Málakor 4 CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

De espadazos y de abrazarse las rodillas

Mis brazos, dos semanas después, y por fortuna para mí, estaban intactos.

Ya no porque tuviera una habilidad innata para manejarme a la par con una espada corta y una larga, sino porque no estaban afiladas.

De lo contrario…, bueno, habría sufrido más de un corte.

De lo que sí se me llenaron los brazos y otro montón de partes del cuerpo, algunas que no puedo mencionar por vergüenza propia, fue de moratones.

Me golpeaba a mí mismo, me golpeaba Khabyr, me golpeaban los cadetes y, sobre todo, me golpeó el suelo.

Ese cabrón y yo acabamos teniendo un montón de cuentas pendientes.

Y ni todos los montones de paja ni mi buen equilibrio me salvaron de las contusiones.

A pesar de todo, la experiencia estaba siendo digna de recordar.

A ratos, el olor del campo de entrenamiento me llevaba a los días en Paltia y a otros no tan queridos para mí, como fueron los de Ledaria, cuando era un chiquillo inexperto que no sabía cómo agarrar una daga sin que se me escurriese.

Al final, aprendí a empuñarla, porque era eso o que se me escurriese la vida.

En aquel entonces, aprendí a golpes, más que otra cosa.

En catorce días no se pueden hacer demasiados progresos.

Por mucho que sea su potencial, nadie se convierte en maestro de nada en tan escaso periodo.

Igual que con el resto de las cosas de la vida, entrenar para perfeccionar un arte requiere disciplina y tiempo.

Mucho tiempo. Además de un buen maestro como lo era Khabyr, indiscutiblemente bueno en su oficio.

Pese a su dureza y sus estrictas normas, tenía un sentido del humor que me arrancaba una carcajada en los peores momentos y una paciencia de la que me habría gustado presumir también.

Disfruté y me bebí aquellos días con las mismas ganas que una buena cerveza, esa que compartíamos con él, los cadetes y algunos guardias al final de la jornada.

Poco a poco, aprendí a esquivar mejor los golpes y, de paso, el suelo.

A equilibrar el peso de ambas armas, el peso de mi cuerpo, la postura de los pies.

A soportar los tirones en los hombros, las muñecas y los brazos.

Khabyr, si te veía mal, te daba un poco de margen, pero si te hacías el remolón te llevabas lo que él llamaba «el toque mágico», que no era otra cosa que endiñarte con la parte plana de la hoja de la espada en el trasero. Cómo picaba eso…

—¡Vamos, Arben! Mueve ese bonito culo que te han dado los dioses —me gritó un día, con tanta potencia de voz que lo escucharon todos los cadetes, porque nos miraron de reojo y ahogaron una risa—.

No estás aquí para holgazanear. Ponte en pie y coge las malditas espadas, o te pongo a hacer flexiones hasta que se te hundan las palmas de las manos en el maldito suelo y llegues al otro lado del mundo. ¡O mejor, abdominales!

—Abominables, diría yo, eso es lo que son —gruñí, y lo maldije en sigmari.

Los chicos me habían enseñado lo que es tradición enseñarle de otra lengua a los extranjeros en un primer contacto: los saludos, los insultos, las maldiciones y a pedir cerveza.

Me entendía con muchos de ellos en mi lengua, pues por suerte la conocían.

Con los que no, con señas, como de toda la vida.

—¿Por qué te quejas tanto? —bufó—. Cuando hago esto mismo en la cama, me piden más.

—Creo que la espada con la que pegas entonces está más blanda —le dije.

—¿Más blanda? —respondió entre jocosas risas—. Nunca dirán que Alian Khabyr tiene la espada blanda. Puro acero élfico, muchacho.

Puse los ojos en blanco.

—Por todos los dioses menos por Damien…

—¡Vamos, Arben! —Y me llevé otro «azote» en el trasero.

Aquella vez dolió tanto que me lancé a por él para derribarlo, haciendo fuerza con el hombro derecho. Acabamos los dos en el suelo. Quiso quitarme de encima, pero conseguí reducirlo y me senté a horcajadas sobre él.

—Por mi madre, Málakor, me has puesto cachondo.

Pestañeé repetidas veces.

—¿Alguna vez dejas de pensar en sexo?

—No, ¿tú sí?

—Apenas pienso en eso.

—Así estás de tenso. —Me apretó los bíceps—. Necesitas un buen masaje, una buena mujer en tu cama. ¿Quieres venir esta noche después de la cena con nosotros? Hay una fiesta en una taberna y las chicas de Sigmarina son guapísimas.

—No quiero saber nada de mujeres de Sigmarina; tampoco de Knegara ni de Paltia ni de ninguna parte.

—¿Ni siquiera de Erisias? ¿Una pelirroja quizá?

Resoplé.

—Por favor…

Aquello me despistó. En una hábil maniobra, Khabyr consiguió darle la vuelta a la situación. Acabé debajo de él. Me revolví, pero estaba ya extenuado como para salir de la situación sin tener que agotar mis fuerzas, y aún quedaba un rato de entrenamiento.

—Ahora me siento como las mujeres que te han montado alguna vez. Te ves más guapo incluso desde esta perspectiva. Dime, Málakor, ¿han sido muchas? Quiero los detalles.

—Déjame tranquilo. Ya te he dicho que en este momento de mi vida no me interesan las mujeres.

—¿Tampoco los hombres?

