Málakor 4 CAPÍTULO 45 #2
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CAPÍTULO 45 #2

—Como quieras. —Se encogió de hombros y dejó el dardo al lado de las jarras de cerveza—. Sería buena idea enseñarte, al menos algo básico, igual que a montar a caballo. Estarás aquí seis meses, tienes que aprovecharlos. Además, disparar te ayudaría a recuperar tono muscular en el brazo izquierdo.

Me rasqué el cogote con la mano izquierda. Al hacerlo sin notar incomodidad, suspiré feliz.

—Entrenar estos meses no es mala idea, y los aprovecharé, sí, para empezar, ganándote.

Lancé el dardo, que impactó en el centro de mi diagonal, junto al otro. Fui a buscar ambos y se los puse en la mano a la pelirroja, con gesto triunfal.

—Te toca, Maes Ir.

Ella esbozó media sonrisa. Se colocó para dispararlos. Fui a dar un trago a la cerveza, pero me quedé con la jarra en los labios, pasmado. Los lanzó muy rápido e impactaron en el escaso espacio que quedaba en el centro.

—Abusona… —Chasqueé la lengua.

Se echó a reír y recogió los dardos.

—¿Quieres jugar otra?

—Querrás decir que si quiero que sigas humillándome.

—En realidad, te he dado bastante ventaja.

Levanté una ceja.

—Encima con recochineo. Algún día encontraré algo en lo que sea mucho mejor que tú, y jugaremos a ver quién gana.

—Seguro que hay un montón de cosas en las que eres más bueno que yo. —Dio un trago mientras me miraba.

—¿Por qué estoy pensando en que eso tiene doble sentido?

—Porque lo tiene —dijo, y soltó una carcajada.

—No tienes remedio… —Reí también.

Después de brindar, dejamos el gathan y nos acomodamos en una mesa alejada. Estábamos sentados en taburetes altos, el uno al lado del otro. Taburetes que, por supuesto, no estaban de espaldas a la puerta de la taberna. No os olvidéis nunca de eso.

—¿Tu negativa a aprender tiro con arco es definitiva? —me dijo al poco, tras pedir otra ronda.

—No… —claudiqué, sabiendo que podría traerme ventajas—.

No estaría de más saber colocar una flecha en su sitio, así que podrías enseñarme lo básico; pero lo mío son las dagas, pelirroja, o las espadas.

Ahora puedo volver a usar las dos manos sin sufrir por ello.

Me gustaría entrenarme para pelear con dos espadas, como algunos mercenarios de Paltia.

Una corta y otra larga. He visto hacer maravillas con eso.

Habría querido aprender de ellos, pero… —me miré el brazo, con pesar—, me costaba cargar con el peso de una espada.

—Ya no. —Posó la mano en él.

—Qué descarada, Maes Ir, ¿no ves que estamos en público?

—Calla. —Entre risas, apartó la mano. Tomó la jarra de cerveza, miró a todas partes, y luego dijo—: Tengo a la persona indicada para eso. Alian Khabyr, el capitán de la guardia del rey.

—¿Ese con el que tu hermano piensa que te estás liando?

—No me estoy liando con él. Ni me he liado ni me liaré, ¿estamos?

—Si a mí me da igual con quién te líes. —Me encogí de hombros—. Mientras que no sea un tipo estúpido que te haga daño. Entonces lo sentiré mucho por él y por ti, porque tendrás que ir a su funeral.

—Lo que te gusta amenazar a gente. No estás en tus cabales.

—Nunca dije que estuviera en mis cabales. En fin, continúa hablándome de ese tal Khabyr con el que no te estás liando, ni te has liado ni te liarás.

Soltó una risa con los labios cerrados.

—Entrena a algunos cadetes. No es su trabajo, hay otros maestros, pero le gusta hacerlo en sus ratos libres. No puede vivir separado de su espada.

—Tiene todos mis respetos.

—A ver si sigues diciendo lo mismo cuando te entrene. Es… duro. Eficaz, sí, pero terriblemente duro.

—Si voy a aprender cosas de él, no me importa que lo sea. Mientras no me torture ni me obligue a matar a otros, como en Ledaria, me es suficiente.

Una tabernera, que pasaba cargada de cervezas a nuestro lado, ahogó un grito de asombro y dio un respingo que casi manda al traste su preciada carga. Anamkha y yo la ayudamos a mantener la estabilidad. Entretanto, mi amiga le dijo:

—Discúlpalo, mi amigo es bardo y está preparando su próxima actuación. Una balada épica.

Abrí mucho los ojos.

—¡Ah, un bardo! —A la tabernera se le notó el entusiasmo hasta en los pelos de la nariz—. Deberías subir a la tarima a cantarnos algo. Los que iban a venir hoy, han fallado, y esto está triste sin nadie que lo amenice.

—Eh…

—Oh, vamos, no te puedes negar —dijo la pelirroja.

Estreché la mirada, puesta en ella.

—Mejor otro día —agregó después—, hoy tiene la garganta fastidiada. ¿Nos pones dos cervezas más? Nos queda poco en estas.

—Claro que sí, Maes Ir, lo mejor para nuestra más querida princesa.

Se marchó casi dando saltitos, aun a riesgo de tirar su bandeja.

—¡¿Un bardo yo?! La maldad te consume, princesita —le dije a Anamkha, con retintín.

—De los pies a la cabeza —respondió con la misma expresión que una chiquilla feliz de su trastada—.

Entonces ¿qué? ¿Quieres que vayamos a ver a Khabyr?

Te defiendes bien, pero no todo lo bien que te permitiría tu potencial, que es mucho.

Además, él ha luchado antes contra seres de la Oscuridad, te enseñará cosas sobre ellos.

—¿Él combate con dos espadas?

—Es el mejor con ellas. También sabe cómo usar un escudo, por si es de tu interés.

—No me vendría mal refrescar viejas lecciones. —Solté la jarra y me miré las manos. Solo de pensar que tendría pronto dos armas en ellas y que podría usarlas con total libertad, se me hicieron agua los ojos.

—Pero, Málakor, ¿qué te pasa?

—Alergia a perder a los dardos… —Me sequé las lágrimas con el dorso de las manos.

—Lo que voy a empezar a pensar es que me tienes alergia a mí.

Levanté la mirada hacia ella. Con franqueza, le dije:

—Jamás podría tenerte alergia. Sería como si el fuego le tuviera alergia a las cenizas.

—Pero ninguno somos cenizas. Los dos somos fuego. Llamas gemelas de fuego.

— Llamas de la destrucción… , no sé qué más.

Anamkha prorrumpió en risas.

—Por todos los dioses, jamás te la aprenderás.

—Es que no me la has cantado entera. Si me la voy a aprender, no pienso aprenderme solo un trozo. Soy un hombre ocupado y eso sería una gestión poco inteligente de los recursos. Si aprendo algo, que sea de una vez.

—Ya, claro, excusas. Además, no pienso cantarte. No quiero que te burles de mí igual que te burlas de tu amigo Hach.

—En realidad, cuando canta, suena muy hermoso, y ahora está haciendo cosas asombrosas con su música, pero no quiero decirle que, cada vez que canta, me siento en un lugar seguro, porque entonces se pondría pesado. Además, solo me pasa con él, no con el resto de bardos.

—¿Sabes que se pondría también?

—Insoportable.