CAPÍTULO 51 #2
La mujer se separó de él, y un olor a sexo inmundo me impregnó la nariz. Más aún cuando acerqué la daga a sus partes.
—¿Por qué no sigues? —dijo él, extasiado, y fue a abrir los ojos.
Sin embargo, la mujer, a su lado, le puso la mano sobre ellos.
—He olvidado algo —dijo—. Algo que te gustará. No abras los ojos o lo estropearás.
Casi sonreí. Le hice un gesto para que se marchase. La chica cogió las ropas a toda prisa, y luego un baúl que había sobre una cómoda. Sin duda, estaría cargado de joyas. Me dijo adiós con la mirada y salió de la estancia, sin vestirse ni mirar atrás.
—Así que estás juguetona… —Rio jocoso; su miembro engordó más.
—Sí, muy juguetona —dije yo.
Abrió los ojos, de par en par, y fue a incorporarse; pero le puse la mano en el pecho.
—Yo que tú no me movería, fétido, mi daga está cerca de convertir tu virilidad en picadillo. Si gritas o te mueves, los perros de Sigmarina tendrán salchicha de imbécil para cenar.
—¡Socorro! —Su mirada deambuló frenética por toda la estancia.
Quizá esperaba, tontamente, que alguien fuese a ayudarle.
—Drogas a tus sirvientas para poder abusar de ellas. ¿Ahora esperas que acudan? —Sonreí de medio lado—. Yo diría que esto es una suerte de justicia poética.
—¿Quién eres? —preguntó aterrado.
—Una sombra, ¿es que no me ves?
—¿Esa puta te ha traído aquí? ¡La desollaré viva! —dijo entre dientes; esputos de saliva salieron de los huecos.
—No estás en posición de amenazar a nadie, lumbreras.
—Si es por el dinero que debo al gremio, dile a tu jefe que se lo pagaré.
—Interesante cuestión. ¿Qué gremio?
Me miró de arriba abajo.
—Ninguno. —Pegó los labios, yo pegué el filo de la daga más a él.
—¿Seguro que ninguno?
—El de Luzen —respondió de corrido, con los ojos apretados, sabiendo lo que se jugaba al confesar y también lo que se jugaba si no lo hacía.
—Así que hay un gremio de asesinos en Luzen.
Separó los párpados y negó con la cabeza.
—Juraré no haberte dicho nada.
—Quizá te corte la lengua para que se la lleves en la mano a los del gremio. Es lo que hacen con los chivatos. Les ahorraría el trabajo.
—¡No me hagas daño! ¡Te daré lo que quieras! Si eres uno de ellos, te pagaré el doble.
—Me siento insultado —gruñí—. Ni soy uno de ellos ni quiero tu sucio dinero.
—Pues si no tienes que ver con ellos, ¿qué demonios quieres? —Aferró las manos a las sábanas, tembloroso, y encogió las piernas—. Aleja tu daga de mis partes.
Quería matarlo, vilmente, y que sufriera lo indecible.
Tenía a niños en el sótano. Tenía mucho que ver en las desapariciones de sus padres, para quedárselos.
Tenía tratos con los asesinos. Sin embargo, había aprendido la lección de otras veces, en las que matar al bicho que provocaba la infección no había sido lo correcto.
August, para empezar. El lechuguino que asesiné en aquel callejón hace mil vidas.
—Matarte, pero no puedo. Así que te vestirás, tienes que darle unas cuantas explicaciones al capitán de la guardia y al rey.
Y, por todos los dioses, tienes dinero para jabón, ¿por qué te huele tan mal?
—Me fijé en ella, apenas era ya una pasa arrugada, a causa de la impresión—.
No hace falta que digas nada, lo veo desde aquí.
¿A cuántas les has contagiado ya tu enfermedad?
—A quién le importa. Son putas. Pueden pudrirse, empezando por la entrepierna. Una me la contagió y vino a decirme que el niño que llevaba en el vientre era mío. Nació deforme, pero me sirvió para picar en las minas hasta que murió —escupió con burla y desprecio.
La daga, inevitablemente (porque me dio la gana), rajó un poco su carne y la sangre se derramó. Él soltó un alarido. Por suerte para mí, los vecinos creerían que andaba con compañía.
—Hijo de mil madres —bramó.
—Tengo dos nada más, imbécil. Vuelve a decir algo parecido y te vienes a palacio sin nada entre las piernas. Un hombre puede sobrevivir perfectamente sin eso. Vamos, ¡muévete!
