber.

Algunas noches, el calor daba tregua, porque el viento cambiaba y venía de las Montañas de Ces, una cadena a las espaldas de Sigmarina. Entonces se podía pegar ojo.

—¿Dónde aprendiste a disparar? —le pregunté al rato, practicando la postura.

Quizá por descuido o por causa intencionada, Anamkha me habló de aquella parte de su pasado, aun cuando pensé que no lo haría.

—De pequeña me escabullía para ver disparar a los Arqueros de Ielethar, el cuerpo de arqueros de Erisias.

—Arqueros de Ielethar… —musité con sorpresa—. La compañía de mercenarios a la que pertenecí llevaba también el nombre del dios.

—Entonces debe de ser una gran compañía.

—La mejor.

Nos sonreíamos, como tantas veces en las que encontrábamos puntos en común en nuestras historias. Me parecía que aquello era también cosa del destino.

—Pero quién me enseñó a disparar fue Halfdur, que era también mi instructor de monta.

Las mujeres de la nobleza de Erisias no tenemos permitido el uso de ningún arma.

No se nos cría para ser el brazo armado del ejército, sino quien toma las decisiones delante de un mapa.

Aprendemos historia, estrategia y otro sinfín de cosas necesarias, pero nada de usar una espada o un arco.

Así que, él y yo, todo lo hacíamos a escondidas. Absolutamente todo.

Se le pintaron las mejillas de rojo, y supe que había algo más detrás de esa historia. Aunque estaba demasiado molesto por ese asunto de la prohibición sobre las damas como para detenerme en mostrar interés por historias amorosas.

—Me parece absurdo que no os dejasen usar armas.

—A mí también, por eso me salté la prohibición.

—Mira que te encanta hacer eso… —le dije con media sonrisa.

Ella levantó las cejas en un gesto gracioso. Luego tomó una flecha de la aljaba y me la ofreció.

—Bien. Es hora.

—No te creo.

Conteniendo las ganas de abrazar a Anamkha por tan buena noticia, tomé la flecha, así como una honda bocanada de aire. Me coloqué, en la postura más que aprendida, dispuesto a, por fin, disparar.

—Perfecto —dijo ella tras evaluarme con la mirada—. Más que aprobado.

—Bueno, solo me ha costado dos semanas llegar hasta este punto —dije disimulando una risa nerviosa—. Solo espero no clavarle la flecha a nadie en un ojo.

—Confía un poco en ti, anda —dijo animada—. Yo lo hago.

—Pues tú eres la que está más cerca, no deberías.

Riéndose, se colocó tras de mí. Sus manos se situaron en mi cintura, aunque sin llegar a tocarla del todo. Sentía su calidez; su presencia, pero no me molestaban.

—Solo sois tú y el arco. Ni siquiera el objetivo, solo vosotros dos —susurró—. ¿Qué sientes?

La suavidad de su voz me hizo cosquillas. Cerré los ojos y respiré el momento.

—La madera. Huele bien. El aire se cuela entre ella. La siento firme entre mis dedos.

—¿Qué es lo que sientes firme, Málakor Arben? —dijo en tono guasón.

Sabía que esa broma había salido de sus labios para relajar la tensión, porque estaba tenso hasta decir basta, y lo logró. Se me escapó una larga risa. Mis músculos se calmaron.

—¿Quieres comprobarlo por ti misma?

Ella rio también.

—Respira una vez más, profundamente —dijo.

Así lo hice. El aire meció mis pulmones trayendo con él mayor relajación.

—Bien —dijo ella—. Ahora sois el objetivo y tú, ¿qué ves?

Separé los párpados. El mundo a mi alrededor se volvió más presente.

—El centro de la diana. Se difumina hasta que enfoco la vista. Se mueve, pero está quieto. Ahora… se detiene.

—Ahora sois la cuerda, la flecha y tú.

La tensé, despacio, y el crujido que hizo me llegó adentro. Fue hermoso.

—Tener un arco entre las manos es como tener a la persona a la que amas en la cama —soltó ella entonces.

—Anamkha… —Me reí, y el arco se tambaleó.

Ella separó las manos de mi cintura, las llevó hacia adelante y me ayudó a corregirlo.

—No te pongas nervioso —dijo con calma, y colocó las manos sobre las mías—. Ha variado tu postura, recondúcete.

—Sí —tragué saliva, e hice lo que me pedía. Primero con su ayuda, luego, cuando me soltó, a solas.

