CAPÍTULO 56
De untar mantequilla sobre pan, murciélagos gigantes e inesperados regalos
Aquella noche, tras esa conversación, no pude cenar, pero es que apenas pude dormir.
Al día siguiente, como era de esperar, los cadetes me dieron una paliza tras otra, besé el suelo unas cuantas veces y me llevé los azotes de acero de Khabyr.
No podía dejar de pensar en todo a lo que nos enfrentábamos; es más, no podía dejar de pensar en que mis amigos estaban en el mismo lugar que la Ciudad Maldita, aunque los separasen palmos y palmos de tierra.
¿Y si se llevaban a alguno de ellos para hacerle lo que a Araleen, o cualquier otra cosa igual de grotesca?
¿Y si Azskar volvía a aparecer, con lo que eso significaba?
—¡Concéntrate, Arben! —gritó el capitán.
La espada de Khabyr volvió a besarme el culo. Me lo froté con ganas mientras estrechaba la mirada, puesta en él.
—¿Quieres parar? Tendré que ponerme un culo nuevo a este paso.
—Y una cabeza, que no sé dónde la tienes. —Se paró delante de mí, con los brazos cruzados y la expresión de quien trata de adivinar los pensamientos del otro—. ¿Qué demonios te pasa?
Cogí aire, en posición de guardia alta, delante del muñeco de entrenamiento que, ese día, parecía estar burlándose de mí.
—Estoy preocupado por la maldita Ciudad Maldita.
—Cuando esas cosas huesudas estén delante de ti, también estarás preocupado, y eso no significa que puedas permitirte el lujo de tener un despiste. Los despistes le cuestan a uno la vida. Algo que sabes de sobra: no eres novato en esto de sobrevivir.
—No, no lo soy. Pero nunca me había enfrentado a algo tan grande. —Bajé las armas y puse la mirada en el capitán—. Cuando atacaron Ardacia, no eran ni una ínfima parte de lo que hay allí, y me pareció toda una hazaña.
Khabyr lanzó un regaño a un par de cadetes.
La actividad en el campo de entrenamiento esa mañana era frenética, porque se había extendido el rumor de la partida de elfos oscuros que había escapado a los guardias.
Todos querían estar preparados. Incluso los que aún no formaban parte de la guardia.
El sonido de las armas, de los jadeos y los golpes era abrumador.
—Porque era la primera vez que los veías.
—Khabyr comenzó a andar alrededor de mí, con las manos tras la espalda.
Lo seguí cuanto me daba la mirada—. Imaginate que ahora apareciese un asesino, sabrías bien qué hacer con él, cómo enfrentarlo.
Lo has hecho mil veces. A los que estamos acostumbrados a las aberraciones del Ynsheran nos sucede igual.
La primera vez que los ves, te tiemblan las piernas y el cerebro, de paso, pues no alcanza a comprender cómo es posible que algo que no tiene carne, ni alma se mantenga en pie.
Una vez que has matado a unos cuantos… —Chasqueó la lengua y se paró ante mí.
Su mirada atravesó la mía—. Una vez que has hecho eso, y has superado ese miedo inicial, es como si estuvieses untando mantequilla sobre pan.
Khabyr levantó la espada y, de un tajo certero de derecha a izquierda, le rebanó el cuello de paja al muñeco. La cabeza se le desprendió y rodó hasta mis pies. Ese rostro pintado con brea sobre el saco, que imitaba una calavera, me miró desde abajo. Hasta sentí pena por él.
—Mantequilla sobre pan —repitió Khabyr, y se giró hacia mí. Cogió la cabeza del muñeco y la encastró de nuevo en su sitio. Se quedó un poco torcida, pero sirvió—. Vamos, Málakor. No pienses en que es un no muerto. Piensa solo en mantequilla sobre pan.
Llené de nuevo los pulmones de aire, todo lo que daban de sí.
—Mantequilla sobre pan —dije.
—Úntala mil veces. Cuando este muñeco se estropee lo suficiente, busca otro en el almacén.
Se largó a cumplir con sus obligaciones con los demás, dejándome solo haciendo el ejercicio físico habitual y también el mental de pensar que no eran no muertos, solo mantequilla sobre pan.
Andaba inmerso en aquello cuando Anamkha llegó.
Habría sido imposible que me cogiese por sorpresa, dado que todos la saludaban con ese tono marcial.
—Vaya ojeras tienes… —preguntó, ya a mi lado—. ¿No has dormido bien?
—Eres la capitana de las obviedades, eh, pelirroja.
—No me bufes, solo me preocupo por ti —regañó con paciencia.
Dejé de untar mantequilla y la miré de reojo.
—Perdóname, estoy… nervioso.
—¿No me digas? Ven conmigo, anda, vamos a hacer una cosa.
—¿Nos vamos de tabernas? —Me giré hacia ella, suplicante—. Di que sí, por favor.
