Málakor 4 CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

De una consecuencia inesperada

El rumor de lo ocurrido se extendió por Sigmarina como la bruma del mar en los días más calurosos de aquella época.

Se extendieron también las preguntas sobre quién era aquella sombra que había expuesto al mundo las pruebas de los crímenes de aquel tipo.

Pero esas preguntas no tuvieron respuesta, porque nadie supo señalar a la sombra.

Solo dos personas podían dar señas de mí.

Una de ellas era la mitad de mi destino.

La otra, una mujer de la que no se supo más después de que le diera a Khabyr la lista de nombres.

Cogió las joyas y se largó lejos de allí.

O eso esperaba yo. A Corman lo encerraron en las mazmorras, a la espera de la hora de su juicio.

No dijo una palabra más sobre el gremio de Luzen, ni siquiera cuando amenazaron con emplear métodos de interrogación poco honestos.

A los niños los ubicaron en el orfanato y en palacio, en pos de encontrar pronto hogares para ellos.

Sus padres no serían ya más que cadáveres en algún punto del bosque y solo restaba que los hallasen para darles un digno funeral.

Anamkha habló con Zofi, y la chiquilla confesó lo que sospechábamos: el miedo la había hecho callar.

Seguí con mis rutinas, como si nada, sin más señal de alarma que el comportamiento de algunos soldados, que cuchicheaban entre ellos en sigmari y me miraban más de la cuenta.

Sin embargo, cuando le pregunté a Khabyr me dijo que no les hiciera caso, que solo admiraban mi forma de luchar.

Así que continué con mi vida. Entrenando por las mañanas, echando un rato en la taberna por la noche y viéndome con Anamkha al filo de la medianoche, para hablar de cualquier cosa que nos mantuviera entretenidos y que no fuera demasiado seria, porque ambos estábamos cansados.

Ella atendía a muchas cosas diplomáticas con su hermano, daba clases de monta o asistía a eventos para las damas de Erisias.

Sabía que estaba muy ocupada la mayor parte del día, por eso, una mañana en la que entrenaba, cuando escuché eso de: Arende Maes Ir!

, me giré al momento con una sonrisa de oreja a oreja, esperando verla.

Apareció en el patio de armas, acompañada de algunas doncellas.

Sus ojos se quedaron en los míos por unos segundos.

Me sentí feliz al verlos de nuevo, tan brillantes como siempre.

Con ese color castaño que me era ya tan familiar.

Venía hacía mí cuando Khabyr la interceptó y se enfrascaron en una conversación.

Las muchachas, todas con sus elegantes vestidos negros y sus bonitos peinados, se hicieron a un lado.

Llevaban prendida de la ropa una bonita joya en forma de pequeño frasco que me llamó la atención.

Quizá era la moda allí. A saber. Cuchicheaban y miraban de reojo a los cadetes más apuestos.

Sin embargo, todas esas chicas tenían pinta de lechuguinas, dudaba mucho que ninguna pudiera tener con los humildes soldados más que un encuentro momentáneo.

En eso de las diferencias sociales, quizá Sigmarina tampoco era distinta al resto del mundo.

Centré la atención en la pelirroja y el capitán. No supe de qué hablaban, pero parecían preocupados. Cuando el capitán la dejó, se aproximó a mí, a solas también.

—¿Qué tal te han ido tus labores de lechuguina hoy, princesa fantasma? —pregunté.

Soltó una carcajada y luego resopló.

—Ha sido un aburrimiento. Un maldito a-bu-rri-mi-en-to.

—Desde luego vas vestida como para que me lo crea. ¿Qué clase de mangas son esas? Parece que lleves un jamón.

—No te pases… —Se las miró, eran abultadas a más no poder—. He asistido a la presentación de una dama en sociedad, y es el vestido que está de moda. Estoy deseando quitármelo. Me gustan los vestidos, pero este no.

—Y te quedan bien los vestidos, pero… ese no.

—Gracias por tu sinceridad, estoy de acuerdo. —Rio—. Bueno…, vengo a darte una mala noticia. Mi hermano quiere hablar con los dos.

—Le has dicho algo de, ya sabes… —me aseguré de que nadie nos escuchaba—, ¿la sombra?

—En absoluto, pero no es tonto. Sabe sumar dos más dos. Aunque creo que lo que tiene que decirnos no está relacionado con eso.

—¿Alguna misión que cumplir?

Ella torció el gesto.

—Más bien una de la que escapar. ¿No has oído nada raro estos días?

—La verdad es que los chicos están un poco extraños, cuchichean en sigmari más a menudo que antes, aun cuando estoy cerca. ¿Qué ha pasado?

—Así que no sabes nada… —suspiró—, por eso estás tan tranquilo.

—Anamkha, por todos los dioses, dime qué pasa.

—Hay rumores sobre nosotros.

—¿Rumores?

—Sí, por lo del beso en el cuello —regañó—. No creo que pase nada, pero supongo que querrá reñirnos por andar demasiado juntos. Ya sabes cómo se toman aquí esas cosas.

Resoplé con ganas. Podría haber derribado una almena de seguir resoplando.

—Vamos a ver al pulecoronas de tu hermano, anda, con suerte, lo que tenga que decirnos, no tiene nada que ver con eso.

