Málakor 4 CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

De huevos, farfantes y cosas sencillas de la vida

Anamkha los saludó con sumo cariño y los invitó a sentarse con nosotros.

Sentí que agradecía su interrupción; yo solo pude sonreír con cara de circunstancias.

Ellos, como era de esperar, se apuntaron al momento.

Cerennis le acercó un taburete a su esposa y se preocupó de que estuviera cómoda.

Sentados todos, la tabernera trajo nuestras cervezas, y en tanto que ellos le pedían algo de beber y de comer, con una correspondiente conversación familiar de por medio que me importaba un pimiento, acerqué los labios al oído de Anamkha y le dije:

—Salvada por la campana, ¿eh, pelirroja?

—¿Salvada por la campana? —frunció el ceño—, no te entiendo.

—No entiendes la expresión o por qué lo digo.

Giró la cabeza y sus ojos se clavaron en los míos, sin reservas.

—Ambas cosas —respondió con suavidad.

—El bardo me contó, en una de sus cartas, que hubo una época en que la gente parecía morir, pero no moría en realidad, y corrió el miedo a enterrarse vivo.

Anudaban una cuerdecita al dedo del muerto que se conectaba con una campana que estaba en la superficie y así, si el muerto no estaba muerto, podía hacerla sonar.

De ahí la expresión de «Salvado por la campana».

Un tal Edalpoe, de quien me ha hablado varias veces porque le gusta mucho lo que escribe, escribió un relato referente a enterrarse prematuramente.

Quizá te interese saber que es, exactamente, lo que he pensado hacer con Cerennis cuando ha interrumpido nuestra pequeña charla.

Esa en la que ibas a decirme quién era ese niño.

—Es una curiosa historia, y no sé de dónde te sacas que iba a decirte nada. Es mi pasado y, por ende, no puedo hablarte de él.

—Pues déjame tocar otra vez el medallón.

—¿Que te deje tocarle el mejillón? —dijo Cerennis, con voz de pasmo.

Lo miramos a la par, y allí estaban él y su esposa, bebiendo de una jarra mientras nos miraban.

—Deberíais guardaros esas cosas para cuando estéis en privado —comentó el librero.

—Maes Ir —dijo la mujer, que tenía un rostro dulce y unos ojos vivaces de color marrón—, no sabía que él y tú…

—He dicho medallón —interrumpí—. Pero ¿por qué decís eso? ¿Qué pasa con los mejillones en Sigmarina que tienen que ser un asunto privado?

Ellos se miraron, y el librero rompió a reír el primero.

—Déjalo —me dijo Anamkha—, puedes vivir sin saberlo. ¿Qué tal va todo, Ursa?

—Bueno… —se frotó la barriga sobre las ropas—, estoy un poco nerviosa. Dicen que el primer parto siempre es el más difícil.

—No necesariamente —contestó Anamkha—. No es que sea experta en ello, y aunque he oído que suelen durar más, y que pueden darse mayores complicaciones, también he oído que todo depende de la mujer, del momento…

De un montón de cosas. Te recomiendo que no le des muchas vueltas, que te prepares lo mejor posible y nada más. Todo irá bien.

¿Por qué cuándo Anamkha decía esas palabras, realmente parecía que todo fuera a ir bien? ¿Qué poder tenían en sus labios? O… en mis oídos cuando venían de ellos.

—¿Para ti fue difícil? —le preguntó la mujer.

—No, en absoluto, fue maravilloso.

Ni por un instante la creí. Empezaba a aprender a leer en sus ojos y vi en ellos una expresión que decía todo lo contrario. Anamkha había mentido para animar a Ursa, y con eso bastaba.

—Ya verás como lo será también para ti —agregó después.

Ursa sonrió de oreja a oreja, miró a su esposo y soltó un suspiro de calma. Él la besó en la mejilla comedidamente. Esa regla de no tocarse, supuse, no aplicaba a los matrimonios, aunque no pudieran darse muestras de afecto demasiado efusivas, al parecer.

—Seguro que sí. —Él me miró después con un interrogante—. ¿Eres padre, Málakor?

—Soy tío. De momento, me es más que suficiente.

—Ah, el niño al que le gusta leer. —El librero sonrió—. ¿Cómo se llama?

—Xelirian.

Se miraron entre ellos.

—Es un nombre hermoso, ¡¿qué significa?! —preguntó Ursa.

Miré a Anamkha, que era la que sabía de aquella lengua.

—En la lengua de Arath quiere decir «El que siempre sonríe» —indicó ella.

—Estás de broma —dije, casi enfadado.

Ursa y Cerennis, que se habían lanzado a comentar lo hermoso que era, no se percataron de mis palabras, pero la pelirroja sí. Noté su mano sobre mi rodilla, bajo la mesa. La apretó, en un gesto que buscaba calmarme. Puse la mía sobre la de ella, para apretarla también.

—Si tenemos un niño, lo llamaremos así —dijo entonces Ursa—. Si es niña, se llamará como tú, Maes Ir: Bendecida por el destino.

Eso me había dicho ella que significaba su nombre, tiempo atrás. «¿Y es así?», le había preguntado yo. «Lo será si puedo salvarte», contestó.

