CAPÍTULO 47
De un asesino que llegó muy lejos y de llevar a equívocos
Cuando dejamos la taberna, emprendimos el camino hacia palacio.
Estaba tan animado que me sentía con ganas de seguir disfrutando del día; sin embargo, Anamkha quería llevarme a ver a Khabyr cuanto antes.
Estaba expectante por conocerlo, por saber cómo nos llevaríamos.
Es importante llevarse bien con quien te enseña a luchar.
No quería pasarme las horas con un tipo al que tuviera ganas de escupirle a la cara, menos aún con una espada en mano. Eso sería letal para ambos.
—¿Por qué te has enfadado tanto al saber del significado del nombre de tu sobrino —me dijo Anamkha
—Porque Xelirian no puede sonreír por culpa de quienes le pusieron ese nombre. ¿Cómo pudieron llamarlo así para luego arrojarlo a la maldita oscuridad? ¿Acaso se burlaban de él?
—No solo las personas de buen corazón sonríen. Los que albergan oscuras intenciones también saben sonreír, a veces lo hacen más a menudo que los otros, porque las sonrisas son sus máscaras y con ellas se ganan tu confianza. Luego te destruyen para que no puedas sonreír más.
Su voz sonó casi tétrica. De no ser porque era pleno día y avanzábamos por una calle del barrio de las tabernas, soleada y llena de gente, habría sentido un escalofrío, como si todas esas sonrisas que eran máscaras estuvieran mirándome desde las esquinas, los balcones, las ventanas y los tejados, que eran incluso las quimeras de adorno de los desagües.
—¿Has conocido a muchas personas así? —le pregunté.
Anamkha tenía la mirada puesta en el frente, como si ese grupo de aldeanos que bailaban a la puerta de una taberna, probablemente beodos, tuviera toda su atención. Sin embargo, yo sabía que miraba sin mirar, perdida en sus pensamientos.
—Las suficientes como para saber reconocerlas.
—Giró la cabeza y puso la mirada en mí—.
Cuando era pequeña, mi madre me dijo una vez: «Las personas cercanas a ti son las que pueden hacerte más daño, porque son las que mejor te conocen.
Así que guárdate del que jamás haya pisado tu hogar, Anamkha, pero más aún de a quien hayas invitado a entrar».
Sus palabras se clavaron hondo en mí.
—Me parece una sabia lección. Al bardo le gustaría oírla. Ojalá podáis conoceros algún día.
—Ojalá —dijo, y regresó la vista al frente.
—No me gusta verte tan seria. —Estiré la mano y rocé su meñique con el mío—. Prefiero que rías, como en la taberna.
—Si riéramos todo el tiempo, dejaría de tener valor.
—Eso es una tontería, si yo comiese panceta todo el tiempo, seguiría teniendo el mismo valor: el de estar buenísima. —Puse cara de placer. Ella, que volvió a mirarme, se rio—. ¿Sabes que en Ardacia hay un bocadillo en mi honor?
—¿Un bocadillo en tu honor?
Al fin cruzamos el arco que marcaba la entrada del barrio de las tabernas y llegamos a esa gran plaza.
Como aquel día, había gente leyendo alrededor de la fuente, conversando aquí y allá o caminando simplemente en dirección a algún lugar.
También nos cruzamos con grupos de estudiantes de la academia, vestidos con sus túnicas grises, negras o blancas.
—Sí, el Piernas Largas. —Me palmeé el muslo derecho.
Ella me las miró. Volví a sentir aquel extraño calor.
—Largas son, desde luego. Ya te lo dije. Tienes buenas piernas.
Algo le cruzó el semblante al decir eso, que no supe qué era.
—¿Qué pasa? —Miré a todas partes, por si hubiera alguna amenaza. Todo estaba tranquilo, demasiado tranquilo, de hecho. O quizá estaba acostumbrado a ambientes más revueltos.
—Las quemaduras de tus muslos… —musitó, y me miró de nuevo—. Esa cicatriz de tu costado… Tiene años, ¿no? Te la hicieron cuando eras pequeño.
Vi en su expresión la misma angustia que cuando estaba tumbado en esa camilla. Pensé en que había estado casi desnudo ante ella; sin embargo, no había sentido vergüenza en absoluto. Solo… familiaridad. Porque ella estaba allí para cuidarme.
—¿Fueron los asesinos? —preguntó.
—Sí. Me la hizo el hombre que creí mi padre, por llamarlo así. Un error que solo volví a cometer una vez más, antes de matarlo. Las quemaduras, me las hicieron cuando me secuestraron y me torturaron.
La manera en la que me miró, hizo temblar mi corazón.
—Oh, por todos los dioses, no me mires con esa pena. Ya pasó, corté la cabeza de ese monstruo. Nunca serán tan fuertes como fueron. Solo… hormigas que se meten en la despensa y fastidian, pero que se aplastan con facilidad.
—Me topé con una de esas hormigas, hace nueve años, más o menos.
Me paré en seco; ella también lo hizo. Un par de chiquillos pasó corriendo entre nosotros. Sus risas rompieron el silencio. Una doncella, que debía de ser su niñera, le dijo algo a Anamkha, creo que pidiéndole disculpas, y se fue tras ellos.
—¿A un asesino de Ledaria? —dije con sorpresa—. ¿Tanto tiempo hace que ambos continentes están en contacto? ¿Cómo llegó hasta aquí?
