CAPÍTULO 54
De cargar con el dolor
Araleen y Altaxio nos estaban esperando en aquella sala de descanso en la que ocurrió el llamémoslo «encuentro» con Azskar.
Había en el suelo un oscurecimiento que, sin duda, era por culpa de su sangre.
La sangre, a veces, por más que se frote, se mete en las vetas de madera y no termina por salir.
Pasa con ella lo mismo que con algunas personas y el daño que dejaron.
Traté de no pensar en lo que había sucedido allí, pero, casi instintivamente, me llevé la mano a la cicatriz.
Esa que ya nunca más daría señales de alarma.
Aunque me había servido bien, era hora de asumir que ya no formaba parte de mí.
Que otra cosa más útil para cuanto habría de enfrentarme en adelante la había reemplazado. Y estaba bien.
Nos sentamos a la mesa con ellos. Nosotros, en el mismo banco, el uno al lado del otro, olvidándonos de los dos metros de separación por unos momentos; ellos, enfrente.
La elfa parecía cómoda en presencia de Altaxio, pues tampoco mediaba mucha distancia entre ellos.
Tenía mejor aspecto en general. Mejor, no es que estuviera bien del todo.
Aún acusaba profundas ojeras, falta de brillo en la piel y en el cabello.
Estaba encorvada, cabizbaja… Su respiración era un poco fatigosa.
Por más que llevase ropas limpias, al estilo Sigmarina, y que la piel ya no se le pegase a los huesos, seguía pareciéndome tan débil como cuando la vi la última vez.
Altaxio no habría podido sacar de ella ese dolor del que habló.
Cuando le inquirí sobre ello, me lo confirmó.
—Escapa a mis conocimientos y a los de todo aquel que conozco. Me temo que es algo que solo podría conseguir un Méistari. Por desgracia, no queda ni uno en Hérenthor. Con todo lo que eso significa.
Me tuve que morder los labios para no hablarles de Medora.
Pero… ¿era justo que no lo hiciera? ¿Que respetase aquella prohibición aun cuando ellos se habían saltado tantas por mí?
¿Era justo que tuviera, aunque fuera «al otro lado del mundo», la solución al problema de la elfa y no dijera nada?
Aunque claro, tenerla en Rádamo era igual que no tenerla.
Quizá era mejor callar. Al menos hasta que pudiera ver a Azani y le hablase de la imperiosa necesidad de que levantase esa prohibición, porque sería más fácil para todos.
No obstante, no pude callar una pregunta:
—¿Quieres decir que, si no lo soluciona un Méistari, cargará con el dolor el resto de su vida?
—Ya no es solo cargar con el dolor. Es que la consumirá hasta matarla.
Ahora está sintiéndolo, aunque no lo manifieste, porque he estado trabajando con ella en ejercicios de sanación y le he suministrado algunos remedios.
Sin embargo, por las noches, sus pesadillas son terribles y apenas la dejan en paz.
Si Grarnass la encuentra de nuevo, quizá acabe lo que empezó con ella.
Araleen sería un arma poderosa si consigue hacerla sucumbir a la Oscuridad.
Miré a la elfa, ella asintió como si le comprendiera.
—Lo siento —le dije.
Volvió a asentir, antes de agachar de nuevo la mirada. Altaxio le puso la mano en el hombro, suavemente, apenas los dedos. Cuando le dijo algo en su lengua, Araleen respondió con voz amable.
—Dice que no os preocupéis por ella —tradujo él—. Ve cómo la miráis y no quiere que la miréis así. Saldrá de esto, como ha salido de todas las cosas de su vida. Al menos, mientras esté aquí, podrá estar a salvo de su hermano y de Grarnass.
—¿De su hermano? —preguntó Anamkha—. ¿Qué tiene que ver su hermano en esto?
—Araleen se escapó de Flig porque él quería casarla en contra de su voluntad.
—Anda, como tu tío con tu madre, por culpa de los lechuguinos. Luego, si Anamkha se escapa, todo serán lamentaciones…
—Ahora que mencionas eso, estáis demasiado cerca —dijo Altaxio.
Anamkha y yo carraspeamos y nos separamos un poco. Araleen nos miró con gesto interrogante. Supuse que él se lo estaba explicando, porque la muchacha se permitió sonreír un poco, quizá divertida por la situación. Luego, dijo algo al oído de él.
—No puedo decirles eso, lo que faltaba —dijo el chico.
—¿Qué dice? —pregunté.
Altaxio negó con la cabeza; sin embargo, Araleen lo soltó, a su manera:
—Hacer bonito juntos.
Miré de reojo a la pelirroja, ella se rascaba una mejilla, con la mirada puesta en la mesa.
—Bueno… —carraspeé una vez más—, ¿podemos concentrarnos en lo importante? El hermano de Araleen la quiere obligar a casarse, ¿por qué? ¿Es tradición en Flig?
—Sí. Más aún cuando él es el príncipe de Flig y ella es su hermana.
