Málakor 4 CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

De pasos que suenan distinto

Aunque apenas había recodos de oscuridad en la ciudad, sí tejados por los que escabullirse.

Nadie podía saber que había andado por allí; tenía que ser, más que nunca, una sombra.

Ya sabéis cómo hago eso de trepar y descolgarme.

Jugándome la vida y agotándome por el esfuerzo; sin embargo, por suerte, tenía el brazo en buen estado y sería más fácil que en mucho tiempo.

Lo bueno de las ciudades bien organizadas como Sigmarina es que aprendes a ver patrones en ellas.

La concentración de las casas, las calles…

Su estrechez en algunos puntos. Si había distancia que sortear entre ellas, podía saltarlas.

Así lo hice, mientras la ciudad vivía su noche bajo mis pies.

Las risas de los parroquianos que iban de taberna en taberna; las bromas entre los amigos, los juegos de seducción entre las parejas…

Fue un alivio llegar a la casa del tipejo ese, porque empezaba a darme envidia ver a toda esa gente divirtiéndose mientras estaba enfangado en un trabajo sucio.

Pronto sería yo el que empezaría a divertirse.

No obstante, la calle del tipejo era tranquila, pues el núcleo de las tabernas quedaba lejos.

La mayoría de los postigos de los vecinos estaban cerrados, pues la noche era fría, así que no habría ojos curiosos, al menos a priori.

Siempre quedaba alguna ventana abierta al mundo, pues siempre quedaba quien lo mirase de noche pensando en los sueños que se han quedado atrás o en los que están por vivir.

Lo digo porque, en Ledaria, era una de esas personas.

Muchos de los primeros recuerdos de mi niñez tienen que ver con noches en vela contándole mis esperanzas a la luna.

¿Me escuchaba? Probablemente no. Mi tía Deidre estaría muy ocupada riéndose de mis desgracias, como su papá Damien.

Miré a la luna que reinaba en el cielo esa noche y le dediqué un gesto de burla. Me pareció que me guiñaba un ojo.

Sacudí la cabeza y observé la fachada de la casa.

Una de las ventanas del piso superior estaba entreabierta, quizá de alguna habitación del servicio, si es que lo tenía.

Colarme por ella sería más fácil y menos arriesgado que entretenerme a forzar la cerradura.

Sé bien cómo entrar en habitaciones en las que alguien duerme sin que su sueño se vea alterado.

Miré hacia la calle para calcular los riesgos de llegar al suelo.

Pocos o ninguno, a mi parecer, así que, con cuidado de no ser visto, me descolgué por la fachada y me planté ante la puerta de aldabas con forma de carnero.

Me pregunté cuantos pobres padres desesperados la habrían tocado en busca de ayuda alguna vez, desoídos o extorsionados luego por él.

El sonido de unas risas me alertó de la cercanía de algunos viandantes.

Una de las casas tenía un porche de entrada, ensombrecido por el voladizo, y corrí hasta allí para refugiarme.

Con la espalda pegada a la puerta, contuve el aliento, hasta que los risueños pasaron.

No eran más que dos borrachos. De haberme visto, tal vez ni lo recordarían al día siguiente.

Cuando se perdieron del todo calle abajo, corrí para coger impulso suficiente y encaramarme al dintel de la puerta y, de este, a una ventana.

Estiré la mano para tratar de llegar al alfeizar de la otra, pero estaba demasiado lejos y me escurrí.

No acabé en el suelo gracias a la rapidez de mi reflejos.

Con el cuerpo en el aire, dependiendo de la fuerza de mi brazo izquierdo, llené los pulmones de aire, lo solté con ganas y me lancé a mi segundo intento.

Por suerte para mí, o por habilidad, salió mejor.

Logré encaramarme al alfeizar y, de cuclillas en él, eché un vistazo al interior de la estancia.

Era, como había pensado, una habitación de servicio.

En dos camitas pequeñas, dormían dos doncellas.

La habitación olía a pintura, el motivo, quizá, de que hubieran dejado la ventana abierta esa noche fría.

Vi entonces un par de caballetes, así como muchos lienzos por las paredes.

Debían de ser aficionadas a dar vida a los paisajes reales o de su imaginación.

No iba a pararme a admirar su arte, ni es algo que haga frecuentemente ni tenía tiempo de hacerlo.

Las observé: su sueño era tranquilo; lo bastante profundo, a juzgar por su respiración, como para que no percibieran mi presencia.

También os digo que, en un ambiente tan cargado de trementina, yo me habría quedado frito.

Pero, seguramente, aquella era la única vía de escape en la dura vida de esas muchachas.

No les importaba intoxicarse. Quizá hasta lo deseaban para olvidar, de seguro, los abusos a los que él las sometía.

Entré en la estancia con el sigilo de un gato.

El leve crujido de la madera del suelo al contacto con mis pies solo habría alertado a un ratón.

El tejado era tan bajo que casi me daba con la cabeza, así que caminé algo encorvado.

Cuando la abandoné, agucé el oído, perdido entre las sombras de un pequeño zaguán que desembocaba en unas escaleras.

Aparte de las doncellas, no parecía haber nadie más en toda la casa.

No se oía una leve respiración; ni ronquidos.

Nada. Ese Corman debía de estar divirtiéndose en alguna parte.

Con cautela, bajé a la segunda planta. Un largo corredor distribuía las estancias.

Había un candil prendido, sobre un aparador, que me permitió ubicarme.

Repasé, estancia por estancia: no hallé a nadie.

También me sorprendió no ver signos de gran opulencia.

Era una casa normal y corriente. ¿Y si me había equivocado?

Pero las aldabas del carnero estaban ahí.

Quizá es que ese Corman se llevaba sus riquezas a otra parte.

Ya abajo, tras revisar varios salones, fui hasta la cocina.

Entre altas vitrinas, vivía una enorme chimenea cuyas ascuas vestían los muebles de tenues colores rojizos.

Al cruzar la estancia, en pos de llegar a una puerta que había al otro extremo, el suelo de madera, resguardado bajo una alfombra, crujió de un modo distinto.

Un hecho que tal vez habría pasado desapercibido para otro, mas no para mí.

—Que me maten si no hay una trampilla —murmullé.

Retiré la tela y comprobé que no me había equivocado.

Si algo había aprendido de los tipejos ricos, es que guardaban sus tesoros en lugares ocultos bajo trampillas como esas.

Quedó descartada, en el acto, la opción de no mirar debajo.

Si había escondida una fortuna, la saquearía toda y la repartiría entre los pobres de Ardacia, como el tipo ese del cuento que mi madre me narraba, el que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Ese. Pues ese sería yo esa noche.

Al abrir la trampilla, chirrió como si se quejase.

Sin embargo, el resto de la casa siguió en silencio.

Oteé la oscuridad del fondo sin atisbar nada.

Tendría que armarme con algún candil, pero si lo prendía o lo movía de sitio, y el dueño llegaba, sabría que había estado allí.

Quería sorprenderlo. Tomé uno de los restos de troncos que ardían al rojo vivo, soplé para avivar la llama y lo metí en el hueco, a la par que la cabeza.

Lo que descubrí allí abajo, casi hizo que se me cayesen ambas cosas. La antorcha por la impresión y la cabeza por el disgusto.