CAPÍTULO 53 #2
—No he dicho que lo seas, es que, para casarnos, tendríamos primero que tener algo.
Tú y yo solo somos amigos. Me parece bien si en Sigmarina la gente se casa sin conocerse, bueno, no me parece bien, pero no sería la primera vez que lo veo; lo nuestro…
¿Cómo voy a casarme contigo si en unos meses me iré de aquí?
Es un despropósito. Dioses, necesito al bardo para que me busque una palabra que sea más aún que catástrofe.
—Cataclismo —anotó Azkena—, creo.
Sacudí la cabeza. El sudor me caía a gotas entre los mechones de pelo, me resbalaba por la espalda y hasta por el culo.
—Pues un cataclismo.
—¿Sería un cataclismo tener que casarte conmigo? Qué bonitas palabras viniendo de parte de la mitad de mi destino.
—Anamkha, por Azani, tú tampoco quieres esto…
—Claro que no.
—Pues haz algo para que no pase.
Azkena nos miró de un modo peculiar que hizo prender todas las almenaras de mi cerebro.
—Estás de broma, ¿no? —Me crucé de brazos—. Dime que estás de broma.
—Pues sí, Málakor. —Me palmeó en el hombro, con una sonrisa divertida—. Estoy de broma.
Anamkha soltó un largo suspiro de alivio.
—Poco has sacado a pasear tu sentido del humor con él, y tenía que ser ahora —se quejó.
El rey se encogió de hombros.
—El sentido del humor llega justo cuando uno lo necesita.
No tendréis que casaros, de momento, porque si seguís andando tan cerquita —nos señaló con el dedo índice— es lo que pasará.
—Tras poner plena atención en mí, agregó—: Me ha costado mucho convencerles de que solo fue un descuido por tu parte, ya que eres extranjero, Málakor.
No puedes tener esas muestras de afecto con mi hermana en público.
Estás en Sigmarina y ella es la Maes Ir.
Bastante problemático es que no esté casada, siendo de la familia real y la madre del Clérigo Mayor.
Eso me costó muuuchos dolores de cabeza.
—Muy bien —dije—. No tendrás de qué preocuparte más. No volveré a tocarla. Ni en público ni en privado.
Había sentido alivio al saber que era broma, pero al decir aquello no me sentí cómodo. Me enfadaron esas restricciones, porque pocas veces y con pocas personas daba aquellas muestras de afecto; sin embargo, con ella no podía evitarlo. Era como si la propia sangre de mis venas me empujase a hacerlo.
—Estupendo —dijo ella con total calma—, hemos terminado entonces.
—Sí, pero déjame decirle dos cosas a Málakor antes de que os vayáis.
—Sí, fui yo. La sombra —solté—. Te he ahorrado el discurso. De nada. Censúrame o felicitame, así acabamos pronto.
Azkena abrió y cerró la boca varias veces.
—Pues… felicidades, y gracias —consiguió decir—. Pero te has saltado todas las normas de Sigmarina, y eso no está bien. Sin embargo, eres una sombra. No se puede juzgar ni multar a una sombra, ¿no? Simplemente, no lo vuelvas a hacer, ¿entendido? O no seré magnánimo contigo.
Me quedé callado, porque no podía prometer una cosa así si se daba una situación semejante. Anamkha, tomando el papel de Hach cuando me quedaba callado ante un rey, me dio un codazo. ¿Qué haría yo sin mis pelirrojos en estas lides?
—Está bien —resoplé—. No seré más una sombra en Sigmarina.
—Estupendo —celebró con una palmada—; ahora, una buena noticia: Tu asunto de regresar a casa va viento en popa, quizá puedas irte antes de lo previsto.
—¿Mucho antes? —dije con una mezcla de esperanza y de todo lo contrario. Mis días en Sigmarina estaban siendo dignos de ser vividos.
—Tal vez un mes antes. No lo sé. Veremos cómo se desarrolla el asunto. He enviado a una partida a Tormenthor, solo me queda esperar que regresen sanos, salvos y con el ingrediente que necesito.
—Además de eso, ¿traerán más Loto Rojo? A todos nos sería útil. Me han dicho que han visto a más elfos oscuros por los bosques —dijo su hermana—. Debería coger el arco y salir a atravesarles la cabeza con una flecha.
—Te quedarás entre los muros de esta ciudad, Anamkha de Erisias, ya tengo guardias para hacer ese trabajo —dijo, serio como nunca lo había visto. No es que lo hubiera visto mucho, pero ya me entendéis.
Ella apretó los dientes y soltó el aire por la nariz.
