Málakor 4 CAPÍTULO 49 #2
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CAPÍTULO 49 #2

—Es solo por eso. —Me miró atentamente y arrugó el entrecejo—. ¿Qué tienes en la cara?

—Creo que dos ojos, una nariz, una boca…

—Me refiero a esto. —Me puso el dedo con delicadeza en la mejilla y luego lo bajó hasta el filo del labio—. Parece como si te hubieras aplastado una uva en ella.

—Son los besos que me doy con el suelo. Tenemos una relación estrecha.

Chasqueó la lengua, antes de reírse.

—Deberías curártelo, tienes… un poco de sangre.

—Solo es un rasguño, no te preocupes.

—Ven, curémoslo. Eso puede tener muy mala pata si no se cura bien.

Juntos recorrimos varios pasillos en la quietud que se respiraba en palacio a aquellas horas.

Apenas nos cruzamos con un par de guardias y unas cuantas doncellas.

La iluminación de candiles, velas y antorchas le daba a los pasillos un aire cálido, como, si más que una fortaleza, aquello fuese el hogar de una ancianita con muchos nietos.

Anamkha tomó un candelabro que reposaba sobre una cómoda del corredor, junto a una armadura decorativa que brillaba a causa de la luz, y empujó una puerta adyacente.

La luz se movió y la armadura me pareció incluso algo amenazante, pues se oscureció de repente.

Pasé tras ella a una estancia pequeña, repleta de muebles y estanterías en las que había un sinfín de canastos, frascos y cofres.

Una mesa alargada, perfecta para tender a alguien en ella, ocupaba el centro de la estancia.

—Siéntate ahí —pidió, tras dejar el candelabro sobre la mesa.

Hice lo que me pedía, al filo. Ella trasteó entre los frascos, tomó uno de ellos, así como algodón y unas pequeñas pinzas.

—Las mujeres de Paltia se quitaban parte de las cejas con eso, para dejarlas más finas. No querrás hacerme lo mismo.

—No es para eso, no te preocupes —rio—. Tienes restos de gravilla del patio en la herida. Si no los saco, se infectarán.

La observé mientras exponía el filo de las pinzas a la llama y luego las impregnaba con una sustancia blanquecina de un frasco.

—¿Qué es eso?

—Una mezcla de alcohol y seda de araña. Antiséptico. Un invento de mi hermano y de Ivarix.

Sonreí, al pensar en mis amigas.

—Es asombroso la de cosas que tu hermano y ese mago saben hacer.

—Son muy listos cuando quieren —dijo con retintín. Tras apartar el candelabro hasta la esquina de la mesa, pidió—: Túmbate.

Cuando lo hice, se inclinó sobre mí y fue retirando, con mucha dedicación, los restos de suelo de mi cara.

—Si te duele, avisa.

—No me duele —dije abstraído en mirarla. Las puntas de su cabello me rozaban el pecho, y atrapé un mechón entre los dedos—. Tienes el pelo larguísimo. Las mujeres de esta ciudad no lo llevan tan largo.

—Es la costumbre en Erisias. Hace años que no me lo corto.

Otra vez vi en sus ojos una historia que no me podía contar.

—No puedo moverme así —dijo con una sonrisa, inclinada sobre mí, mientras yo mantenía atrapado ese mechón.

Asentí y lo solté despacio.

—Me frustra no poder saber nada de ti, Anamkha, ¿y si ignoramos a Azani y nos lo contamos todo? Hasta el último segundo de nuestro pasado.

—No desobedeceré a la diosa, y tú tampoco. Es tu abuela.

Resoplé indignado.

—¿Por qué sois todas tan terriblemente rectas?

—¿Todas? —Me dio la espalda y tomó otro frasco de las estanterías.

—Leyla, tú… Ella siempre decía: no desobedeceré a Iliana. La jefa de su gremio. Y tú…, pues lo mismo, con una diosa. Sin embargo, luego dices que te gusta el peligro y desafías las normas haciendo cosas que se supone que no debes hacer.

Se quedó parada, con el frasco en las manos, a unos pasos de mí.

—Las personas somos grises. Podemos elegir cuando escoger el blanco o el negro. O ninguno de los dos. O todos los colores del arcoíris a la vez. Tú mismo eres así constantemente, así que no me mires enfurruñado.

—Yo no estaba mirándote de ninguna manera.

Me crucé de brazos y distendí el gesto; sí, había estado mirándola así.

Ella rio, se acercó del todo y se inclinó sobre mí para mirarme de cerca. Muy de cerca. Volví a sentir el cosquilleo del roce de sus cabellos; el aroma que ella desprendía y hasta el calor que emanaba su piel. Tragué saliva, con esa sensación inexplicable dominándome de nuevo.

—Creo que ya está, no te quedan restos de gravilla.

Se incorporó y abrió el frasco. Llenó la estancia un olor nauseabundo.

—Qué mal huele —dije, al borde de la arcada, y esa sensación se diluyó de golpe.

—Sí, huele terrible. —Vertió líquido en un apósito y lo acercó a mi rostro—. Mi hermano le puso: apesficaz. Apestoso pero eficaz.

—Qué ocurrente. —Me pincé la nariz con dos dedos—. Por los dioses.

—No tardará en evaporarse. —Lo aplicó en las heridas, a toda prisa—. Y es infalible.

