CAPÍTULO 52
De sombras en la pared, rostros queridos y fantasmas
Cuando regresé a palacio, me planté bajo aquella puerta y solté un ulular un poco…
como de búho borracho. Escuché la risa de Anamkha, incluso antes de que abriese la puerta.
Ella se asomó y me hizo un gesto para que subiera.
Su cabello rojo volvió a ser mi faro en aquella noche.
Ascendí los escalones a toda prisa. Arriba, al tenerla de nuevo frente a frente, me sentí más aliviado aún porque todo hubiera salido bien.
—Eso ha sonado más bien a tórtola acatarrada —dijo, y se hizo a un lado para dejarme pasar
Sacudí la cabeza, riéndome, mientras ella cerraba la puerta tras nosotros. Las velas del candelabro casi se habían agotado y reinaba la penumbra en el corredor.
—Ha ido bien, ¿verdad? He oído el jaleo de la guardia.
—Ha ido mejor que bien, aunque he tenido que ver algo muy desagradable.
—¿Qué ha pasado? ¿Te han herido? —La preocupación llenó su voz de temblor y urgencia.
—No, pero digamos que el tipo tenía compañía y… Es igual, no quieras saberlo.
—Al contrario, tengo mucha curiosidad. ¿Nos tomamos una cerveza y me lo cuentas?
—Como quieras, pero si luego no puedes dormir…
—Seguro que no es para tanto. —Se agachó para recoger mis ropas, que estaban junto al candelabro—. Ten, cámbiate, no sea que nos encontremos con alguien. Llevaré esas luego a la lavandería.
Las puso en mis manos y se dio la vuelta. Comencé a desvestirme. El silencio del lugar hacía que el leve roce de las ropas se volviese un ruido más alto de lo que era. Hasta escuchaba la respiración de Anamkha.
—Gracias —le dije mientras me quitaba la camisa—, por ayudarme.
—No hay de qué. Solo espero que esto no te traiga problemas.
—Te puedo asegurar que no.
Se hizo de nuevo el silencio, y me quité el resto de las prendas.
—Veo… tu sombra en la pared —dijo al poco.
—¿Y sigues mirando? Eres una pervertida, eh.
Rio suavemente.
—Solo es una sombra.
—¿Y no usas la imaginación? Qué aburrida…
Ni yo mismo supe por qué le dije aquello.
—No tengo interés en imaginarte desnudo. —Carraspeó.
—Qué mal mientes, pelirroja.
—Bueno, sí, de acuerdo, no sería un suceso traumático verte desnudo.
Eso me arrancó una risa desde lo más hondo.
—Shhh, que nos van a oír.
—Me alegro de no ser un suceso traumático. Es cuanto menos reconfortante.
—Pero tampoco serías un suceso asombroso… —agregó, y soltó una risa traviesa, con los labios cerrados.
Me puse los pantalones y me acerqué a ella.
—Espera a verme, y entonces opinas —le dije al oído.
Me hincó el codo en la barriga.
—¡Estaba de broma! —dije, y me quejé.
—¡Y yo también! Termina de vestirte de una vez.
Tras acomodarme el cinturón, la llama de la vela menguó hasta extinguirse.
—Mierda —dijo ella.
De nuevo, esa palabra en sus labios me hizo reír.
—No digas palabrotas, Maes Ir. Dime, ¿entre tus muchas virtudes está la de ver en la oscuridad?
—No tengo ojos de elfo, Málakor, pero me conozco estos pasadizos como la palma de la mano, sabré regresar. ¿Te has vestido ya?
—No, solo llevo los pantalones, aunque no pasa nada, me he vestido otras veces a oscuras. Y caminado a oscuras también.
Soltó un suspiro.
—Quédate aquí, iré a buscar una vela. No podemos dejarnos nada, o nos delatará.
—Muy bien.
Noté que se movía y sentí su respiración muy cerca.
—Estás en medio. —Puso la mano en mi pecho. La yema de sus dedos debió de rozar el colgante, porque se iluminó con fuerza.