Anamkha, tras reír a medias, echó a andar.

Me despedí de los muchachos, que me abuchearon por no ir a tomar con ellos una cerveza, y la seguí.

Al poco, nuestros pasos repiqueteaban ya por los pasillos de palacio, en los que cortesanos y doncellas se preparaban para la venida de la noche.

De algún lugar llegaba el olor a los asados de la cena; de otro, el de las velas al ser prendidas o el de los baños de última hora.

—Mi hijo me ha dicho que Araleen está en condiciones de hablar contigo —informó Anamkha—. Por si quieres que vayamos a verla después.

—Menos mal, han pasado más de quince días, pensé que nunca lo estaría. Me vendrá bien un poco de charla sobre no muertos y gente a la que partirle la cara. O los huesos.

—Sí, más bien los huesos —rio.

Nos detuvimos ante una puerta desconocida para mí, custodiada por dos guardias. Cuando nos dieron paso, se abrió ante mí una sala rectangular, con columnas y arcos en los laterales y un deambulatorio tras ellas en el que se veían altas ventanas emplomadas.

—Es el Salón del Trono, supongo.

Anamkha asintió.

Seguí con la mirada el recorrido de una alfombra verde oscura, que iba desde la entrada hasta una pequeña escalinata.

Más arriba, sobre una tarima hecha con sillares de piedra, había dos tronos, mas no como esos de aspecto rimbombante que había visto en otras ocasiones.

Eran de respaldo bajo y circular, con las patas cruzadas y una forma ovalada en los brazos.

De madera y quizá alabastro, o algo parecido, con sendos cojines cuadrados de color cobre en ellos.

Tras ellos se erigía el estandarte de Sigmarina, con dos unicornios…

—¿Cómo se llama cuando los caballos se ponen así? —le pregunté a Anamkha, levantando las manos como si fueran patas—. Si lo he oído alguna vez, no me acuerdo.

Ella me miró al borde de la risa dado lo ridículo que debía de estar haciendo eso.

—Rampantes.

Señalé al símbolo de la ciudad.

—¿Por qué hay dos? He visto algunos con uno solo.

—Representan a la familia real en conjunto, pero también al rey y a su heredero.

—¿Tu hermano tiene un hijo? —pregunté ceñudo, pues jamás lo había visto. Aunque, claro, tampoco a la reina, así que…

—¡Estoy aquí! —dijo Azkena, antes de que Anamkha pudiera contestar.

Seguimos el sonido de su voz y lo encontramos contemplando el paisaje por los ventanales. Una de las columnas lo tapaba desde la entrada. Me alegré de no ver a un rey en un salón del trono, por primera vez, sentado en la consabida postura. Eso se me estaba haciendo repetitivo.

—¿No os parece que Sigmarina está hermosa a estas horas? Cuando el atardecer se tiende sobre ella y el cielo se tiñe de colores púrpura… Pero de un púrpura bueno, ya me entendéis.

—En absoluto —dije—, pero no creo que me hayas traído aquí a hablar del atardecer.

—No, desde luego. —Giró sobre sus talones para mirarnos.

Uno de los mechones blancos se le movió un poco y él lo recolocó con el índice. Llevaba un anillo tipo sello con una piedra de color azul, algo gastada. Me dio la impresión de que hacía años que estaba con él.

—Málakor, recordarás que, hace días, cogiste a mi hermana de la mano, la apretaste contra tu cuerpo, le dijiste algo al oído y luego la besaste en el cuello.

—Claro que lo recuerdo.

Demasiado bien, de hecho. Aunque hubiera sido una broma, me gustó hacerlo.

—A eso ni siquiera puede llamársele beso —dijo Anamkha, como aquella otra vez.

La miré alzando una ceja. Iba a replicar, pero él se lanzó a hablar:

—Pues al Consejo, a los ciudadanos y a los Clérigos les ha parecido que sí, que lo fue, y que tal ruptura de las normas del decoro, que ya sabéis ambos que imperan en esta ciudad y que son una de sus grandes tradiciones, no puede quedarse sin consecuencias.

—Durante su discurso, caminó de forma perpendicular a nosotros, con las manos tras la espalda.

Diez pasos arriba, diez abajo, y vuelta a empezar—.

Como mi hermana sabe, en los años previos a la guerra, y después de ella, los sigmari perdieron muchas cosas.

Aceptaron la pérdida como algo natural; sin embargo, hay tradiciones sagradas que se esforzaron en no perder y que los que venimos de fuera —me miró ceñudamente— hemos de adoptar. Así que no es una opción no hacerlo.

—Bueno, pediré disculpas y todos contentos —dije, sacudiéndome las manos.

—No les bastará con una disculpa —anotó el rey—. Tendréis que casaros.

—¿Quééé? —Las cejas se me subieron al techo y la barbilla me bajó al suelo—. ¿Qué dices?, ¿cómo voy a casarme con ella si no…, si no hay nada entre nosotros? Si no…, si…, si no… ¡No puede ser! Tu hermana no quiere casarse con nadie. ¡Y yo tampoco! Y menos con ella.

—¿Menos conmigo? —Anamkha me dio un codazo—. No soy tan mal partido.