Cuando terminó, en un par de minutos que se me hicieron eternos, guardó los utensilios y me ayudó a incorporarme. Por suerte, el olor se evaporó y la estancia olió solo a madera, alcohol y telas.

—Gracias por curarme —dije—. Hay…, hay algo de lo que tengo que hablarte. Por eso he ido a buscarte.

Ella apoyó la espalda en una de las estanterías, frente a mí, y me miró atenta.

—¿El qué?

—Esta noche iré a ver a ese tal Corman. Los muchachos dicen que está en Sigmarina.

—No. —Se cruzó de brazos—. No harás nada parecido. ¿Vas a matarlo?

—No, eso sería una ventaja para él. Voy a asustarlo, nada más.

—Tampoco quiero que lo asustes. Déjalo, encontraremos otro modo.

—¿Otro modo conforme a las inútiles leyes y que tardará tiempo en llegar mientras que esos niños siguen quedándose huérfanos?

—No sabemos si ha sido él, son… rumores.

—Confía en mí, ¿vale? Os libraré de un problema y nadie sabrá que fui yo. Lo he hecho otras veces.

—Málakor… —pronunció casi con angustia—, no me gustaría que cayeras en las sombras de tu pasado.

Salté de la mesa y caminé hacia ella. Apartó el rostro y apretó el mentón. La vi llenarse los pulmones de aire hasta lo imposible. Lo soltó, así como una maldición. Frente a frente, la tomé de la barbilla para que me mirase. Cuando tuve su mirada en la mía, dije:

—Lo sé, pero eso no pasará, porque tú estás aquí. —Llevé la mano del mentón a su mejilla, con una leve caricia, y la apoyé allí—. «Abrazaré esa oscuridad contigo, y la mía y la tuya irán de la mano hasta que aprendamos a volverlas luz». Eso dijiste.

—Eso dije, sí, y ahora me arrepiento.

—No es verdad. No te arrepientes.

—He vivido mucho tiempo sin tenerte a mi lado, pero, ahora que estás aquí, no me perdonaría que nada malo te pasase. ¿Qué podría decirle a tus amigos? ¿A tus seres queridos? Que viniste a estas tierras y no supe cuidar de ti.

Su pecho subió y bajó fatigosamente. Puse la palma de la mano en la parte del esternón, sin tocar nada delicado .

—Respira tranquila. Nada malo me pasará. Confía en mí —repetí—, todo irá bien. A veces, cuando la justicia de los hombres falla, hay que recurrir a la justicia de la daga.

Anamkha puso la mano sobre la mía; la apretó. Leí la duda en su mirada; sin embargo, asintió.

—Bien, ahora, ayúdame a encontrar la ropa adecuada.

Sin decir más, salió de entre la estantería y yo. Luego, tomó el candelabro y dejó la estancia a toda prisa. Una vez más, me tocó correr tras ella. Dado que en Sigmarina era el color predominante, no le costó encontrar las ropas adecuadas en el cuarto de las lavanderas, vacío a aquellas horas.

—Alguien se despertará mañana sin pantalones que ponerse —dijo, mientras dejaba una pila de ropa doblada en mis manos—. ¿Cómo piensas dejar el palacio sin que te vean?

—En estas dos semanas, he paseado por el castillo para familiarizarme con sus giros y giros, con sus escalones y recovecos.

Salvo por el ala de la familia real, desde luego, aunque tampoco lo necesito.

He contado y anotado mentalmente los recodos ocultos donde los ojos no llegan si no se fijan en ellos, así que me basta con llegar desde mis aposentos a uno de ellos, escalar y luego…

descender aprovechando uno de esos ángulos muertos.

Pensaba hablarle a tu hermano de tamaña brecha de seguridad cuando cumpliese con mi cometido, no te preocupes.

Ella inspiró profundamente.

—Conozco un camino más fácil. Vístete. Te acompañaré. —Me dio la espalda.

—Si me ahorras una escalada, me vendrá bien.

Dejé las cosas sobre una mesa y me desprendí de mis ropas.

Poco a poco, compuse el atuendo de mi vida pasada.

Había un espejo de pie en una esquina, en el que me miré.

Allí estaba de nuevo el Málakor de Ledaria.

Ropas negras, de pies a cabeza, capa con capucha y hasta embozo.

Un escalofrío me recorrió; sin embargo, no fue del todo malo.

Hubo una chispa de emoción, esa que te da el saber que controlas lo que fuiste para sacar de ello algo bueno.

Esa noche, iba a sacar todo lo bueno que pudiese.

—Ya he terminado, Anamkha. —Mi voz salió amortiguada por la tela.

Me volví hacia ella, a la par que ella hacia mí. Me miró entre el espanto y el asombro, con la mano sobre la boca.

—Por todos los dioses… —La retiró lentamente—. Eres una sombra.

—Lo soy. Una sombra de Ledaria. Solo por esta noche.

Anamkha caminó hacia mí y me bajó el embozo.

—Apenas te he oído —dijo, y clavó la mirada en mis labios.

Le repetí lo que había dicho. Sus ojos ascendieron por mi rostro.

—Solo por esta noche. —Puso la mano en mi mejilla—. Que los dioses te guarden, Málakor. Esperaré despierta hasta que regreses.

—Lo harán. —La besé en la frente—. Vámonos antes de que se haga más tarde.