CAPÍTULO 51
De la justicia de la daga
En pequeñas jaulas, había un montón de niños.
Mugrientos, muy delgados, asustados, se pegaron contra la pared, huyendo de la luz.
Sus ojos, bien abiertos, resaltaban en la suciedad de sus rostros.
Tenían como hollín en ellos. Hollín… A un lado, había montañas de carbón, así como hileras apiladas de troncos.
Zofi nos había mentido diciéndonos que se había escondido en la carbonería.
No, ese cabrón la había tenido allí encerrada.
El porqué ella no había dicho nada, no lo sabía, pero lo averiguaría tarde o temprano.
Mi prioridad era sacar a los críos de allí.
—Por todos los dioses… —suspiré.
Apenas había acabado la frase, escuché el clic de la cerradura de la puerta de entrada, acompañado de unas risas jocosas. Le pedí a los niños silencio, con un gesto, y, a toda prisa, dejé las cosas como estaban y fui a esconderme entre el hueco que hacían dos vitrinas de la cocina.
—¿Me harás eso que tanto me gusta…? —Una voz masculina dijo aquello. La del tal Corman, probablemente. Sonaba como suenan todos los de su especie: a perversidad y prepotencia.
—Te haré lo que tú quieras, amor mío —respondió una mujer.
—No me llames así, puta —advirtió con desprecio—. No soy tu amor, soy tu dueño.
Contraje el gesto, callándome un insulto.
—Lo sé, mi dueño y señor —respondió melosa—. Era una forma de hablar.
Y tanto; era todo impostado. Yo estaba acostumbrado a detectar ese fingimiento, tras mis años en Ledaria.
Ella lo detestaba, profundamente. Tanto que habría salido corriendo de allí de haber podido.
Sentí ganas de vomitar, pues me trajo horribles recuerdos.
Ese tipo de conversaciones, de jadeos… El horror que vive quien se ve obligado a venderse para sobrevivir.
Sus pasos resonaban por el pasillo adyacente.
Solo esperaba que no se les ocurriese cumplir con alguna fantasía que implicase hacerlo en plena cocina.
Esperaba por los dioses que no. Aunque tampoco iba a dejarles hacer mucho.
Ese bicho no iba a acostarse con nadie esa noche.
Quizá ninguna más, porque, si no entraba a razones, pensaba dejarlo sin ya sabéis qué.
Aguardé unos minutos. Sus pisadas resonaron en las escaleras de madera.
—¿Quieres que tomemos antes una copa de vino? —preguntó ella, entretanto.
Contuve el aliento. Si la cocina se llenaba de gente, tendría un problema, o quizá lo tendrían ellos, pero sería un riesgo indeseado.
—Pues ve a buscarlo, ya sabes que las doncellas duermen. Te espero en el dormitorio. Si se te ocurre… —comenzó a decir él.
—No soy tonta, no haré nada. Cumpliré con los pagos.
El tipo no respondió. Los pasos se bifurcaron.
Los de él, hacia arriba. Los de ella, hacia abajo.
Pronto llegó a la cocina. Era una mujer de unos treinta años, con la belleza de quien sabe qué hacer para resaltar lo mejor de sí.
Me recordó a una de las chicas del burdel de Ledaria.
Hacía lo posible por verse bien incluso en sus peores momentos.
Canturreó una canción alegre para sí en tanto que descorchaba una botella.
Luego bebió un trago bien largo y se secó la comisura de los labios con el dorso de la mano.
—Una semana más, Melantha. Solo una semana más.
Luego lo dejará libre. —La mujer soltó la botella con desdén, sobre la mesa, y luego se arrodilló en la alfombra y puso la oreja y las palmas de las manos en ella—.
Amor, soy mamá. Pronto nos abrazaremos. No grites, no hagas ruido. No quiero que él te haga daño.
Desde las cavidades oscuras bajo el suelo, respondió un gemido ahogado.
A ella se le atragantaron las palabras por un incipiente sollozo.
—Te quiero —le dijo al suelo.
La voz de un niño respondió en un susurro iguales palabras.
Fruncí el ceño. Más enfadado que desconcertado.
No tenía que pensar demasiado para darme cuenta de lo que estaba pasando.
Corman se había llevado al chiquillo y la extorsionaba para devolvérselo.
No perdería el tiempo en preguntarme por qué ella no lo había denunciado.
En la jerarquía de los bajos fondos, las prostitutas eran el escalafón más bajo.
Nadie la creería. Quería pensar, por consolarme, que Azkena lo habría hecho y que esa habría sido la prueba necesaria para arrancarle la cabeza de cuajo a ese malnacido.
Yo tenía dos opciones: callar y esperar; hablar con ella y ponerla de mi parte.
Si aparecía en el dormitorio, y ella se asustaba, podría causarme problemas.
Así que, cuando estuvo lo suficientemente cerca, salí de las sombras, a su espalda, y le tapé la boca con la mano.
De la impresión, la botella se le escurrió, pero la cacé al vuelo con la otra.
Ella se quedó inmóvil, a pesar de que mi único poder sobre ella era el de la mano en su rostro, que tampoco la apretaba.
—No quiero hacerte daño —susurré—. He venido para hacer justicia y salvar a los niños.
En ese punto, podían pasar dos cosas. Que se pusiera a gritar para alertarlo, o que me hiciera caso.
