Málakor 4 CAPÍTULO 45 #3
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CAPÍTULO 45 #3

—No… —dijo entre risas—. Muy contento. Creo que merece la pena que se lo digas. A los amigos hay que decirles las cosas bonitas, porque un día los pierdes y jamás vuelves a verlos. —Dio un trago a su jarra, hasta que la apuró. Luego de dejarla en la mesa, colocó la mano al lado y dijo—: ¿Nos vamos?

—No. —Puse la mano sobre la suya—. Quiero que me hables de esos amigos que perdiste.

—Es parte de mi pasado.

—No me digas cómo murieron, ni quiénes fueron. Solo lo que más echas de menos de ellos. Quiero… conocer esa parte de ti.

Soltó un suspiro y agachó la mirada unos instantes antes de responder:

—Echo de menos todo de ellos. Hasta la tontería más ínfima. Hasta la manera en la que se reían… o sonreían. Hasta el modo en que callaban. Todo.

—Todo —musité.

—Exacto, todo. Cuando quieres de verdad, añoras hasta las pequeñas cosas del otro.

No solo los actos más grandilocuentes de su existencia ni las batallas que libraron a tu lado, esas que ahora están escritas en los libros.

Las pequeñas cosas que los componen y los hacen ser quienes son.

Y las pequeñas cosas que eres cuando estás con ellos, y que nadie más ve.

La miré a los ojos, en silencio, o al menos en nuestro silencio particular, mientras pensaba en sus palabras y en lo que para mí significaban en ese momento.

—¿Qué piensas? —preguntó.

—En lo mucho que ha cambiado mi vida como para poder comprender en profundidad el sentido de tus palabras. Si me las hubieras dicho años atrás, no las habría entendido igual. No como si llegasen directamente a mi corazón.

Llevé su mano a mi pecho y la coloqué en el centro.

El peso de su dedo corazón cayó sobre la piedra del colgante, que estaba bajo las ropas.

Anamkha miró a un lado y otro, yo también lo hice.

Todos estaban a lo suyo, perdidos en sus risas, sus conversaciones, sus juegos de dardos y sus bebidas.

Tomó mi mano y la puso en el suyo. Noté el colgante bajo su vestido, en la palma.

—Han llegado a tu corazón porque han salido del mío —dijo ella—. Es así de simple.

—Y así de importante.

Noté un cosquilleo en la palma, tan intenso que me hizo mirar allí. Se volvió fuerte, de golpe, me subió por la muñeca, el brazo y el hombro a toda velocidad hasta llegar al pecho. Entonces se transformó en una sensación cálida. Miré a Anamkha, con sorpresa; sin embargo…, no estaba en la taberna.

Caminaba por un bosque frondoso, de esos en los que la luz apenas se cuela y los árboles tienen los troncos teñidos de musgo.

Parecía más joven, tal vez diez años menos, porque sus rasgos aún guardaban cierta expresión aniñada.

Llevaba en los brazos una tela abultada que envolvía algo. ¿Algo? No, llevaba un bebe.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —dijo ella, que miró tras su espalda un segundo.

No sabía con quién hablaba, porque solo la veía a ella, pero una voz masculina, quizá de un hombre joven, contestó:

—Dos horas hasta que caiga la noche.

—No sé si llegaremos a tiempo de ponerlo a salvo.

—Anamkha llevó la vista al bebé, al que oí soltar un quejido que amenazaba con volverse llanto.

Metió la mano en la tela, quizá para acariciarle la mejilla o hacerle algún gesto de consuelo—.

No…, no llores, no quería decir eso. Seguro que llegamos a tiempo.

Ya lo verás. Beril né veril, pequeño. Todo irá bien.

Vi una mano pequeña y regordeta emerger de entre aquella tela. Sus deditos se posaron en el colgante de la pelirroja. Ella sonrió y el llanto del chiquillo se volvió risa.

Entonces, regresé a la taberna tan abruptamente como había salido de ella.

—¿Qué demonios ha sido eso? —Me puse en pie tan aprisa y descontroladamente que volqué el taburete.

—¿Qué has visto? —preguntó ella—. Los ojos se te han puesto del color de mi medallón.

Miré a mi alrededor, confuso. En esa visión, ella aún no había sufrido las heridas de su rostro.

—A ti, en un bosque, con un niño en brazos. Eras más joven. ¿Era tu hijo? Has dicho que no sabías si llegarías a tiempo de ponerlo a salvo.

Aquello la puso particularmente nerviosa, tanto que se levantó también.

—No, no era Altaxio.

—¿Entonces eso que he visto sucedió de verdad?

Anamkha asintió.

—¿Y quién era ese niño?

—¡Maes Ir!, ya me han dicho que estabas por aquí, ¡qué alegría verte!

Aún no sabía quién nos había interrumpido, pero ya quería matarlo. Me giré y vi a Cerennis y a su mujer. Él recogió el taburete del suelo, lo colocó bien, le dio dos palmaditas a la superficie y nos miró con una sonrisa.

—¿Enseñándole a Málakor la mejor taberna de todo Sigmarina?

Apreté los labios, tratando de contener las ganas de pedirle, amablemente, que se fuera.

Siendo que amablemente era cogerlo del cuello de la blusa y sacarlo de allí.

Pero había una mujer gestante, con cara de simpática, presenciándolo todo, y no quería que el niño naciera en esa misma taberna.

Eso quizá condicionaría bastante su futuro.

Se haría tabernero, o bardo o… borracho.

O una desgraciada combinación de las tres.