Anamkha les sonrió con cariño y les dijo que no hacía falta, pero ellos insistieron. Luego, se pusieron a hablar sobre sus planes para la tarde. Él iría a LA librería; Ursa, a su trabajo en el mercado de flores.

—Aunque en unos meses tendré que dejar de ir, se me cansarán muchísimo las piernas.

—Es una suerte que yo dé los mejores masajes del mundo —dijo su marido.

Ursa le dio un codazo cariñoso, y él volvió a besarla en la mejilla. Fue hermoso ver aquella expresión de amor, de segundas oportunidades.

—¿Están las cosas más calmadas en el barrio, después del asunto de Zofi? —preguntó la pelirroja.

—Nos alegramos mucho por la niña, pero las desapariciones no han cesado. Esta mañana mismo ha desaparecido otro matrimonio —dijo el librero—. Habrá muchos más niños huérfanos, y eso es terrible.

—Pero matamos a la amantir —dije ceñudo—, ¿cómo es posible?

—Bueno, hay más criaturas en los bosques, y la gente sale mucho a ellos para recolectar.

—Yo creo que no, Maes Ir, creo que la gente se lanza a ellos por algo más.

—Cerennis se inclinó sobre la mesa. En un susurro, que nos obligó a inclinarnos también, dijo—: Todos los desaparecidos tenían problemas económicos, incluidos los padres de Zofi.

¿Y si alguien los está engatusando para que vayan al bosque?

Hubo un cruce de miradas entre nosotros, mientras sopesábamos lo posible de aquello.

—Se lo diré a la guardia —declaró Anamkha, tras un silencio.

El librero y su esposa le dieron las gracias. Esta última, tras suspirar con pesar, dijo:

—¿Y qué será de Zofi ahora? Una chiquilla sola, con tanta gente mala como hay por el mundo…

Saberla a salvo nos reconforta, aunque la muerte de sus padres nos entristece a todos.

Hemos puesto pendones grises en los balcones, en recuerdo de ellos, y la ceremonia que el sacerdote de Kéleb ha oficiado en el cementerio ha sido realmente conmovedora.

Es una pena que la niña no haya podido asistir.

Su esposo le apretó el brazo.

—Seguro que le encuentran un hogar, Ursa, ¿verdad, Maes Ir?

—Sí. Aunque de momento se quedará en palacio, la cuidaremos bien.

Ellos asintieron complacidos; no perdí la oportunidad de lanzarles una importante cuestión.

—Me dijo Anamkha que había un tipejo por aquí que se dedicaba a engatusar a los niños para llevárselos a las minas; que no han podido encontrarse pruebas contra él y que por eso anda a sus anchas por Sigmarina.

—Ah, sí, Creston Corman. —Cerennis expresó el asco que le daba haciendo el mismo gesto que si fuera a vomitar—. Es un tipo despreciable, pero sabe atar bien sus cabos.

—¿Dónde vive? —inquirí, crispando los dedos contra la jarra.

—No se lo digáis. —Anamkha les hizo un gesto para frenarlos—. Si se lo decís, se meterá en un lío.

—¿En un lío? Será él quien esté en un lío cuando vaya a verlo. Literalmente, liaré sus huevos alrededor de su garganta.

Ursa y Cerennis me miraron pasmados. Anamkha carraspeó incómoda.

—¿Sus huevos? Él… no es una gallina —dijo la primera.

—En Sigmarina la gente no se refiere a eso —la pelirroja me miró la entrepierna fugazmente—, como huevos.

—Son los saquitos que le cuelgan a tu marido, de donde ha salido parte del hijo que vas a tener, Ursa. Y después de que visite a ese tal Corman, te juro que no volverá a molestar a ningún crío más.

—Por todos los dioses. —Ella se tapó la boca, y prorrumpió en risas.

Las carcajadas de Cerennis retumbaron también en la posada. Levantó la jarra y dijo:

—Ese farfante vive dos casas más abajo de la mía. Su puerta tiene las aldabas con forma de cabeza de carnero. Espero que le líes los huevos bien liados. A ver si así aprende. —Brindó después en mi honor y dio un trago largo.

Imité su gesto.

—Cerennis… —regañó Anamkha.

—Pelirroja, ríndete a las circunstancias y brinda con nosotros, anda.

Renegando, lo hizo; Ursa también se nos unió y dio un largo trago a su zarzaparrilla.

—¿Farfante es un insulto? —pregunté después.

—Sí, es… como fanfarrón —dijo mi amiga—, quizá eso lo conozcas.

—Una palabra nueva para mi amigo el bardo. Le encantará.

Después de eso, y hasta que apuramos las bebidas, charlamos de cosas sin importancia.

Él contó algunas anécdotas del negocio; Ursa, del suyo.

Anamkha nos habló del último de sus viajes al sur.

Los escuché atentamente, sin decir mucho, porque tampoco sabía de qué hablarles.

Si les narraba las anécdotas de mi negocio, tendría que mencionar unas cuantas muertes o situaciones de peligro.

Si hablaba de mi último viaje, tendría que hablar de dragones.

Así que, bebí, sonreí y, de vez en cuando, dije alguna tontería.

A ratos, también, me perdí en mis pensamientos.

Esos que me decían que, algún día, cuando las batallas terminasen, todas mis tardes serían como aquella, disfrutando de las cosas sencillas de la vida que son, igual que los pequeños detalles, las más importantes.