Porque yo era su oportunidad para salir corriendo de allí y tener una excusa para evitar la inmundicia de ese encuentro.
Para mi suerte, ella asintió, despacio. La humedad de sus narinas, desprendida por su agitada respiración, me llenó el dorso de la mano.
—¡Maldita puta! ¡¿Dónde estás?! —gritó Corman desde arriba.
Melantha se echó a temblar y dijo algo que sonó amortiguado por la palma de mi mano.
—Voy a retirarla, pero si gritas habrá una matanza, y te juro que no quiero eso.
Cabeceó afirmativamente, una vez más. La retiré, despacio, y ella aspiró una bocanada de aire. Fue a darse la vuelta, para mirarme, pero la frené. La proximidad de nuestros cuerpos le daría detalles de mi mirada que podrían delatarme.
—Si se entera de que he hablado siquiera contigo…
—Sé el miedo que le tienes, lo he sentido en mis carnes durante largos años, hacia hombres como él, pero te juro que nada te pasará. —Esperaba no tener que arrepentirme de ese juramento—. Esta noche será la última noche en que Corman le haga daño a nadie, ni a ti ni a tu hijo ni a nadie más.
En sus labios obró el silencio de quien ha de meditar sobre lo escuchado.
—¿Quién eres? —preguntó después.
—Una sombra que a nadie importa aquí.
—¿Eres uno de esos asesinos con los que él trata? ¿Te debe dinero?
Si Ledaria había llegado hasta allí nueve años atrás, de la mano de ese tal Socca que casi mató a Anamkha, quizá su veneno seguía latiendo en aquellas tierras y pudriéndolas como había hecho en Luara. Aunque quizá no aludía, exactamente, a mis viejos compañeros de gremio, solo a matones corrientes.
—Mira al frente y coge la botella. —Obedeció—. Dime una cosa. ¿Es Corman quien ha estado secuestrando a los niños y extorsionando a sus padres? ¿Alguien más colabora con él? ¿Esos asesinos quizá?
—Tipejos de su calaña, sí. Comerciantes, nobles, extranjeros…, pero también asesinos que negocian con elfos oscuros, eso lo oí decir.
Su mano se extendía por todas partes, y eso me hizo apretar el mentón de pura rabia.
—¿Conoces sus nombres?
—Algunos.
—Mañana escribirás al castillo y les darás los detalles.
—No sé escribir —dijo avergonzada.
—Pues se los dirás al capitán de la guardia: Alian Khabyr.
—¿Al capitán de la guardia? No me creerá.
—Lo hará, te lo juro.
Volvió a rondarnos un silencio.
—¿Y juras que nadie nos hará daño? —La voz le tembló tanto como el cuerpo.
Golpes furiosos, probablemente contra el cabecero de la cama, llegaron de la planta superior.
—¡Si no subes, puta, bajo a por ti y te arrastro de los pelos hasta la cama!
Qué ganas de arrancarle los suyos, uno a uno, lentamente, con unas pinzas. Hasta los de las pestañas.
—Las doncellas, más que dormidas, caen muertas como para no enterarse de esto —comenté, apurado.
—Él las droga para poder abusar de ellas mientras duermen —indicó ella—. A no ser que les dé algo para espabilarlas, tienen el sueño muy profundo.
—Rata asquerosa —mascullé—. Voy a hacerme una vaina nueva con sus huevos.
—¿Sus huevos?
—Cosas mías. Venga, no te haré daño, no —anoté después—. Sube y entretenlo. Cuando yo llegue, solo sigue mis órdenes. ¿Me ayudarás? Me encargaré de él y luego sacaremos a los niños.
Melantha asintió al punto. Miró por encima del hombro hacia la zona de la trampilla y, sin mediar palabra, se dirigió hacia la puerta.
Le rogué a los dioses porque cumpliera su palabra. No quería tener que matarlos a todos para garantizar su silencio. Ni mi conciencia lo superaría ni tampoco el juicio de Anamkha, y a mi conciencia podía decepcionarla una vez, pero a ella no quería hacerlo ni una sola.
Cuando supe que Melantha estaba ya en el dormitorio, por las pisadas que se oían sobre mi cabeza, subí las escaleras con sigilo.
Por la puerta entreabierta, pude ver a Corman por primera vez.
Lo vi como su madre lo trajo al mundo. Tirado en la cama, bocarriba, mientras la mujer, a los pies, se desnudaba con un baile sensual.
Era un hombre de complexión media, rubio y joven; pero con el aire en el rostro de quien ha cometido muchos crímenes.
—¿Te gusta esto? —preguntó ella.
Él asintió, embobado, entre jadeos, mientras bebía un trago tras otro de la botella. Ella siguió bailando para él.
—Qué bien, mi dueño y señor, pues te daré más.
Un sudor frío me recorrió la espalda y tuve que sacar lo mejor de mí para no entrar como un energúmeno.
Ella, a medio vestir, gateó hasta subirse en la cama y sentarse a horcajadas sobre él.
Con aquella conexión, Corman echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y soltó un gruñido de placer, en tanto que clavaba las garras en las caderas de ella.
Aproveché que no miraba para moverme hasta ponerme al lado de la cama; pero quien sí tenía los ojos abiertos era ella.
Cuando me miró, me coloqué el dedo en los labios. Asintió, para mi alivio.