—Tampoco.

—Eres muy aburrido… —Se puso en pie—. No puedes pasarte los días entrenando sin un poco de divertimento después.

Me tendió la mano y la cogí. Tiró de mí como si no pesase un ápice.

—Me basta con la cerveza en la taberna, luego prefiero quedarme leyendo. —Jamás en mi vida pensé que diría eso, os lo juro por todos (todos) los dioses—. Cerennis me ha dejado unas novelas muy interesantes.

Había estado a punto de iniciar la lectura de De cuervos y lobos unas veinte veces, pero nunca me atrevía a hacerlo, porque sentía que estaba traicionando a Azani. Era mi benefactora, la luz en mis días más oscuros. Sin embargo, cada vez me costaba más no hacerlo.

—Si me dan a elegir entre una novela y una mujer, creo que lo tendría bastante claro. Eres jodidamente raro, Arben.

—Pues con las primeras, de momento, me duele menos el corazón cuando pienso en ellas. —Me sacudí la tela de las rodillas, con brío—. ¿Sigo practicando el cruce y desvío?

—Sí, aún flojeas en la postura de la espalda y en mantener el equilibrio de la hoja. Se te va demasiado hacia arriba; eso podría desestabilizarte. Luego, ya sabes, patada en los huevos y cortar cabeza.

Eso de lo huevos se lo contó Anamkha. Khabyr lo incluyó con gusto en su vocabulario. Hasta se paseaba con canastas de huevos diciéndole a los muchachos que él tenía los que a ellos les faltaban.

—Sí, patada en los huevos y cortar cabeza… —repetí, suspirando.

Estuve en ello el resto de las horas, que fueron cuatro.

Cuando acabé, como de costumbre, me acerqué a los barriles para quitarme un poco la mugre antes de ir a tomar la cerveza.

Más allá de los baños en palacio, había descubierto unas termas en la zona sur de la ciudad que me gustaban mucho, pero se me había hecho de noche y ya estarían cerradas.

Así que seguí la táctica del resto ese día: meter la cabeza en el barril, lavarse las axilas y el pecho y, al día siguiente, los dioses dirían.

Apenas me había puesto de nuevo la camisa, escuché a unos cadetes murmurar algo entre ellos.

Pegué la oreja, por si estaban insultando a Khabyr, unirme.

Aunque no obtuve tan jugosa pieza, sí que salió a la palestra algo mejor.

—Ese cabrón de Corman anda pavoneándose por el mercado con todas sus joyas, como si no supiéramos de dónde viene su fortuna. —El cadete, que apenas tenía una fila de hormigas como bigote, escupió al suelo—. Ojalá algún día se las hagan tragar.

—¿Ese tipo ha vuelto? —pregunté, tras acercarme. Había indagado sobre él en esas dos semanas y había sabido que estaba de viaje en Luzen.

—Sí, por desgracia no se ha despeñado en algún camino.

—No, pero quizá se despeñe de la cama esta noche —dije para mis adentros.

—Ya vuelven los vecinos a quejarse de los ruidos que hace cada noche, cuando lleva a sus conquistas a la casa —dijo otro.

—Todo el mundo cree que son fulanas de las aldeas colindantes —comentó el que estaba a su lado—. Ya sabéis lo serio que se pusieron Sus Majestades con eso.

—Pues podrían cogerlo por ahí, ¿no?

—Las leyes impiden que haya burdeles en la ciudad, pero no dicen nada de traer a las mujeres de fuera —contó el otro.

Tras suspirar irritado, me despedí de ellos y fui a ver a Anamkha.

Necesitaba ropa oscura, una capa con capucha y una tela que pudiera servirme como embozo.

Sobre todo, necesitaba decirle lo que iba a hacer.

Aunque probablemente me encerrase en una torre con treinta llaves.

La encontré en uno de los salones, sentada frente al fuego, en una alfombra.

Llevaba el pelo suelto, salvo por una trenza recogida que anudaba con un lazo.

Tenía flexionadas las rodillas, como de costumbre, y las abrazaba.

—Me recuerdas a Panceta, en una alfombra frente al fuego —le dije.

Ella giró un poco el cuerpo, para mirarme, y rio.

—Me parece bien recordarte a un perro. A veces pienso en lo mucho que me gustaría ser uno.

O un gato, ¿te imaginas ser un gato? —Palmeó la alfombra, pidiéndome que me sentase a su lado—.

Todo el día sin hacer absolutamente nada y tumbado durante horas como si lo hubieras hecho todo. Igual que Rosquillas.

—Un gato es, sin duda, mejor opción. No tienes que ir oliéndole el culo a nadie.

Soltó una carcajada que se mezcló con el crepitar de las llamas.

Me acomodé junto a ella. El fuego calentaba lo suficiente como para confortar, sin llegar a quemar.

Las noches ya no eran tan frías. Habíamos entrado en lo que Anamkha llamaba «Aenn Yssal», la primavera tardía, y lo que los sigmaris llamaban Ciclo de Astos.

—Casi siempre te sientas así. —Imité su postura, en tanto que ella me miraba—. Más de un hombre habrá pensado que ojalá lo abrazases tanto como a tus rodillas.

—Qué cosas tienes… —volvió a reír, más levemente—. En realidad, yo… —perdió la mirada en el fuego—, estoy cómoda, nada más.

—¿Por qué me parece que no es solo por eso?