CAPÍTULO 57
De recuerdos buscados, posturas tensas y ojos dominantes
Anamkha me colocó para que encarase la diana. Luego me hizo situar bien las piernas, la altura de los brazos, los codos… De repente, me empezó a picar todo. Todas las veces en las que alguien me había apuntado con un arco, ya fuera Leyla u otro knegarita, me consumieron el oxígeno.
—No puedo. —Bajé el arco—. Me han enseñado a odiar esto toda mi vida. No sabes la de veces que me han amenazado con un arco; las veces que me han disparado o herido. He salvado la vida gracias a mis reflejos.
—No puedes vivir toda tu vida anclado a ese odio.
—Eso es fácil decirlo, pero no tan fácil hacerlo.
—Piensa en gente con arco que aprecias. Leyla, por ejemplo, tenía uno.
—Lo tiene, que no se ha muerto.
Carraspeó antes de aclarar con paciencia:
—Era una manera de hablar.
—Perdona, Anamkha, lo siento —dije con franqueza—. He sido un poco borde.
—No pasa nada. No tienes un buen día. Empezaré de nuevo: Leyla tiene un arco.
—Lo tiene —asentí.
Ella pareció buscar las palabras correctas.
—Y con ella también has vivido cosas buenas, ¿no?
—Algunas. La mayor parte del tiempo ha sido un tormento tenerla cerca.
—Qué exagerado eres —dijo cruzándose de brazos—. Seguro que ha habido más momentos buenos que malos.
—Bueno… —me encogí de hombros—, hubo momentos bonitos, sí, sobre todo cuando hallábamos un poco de paz y cuando nos besábamos; sin embargo, duraban poco.
—Me humedecí los labios, recordando el último beso.
Sentí angustia al hacerlo—. La quiero, Anamkha, pero no podemos estar juntos.
Te juro que lo hemos intentado. —Suspiré—.
Siempre hay un montón de reproches que lo vuelven un acto imposible.
—Te comprendo. —Su mirada fue más sincera si cabe—. Al mencionarla, no pretendía despertar tus malos recuerdos. Lo siento.
—Estoy enfadado con ella todavía. Me dio a elegir entre mi sobrino y ella.
No puedes darle a elegir entre algo y tú a nadie.
Jamás. —Apreté la peana del arco con fuerza, como si tuviera la culpa—.
Aunque ya no sé si yo habré hecho lo mismo alguna vez, cagándola estrepitosamente, cuando aún no sabía lo mal que sentaba.
Anamkha me lo quitó de las manos con suavidad.
—Es un error común. No te atormentes más por ello. Intenta pensar en las cosas buenas de tu relación con Leyla, tienes que asociar el arco a algo positivo.
Miré al cielo, tratando de sacarle partido a la situación.
Los vencejos jugaban a dar asombrosos giros en el aire.
Ascendían pegados a la pared de uno de los torreones del castillo y se colaban entre los huecos de las almenas para emerger sobre ellas y planear cielo arriba.
Recordé los días en Knegara, cuando los pájaros copaban la fronda arbórea, antes del maldito incendio.
Quizá le exigía a Leyla demasiado. Quizá, yo no habría podido perdonar al causante de la destrucción de mi hogar, aunque no lo hubiera hecho de forma intencionada.
—Me gustaba la manera en la que el arco bailaba a su espalda cuando ella caminaba —musité, con la mirada aún en el azul—. Cuando tú caminas, Anamkha. Pero eso significa que os estáis alejando, y ya no me gusta tanto.
Sentí la calidez de su mano en mi antebrazo. Lo apretó para reconfortarme.
—Si algún día me alejo, será para volver.
Bajé un poco la mirada hacia ella. Me sonreía, y las comisuras de mis labios se estiraron también.
—Ahora, piensa en otra cosa —pidió.
Relajé el rostro y volví a contemplar el cielo, sus nubes y sus claros.
Perdí la vista en mi memoria también, para recordar cada instante junto a Leyla.
Hubo risas, sí, momentos de breve complicidad y cariño; sin embargo, la mayor parte del tiempo solo éramos nosotros discutiendo y su arco escuchándonos y juzgándonos seguro, porque debíamos de parecer imbéciles.
Estaba a punto de rendirme cuando llegó a mi memoria aquella noche en las almenas. «Juraremos por mi arco que siempre estaremos el uno para el otro», había dicho Leyla. «Siempre», le contesté yo. Apretamos los meñiques mientras nos sonreíamos.
—Siempre estaré para ella, aunque no estemos juntos, eso es una verdad indiscutible —dije.
—Eso es hermoso.