—Ya te gustaría. Pero aún no es la hora. —Levantó un arco que llevaba en la mano. No era el suyo, parecía más sencillo—. Practicaremos tiro con arco.
La miré de arriba abajo. Llevaba pantalones, chaquetilla y botas; así como guantes y brazales similares a los de Leyla. De un cinto, con una resplandeciente hebilla plateada, colgaba un carcaj lleno de flechas con bonitas plumas blancas. Al hombro llevaba un macuto.
—Dices preocuparte por mí, cuando hacerme disparar con un arco es delito de alta traición.
—¿En qué reino? En Sigmarina no.
—En el que me dé la gana. Déjame, no quiero disparar con esa cosa. —Me sacudí como si tuviera arañas recorriéndome el cuerpo.
Arañas… ¿Dónde demonios estaban esas dos? Hacía días que no las veía.
—Eres peor que un niño pequeño.
—Igual deberías darme un azote, como Khabyr —le dije con media sonrisa.
—Te voy a dar una colleja, por listo. —Me cogió del brazo y tiró de mí, casi haciéndome trastabillar—. Vamos.
—Eres como el bardo. Tenéis una fuerza cuando os da la gana… —Apenas me dio tiempo a dejar las armas sobre la mesa cuando pasamos junto a esta—. Suéltame, esto está lleno de gente.
Lo hizo al punto, porque teníamos varios ojos puestos en nosotros. Resopló y dijo algo entre dientes, que no comprendí.
—¿Por qué es tan importante que aprenda a disparar? —dije a su lado, siguiéndole el ritmo.
Es decir, casi a la carrera.
—Aparte de porque podría serte útil en el bosque o un campo de batalla, hay criaturas de la oscuridad que solo mueren si se les atraviesa el «corazón» —entrecomilló con dos dedos— con una flecha. Son las que menos, pero las hay.
Recordé al Vacío. Lo mucho que eché de menos a Leyla en aquella misión. La broma que Medora y Brianna me habían gastado. Sonreí fugazmente. Por lo que sabía, Anamkha no había visto a ninguno aún.
—¿Qué criaturas?
—Los Acechadores Nocturnos, las Damas de los Túmulos y los vashkir de cola roja, por citar las más peligrosas. Te haré una lista —dijo, al tiempo en que nos apostábamos frente a una de las dianas, situada en el extremo de una hilera de ocho.
Eran bien grandes, dispuestas a escasa altura del suelo, sobre soportes, con una bala de heno detrás.
Unas marcas hechas con cal se repartían desde nuestra posición hasta la diana.
Quizá para medir los metros de distancia.
Justo en el punto en el que nos paramos, había un palo corto con varios soportes.
Anamkha se quitó el carcaj y lo colocó en él.
—¿Has caído en la maldita cuenta de que me falta un dedo? —Levanté la mano—. ¿Cómo voy a tensar la cuerda? Los asesinos castigan a los exploradores cortándoles el dedo corazón y el índice, y yo estoy a medio camino de eso.
Anamkha sacó de dentro de la aljaba una caja alargada, que me tendió.
—Ten. Esto es para ti.
La cogí, con mucha intriga. Tenía un cierre pequeño que levanté fácilmente con la uña.
En el interior, sobre un lecho de terciopelo, había un dedo de plata, tan perfectamente tallado que parecía como si hubieran convertido el de un hombre en acero, con magia.
Estaba unido a dos anillos, del dedo y de ambas sortijas salían tres líneas finas de metal que parecían los tendones de la mano.
Estas, a su vez, se unían a una pulsera fina.
—Póntelo —pidió Anamkha, con una sonrisa.
Lo hice, como un gato recelando de la comida que le dan. Al colocármelo, noté un clic y una sacudida desde el dedo hasta la muñeca. Aquellas tiras, las sortijas y todo lo que no fuera ese dedo de plata desapareció. De la sorpresa, cerré el puño. El dedo, mágicamente, se cerró también.
—Es como si fuera un dedo de verdad. —Abrí y cerré la mano. Pegué las yemas a la palma. Doblé desde los nudillos hasta las falanges—. Hace lo que yo hago.
—Es un dedo de verdad. Se lo he robado a un muerto.
—Qué graciosa —dije, mientras ella se echaba a reír.
Seguí mirando embobado aquella cosa, moviendo los dedos y la mano.
—Hasta tiene una uña labrada, y estos detalles esmeralda son muy bonitos —comenté.
—Le pedí que le pusieran un lacito rosa, pero no quisieron.
—Pero ¿tú qué has desayunado hoy? ¿A un cantamañanas? —bufé.
—No, pero tú estás de muy mal humor. Ríete un poco, anda. —Me dio levemente con el codo—. Bueno, ya no tienes excusa para no disparar.
Asentí, absorto en mirar mi dedo de plata.
—Verás cuando lo vea Hach, alucinará. —Sonreí de oreja a oreja, de mejor humor.
