CAPÍTULO 44 #2
Anamkha ya estaba de nuevo junto a la camilla.
Sonreí, para calmarla, y aunque me correspondió, su sonrisa fue apenas perceptible.
No me dio tiempo a expresar mucho más, porque el brillo de una de esas runas me dio en los ojos, obligándome a cerrarlos.
Al abrirlos, vi que el maestro tenía las palmas de las manos sobre el antebrazo izquierdo.
El azul de sus iris centelleaba al tiempo en que lo hacía la runa del techo.
Cerró y abrió los párpados, y sus ojos recuperaron la normalidad.
—Tenemos un problema —dijo el hombre entonces.
—¿Qué problema? —La pelirroja apoyó las palmas de las manos en la camilla, al lado de mi costado y se inclinó un poco para mirarme. Las puntas del cabello que recogía su trenza me bailaron sobre el pecho y el vello se me erizó al sentirlas.
—Eso, qué problema… —dije, pidiéndole mentalmente a mi cuerpo que se calmase.
—Puedo sanar esta herida, desde luego; sin embargo, hay un nudo de energía divina en ella que también se desharía. Una diosa ha puesto un don sobre ella.
De golpe, vinieron tantas cosas a mi mente…
El acantilado de Driene, allá donde desperté después de casi perecer en el mar, tras los sucesos de Ledaria.
La conversación con Azani, donde tanto se me reveló.
Había pasado mucho tiempo, sucedido muchas cosas, pero jamás olvidaría esa noche en la que mi vida entera cambió.
Más aún. Porque descubrí que era hijo de Even, que mi benefactora era una diosa, así como muchas otras cosas.
—Azani… —musité perdido en el asombro de tal revelación.
«Necesito saber que estás bien», había dicho Azani, cuando aún no sabía que lo era. «Estoy todo lo bien que un hombre puede estar en mis circunstancias», fue mi contestación.
—Es la energía de Yssal. Y me temo que tendrás que tomar una decisión, muchacho —dijo el anciano.
—¿Puedo saber qué está pasando? —preguntó Anamkha.
—Hace años, la diosa apoyó la mano en mi hombro y sentí un cosquilleo que descendió brazo abajo hasta la herida.
Todo el dolor desapareció de golpe. Cuando le pregunté qué había sido eso, me dijo: «Un regalo.
Ya tienes bastantes preocupaciones como para sumar el dolor» —expliqué—.
Pero ella no solo me quitó el dolor, impuso sobre la herida la capacidad de anunciarme la cercanía de mis peores enemigos entonces: los asesinos.
Aunque me costó relacionar ambas cosas. Pensé que solo era a causa de la piel, que se estiraba o algo así.
—¿Los asesinos? —Florian frunció su velludo ceño—. ¿Esos mismos que tienen tratos con los elfos oscuros, Maes Ir?
Ella asintió.
—Espero, de igual modo, que te haya sido de utilidad —dijo él tras resoplar suavemente—. Sea como fuere, has de tomar una decisión.
—Ya me podría haber tocado una buena herencia, como a Darcy, y no la constante de tomar decisiones día sí día también.
—Mientras las tomes con el corazón, no deberían de preocuparte —dijo él—. Y esta has de tomarla así, pues si sano esa herida, mi don diluirá el que la diosa te dio.
—¿Tienes más poder que ella? —inquirí extrañado.
—Eso jamás. Pero dos energías tan densas no pueden ocupar el mismo espacio, y debes elegir con cuál quieres quedarte. Es tu decisión, no mi poder.
Los miré a uno y a otro, confuso.
—¿Qué hago? —musité—. Sentir la cercanía de esa gente me pone alerta, podría sernos útil en la guerra que se avecina.
—¿No crees que es más útil que puedas emplear toda la fuerza de tus brazos? —Anamkha me tomó de la mano—. Tu guerra con ellos no ha acabado, pero la que estás por librar con otros seres, de incluso peor calaña, requerirá de todo tu ser.
—¿Las fuerzas del Señor del Mal? —dijo Florian, a lo que ella asintió—. Entonces sí, necesitas todas tus fuerzas para salir victorioso de ella. Sin embargo, es tu decisión, Málakor, de nadie más.
Anamkha me apretó la mano, y correspondí a ese gesto, mirándola a los ojos.
Quizá mi herida me pusiera alerta sobre la cercanía de mis enemigos, pero me restaba potencia para acabar con ellos.
¿De qué me servía si no podía hacerles todo el daño que merecían?
¿De qué, si vinieran a borrar la sonrisa de Anamkha, la de Xelirian, la de Hach, la de todos mis amigos? Necesitaba estar al ciento por ciento.
—Elijo… —Tragué saliva, con aquella decisión conjurándose en mi garganta como espesa miel—. Elijo sanar.
—Muy bien —respondió el maestro con una sonrisa—. Espero que me perdones, porque esto te va a doler. Anamkha, trae… ya sabes qué.
Ella me soltó y fue hacia una de las vitrinas. Sacó de ella un frasco, que sostuvo en la mano derecha. En la izquierda llevaba un trozo redondo de madera.
—Bebételo, y luego muerde esto —dijo tras regresar a mi lado—. La esencia de Garten disminuirá un poco el dolor, pero no lo bastante. El palo…
—Ya sé para lo que es.
Había visto a mercenarios morderlo hasta partirlo a causa del dolor.
Medora me había dado una cuchara de madera en aquella casa de Ardacia, bajo el asedio de los muertos.
Una cuestión me asaltó entonces la mente, que formulé después de tomar aquella cosa.
No supo mal, pero me dejó la lengua y la garganta un poco rasposas.
—Una maga sanó muchas de mis heridas, ¿por qué siguen aquí?
—Seguro que era la primera vez que lo hizo, ¿no?
—dijo el hombre, que parecía tener el don de la adivinación también, o quizá solo eran sus muchos años de sabiduría.
Cuando asentí, explicó—: Algunas las sanó, sí, pero otras, más que curarlas, calló el dolor que sentías.
He notado la fuerza de su hechizo, aún perdura, así que será una hechicera poderosa si estudia su don convenientemente.
Casi la mandan a Átnika por, prácticamente, hacer las cosas a medias. Ni siquiera había roto del todo su regla. Supuse que en Rádamo aprendería a hacerlo mejor, y me sentí agradecido con ella igualmente.
—¿Estás listo? —preguntó el anciano.
Asentí y mordí la madera. Él puso las manos sobre mi antebrazo.
Yo, los ojos en los de Anamkha. Había en los suyos una fuerza y un ánimo que me ayudó a sobrellevar los nervios.
Sin embargo, aquella vez, Florian sí me tocó.
El dolor que sentí no se puede describir de ninguna de las maneras posibles, pero acabé perdiendo la consciencia.