Los ojos de Anamkha estaban puestos en él y los subió hasta encontrar los míos. Se quedó mirándome absorta, como si estuviera y a la par no. Supe que había visto algo, igual que yo lo vi cuando rocé el suyo. De golpe, parpadeó y sacudió la cabeza, desubicada.
—¿Qué has visto? —le pregunté.
—Su rostro —musitó, y separó los dedos del colgante.
La oscuridad nos envolvió de nuevo.
—Qué rostro, Anamkha —quise saber, en aquel hondo silencio.
—El de alguien muy querido que ya no está. Hace tanto que no veo su rostro, que tengo miedo de olvidarme de él algún día.
Quise interrogarla con mil preguntas, pero noté que temblaba y la escuché sollozar. Supe que no había espacio para aquello, que todo lo que debía hacer era abrazarla. Así que la abracé. La habría abrazado hasta el fin del mundo.
—Te comprendo —dije—. También me da miedo olvidar el rostro de quienes ya no están. Su olor. Su voz. Las cosas que los componían. Pero, verás, es imposible que los olvidemos, porque no están en la memoria. Están en el corazón, y él no olvida, para bien o para mal.
—¿Tú crees? —musitó. Sus lágrimas me llenaban el pecho, mas no me importó.
—Firmemente.
Noté que asentía, y no nos movimos en no sé cuánto tiempo. Sin embargo, el ruido de unas pisadas cerca nos recordó que no estábamos en el mejor lugar. Se separó de mí y la tomé de la muñeca, a tientas, para volver a acercarla.
—Tienes que secarte las lágrimas o se te resfriarán las mejillas. Eso decía mi madre —dije, en tanto que lo hacía.
—Era una buena mujer. —Tanteó mi pecho y secó sus lágrimas de él, con el filo de la manga.
—Desde luego, y, viendo como eres tú, la tuya también lo será.
—Lo era. —La escuché tragar el dolor de hablar en pasado.
—Lo siento.
Me dio dos suaves golpecitos en el pecho.
—No te preocupes. Voy a por una vela.
Casi voló por el corredor, de tan rápidos cómo sonaron sus pasos.
Solté un profundo suspiro de pesar. Anamkha y yo éramos afines en muchas cosas, y la pérdida era una de ellas.
Habría querido tener la potestad de arrancarle el dolor de alguna manera, porque sabía lo que era sentirlo.
Pero hay heridas que nadie puede cerrar.
Solo el tiempo quizá. O unas dragonas con poderes mágicos.
Mientras me vestía a tientas, Pensé en Leyla, en cómo estaría lidiando con el suyo.
Aunque en Sigmarina estaba distraído, no olvidaba las cosas que viví antes de llegar allí.
Ni tampoco a la exploradora; sin embargo, sentía que, poco a poco, iba acostumbrándome a su ausencia.
A ratos, eso me aterraba o me reconfortaba.
En los años que habíamos estado separados, me acostumbré a estar sin ella, pero no dejé de pensarla.
Ahora, a pesar de todo, cada vez la pensaba menos.
Quizá porque me había convencido de que jamás seríamos lo que quisimos ser; quizá porque…
La luz de la vela se proyectó en el corredor, comiéndose la oscuridad a bocados, y me sacó de mis pensamientos.
—¿Anamkha? —susurré.
—No, soy el fantasma del castillo de Sigmarina —contestó con voz espectralmente teatral.
—Pues tienes un aspecto increíble para llevar muerta… ¿cuántos siglos? —dije con cariño, al tiempo en que aparecía a unos pasos.
—Los fantasmas de los castillos siempre llevan muertos, al menos, tres o cuatro siglos; si no, no son fantasmas de categoría.
—Ah, perdona, es que no estoy muy puesto en el tema. —Reí—. ¿Eres un fantasma de categoría entonces?
Recogí las ropas del suelo y nos pusimos en marcha.
—De mucha categoría.
—La princesa de los fantasmas.
—Ajá. En Duin-Eris había un fantasma que llevaba morando entre sus paredes más de diez siglos —me contó entre susurros.
—¿Duin-Eris?
—Mi hogar, en Erisias.