Cuando levanté la mirada, Anamkha dejaba el arco apoyado en el palo. De la mochila que había traído consigo, sacó unos guantes como los suyos. Salvo el meñique y el pulgar, que quedaban al aire, los tres dedos centrales estaban protegidos por el cuero, unido a la muñeca.
—Se llama dactilera —explicó mientras me lo colocaba en la mano derecha—, es para protegerte los dedos al agarrar la cuerda del arco.
En casos de emergencia puedes disparar sin ella o con guantes normales, aunque pueden limitar tu movilidad.
Con los años salen callos, aunque, al principio, podrías herirte. No queremos eso.
—No, gracias, estoy bien sin más heridas.
Me sentí extraño con aquello; sin embargo, me acomodé pronto, pues me iban a la perfección. Me colocó luego un brazal, con el fin de protegerme también.
—No siempre pasa, pero a veces la cuerda te da en el brazo. Es como un latigazo.
—Tampoco queremos eso.
—Tampoco —repitió, con una sonrisa.
Sacó de la mochila un trozo de cuero acolchado, como la mitad de un chaleco, unido a una correa. Me hizo meter el brazo izquierdo en él y luego unió la correa alrededor de la zona superior de mi vientre. Un poco más abajo del pecho.
—¿Y esto? —dije girando el torso a un lado y otro para acomodarla bien—. Supongo que piensas que soy un peligro para mí mismo con un arco en la mano.
Se echó a reír.
—No es por eso. Es equipamiento. Igual que los guerreros llevan armadura y hombreras, los arqueros llevamos esto en circunstancias normales.
—He visto a Leyla con algunas de estas cosas.
—Vale, pues… —Me miró de arriba a abajo—. Te daría algo más, pero creo que tienes fuerza suficiente como para sujetar el arco sin que se te caiga.
—Gracias por la confianza, pelirroja.
—De nada.
Sin más dilación, me tendió el arco. Lo cogí, arrugando la nariz.
—Por los dioses —soltó entre risas—, no lo cojas como esa gente a la que le dan un bebé, cuando no ha sostenido uno en su vida, y cree que se le va a romper.
Sí, esa era la definición de cómo me veía.
—Un bebé, como el que sostenías en esa visión, qué cosas. ¿Quién era?
—Ah, sí, aún no te he contestado a eso, y no lo haré.
Gruñí.
—Vale, dime al menos qué son esas cosas que has mencionado antes. Acechadores de la Noche, No sé qué de los Tumultos y los… vaskrenviskis.
La carcajada de la pelirroja retumbó en todo el patio. Tanto que un arquero se despistó al lanzar al flecha y acabó encastrada en la pared. Ella le pidió perdón a la gente con gestos, que siguieron a lo suyo. Sacudí la cabeza, al borde de la risa también.
—Los Acechadores Nocturnos, las Damas de los Túmulos y los vashkir de cola roja —corrigió cuando consiguió dejar de reír.
—Esa gente. Bien, ¿qué son?
—Los Acechadores Nocturnos son aberraciones recolectoras de almas.
Son como esa Sombra, algo así. Surgen de no sabemos dónde.
A veces llegan a las ciudades y la única forma de huir de ellas es mantenerlo todo a oscuras, en silencio y casi sin respirar.
Tienen los sentidos muy desarrollados. Las Damas de los Túmulos son espectros que petrifican con su sola mirada y enloquecen a quienes las oyen.
Algunos las llaman las sirenas de la Oscuridad, porque sucede con ellas como con eso seres de los mares que algunos dicen haber visto.
—Sí, sé a lo que te refieres. ¿Y los vaskhriskis?
—Los vashkir de cola roja son como murciélagos del tamaño de un hombre —respondió aguantándose la risa—. Tienen la cola de ese color porque poseen un aguijón que clavan en sus víctimas. Le absorben la sangre a través de él, hasta que lo dejan seco.
—Qué majos —bromeé, aunque en el fondo estuviera sintiendo un miedo atroz al pensar en esa sarta de criaturas extrañas—. Acepto que me enseñes a disparar, pero ¿y si me los encuentro y no tengo un arco a mano?
Anamkha sacó algo de su bolsillo. Un frasquito pequeño que me tendió. Lo había visto antes, en las ropas de las lechuguinas.
—¿Qué es esto? —dije, cogiéndolo.
—Agua de luna llena bendecida por el Clérigo Mayor.
Todos en Sigmarina lo llevan. Es hora de que tengas la tuya.
Si no llevas un arco, esto te haría ganar tiempo contra alguna de esas cosas.
Las deja un poco atontadas. Luego tendrás que correr, sin más remedio, y esconderte.
Son más rápidas que la mayoría de las personas, así que las posibilidades de sobrevivir son escasas.
—Una noticia de lo más halagüeña. —Me guardé el frasco—. ¿Los has visto alguna vez?
—Sí, me he enfrentado a ellos antes. —La mirada le tembló, como si los recuerdos que tenía de ellos la sacudieran con fuerza —. No perdamos más el tiempo. Primera lección. Cómo sujetar convenientemente un arco.