Llené los pulmones de aire, en pos de llenarme también el corazón de la sensación de paz que mis propias palabras me habían dado, y asentí.
—Bueno, basta de charla y empecemos la lección, vamos —dije después.
—Eso es —soltó contenta—, habrá vashkir a los que matar.
—Lo dices mal. Es vaskirnrikistriskis. Llamémoslos triskis, a secas.
Hasta yo me reí esa vez.
—Muy bien, primera lección —anunció—. El ojo dominante.
—¿El ojo dominante? Bueno, pues depende del momento, cuando me he pasado con la comida, el ojo del cu…
—¡Málakor! —regañó—, no es eso. Ay, dioses, qué voy a hacer contigo…
—Enseñarme a disparar para matar a los triskis —dije animado—. ¿Qué es eso del ojo dominante? ¿Es un ojo malvado que quiere dominar el mundo?
—Supongo que has leído esa historia en los libros que te prestó Cerennis.
—Sí, es una historia increíble. Sale un arquero elfo con muy buena puntería.
—Los elfos son muy buenos con el arco.
Hubo un mohín en su rostro que me indicó que había algo tras esas palabras; sin embargo, la pelirroja se lanzó a enseñarme eso del ojo dominante, y no quise interrumpirla. En resumen, es el ojo que tiene mejor visión cuando se cierra el otro. Con el que se sitúan mejor los objetos en la distancia.
—Si me dices que sitúe un bocadillo de panceta en la distancia, ambos ojos me son igual de útiles. Si tengo que situar al bardo, entonces mejor los dejo cerrados.
Una vez más, su risa lo llenó todo.
—¿Siempre te ríes tanto o es que no digo más que tonterías? —quise saber.
—Tú me haces reír más de lo normal.
—Eso me gusta. —Sonreí.
Me devolvió el gesto. Tras un silencio en el que solo me miró, dijo:
—¿Puedo… tocarte? —preguntó—. Más de lo normal. Es para enseñarte cómo debes colocar el cuerpo.
Miré alrededor y me encogí de hombros.
—Si nadie nos obliga a casarnos en unos diez minutos… —bromeé.
—No. El campo de entrenamiento es terreno neutral para eso. Como has estado entrenando, tienes los músculos calientes ya. Igualmente, vamos a estirar un poco los brazos.
Hacerlo me recordó a las sesiones de estiramiento en Ledaria cuando entrenábamos para saltar.
Brazos arriba, brazos abajo, brazos tras la espalda, torsión de cintura, manos al suelo, unos cuantos saltos con los brazos laxos…
Luego, ella se colocó detrás de mí y se acuclilló. Permanecí inmóvil, arco en mano.
—Tienes que plantar los pies correctamente. —Con las manos en los muslos, me hizo mover las piernas—. Separados al ancho de los hombros, para que el peso se distribuya bien.
—¿Y si no estoy en un terreno plano?
—Con el tiempo y mucha práctica, podrás disparar hasta tumbado bocabajo y sabrás cómo equilibrar lo que el terreno te quita, pero ahora que vas a aprender, hay que hacerlo bien.
—Vale. Pies bien plantados.
—Espalda recta… —Con la mano plana en ella me guio en cómo colocarla, desde la lumbar hasta el cuello. Luego deslizó ambas manos hasta los laterales y me rodeó los hombros con ellas, obligándome a bajarlos un poco—. Eso es. Si los tienes tensos, solo conseguirás hacerte daño.
Me movió para que adoptase una postura perpendicular hacia la diana; me hizo levantar el arco tomándome por los codos.
Deslizó las manos hasta mi cuello y me tomó ambas mejillas con ellas, desde atrás, para colocarme la cabeza en una posición cómoda y alineada con respecto al brazo que sujetaba el arco.
Luego, pasó las manos sobre mi pecho para terminar de acomodarme.
La cercanía de su cuerpo y sus manos sobre las mías volvieron errático mi pulso.
Algo me vibró en el centro del pecho, me hizo tomar aire hondamente y humedecerme los labios, porque ese algo me los había secado de golpe.
La sangre del cuerpo se me debió de juntar toda en el pecho porque ahí notaba un hondo calor.
—Si quieres, puedes darme luego un masaje —bromeé para relajar la tensión.
—O tú a mí —dijo en igual tono.
Carraspeé. Una gota de sudor bajó desde la nuca hasta la parte baja de mi espalda.
Anamkha se colocó frente a mí; revisó mi postura concienzudamente y me movió un poco los brazos.
—Tienes las manos frías y agarrotadas. —Las frotó con suavidad—. Relájalas.
Separé los dedos de la madera, los estiré y volví a agarrar el arma con firmeza.
