Málakor 4 CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

De cómo evitar cortarte un brazo sin querer

Apenas unos metros después, noté a Anamkha a mi lado. La miré de reojo. Ella miraba al frente, con expresión neutra. Me pregunté cuánto tardaría en echarme la bronca. Sin embargo, no me arrepentía. Había sido un acto más que deseado.

—Creo que no eres consciente de lo que has hecho —dijo a los pocos minutos.

—Soy de sobra consciente. Te he besado en el cuello, el cual, por cierto, es suave y huele bien. Será por el jabón de prado que usáis, ¿o tienes algún secreto de belleza de esos que no se pueden confesar? Como bañarte en leche de burra o algo propio de una lechuguina.

En sus ojos había una mezcla curiosa de estar divirtiéndose y, a la par, querer estrangularme.

—Me baño en la sangre de los hombres con ojos azules, por eso me gustan tanto —respondió—. Me mantienen joven.

—Ayudan a mantener el rojo de tus cabellos, imagino —anoté, siguiéndole el juego—. Ya decía yo que era demasiado vivo. No como esos pobres infelices de ojos azules, claro, que están demasiado muertos.

Movió los labios como si fuera a reírse, pero logró aguantarse. Me pasó lo mismo.

—Espero que Khabyr te dé una paliza en el entrenamiento.

—Yo también, así podré irme a la cama pronto. Lo de besar a la hermana del rey en público ha sido un ejercicio agotador.

—A eso no puede ni llamársele beso —resopló.

—Yo creo que a la gente le ha parecido justamente eso. Pero, si a ti no, y quieres más, podría sacrificarme y besarte de nuevo.

Entrecerró los ojos.

—Sacrificarte, dices.

—Sí, eso he dicho.

Anamkha bufó. Riéndome, me aproximé a ella un poco y le di un codazo suave.

—Vamos, pelirroja, ha sido una broma. Lo del beso y lo del sacrificio.

—La gente de Sigmarina no se lo ha tomado como tal. Pero bueno, cuando lleguen las consecuencias, lidiaremos con ellas.

Soltó un suspiro y no dijo más el resto del camino al palacio.

Allí, me llevó a un patio, donde guardias versados entrenaban.

En cuanto la vieron, dejaron de hacerlo brevemente para saludarla.

Ella les hizo un gesto con la mano y pronto volvió el ruido de las armas al chocar y los comentarios entre ellos.

Los bordeamos, pegados al filo de la pared de sillares de piedra, para evitar llevarnos un golpe sin querer.

Las briznas dispersas de algunos montones de paja, dispuestos aquí y allá, crujían bajo nuestras botas.

Estarían allí para rellenar los muñecos de entrenamiento o para ser colchón en algunas caídas.

Al fondo del amplio espacio, había unas dianas, en las que los arqueros practicaban puntería, así como una serie de tarimas, muñecos y otros artefactos de entrenamiento. Fue como regresar a Paltia.

—Me siento como en casa. —Aspiré aquel aroma a sudor, sacos, hebras de paja y acero.

—Yo también. ¡Ah!, ahí está Khabyr.

A unos metros de nosotros, dando órdenes a un puñado de soldados, había un hombre que me recordó a Aisgryn Poldar. No por su constitución, porque este, aunque musculoso, no era la clase de armario que era el mercenario, sino más bien porque que imponía tanto como él.

—¡Vamos! ¡Esos pies! Corsan vostra manti! —vociferó.

A saber qué les había dicho a esos muchachos que, en parejas, tríos o cuartetos peleaban entre ellos, con escudo y espada, con dos espadas o con otras armas; pero todos se afanaron en luchar mejor.

Observé detenidamente al capitán de la guardia en tanto que nos aproximábamos.

Maduro, con la potencia de voz de una tormenta, el pelo castaño, oscuro y corto, salvo por una fina trenza que le caía sobre el hombro derecho.

Su barba y su bigote estaban sometidos a la férrea disciplina de un recortado diario.

La forma de sus ojos era alargada; las cejas, finas.

Su mirada azul advertía de lo problemático que sería desafiarlo.

Adornaba las orejas con varios pendientes, en el lóbulo, la punta o los cartílagos interiores.

Había conocido a mercenarios o asesinos con esa costumbre, así que no me sorprendió.

Llevaba coraza y brazales de cuero sobre ropas negras, y dos vainas al cinto.

Una de espada larga, la otra, de espada corta.

Le gritó algo a sus alumnos, que parecieron no escuchar, así que tomó un escudo que reposaba en el suelo y golpeó sobre él con el puño, tan fuerte que pensé que lo abollaría. El sonido retumbó en el patio.

— Maes Ir arende veni! —gritó.

Los muchachos dejaron de pelear y se giraron hacia nosotros, en una coordinación perfecta. Luego, agacharon la cabeza y se llevaron la mano al pecho.

—Arende Maes Ir! —gritaron al unísono.

—¿Qué acaba de pasar? —le pregunté a Anamkha.

