CAPÍTULO 45
De un mal sueño, dardos bien lanzados, un bosque y un bebé
Si en el dolor nos hacíamos fuertes, de aquella me habría hecho invencible.
Sin embargo, cuando recuperé la consciencia y me vi ya vestido, tendido en una camilla distinta de una habitación también diferente, sentí que había merecido la pena.
No había dolor, tampoco dudas. Me hallé en un estado de paz como pocas veces había sentido.
Miré hacia la derecha y vi a Anamkha. Estaba sentada en una silla, con los ojos cerrados, las manos sobre el regazo y la cabeza apoyada en la pared.
Roncaba plácidamente. Tenía un aspecto adorable, como si fuera un ser inofensivo que no tuviera la capacidad de matar a punta de flecha o espada ni hubiera vivido todas esas cosas que callaba pero que reflejaba su mirada.
No quise despertarla, aunque sentí la urgencia de salir de allí y correr, saltar, trotar y subirme por todos los tejados de Ardacia para ver cómo me sentía sin aquel dolor.
De coger una espada y cercenar cabezas con más fuerza que nunca.
Sonreí, mirándola un poco más. Se frotó la nariz en medio de su sueño.
Luego, se acurrucó hacia la derecha. A nadie le gusta que lo observen mientras duerme, así que dejé de hacerlo.
Clavé la mirada en el techo, recordando las runas.
Me pregunté de dónde vendría el don de Florian y cuáles habrían sido sus vivencias.
Si había vivido siempre en Sigmarina o si había llegado de algún lugar lejano, como yo, o quizá no tanto.
Estaba sumido en esos pensamientos cuando la voz de Anamkha me despertó.
—No lo hagas —musitó.
La miré de golpe, preguntándome si me hablaba. Sin embargo, seguía con los ojos cerrados y su expresión era de dolor.
—Déjame salir de aquí, por favor. —La voz se le quebró, y se encogió sobre sí misma.
Salté de la camilla, tan rápido que me mareé al hacerlo. Frente a ella, me puse de rodillas y la tomé de las manos.
—Anamkha —llamé suavemente.
Por sus mejillas se deslizaron dos lágrimas gruesas, que cayeron sobre mis dedos.
—No…
Un espasmo la sacudió por completo. Su pesadilla debía de ser horrible. No supe qué hacer, así que, cuando gritó de puro dolor, lo único que se me ocurrió fue abrazarla con fuerza. Igual que mi madre hacía conmigo cuando un mal sueño me embargaba.
—Estoy aquí, pelirroja, no pasa nada. Estoy aquí.
Rompió a llorar, temblando en mis brazos, aunque sin tomarme entre los suyos. Escondió la cara en el hueco de mi cuello. No sabía si aún dormía o no, pero seguí abrazándola.
—Solo es un mal sueño —le dije—, solo eso.
Soltó otro grito de espanto. En otro lugar, quizá habría venido ya alguien alertado por él; en ese, probablemente debían pensar que alguien estaba en manos de Florian.
—Estoy aquí —repetí, apretándola un poco más—. Despierta, por favor. Nadie puede hacerte daño mientras yo esté aquí. Te lo juro.
Su respiración cambió, se hizo un poco más reposada. Luego retembló.
—Málakor —susurró, desesperada, aferrando las manos a mi espalda—, estás aquí.
—Estoy aquí —dije, y la apreté más.
Inevitablemente, me acordé de Leyla. De cuando me habló de Lúdric y me dijo que se despertaba gritando a menudo por culpa de él.
Del mismo modo que le había sucedido a Anamkha, aunque yo no supiera por qué o por quién.
La exploradora me dijo que miraba la llama de una vela toda la noche.
La promesa que le hice, y que no había cumplido, me pesó más que nunca.
—Aunque no sé por cuánto tiempo estaré, ni si estaré para siempre —le dije entonces a Anamkha—, pero estoy aquí y ahora y, mientras esté, te abrazaré siempre que esto pase. Aunque espero que no pase mucho, porque no me gusta verte así. Mírame, por favor. Quiero secar esas lágrimas.
Caían sobre mí cuello y las ropas, notaba su humedad. Eran un río. Ella no dijo nada. Ni se movió. Solo permaneció abrazándome, aunque sus manos, poco a poco, disminuyeron la presión.
Más allá de su cada vez más pausada respiración y la mía hubo un denso silencio.
No duró mucho, porque alguno de los pacientes de Florian soltó un espeluznante alarido que le salió entre dientes, pues debía de estar mordiendo un palo.
Miré a todas partes, por si veía el que me habían dado a mí, hasta que lo noté en mi bolsillo.
No sabía qué hacía ahí, pero me sirvió. Metí la mano a tientas y lo saqué.
—¿Quieres morder el palo? —le pregunté a Anamkha.
Se apartó de mí y me miró extrañada, con los ojos enrojecidos.
—¿Por qué iba a morder el palo? —preguntó entonces.
—Por nada. Solo quería que me mirases.
Se rio, quizá pensando que era tonto de atar. Le sequé las lágrimas con el filo de la capa.
—¿Ves? Así es mejor.
—Guarda el palo —dijo con la voz rota por los sollozos—, tienes que llevarlo al templo de Thaliz, como ofrenda.
—Lo haremos, pero ahora dime: ¿qué estabas soñando?
—Nada.
—Pues ese nada te da mucho miedo.
—Sí, y… gracias por abrazarme.