—Y volverá a serlo. Entonces me presentarás a ese fantasma.
Sonrió de oreja a oreja mientras asentía.
Luego guardamos silencio, por si había alguien cerca.
Después de dejar las ropas en la lavandería y de que yo limpiase mi daga a conciencia, nos fuimos a tomar esa cerveza.
Le puse al corriente de lo sucedido. Sufrió por el destino de los niños, pero se alegró de saber que había esperanza para ellos.
—¿Crees que tu hermano podrá hacer algo con el asunto del gremio en Luzen?
—La guardia intentará sacarle más información a Corman antes de ajusticiarlo y él hablará con los dirigentes. Probablemente lo ignoren. Algo turbio se mueve en el sur, Málakor, y más de uno de los que mandan estará implicado.
—Si quieres, puedo hacerles una visita… especial. También a ese Corman, a las celdas. Te juro que cantará mejor que un coro de bardos.
—No dejaré que te arriesgues más con este asunto. Dada tu relación conmigo, podrían poner a mi hermano en entredicho. Todo se hará a partir de ahora por los cauces legales.
Resoplé. «Cauce legal» sonaba peor para mí que «hay ensalada para comer».
—Muy bien, pero deberíais vigilar vuestros bajos fondos. Si la sombra ha llegado al sur, probablemente también ande por aquí.
Asintió antes de preguntarme:
¿Por qué crees que Zofi no nos contó toda la verdad?
—Seguramente por miedo, porque sabía que ese hombre podía, en realidad, devolverle a sus padres. Escapó, no sé cómo, pero el miedo la hizo callar.
—Hablaré con ella —musitó para sí, a lo que asentí.
Al punto, agregó—: Y a ese tipejo y a sus secuaces los colgarán, créeme.
Me encargaré personalmente de que así sea.
Hablaré con Khabyr para que esté al tanto de lo que ha de decirle esa mujer; también con mi hermano para que los médicos visiten los burdeles de las aldeas.
Si esa enfermedad se extiende, será un problema de sanidad grave.
Es muy contagiosa. La he visto mermar ejércitos.
—Lo que tu hermano debería de hacer es acabar con los burdeles. Son una lacra. Y, de paso, darle una vida digna a esas mujeres.
—Eso sería… —chasqueó la lengua—, sería lo ideal. En Erisias también estaban prohibidos, pero la gente se buscaba las mañas para abrirlos a extramuros y de forma ilegal. Es complicado.
—Pero no imposible.
—No, imposible no. —Me palmeó el hombro—. ¿Por qué es tan importante para ti? Lo de los burdeles.
—En Ledaria, me crie en uno. Mi madre mortal era prostituta. La obligaron a serlo. Soportamos la crueldad y la perversión que rezuman los muros de un lugar así largos años.
—Oh… —Los párpados le temblaron y su expresión se volvió pura tristeza—. Lo siento.
—No quiero que nadie más pase por eso. Pero no te pongas triste, pelirroja, también hubo cosas buenas.
—¿Ah, sí? ¿Qué cosas buenas puede tener criarse en un burdel? —dijo desconfiada.
—Cuando no había ningún imbécil deambulando por allí, las chicas salían al sol, con los vestidos remangados y se peinaban o se lavaban unas a otras mientras se contaban historias divertidas, para olvidar todo lo demás.
Reían a carcajadas, a pesar de lo malo. La risa se comía su dolor.
Me sentaba con ellas, les pelaba unas manzanas, castañas, lo que robaba de aquí y de allí, porque no les daban demasiado de comer.
—Suspiré nostálgico—. Siempre hay luz, hasta en la oscuridad más absoluta, ¿no?
El gesto de Anamkha se tornó más alegre.
—Siempre. Incluso es en ella cuando se percibe más brillante. Y es en la oscuridad de la noche cuando más lucen las estrellas.
Asentí, y ella me pidió que le hablase más de esas mujeres, de sus historias. El alba nos encontró cosiendo aquellas viejas heridas y buscándoles esa parte de luz incluso en sus más hondas oscuridades, para decirle al alma que, hasta en situaciones como aquellas, había esperanza.