—Está bien. Ya sabes que cuando se trata de ellos…
—Lo sé. —La besó en la frente con cariño—. Igual que también sé que conoces los riesgos de acercarte a ellos. Si te capturan, tendrán un arma, y no quieres darles ese arma.
—No, no quiero.
—Muy bien. Ya podéis marcharos si queréis.
Anamkha asintió. A juzgar por su semblante, algo la disgustaba enormemente.
—Que disfrutes de la cena, hermano, vamos a hablar con Araleen, así que faltaré a la mesa.
—No pasa nada. Khabyr me acompañará. Así me cuenta qué tal le está yendo a nuestro invitado mientras damos buena cuenta de unas costillas con miel.
—Me duele hasta el último pelo del cuerpo por su culpa —bufé—. Así que espero que las costillas se le indigesten.
Azkena se echó a reír.
—Así es él. Duro pero eficaz. Bueno, no os entretengo más.
Su hermana asintió y echó a andar. Fui tras ella, como de costumbre. Estábamos ya en el pasillo cuando le dije:
—¿Por qué pareces enfadada?
—No parezco enfadada, estoy enfadada —contestó sin apartar la mirada del frente.
—Espero que no sea por lo de no tener que casarnos, porque entonces no habré estado más confundido en toda mi vida.
—¿Por qué iba a estar enfadada por eso? —Levantó las cejas—. Aunque ya te advertí sobre el asunto, pero tú…
—¿Yo? —Me señalé el pecho—. Tú también…
—Es igual —Se le fue el aire entre los labios por puro agotamiento—. A partir de ahora, mediarán dos metros de distancia entre nosotros. No quiero tener que acabar casada contigo con tal de evitar un incidente diplomático en Sigmarina.
Me separé de ella hasta pegarme a la pared. No eran dos metros, era mucho más. Ella se rio, mirándome de reojo. Unos metros más adelante, cuando dejamos ese corredor y tomamos otro, ya había perdido la esperanza de que me contase por qué estaba enfadada. Sin embargo, dijo:
—Estoy cabreada por lo de los elfos oscuros.
La partida con la que se han encontrado es diez veces superior a las habituales que solemos ver por aquí.
Eran al menos treinta, y los guardias solo han dado muerte a diez.
Los otros se les han escapado. Esos elfos y sus malditos venenos —dijo entre dientes.
—¿Lo dices por el Loto Negro?
—Lo digo por todos en general. Ya eran buenos usando el veneno, pero conocemos antídotos eficaces para la mayoría. El problema es que han traído venenos de lejos, gracias a los asesinos, contra los que no conocemos el antídoto.
Una idea me sacudió la mente con tanta fuerza que pensé sería incapaz de pensar en otra cosa el resto de mi vida.
—Claro que conocéis el antídoto.
—¿Ah, sí? —Se paró en seco y me miró alzando las cejas.
—Sí —dije deteniéndome también—, yo soy el antídoto.
Los magos de Luara, que no son ni la mitad de poderosos en sus conocimientos y en su uso de la magia que los de Hérenthor, por lo que tengo entendido, replicaron el suero contra la enfermedad negra, no solo con los viales que Darcy, un viejo amigo, nos dio.
También lo hicieron con la sangre de los curados.
Mi sangre contiene…, no sé cómo decirlo en términos técnicos, pero soy inmune a la mayoría de los venenos que se han empleado en Ledaria.
—Por todos los dioses… —Me miró como si hubiera derrotado ante sus ojos al mismísimo Arkaidon.
Recortó la distancia que nos separaba y se lanzó a abrazarme con fuerza.
—Maes Ir… —suspiré, con los brazos abiertos—, ¿qué haces abrazándome?
—Déjame. Estaba muy preocupada por ello y tenía la solución delante sin saberlo. Ahora solo quiero abrazar a la solución, con todas mis ganas.
Me dejé llevar por su gesto, incapaz de luchar contra el deseo de hacerlo. Cerré los brazos en torno a ella y la apreté contra mí. Aspiré el aroma de sus cabellos y dejé caer los párpados.
—¿Por qué siento que me quedaría así el resto de mi vida? —musitó Anamkha.
—Yo no, pelirroja. —La abracé aún más, haciendo notar la ironía de mis palabras—. Desde luego que no.
Mientras ella reía, del fondo del pasillo se escuchó una exhalación de asombro. Miramos hacia allí. Una doncella tenía un montón de sábanas en los pies y la boca cubierta con las manos.
—Estamos jodidos —dije.
—No pasa nada, ha sido culpa mía. —Se rascó bajo la oreja—. Dos metros, por favor.
—Sí, dos metros —carraspeé.
Sin decir más, retomamos el camino hacia…
Pues no sé dónde íbamos exactamente. Solo la seguí, pasillo tras pasillo, como de costumbre.