—No se puede entrar en casa de un ciudadano sin su permiso o sin una orden de las autoridades, ¡esto que estás haciendo es ilegal!
—Estás tú para hablar de leyes… —Reí socarrón—. Mira, estoy entre «me importa una mierda» y «me importa dos narices», ¿qué te gusta más? —Señalé con la cabeza sus ropas, tendidas sobre la alfombra—. Vístete de una vez.
Al final me hizo caso, aunque me buscó las vueltas para escabullirse unas veinte veces.
Siempre acababa con mi daga en alguna parte de su cuerpo, poniéndola en riesgo de ser pinchada.
Bajé con él a la planta baja, cogiéndolo de la parte trasera de la levita y poniéndole la punta del arma en la nuca.
—¿Dónde tienes útiles de escritura? —le pregunté.
Señaló un escritorio, y lo llevé hasta él.
—Saca un papel y dicta lo que voy a decirte.
—Estás loco si piensas que voy a escribir nada que me implique, porque eso es lo que me vas a…
El lóbulo de su oreja se separó del resto. Sucedió así, sin más. No tuve nada que ver, de verdad que no. Fue mi daga, que se movió sola. Él se llevó la mano a ella y soltó un alarido, la sangre se coló entre los dedos y le manchó el cuello y las ropas.
—Estás loco —gritó—. Maldito loco. Sanguinario. ¡Asesino!
—No me lleves más la contraria, o ya sabes qué es lo siguiente que te cortaré.
Gruñó, pero me hizo caso. El papel se llenó de su sangre cuando apoyó la mano en él.
—Pon tu nombre y declara que te entregas voluntariamente a las autoridades.
—Eso es mentira. Les diré que has entrado ilegalmente en mi casa.
—¿Quién?, ¿eh? ¿Una sombra? ¿Eso les vas a decir?
—Averiguaré quién eres y te mataré.
—Lo que tú digas. Escribe si no quieres quedarte sin tu pasa podrida.
Maldiciéndome, lo hizo. Quizá, pensé, tenía esperanza de que eso quedarse en nada, tirando de contactos y poder. Pero yo no iba a parar hasta que su cuello no diera con la horca. Le metí el papel en el bolsillo de la levita y lo obligué a ir hasta la cocina.
—Abre la trampilla y deja salir a los críos. Vendrán con nosotros.
—¿Qué? No…
—Obedece —dije entre dientes, y presioné su cuello, sin hendir el arma. El sudor le resbalaba hasta llenar la punta de la daga.
Hizo cuanto le pedía, aunque no fue fácil.
Esos niños asustadizos no querían salir.
Los que lo hicieron, pudieron subir a duras penas.
Flacuchos y, seguramente, hambrientos. Una vez fuera de la casa, les pedí que no se movieran, que pronto llegarían a ayudarlos.
A él, lo até a la reja de una ventana y reclamé a voces la atención de los guardias y del vecindario.
Melantha salió tras la esquina de una casa y corrió a abrazar a su niño.
Corman la insultó, sacudiéndose furioso, y ella salió despavorida con su hijo en brazos.
Confiaba en que daría los nombres de los demás implicados; sin embargo, entendería que no lo hiciera.
Que huyera tan lejos como pudiese dejando su silencio tras ella.
Cuando empezó a oírse el ruido de las pisadas, de los postigos y de los murmullos de alerta, me encaramé a la fachada y la escalé.
—¡Averiguaré quién eres y te mataré! —gritó el tipo.
—Soy una sombra, ya te lo he dicho —le recordé—. Nadie puede matar a una sombra.
Sin más, me perdí por ellos de vuelta a palacio. En un tejado bien alto, cerca de él, me quité el embozo. La ciudad se tendía a mis pies, con sus luces y sus sombras. Tan desconocida para mí y tan familiar ya a la par.
Sonreí, con el aire fresco de la noche dándome en la cara, satisfecho con mis acciones.
Me sentía como si hubiera cerrado un círculo.
Como si el Málakor que no fue capaz de aplicar la justicia de la daga sobre los malnacidos que habían sometido a su madre al horror se hubiera cobrado al fin la retribución sobre todos ellos.
No había podido salvar a Debra, pero sí a esa mujer, a esos niños, aunque no los conociese.
Eso me consoló. Ledaria no había ganado esa vez.
Había retenido mis instintos para hacerlo lo mejor posible.
Ilegalmente y con amenazas, pero lo mejor posible.
Y eso era lo que importaba, ¿no? Hacerlo lo mejor posible.