CAPÍTULO 55 #2
—Aunque su ejército no consuma recursos, tampoco es tan fácil moverlo. Los no muertos son algo más lentos y a veces se despistan.
Fue recordándome cosas que Araleen había dicho, pero que mi ofuscado cerebro había elegido ignorar, perdido en el agobio de las cifras. Nunca me había enfrentado a algo de tal magnitud.
—Hay otras cosas que no puedes perder de vista.
Los esqueletos son fáciles de matar. Un guerrero podría matar a veinte de ellos antes de caer en combate.
Los Señores Vampiros no son más de diez.
Los que están bajo su mando, solo son bestias sedientas de sangre.
Cuesta matarlos, son como animales con rabia, pero no es nada que no se pueda obrar.
Además, muchos de esos no muertos se mantienen en pie gracias a los liches.
Si se acaba con ellos, los muertos que hayan levantado, mueren también.
—Como Mórqhanor… —musité.
Asintió, pues ya le había hablado de él.
—Y, lo más importante: Si Nadiackus muere, si Grarnass muere, se quedarán descabezados. ¿Qué pasó cuando mataste al maestro de los asesinos?
—El Gremio se descabezó, incluso desde mucho antes.
—Pues ellos son el Derian de la Ciudad Maldita, igual que tu hermano. Y, otra cosa más…, a esos liches de la Orden Púrpura no debe de haberles hecho mucha gracia que les arrebaten lo que les pertenece. Así que, cuando regreses a Ítaro, búscalos y habla con ellos.
—No negociaré con no muertos —dije casi ofendido.
—Es mejor negociar con no muertos que morir o ver cómo tu mundo se destruye y muere todo lo que amas.
Lo dijo tan seria, con tanta firmeza, que me estremecí. Fue como si me diera una bofetada. Me quedé mirándola, sin saber qué decir, no sé cuántos segundos.
—Está bien —solté finalmente.
Anamkha dejó escapar un largo suspiro. Estiró la mano hacia mi rostro; sin embargo, a medio camino, la bajó y la cerró.
—Siéntate, creo que te queda una pregunta importante que hacerle a Araleen.
Supe de sobra a qué se refería. Nos sentamos de nuevo, y le pedí perdón a Altaxio y a la elfa por haber perdido los nervios.
—Yo también soy miedo. Miedo, si no vence, hace fuerte. Tener mucho allí, hasta que vence y huesos de rata. Abrir cerra…
—Cerradura —anotó Altaxio.
— Ie. Cerradura —dijo, trabándose con las erres—. Robo ropa de Paladín Mal, adentro barco de esclavos y escapo.
Añadió algo más en su lengua, que la pelirroja me hizo saber.
—La única forma de salir si no perteneces a sus huestes, es esa.
—¿Y de entrar? —pregunté.
—Secuestrar.
—Ya, pero si no te hubieran secuestrado ¿cómo habrías entrado? —quise saber.
Dijo algo en élfico, que Altaxio tradujo aquella vez.
—Igual que salió. En un barco de esclavos. Los piratas orcos también llevan a sus esclavos a otras partes. Escalan en la Ciudad Maldita y siguen su camino.
—¿Qué es Azskar Ledarias en la Ciudad Maldita? —dije tras darle las gracias por la información—. Además del protegido del Susurrador.
Cuando Altaxio le transmitió la pregunta, Araleen se echó a temblar y le salió un grito tan hondo de la garganta.
Altaxio la estrechó en sus brazos, como si esa regla de los dos metros no tuviera valor para ellos.
Ella balbuceaba un montón de frases o palabras inconexas.
Miré a Anamkha; los ojos de la pelirroja vibraban con una mezcla de rabia y desolación.
—Dice que tu hermano fue su torturador. Que tortura mujeres, hombres y niños para alimentar con su Dolor el experimento de Nadiackus. Practica Magia de Sangre y sacrificios, para honrar a una Diosa Oscura.
—Deidre —dije.
—No ha dicho su nombre, pero supongo que será ella.
—Maldito sea —mascullé.
—Maldito cien veces —apostilló la pelirroja.
Algo dijo Araleen, entre sollozos, por lo que Altaxio palideció. Mirándonos gravemente serio, relató:
—Es ella, sí. Deidre. A ella le rinde pleitesía, por eso su poder es tan grande.
Porque la tiene a ella, a Nadiackus y a Grarnass.
Y tú, Málakor, tienes el poder de otros dioses.
Solo que aún no sabes cómo servirte de él.
Tu hermano ha llegado al suyo por métodos deshonestos, por eso ha recorrido el camino más rápido.
Tienes que rogarle a los Dioses Buenos que te asistan en su destrucción, igual que otros lo asisten a él en buscar la tuya.
Algún día, cuando encuentres las fuerzas de canalizar tus dones, tendrás que arrebatarle su poder.
Me temo que será la única forma de acabar con él, si es que no media la Espada Esmeralda.
—¿Arrebatarle su poder?
—Hay un nudo de energía en este punto, en todos los seres vivos.
—Llevó el dedo al centro de mi frente y presionó ahí—.
De aquí emana el aura que tú ves. Aquí se concentra la mayor parte de energía de tu hermano también.
La divina y la humana. Por eso, en la mayoría de los casos, cortar las cabezas de las criaturas oscuras es más efectivo que cualquier cosa, pues corta el flujo de energía mágica que recorre sus cuerpos inertes y los sostiene.
Por eso, llegado el momento, tienes que abrirle este punto para que su energía llegue a ti, ¿entendido?
—¿Abrírselo? ¿Cómo? ¿Le meto la espada entre ceja y ceja?
—Solo el tiempo podrá darte la respuesta a eso —respondió él.
El tiempo, los dioses, la vida… A saber qué. Sin embargo, supe que no estaba en su mano hacerlo, así que asentí, absorbiendo la información como si mi vida dependiera de ello… Bueno, realmente, mi vida dependía de ello.