Se quedó a mi espalda. Ya no sentía sus manos, su cercanía, pero estaba conmigo, bien presente. Su voz lo llenó todo:

—Tienes que ser suave, pero firme. Demostrarle tu pasión, pero también tu amor.

Tienes que dárselo todo, o no te dará nada.

Pensar en el placer de él antes que el tuyo.

Tienes que acariciarlo y poseerlo. Ha de ser tuyo y tú de él.

Tienes que sentirlo, Málakor, ya no desde las yemas de los dedos ni desde los ojos o la nariz, desde lo más hondo de ti.

—Puso la mano en mi pecho, allá donde se encuentra la cárcel de hueso que guarda el órgano que comanda sobre nuestros sentimientos—.

Igual que sientes cuando amas a alguien, cuando tu cuerpo y el suyo son uno solo.

Desde la sangre y el deseo. Desde el cariño y el respeto.

Desde el alma. Porque, si no vas a entregarte a alguien así, mejor no te entregues.

Con el arco sucede igual. Por eso somos uno solo. El arco y yo. El arco y tú.

El vello de la nuca se me erizó; los abdominales se me tensaron y hasta la respiración se me agitó.

Los latidos de mi corazón trotaron fuertes como nunca.

Me sentí más anclado a la vida, más firme en mis propósitos, más parte de algo más grande que yo mismo.

Me sentí atado a la voz de Anamkha y a su forma de decir las cosas, con la idea de que me habría pasado toda la vida oyéndola hablar de eso.

Oyéndola hablar de cualquier asunto, relevante o no.

—Dos partes de una misma cosa —musité.

—Así es.

No la veía, pero noté que sonreía.

—Eso ha sido intenso, pelirroja. No sé si llegaré a sentirme así con esto entre las manos, pero… —bajé el arco, giré la cabeza por encima del hombro y busqué su mirada— quizá sí con una espada.

—Las espadas también requieren de la misma entrega. Al fin y al cabo, a veces es lo último que sostenemos en la vida. Un arco, una espada. Se tienden a nuestro lado cuando morimos, empapándose de nuestra sangre.

—Jamás dejaré que tu sangre manche tu arco. Ni tu espada. No mientras me quede aliento. —Miré hacia delante y afiancé la mano en torno a la peana del arco—. Y para eso tengo mucho que practicar.

—Eso es. —Me animó de nuevo a adoptar una postura conveniente—. Venga, Málakor. Recuerda que el primer intento solo es eso: un primer intento.

—Lo sé, pero gracias por recordármelo.

Anamkha se puso a mi lado.

—A la de cuatro —dijo—. Contaré por ti.

Asentí.

—Una.

El arco y yo.

—Dos.

El objetivo y yo.

—Tres.

La cuerda, la flecha y yo.

—Cuatro.

El proyectil salió disparado, cortando el aire a su paso.

El sonido que hizo la pluma, la cuerda al soltarla, la madera al recuperar su posición…

Jamás lo olvidaré. Pese a que la flecha no impactó en la diana, Anamkha me aplaudió igualmente.

Eufórico, con la emoción siendo parte viva de mi sangre, la abracé con todas mis fuerzas.

—Esto no está justificado por el entrenamiento —regañó, pero correspondió a mi gesto.

Los arqueros que entrenaban, al igual que los guardias que hacían la ronda y los cadetes que golpeaban los muñecos de paja, a unos cuantos metros de nuestra zona, nos miraron.

Sin embargo, no me apuré a separarme de ella.

Estaba tan feliz por aquel nuevo aprendizaje que solo me salía demostrarlo así.

—Es una nueva postura de prácticas —dije—, se llama: abrazar a la arquera. Así se sienten sus emociones y se aprenden de ellas.

Soltó una risa que resonó en mi cuerpo.

Cuando nos separamos, miró a quienes nos observaban con un gesto de disculpa. Ellos siguieron a lo suyo, no sin antes cuchichear. Ella soltó un suspiro y luego dijo:

—Lo has hecho muy bien. Ahora, a por la siguiente.

Aquel día, muchas de las flechas que disparé acabaron perdiéndose tras la diana.

Sin embargo, solo por ver la cara de felicidad de Anamkha mientras me daba clases de algo que amaba tanto, por verla reír y por sentir sus manos corrigiéndome la postura, mereció la pena.

También por hacerme recordar aquella conversación con Leyla.

Por entender mejor su relación con el arco. Fue como cerrar un círculo.