—Son cadetes, es su obligación hacer ese saludo cuando llega alguien de la familia real. Para los que ya son guardias, salvo en desfiles o eventos públicos, el saludo se simplifica, como has visto antes. Imagínate que tuvieran que ir gritando eso todo el rato por el palacio.

—Despertarían al rey en mitad de la noche, y no queremos tal cosa —dije, y ella rio mi broma.

Nos aproximamos hasta Khabyr, mientras los cadetes seguían allí, más tiesos que una vela, algunos con las respiraciones entrecortadas por el ejercicio reciente y el sudor perlándoles los rostros.

El hombre les dio la orden de seguir entrenando, y nos hicimos a un lado con él, mientras el patio se llenaba de sonidos de esfuerzo, chocar de armas y jadeos.

—Vaya, vaya, no sé qué han hecho los dioses para enviarme semejante castigo hoy, pero aquí estás —le dijo a Anamkha, cruzándose de brazos—. ¿Será que anoche olvidé rezar antes de meterme en la cama?

—Estabas demasiado ocupado como para rezar. Aunque creo que te confesabas con alguien, ¿no?, porque llamaba a los dioses con mucha devoción. Dile que la próxima vez no grite tanto, algunas queremos dormir —dijo ella.

—Lo que tienes que hacer es unirte a nosotros, ¿para qué dormir cuando puedes divertirte?

Ella puso los ojos en blanco.

—Yo creo que te vendría bien un poco de diversión, pelirroja. No es una oferta que yo rechazaría, al menos hace unos años cuando estaba en Paltia.

Khabyr posó la mirada en mí.

—Me caes bien, ¿quién eres? —Me señaló con la cabeza.

—Un amigo —respondió Anamkha.

—Ah, un amigo… —Me estudió con detenimiento, y luego posó la mirada en ella—. ¿Y quién tiene el honor de que la Maes Ir lo considere así?

—Es el hombre del que te hablé. —Anamkha se llevó la mano a la cadera, donde estaba oculta su espada esmeralda.

Khabyr volvió a estudiarme, de abajo arriba.

Apoyó el codo del brazo derecho sobre la mano izquierda y se acarició la barba con la otra.

El bíceps que se le formó al hacer ese gesto era digna de tener en consideración.

Si hubiera metido una cabeza entre el antebrazo y el bíceps, seguramente ya no habría cabeza o sería lo más parecido a una uva.

—¿Qué quieres que haga con él? Lo veo en buena forma. Tiene pinta de ser muy ágil, de esos que saben cómo saltar entre tejados sin partirse la crisma, ¿me equivoco?

—Y entre las vigas del techo —anotó ella, mientras yo asentía—. Quiero que le enseñes a combatir con una espada corta y una larga, como tú.

—¿Eso es lo que tú quieres también? —preguntó evaluándome con su aguda mirada.

—Sí. Sé usar las dagas, con ambas manos, y he luchado con espada. —Palmeé la empuñadura de la mía—. Aprendí un poco a usar el escudo, aunque no es algo que recuerde bien cómo se hace. Solo… me he defendido con él en casos de emergencia.

—Así que sabes de todo y a la par de nada a la perfección.

—Diría que el arte de la daga sí lo conozco a la perfección —respondí de buena gana, porque sus palabras no llegaron con el ánimo de hacerme de menos, solo de indagar en mis habilidades—.

Con la espada no llevo tanto tiempo. Me hirieron hace unos años y he ido perdiendo movilidad en el brazo izquierdo.

El maestro Florian lo ha sanado; puedo volver a usarlo.

He visto a mercenarios en mi compañía de Paltia usar una espada corta y una larga, y despertaron mi admiración, pero lo veía como algo imposible para mí.

Khabyr me palmeó el brazo izquierdo, antes de apretarlo con fuerza. En otro momento habría, cuanto menos, inspirado profundamente para aguantar un pinchazo. Sin embargo, no sentí nada parecido.

—No sé dónde está Paltia, aunque si tiene mercenarios será un lugar lleno de gente preparada. Si has sido uno de ellos, sabrás defenderte bien. Así que, de acuerdo, haré lo que pueda contigo. Depende del tiempo que tengamos.

—Seis meses —contestó Anamkha.

—Entonces podemos hacer grandes cosas, sobre todo cuando se tiene experiencia previa, como es tu caso.

Asentí, con la emoción recorriéndome las venas e instalándome en el pecho una sensación vibrante.

Aquello, por decirlo de alguna manera, estaba siendo un sueño hecho realidad.

Desde lo de Derian en el puerto de Ledaria, pensé que toda mi vida se reduciría a no poder usar ambas manos a conveniencia y a sentir aquel dolor insoportable cuando lo hiciese, por cabezonería o necesidad.

Además, entrenar diariamente me mantendría en forma, preparado para cuanto estaba por venir, y me ayudaría a no darle demasiadas vueltas al hecho de que estaba lejísimos de mis amigos, de que no tenía la menor idea de si estaban bien y de que…

En fin, de todas esas cosas que sabéis de sobra.

