CAPÍTULO 55
De la maldita Ciudad Maldita
La Ciudad Maldita, como ya sabía, se enclavaba en un acantilado.
Según explicó Araleen, más concretamente, en una bahía o «dedo de mar» como lo llamó, a causa de su forma.
Como si un haba gigante de roca hubiera caído desde el cielo y le hubiera hecho un boquete a los acantilados y el mar hubiera entrado ahí.
Un experto diría que es cosa de la erosión de los siglos, yo me entero mejor pensando en eso como un haba, porque, a juzgar por el dibujo que nos hizo, era lo más parecido que se me ocurrió.
Esos acantilados tienen una altura considerable, y por considerable me refiero a que no habría posibilidad de salvación si cayeses al mar desde ellos.
A lo largo del borde del acantilado, así como en los extremos de la bahía, se concentraba un sistema de torres de vigilancia.
Cinco en la parte baja del haba; seis en la superior.
Desde allí, vigilaban algunos de los pocos humanos que no eran esclavos o alimento: los Paladines del Mal.
No se comieron la cabeza para el nombre, desde luego.
No sé si os acordáis de los Paladines de Endaris, en Luara, pues son más o menos una cosa así, pero en el otro extremo de la balanza.
Armaduras negras, capas carmesí y más mala leche que yo cuando tengo hambre.
En cada una de las torres había balistas, como ballestas gigantes, y disparaban virotes gigantes o cualquier cosa macabra que se les pueda ocurrir.
A veces, sobrevolaban los oscuros cielos dragones esqueleto.
No habló mucho de ellos: del pavor que le provocaban cerraba los ojos para no verlos.
Esas torres no estaban conectadas entre sí por la superficie, sino que se unían al sistema de túneles, escaleras y pasillos que conectan las tripas y el grueso de los edificios de la ciudad.
La mayoría de la vida (de la no vida, mejor dicho) de los habitantes se hacía ahí, en la oscuridad de las entrañas de la roca.
Es donde tenían, por ejemplo, el sitio en el que encerraron a la rubia los vampiros y donde concentraban a su ganado humano para alimentarse de ellos.
Ventanas y puertas abiertas, en la pared de los acantilados, se extendían de arriba abajo, como si fueran los ojos de la ciudad.
Daban acceso a las escaleras talladas en la roca que recorrían la pared por fuera, así como a los diferentes puentes que unían un lado con otro, salvando la bahía, y a una serie de salientes con diferentes propósitos.
El más extendido era el ritual. Sacrificaban allí a sus víctimas.
La sangre que se vierte era tanta, dijo Araleen, que teñía la roca de rojo y hasta las olas que golpean contra los acantilados.
En uno de esos salientes, el más grande, se sitúa el Altar Mayor de Sacrificios.
Tiene un nombre rarísimo en la lengua oscura del que no me acuerdo.
A él se accedía tras una gran puerta de obsidiana, coronada por una serie de labrados grotescos.
La elfa señaló que en él ardían, de forma constante, altos pebeteros de llamas rojas.
Hacían que en las noches todo se viera rojo también. Eso la tenía aterrorizada.
—En las paredes de abrupta roca están las celdas donde estuvo encerrada a Araleen en los momentos en los que Grarnass no experimentaba con ella.
No están en las entrañas, con una reja o ventana que dé al mar; no: son colgantes —explicó Altaxio—.
Penden de unas poleas que se sitúan al borde de la parte superior del acantilado.
Por lo que las azotan los vientos constantes, desafiando a quien está en ellas a mantener en el estómago la escasa comida que le dan.
Y hace muchísimo frío. Los acantilados rezuman humedad, pues la superficie está helada, y las playas son tan negras como las armaduras de los paladines».
En el interior del haba, en la parte inferior que da al mar, había toda clase de embarcaderos, contó Araleen.
Más grandes o pequeños, para barcazas o naves de considerable eslora.
Algunas de ellas hechas de hueso. La mayoría de las de madera, robadas.
No hay madera para construir en esa zona, salvo donde habitan los orcos.
Es escasa, así que la solución es robarla, al estilo Ledaria.
—¿Dónde se llevaba Grarnass a Araleen para experimentar con ella —preguntó Anamkha.
—Al Palacio del Rey Liche —contestó su hijo.
Cabría recordar qué son, cosa que aprendí en una conversación con Medora. En palabras de Conjuritos: «Poderosos magos que emplearon artes necrománticas para prolongar su vida inmortal. Imagina un esqueleto, con túnica, lanzando hechizos».
Imagináoslo… Me da una alegría hacerlo, que no quepo en mí. Seguro que os pasa lo mismo, a no ser que estéis perturbados. Bueno, yo no juzgo a nadie. O sí.
Dice Hach que no cuente todas las cosas de golpe, que el volcado de información agota, pero necesito soltar todo esto así, igual que lo he aprendido. Respirad hondo, echad paciencia y seguid leyendo. No falta mucho.
¿Por dónde iba? Ah, sí, los liches.