—Por los túneles, como todos los demás. En un naufragio quizá.
Fue antes de que expulsásemos a los elfos oscuros.
De hecho, creo que a través de ese hombre tomaron contacto.
Él llevaba vagando largo tiempo aquí, pues conocía estas costumbres y estas lenguas.
Y… creo que estoy hablando de más. —Reanudó el paso—. Sí, he hablado de más.
—Espera. —La tomé del brazo, lo que en medio de la plaza abarrotada de gente era muy inconveniente, pero me dio igual—. Al menos dime cómo se llamaba.
Pegó los labios. Mi mano se deslizó por su brazo hasta tomar la suya.
—No me hará ningún daño conocer ese nombre, no puedes dejarme así.
—Socca —dijo al fin—. Tenía la mirada más fiera que había visto jamás; era lo único que podía vérsele tras el embozo.
—Socca… El padre de Penny —musité.
—¿Lo conoces?
—Solo lo vi por Ledaria. Tomó por la fuerza a la mujer que me crio y de su unión nació una… amiga. —Si es que podía llamarla así—. Dime que está muerto. En Ledaria, todos pensaron que así era, porque no se supo nada más de él.
—Lo está. —La mano le tembló, así como los párpados—. Aunque no olvido su voz ni cómo olía ni las cosas que me dijo. «Podré presumir de haberte dado muerte, durante el resto de mis días». Esa la escucho en el silencio de las noches.
—Pues me parece que estás muy viva. —Apreté su mano—. Así que, espero que esté presumiéndole a los gusanos sobre su fracaso.
Ella rio levemente.
—Deberías soltarme, todo el mundo nos está mirando.
—No voy a soltarte, no cuando estás temblando como una hoja por un mal recuerdo. —Tiré de ella hacía mí y la pegué a mi costado—. ¿Es que las rectas normas de Sigmarina no contemplan que un amigo consuele a otro? Además, siempre puedes soltarme tú.
—No, a lo primero. Y no quiero, a lo segundo. Me gusta cuando me cojes de la mano —dijo, con los labios apenas separados y los ojos en los míos. Ya sabía que mi azul era hipnótico para ella, pero su mirada fue más profunda que nunca—. Aunque no en público.
La apreté más contra mí y le eché el brazo por el hombro.
—Estás loco. —Se revolvió como un pez recién capturado, entre risas.
—No te escapes, Maes Ir.
Soltó una carcajada y echó a correr, tras liberarse de mí.
La seguí entre el gentío, cosa que fue muy mala idea.
Porque unos guardias se pensaron que estaba persiguiendo a la hermana del rey con propósitos deshonestos, y acabé con una decena de lanzas apuntándome al cuello.
Un corro de gente se arremolinó en torno a nosotros.
Alcé las manos y dije:
—Maes Ir y yo estábamos de broma. Somos amigos.
Solo uno de ellos pareció entenderme. Miró a Anamkha, parada a una decena de pasos, con los brazos cruzados.
—¿Lo conoce, Maes Ir?
—¿Yo? —Se encogió de hombros—. De absolutamente nada.
Las puntas de las lanzas se aproximaron a mi cuello. Casi vi mi vida pasar por delante de mis ojos. Recorrió la calle un murmullo de asombro, y otros viandantes se acercaron.
Estreché la mirada mientras sacudía la cabeza.
—Es verdad que las mayores traiciones vienen de los mejores amigos —bufé—. En cuanto pueda moverme, más vale que corras otra vez, y si te alcanzo… no te diré qué te pasará si te alcanzo.
Anamkha esbozó media sonrisa y le hizo un gesto a los guardias.
—Dejadlo, sí, es amigo mío.
Añadió algo más, creo que repitiendo la orden en otra lengua.
Se apartaron y pasé entre ellos. Me aproximé a Anamkha, mientras ella me miraba atenta, aún con los brazos cruzados y los restos de aquella sonrisa en los labios.
Chasqueé la lengua varias veces, negando con la cabeza.
De un solo movimiento, la pegué a mí. Las formas de su cuerpo se acoplaron al mío.
Aquel murmullo se hizo casi ensordecedor.
Escuché crujir los guantes de los guardias, señal de que estrechaban con los dedos las lanzas, quizá dispuestos a usarlas de nuevo.
Sin embargo, Anamkha los miró y negó con la cabeza.
—¿Qué haces? —dijo, aunque no se movió.
Acerqué los labios a su oreja. Ella tragó saliva.
—Lo prohibido siempre deja un regusto más dulce, pelirroja —susurré—, eso dijiste, ¿no?
—Eso dije.
—Pues espero que esto te guste, pero a ver cómo se lo explicas al ilustre pueblo de Sigmarina.
La besé en el cuello, leve y brevemente, pero lo suficiente como para que se formase un escándalo de proporciones descomunales. Luego me separé de ella, con media sonrisa, y eché a andar. No sé qué dijeron esas gentes, pero podía imaginármelo.
—Málakor… —la oí resoplar.
—Ese es mi nombre, sí. Tres sílabas, siete letras. —Giré la cabeza para mirarla por encima del hombro, con una media sonrisa guasona—. ¿Te gusta tanto como mis ojos, Anamkha?
Ella soltó otra de sus risas con los labios cerrados. Sus mejillas eran fuego.