CAPÍTULO 49 #3
Anamkha cogió mis ropas, las cargó bajo el brazo y, con la otra mano tomó él candelabro y lo mantuvo ante nosotros para que tuviéramos algo de luz en el camino.
Asomó la cabeza al pasillo. Al ver que nadie había, me hizo un gesto para que dejásemos la lavandería.
Se acercó a aquella armadura que se había vuelto lúgubre, y que volvió a brillar, y tocó en un punto de su guantelete izquierdo.
Un sonido seco, casi imperceptible, llegó a mis oídos.
Luego un clic, al que siguió la voz de Anamkha.
—Por aquí, vamos.
Presionó sobre la pared, revelando una entrada secreta, camuflada por una moldura de madera.
Aquello me asombró, me recordó también a la puerta del palacio de Ardacia, en la noche de los asesinos.
Nos colamos por ella, con el mayor sigilo posible, y dimos con un largo corredor.
Las paredes estaban acabadas, pero no había adorno alguna en ellas.
Corría una brisa que mecía las llamas de las velas.
Parecía el lugar perfecto para una emboscada o para una aparición fantasmal.
—Pareces acostumbrada a este sitio. Seguro que has usado estos túneles para irte a cabalgar en medio de la noche —le susurré.
—Por supuesto que sí —dijo con gesto feliz—.
Espero no tener que usarlo para su propósito original.
Es una red de corredores de seguridad, para escapar en caso de ataque.
Me da tranquilidad. Además, hay cosas muy entretenidas por aquí.
—Señaló con el candelabro un poco más adelante—.
Antes de llegar a esa esquina, hay un hueco para mirar a través de los ojos de un cuadro.
Se puede ver qué está pasando en el corredor.
Aquello me azuzó a ir más rápido. Cuando llegué hasta allí, giré el cuerpo y la cabeza y me asomé por las rendijas.
—Hay dos guardias besándose, Anamkha —susurré.
—¿En serio? —dijo ella, entusiasmada por el chisme.
La moví para que lo viera. Se le dibujó una expresión de asombro, pero dijo:
—Ya sabía yo que acabarían liados.
—Cuando las ganas de alguien aprietan, ni las tumbas de los muertos se respetan.
—¿Qué? —Se aguantó una risa—. ¿De dónde te sacas eso?
—Es un dicho muy viejo de Ledaria, y un poco más burdo en su forma original, pero sirve.
—Anda, vámonos. Dejémosles intimidad. Espero, por su bien, que nadie más los vea. Es su hora de trabajo.
Reanudé el paso. Pronto torcimos por otra esquina.
—¿No dirás nada?
—No soy ninguna chivata. Además, si los delatase, sabrían que hemos estado aquí, y no queremos eso.
—Tienes toda la razón. —Cabeceé enérgicamente.
Aquel pasillo se extendía de forma casi interminable.
A cada tanto, bajábamos por alguna escalera de caracol; a cada tanto, tomábamos una zona más estrecha.
A cada poco, nos parábamos a cotillear qué sucedía en los corredores.
El palacio de noche tenía más actividad de la que yo habría pensado.
Había guardias, doncellas y criados yendo de aquí para allá.
Muchachos cargando con cestas de troncos, preparándose para alimentar a las chimeneas a la mañana siguiente.
Cocineras dando órdenes de los últimos retoques a la cocina antes de irse a dormir, así como un sinfín de personas más, que formaban parte de aquel ritmo nocturno.
Al fin llegamos a una pared en la que Anamkha tocó un saliente.
Primero sonó un clic y luego el leve chirrido de una bisagra.
La pared se abrió como si fuera una puerta.
El aire de la noche nos dio en la cara, a la par que la estampa de la Sigmarina nocturna.
Estábamos en una zona alta de la muralla, conectada al suelo por unos escalones desiguales tallados en la roca.
Difíciles de usar en caso de ataque, pues un guerrero bien armado habría tenido dificultades para moverse por ellos sin el riesgo de partirse la crisma.
Me coloqué en el primero y me giré para mirar a Anamkha, agarrado con ambas manos al dintel de la puerta.
—Bueno, pelirroja, dime eso en élfico para desearme suerte.
—Viartha-darú. —Sonrió.
—Gracias.
Fui a moverme, pero ella me retuvo con un gesto. A toda prisa, se desanudó el lazo del cabello y fue a anudármelo en torno al brazo; sin embargo, cambió de opinión y me lo anudó a la cuerda del colgante, bien seguro.
—Las damas de Erisias anudan uno de sus lazos al brazo de los caballeros que van a combatir, para darles suerte. Te lo he puesto en el colgante, porque podrían reconocerlo si lo pierdes.
—No me voy a la guerra —dije riéndome con cariño—, pero gracias. Una vez más.
Tomé el lazo en la mano, lo besé y volví a guardarlo bajo mis ropas.
—Te esperaré aquí, el tiempo que haga falta —dijo—. ¿Sabes imitar a algún animal nocturno? Para que sepa que eres tú.
—¿Un búho?
—Muy bien, un búho. No tardes.
Asentí, sabiendo que me aguardaría, verdaderamente, como si me hubiera ido a la guerra.
Eso me hizo sonreír. Bajé a saltos aquellos escalones, ágilmente.
A unos dos metros del suelo, salté. Una vez allí, miré hacia arriba.
El cabello rojo de Anamkha era el faro de una tierra a la que regresaría una y mil veces.
Me dijo adiós con la mano e imité su gesto.
Luego me perdí en las calles de Sigmarina como la sombra que era.