Había uno que mandaba sobre todos ellos.
Digo había porque Nadiackus lo echó cuando se hizo con el poder.
Al parecer, las cosas eran distintas cuando aquello estaba en mano de los liches de la Orden Púrpura.
Así que, ahora, es el Palacio de Nadiackus, sobre el acantilado, en la curva interior del haba.
Un edificio majestuoso, erigido en piedra negra, con altos torreones picudos que desafían lo imposible y un sinfín de salas y pasillos que se unen a los vasos comunicantes de la ciudad.
Aún dentro de lo que viene siendo que esa gente es de la misma calaña que los ledaritas, que solo saben matar, robar y tratar de aniquilar todo lo que tenga que ver con la Luz y el Bien, mayormente en mayúsculas en su caso, la elfa nos contó que existía un orden allí.
Los espacios interiores se distribuían para propósitos concretos.
Todo el mundo sabía cuál era su lugar, de manera que nadie se metía en los asuntos de los demás.
Solo seguían órdenes de sus superiores, que, a su vez, seguían órdenes de otros y estos de Nadiackus.
Me quedó claro que, más que jefe y empleado, Nadiackus y Grarnass eran aliados.
Está bien hacer amigos, pero, joder, no todo vale por no sentirse solo.
Hay que tener un límite, y el límite debería ser: esqueleto malvado yéndose de tabernas (o de sacrificios) con dios malvado.
Eso debe de haber reventado por alguna parte el dichoso Equilibrio.
¿Debe? No, lo ha hecho. Si no, Tékim no habría metido las narices en el asunto.
Cuando le pregunté a Araleen cómo eran ambos, dijo que no había visto a Nadiackus pero que Grarnass era…
No terminó la frase, pues se echó a llorar.
Altaxio la consoló, mientras que Anamkha me contaba cómo eran.
En resumen, Nadiackus era un guaperas. O al menos así se lo habían imaginado los mortales, así que así se quedó.
Pelo negro, ojos negros. Rezumante maldad.
Atractiva para quienes tienen cierta fijación por los tipos malos.
En fin, me iba una de Knegara, no soy quién para criticar los gustos ajenos.
—Grarnass es un esqueleto verde. Tiene todas las formas que le viene dando la gana, porque puedes sentir envidia y celos de todo.
Nunca será guapo porque la Envidia es muy fea, por eso siempre adopta una forma horrorosa y siempre verde.
—Altaxio tradujo las temblorosas palabras de Araleen—.
Lleva un báculo de mago y una túnica negra verdosa con capucha.
En las cuencas vacías de su cráneo, algo similar a los ojos refulge en verde fuego.
—Como ese que le vi al propagador —anoté. Sabían de sobra de lo que hablaba: las aberraciones de las profundidades de los túneles no les eran ajenas—. Al fin y al cabo, trabaja para él.
—Qué horror… —suspiró el clérigo, que lanzó después un rezo de protección.
Para ir terminando esta clase maestra sobre la Ciudad Maldita, con la que el bardo habría alucinado de haber podido asistir, hay algunos datos más que me convenía saber y que me lancé a averiguar.
El número de no muertos que allí estaban y su clase.
Cabe decir que hubo que hacer algunas matemáticas, por la forma en la que los elfos de Flig entienden los números, pero la cifra que dijo Altaxio me dejó patidifuso.
A pesar de que Araleen dijera que no todos los no muertos estaban en la Ciudad Maldita, por eso de que estaban haciendo la guerra y jodiendo al resto, eran demasiados.
—¿Cómo que seis millones? No sé contar tan alto, ¡¿cuánto son seis millones?! —dije, voz en grito.
Anamkha me puso la mano en el antebrazo, olvidándose de los dos metros, pero es que eso daba igual porque había seis millones de no muertos.
Altaxio carraspeó. Araleen hasta se asustó un poco. Les pedí perdón y tomé aire.
—Millones de no muertos es mucha gente. Por todos los dioses.
¿Es que no han dejado cementerio sin profanar?
—Me puse en pie y empecé a andar arriba y abajo, fuera de mí—.
Tendríamos que unir a los ejércitos de Hérenthor, Luara e Ítaro para matar a tanta gente.
Gente que, además, no está viva, no consume recursos y no muere por los métodos convencionales.
—Me froté la frente, abrumado—. Súmale a eso que si alguien de nuestro bando muere, puede convertirse en activo de su ejército.
Altaxio y Araleen me miraron con cara de circunstancias. Anamkha se puso en pie y me bajó los brazos.
—Mírame —pidió, y le hice caso.
—¿Qué vas a decirme? ¿Que todo irá bien? —Me zafé y puse las palmas de las manos en las caderas—. No, difícilmente irá bien.
—Ha dicho Araleen que en la Ciudad Maldita no hay más de un millón de personas, por lo que escuchó hablar a unos paladines. Sus tropas se están moviendo por Ítaro paulatinamente. No están todos juntos.
—¿Y acaso no pueden reunirse? —dije.