—Vaya, una lechuguina elfa, ni más ni menos.
—Una Alta Elfa de Fuego —apuntó Anamkha—. Supongo que su boda sería una buena moneda de cambio.
—Lo era —explicó Altaxio—. Por eso se escapó, porque ella quería vivir aventuras, no estar atada a la corte ni a sus imposiciones.
Fue espía de su reino, la mejor, y vivió muchas cosas que empezó a echar de menos.
A ella le gustan los bosques, la libertad, descubrir lugares nuevos, emocionarse con las cosas de la vida.
Miré a Anamkha atentamente.
—¿Qué? —me preguntó al darse cuenta.
—No sé, me está recordando un poco a ti.
—Yo no hui de Erisias para no tener que casarme. —Carraspeó.
—Pero querrías escaparte de Sigmarina.
—Sí, eso sí. Porque es distinto. Anda, deja hablar a Altaxio. —Inclinó el cuerpo hacia mí y me dio un leve codazo.
—Dos metros, Maes Ir.
Ella suspiró.
—Dos metros…
Araleen nos miró apretando los labios. Me pareció que al borde de la risa.
Si mi tira y afloja con Anamkha la animaba, no me habría importado seguir haciéndolo.
Me daba pena verla así, aunque no la conociese.
Me recordaba, en cierto modo, a las mujeres de Ledaria.
Sometidas a las imposiciones de la isla y también a su crueldad.
Sin poder hacer nada para cambiar su destino.
No obstante, ella había podido, aunque le hubiera salido la cosa del revés.
O al menos no todo lo bien que esperaba.
—¿Su hermano no la buscó? —pregunté después.
—Forlath buscar, ya no reconoce quién. Antes…
—Se señaló el cabello—. Antes fuego. —Se señaló la cara y los brazos—.
Ser… —señaló mi capa— así. Ahora no. Si Forlath poner ojos, no piensa que soy.
Si saber, repudia. Ser libre de Forlath.
—Concluyó sus palabras con una sonrisa satisfecha.
Pero el rostro le cambió de golpe, ensombreciéndosele—.
Forlath no problema. Problema, Grarnass.
Por si alguien se ha perdido: El aspecto de ella había cambiado y su hermano ya no la reconocería, aunque, de reconocerla, la repudiaría.
—Huesitos es un problema sí —murmuré.
—¿Huesitos? —dijeron los tres al unísono.
—Me parece un nombre genial para decirle a la cara y molestarlo. «Eh, huesitos, ¿qué tal se vive sin pulmones? ¿Quieres unos? Puedo meterte de una patada por la boca de un dragón para que veas los suyos. Seguro que te encanta».
Hubo un segundo de silencio, pero después Anamkha rompió a reír.
—No tiene gracia —dijo Altaxio.
Araleen nos miraba confusa. Él le explicó lo que había dicho.
—Sí tiene gracia —anotó ella, entre risas.
—No se bromea con Grarnass —regañó el clérigo.
—Ay, que no… —Me crucé de brazos—. Yo bromeo con todo, ve acostumbrándote. Además, es una buena forma de relajar tensiones. Estamos todos demasiado serios.
—Es un asunto serio.
—¿Este niño a quién ha salido? —le pregunté a Anamkha.
—A su padre, la mayor parte del tiempo.
—Mamá… —Altaxio chasqueó la lengua—, centrémonos, por favor.
—Sí. —Suspiré y traté de ponerme serio—. La Ciudad Maldita, ¿cómo es? Quiero saberlo todo. Saber cómo escapó de ella. Pelos, señales y hasta de qué color llevaban los calzones los vampiros o qué comen las ratas de allí.
—Las ratas de la Ciudad Maldita no comen —explicó Altaxio—. Araleen me lo dijo. Son ratas de hueso, igual que el resto de animales que la habitan. Animales, por llamarlos de alguna manera. Son… cuerpos levantados en sus macabros experimentos.
—Rata. Escapar por rata.
—¿Escapar por rata? —quiso saber la pelirroja.
—Sí. Huesos de rata abrir celda. Cerra… —Se ofuscó, porque no encontraba las palabras.
—Dilo en tu lengua, mi madre y yo se lo haremos llegar a Málakor.
Cuando ella asintió, me acomodé, con los codos en la mesa, puño sobre puño y la barbilla en el dorso de la mano.
No quería perderme una sola de sus palabras, aunque no las entendiera, pero, sobre todo, no quería perderme uno solo de sus gestos.
Los gestos, a veces, dan más información que las palabras.
Tras un largo rato de explicación, y de las correspondientes traducciones, este es el resumen de lo que Araleen nos contó. Hay muchas cosas en él que no me fueron fáciles de digerir. Así que intentaré no ponerme demasiado furioso mientras hablo de ello.
MALDITOS SEAN TODOS LOS QUE HABITAN EN LA CIUDAD MALDITA.
Ya, no me ha salido demasiado bien. Volveré a empezar.