—Respira profundamente —pidió.
¿Cómo decirle que su cercanía me arrebataba la respiración, si ni yo mismo entendía por qué? No me sentía incómodo, en absoluto. De hecho…
De hecho, la quería más cerca.
Volví a carraspear. ¿Qué demonios era eso que quería decir y se me había atascado en la garganta?
—¿Quieres un poco de agua? —su pregunta voló en medio de mi desconcierto.
Asentí al momento. Me habría bebido un pozo.
—No te muevas —pidió.
Anamkha se alejó tras mi espalda. Permanecí inmóvil, dándole órdenes a mi cuerpo para que recordase aquella postura.
Mis dedos solo tocaban la cuerda, sin tensarla, así que no tuve que emplear la fuerza.
A pesar de eso, mantener la posición requería de energía y eso se tradujo en más sudor.
Cuando ella regresó, me pidió que me relajase y me dio una jarra con agua.
Bajé el arco y los brazos. Tomé la jarra.
Estaba a la temperatura perfecta. Saciada la sed, le devolví el recipiente y me preparé para colocarme.
Ella lo dejó en el suelo, junto al poste, y se quedó a un lado.
—Veamos cómo lo haces —dijo, con voz animada.
Me costó decenas de intentos y de correcciones por su parte hacerlo más o menos bien.
O al menos todo lo bien que ella quería, porque, aunque tenía un don para enseñar, era muy exigente.
Sabía de buena tinta que daba clases de monta; entonces supe, indudablemente, que también las daba de arco.
Solo alguien acostumbrado a enseñar tendría tanta paciencia.
—¿Eres así de exigente con todos tus alumnos? —dije agotado—. Llevamos horas aquí y aún no he tensado ni la cuerda.
—Tanto como lo fueron conmigo. No podemos pasar al siguiente paso si no hemos practicado bien tu postura. Es importante para desarrollar una buena puntería —respondió, brazos en jarra.
Los mechones sueltos de su cabello, a causa del esfuerzo, se movieron con una ráfaga de aire. El cielo estaba cada vez más gris.
—Está bien, pelirroja, pero ya estoy cansado.
—Pues ya basta por hoy. —Me quitó el arco de la mano, con suavidad—. Un cuerpo cansado no va a ninguna parte.
—Ah, sí que va: a la taberna, de cabeza. —Estiré los dedos y las manos—. Los chicos aún andarán por allí. ¿Vienes conmigo?
—No, lo siento. He de escribir unas misivas con Azkena. Luego cenaremos con un diplomático de Urien. También han llegado a sus tierras supervivientes de naufragios, aunque estos dicen venir del sur. De unas tierras que creíamos que el mar se había tragado.
—Sí que tuvo hambre el mar como para tragarse unas tierras enteras —bromeé, porque así evitaba pensar que mi nacimiento, como Hach había dicho, trajo un montón de calamidades.
Anamkha me miró comprensiva, palmeó mi cansado hombro y luego se dispuso a recoger cuanto había traído. Al cabo del arco que separaba su camino del mío, nos detuvimos para despedirnos.
—Pásalo bien y no te acuestes muy tarde, mañana nos veremos ante la diana a la misma hora, mercenario.
—Sí, jefa —dije de buena gana—. Que lo pases bien haciendo tus cosas de lechuguina.
Me guiñó un ojo y luego se alejó. La observé marcharse, arco a la espalda. El rojo de sus cabellos se mecía entre la madera.
«Si me alejo, será para volver», me había dicho horas antes.
Sonreí, sin dejar de mirarla. Anamkha se detuvo entonces, giró sobre sus talones para mirarme y me dijo:
—El dedo es de plata, puedes meterlo en la cerveza sin miedo a que se oxide. Si puedes, méteselo en el ojo también a Khabyr. Se lo merece.
Solté una carcajada
—¿Te ha vuelto a decir una de las suyas?
—No, pero aunque no te hayas dado cuenta, ha estado observándonos, así que me las dirá.
—¿Qué hacías tocándole las piernas así a Málakor, Maes Ir? —imité la voz del capitán—. ¿Quieres tocar las mías? Son más duras y fuertes. Y no es lo único que tengo más duro y fuerte.
Ella rio, asintiendo, y luego me dijo adiós con la mano.
Aquella noche, después de unas cervezas, una buena pieza de jamón asado y un rato metido en agua caliente para relajar los músculos, dormí a pierna suelta.
Ni preocupaciones, ni pensamientos intrusivos, nada: solo silencio, paz y placentero descanso.
Por todos los dioses que lo agradecí más que agua el sediento.