—Muy bien —dije—. Empezaremos cuando quieras.

—Me gusta tu actitud. Tener una buena actitud es como dar un paso de gigante hacia el objetivo que se quiere conseguir. Empezaremos ahora mismo, si has comido y descansado bien, claro, no me ando con chiquitas en los entrenamientos.

—He tomado unas cuantas cervezas, pero… estoy bien. Preparado.

—Lo está, sí —dijo Anamkha.

Sonreía de oreja a oreja, como si aquello supusiera para ella una gran felicidad también.

—Os dejaré solos entonces.

—¿No puedo hacer nada más por ti, Maes Ir? —dijo él entre la burla y la seducción.

—Sí, dejarme dormir por las noches. Eso sería todo un detalle. Múdate a otra ala del palacio cuando tengas compañía.

—Yo siempre tengo compañía, pero no la tuya, y eso me rompe el corazón.

Él hizo un gracioso puchero; Anamkha le palmeó la mejilla.

—Pórtate bien con Málakor, Alian, como si se tratase de mí. Enséñale a cortar cabezas de seres oscuros. Eso es primordial.

—Sí, mi señora —dijo él, diligentemente—. A sus órdenes.

Ella me apretó el hombro y se alejó de allí. Los cadetes detuvieron su entrenamiento para despedirla. La observé marcharse, con el cabello resaltando entre el gris de las piedras y las armaduras, entre el negro de las capas.

Khabyr se plantó a mi lado, de brazos cruzados.

—No te enamores de ella, mercenario.

—¿Qué? —Lo miré ceñudo—. No voy a enamorarme de ella. Anamkha y yo solo tenemos algo especial.

—Bueno, así empieza todo. Siendo algo especial.

Luego te pones a darle como un conejo, porque no puedes vivir sin tocarla, tienes chiquillos y cuando te quieres dar cuenta…

no tienes corazón, porque ella se lo ha quedado.

Te lo ha retorcido mil veces, pero aún dejas que lo tenga en sus manos.

Y ya eres viejo, pero al menos la tienes a ella, y con eso basta.

—No debes de tener más de treinta años como para hablar de la vejez.

—Más de cuarenta ya. —Me palmeó la espalda tan fuerte que me movió un poco hacia adelante—. Aunque la vida de mercenario lo hace sentir a uno viejo antes de tiempo, ¿verdad?

—¿Fuiste mercenario? —dije con sorpresa.

—He sido muchas cosas. En otra vida.

«Esas podrían haber sido mis palabras», pensé.

—Deja tus armas y todo lo innecesario ahí. Incluida la capa. —Señaló una esquina—. Estarán seguras, no te preocupes.

Hice lo que me pedía, bajo su supervisión.

Comprobó que mis ropas fueran cómodas y que las cinchas del peto estuvieran bien atadas.

Se acercó a una mesa dispuesta junto a la pared, en la que había un montón de armas.

A simple vista, parecían sin filo, perfectas para entrenar con gente que ya tenía cierta experiencia, más allá de las armas de madera que se les daban a los novatos.

Cogió una espada corta, evaluó su equilibrio y su peso, me miró un par de veces, dio algunas estocadas al aire y me la lanzó bien, para que pudiera cogerla por la empuñadura.

La cacé al vuelo, con la mano derecha, y la pasé a la izquierda.

Era ligera, robusta a la par. Antes de darme cuenta, una espada larga voló hacia mí.

Al cogerla, me sentí cómodo. Como cuando se usa un calzado apropiado y de buena calidad.

—Muy bien, amigo de la Maes Ir, ahora vamos a hacer algo que te encantará.

—¿El qué?

—Teoría —dijo con media sonrisa—. Es la cosa favorita de todo el que viene aquí. Se piensan que desde el primer día vamos a jugar a dar espadazos, y no. Hay muchas cosas que tienes que meterte antes en la cabeza en lo que respecta a luchar con dos armas.

—Si vamos a dar teoría, ¿para qué me has dado las espadas?

—Para que vayas acostumbrándote a ellas. Quiero que vayas a todas partes con ellas, que comas con ellas y duermas con ellas. Hasta que las sientas como si fueran tu madre y estuvierais unidos aún por el cordón de la vida.

Imaginé que así era como llamaban al cordón umbilical. Sea como fuere, su discurso aceleró mis latidos, pues me sentí partícipe de su fuerza, de sus ganas, y pronto sería partícipe de su sabiduría. Estiré la comisura izquierda de los labios y asentí, afianzando las empuñaduras.

—Me gusta cómo piensas, pero se te ha olvidado una cosa —dije.

—¿Qué cosa?

—Cagar con ellas.

A Khabyr le salió una carcajada de lo más hondo.

—¿Cómo he podido olvidarme? —dijo sin dejar de reír. Luego se puso un poco más serio, aunque sin perder el aire divertido, y añadió—: Muy bien, Málakor, lección primera. De cómo evitar cortarte un brazo sin querer. Ya te falta un dedo, no queremos eso.

Quien rio entonces, fui yo.