—¿Algún día podrás contármelo?
—Algún día.
Me puse en pie y le tendí la mano.
—Vamos a tomar una cerveza, ¿quieres? —sugerí.
—¿Lo arreglas todo tomando cerveza?
—Casi todo. ¿Crees que lo tuyo entra en ese rango de cosas?
—No, pero tengo sed. —Cogió mi mano.
Cuando tiré de ella, la inercia la pegó a mi pecho.
—Mucha sed —dijo, con la mirada clavada en la mía.
La garganta se me secó de golpe. Por su cercanía, sus palabras…, por qué sé yo.
—Me miras de una forma que… Es como si quisieras meterte en mis ojos —dije.
Sus mejillas se pusieron del color de su pelo.
—Perdona, es que nunca había visto un azul igual, parecen hechos con agua de manantial.
—¿No dijiste que eran como el mar de Erisias?
—También. Al fin y al cabo, son los ojos del hijo de la Diosa de las Aguas. Quizá por eso, además de azules, brillan tanto. Debe ser que llevas en ellos el sol.
—Ahora entiendo eso de que se te dé bien cantar, eres medio bardo…
Ella rompió a reír, sacudiendo la cabeza. Me rodeó y abandonó la habitación. Me quedé pensando en cómo me había latido el corazón al escucharla decir eso; en cómo había bromeado solo por ignorar esos latidos.
Después de dejar el palo en el templo de Thaliz, como ofrenda, fui con ella a recorrer algunas tabernas de Sigmarina. Igual que la otra vez, el tiempo pasó tan rápido que casi ni me di cuenta. Sentía mi cuerpo distinto, más ligero, y eso también se notó en mi ánimo.
—Nunca pensé que este viaje imprevisto a Sigmarina me traería tantas cosas buenas —le dije, mientras jugábamos al gathan.
Era cómo llamaban allí a los dardos. Tenía un funcionamiento parecido al sistema de Luara, solo que la diana era como un tablero de ajedrez y se ganaban puntos por impactar en tu color.
Si lo clavabas en el del otro, perdías puntos.
En el centro, el cuadrado se dividía diagonalmente en dos colores, y esa era la diana.
Era tan pequeño que arriesgarse a clavar nada allí, sin darle puntos al contrincante, se convertía en una proeza.
La pelirroja, como era de esperar, iba ganando.
Lanzó el último de su tanda, que impactó en su color en la diana, y dijo:
—Me alegra que te tomes tan bien tu derrota.
—Una derrota en una batalla no es la derrota en la guerra, deberías saberlo, listilla, y hemos dicho que ganaría el mejor de cinco —respondí.
Estábamos al fondo de una taberna llamada El Ciervo Blanco.
Había cuadros de aquel animal por todas partes, en todas las técnicas, hasta en los frescos del techo y en las molduras de la pared.
Ciervos blancos con damas de largos vestidos; ciervos blancos con caballeros de brillante armadura; ciervos blancos en lagos, montañas…
Era repetitivo pero bonito. Según me contó Anamkha nada más entrar, era de unos primos de Cerennis, que venían de una familia que tenía el ciervo como insignia.
Me contó también que el librero solía andar por allí a esas horas.
Sin embargo, aunque, llevábamos allí un buen rato, aún no lo habíamos visto.
En cualquier caso, lo importante era que servían buena cerveza y el ambiente era agradable.
Lo mejor de todo: no había bardos tocando, solo el ruido de las risas y las conversaciones.
—Te he ganado dos rondas de tres. —Fue a recoger su dardo del tablero.
—Pero no tres de tres. Aún estoy a tiempo de remontar.
Anamkha tiró del dardo y regresó a mi lado, mirándome con gesto desafiante. Una vez junto a mí, señaló la diana con la cabeza y acercó los labios a mi oído.
—Adelante —susurró.
El aire de su boca me cosquilleó el cuello. Me mordí el labio inferior, apretando el dardo con demasiada fuerza. Solté luego un carraspeo.
—¿Intentas ponerme nervioso, pelirroja?
—Pensé que haría falta mucho más para poner nervioso a un hombre como tú.
Me entró una risa floja, bastante tonta, y un calor raro en la punta de las orejas.
—Pero ya veo que no —agregó ella con voz pícara.
—Qué mala eres. Remontaré, ya lo verás. Por más que me pongas nervioso. —Medí bien la fuerza, la distancia… Solté el dardo, que se clavó en la diana—. ¡Toma! ¿Ves como no las tienes todas contigo?
Cogió su jarra de cerveza, que reposaba junto a la mía en una mesa alta a nuestro lado, y negó con la cabeza.
—Felicidades, reconozco que tienes buena puntería —dio un trago—, ¿has tirado con arco alguna vez?
—No.
—Pues deberías hacerlo.
Me entró una risa descomunal.
—Estás loca si piensas que voy a coger un arco alguna vez, no quiero usar nada que tenga que ver con los comehierbas.
—Lancé el siguiente dardo, que rebotó en el corcho y se perdió entre unas banquetas cercanas.
Chasqueé la lengua y dije—: Si quiero un arco, ya te tengo a ti, que eres un arco con patas. O a la exploradora.
—¿Y si no estamos ninguna? —Anamkha fue a buscarlo—. En caso de emergencia.
—En caso de emergencia, lanzo una daga. ¿De dónde te crees que me viene esta puntería? No es de jugar a los dardos en las tabernas.