CAPÍTULO 44
De Florian, huesos rotos y runas en el techo
Ante mí, un patio con una galería soportada por columnas, sobre la que se asentaban los dos pisos superiores, cuyo centro estaba repleto de vegetación.
Árboles y plantas llenaban el espacio de forma ordenada, en torno a una fuente.
Un par de gorriones se acicalaban sobre una rama.
Otros bebían al filo de la fuente. Los rayos de sol que se colaban en el espacio flotaban sobre el agua, igual que las ondas que los picos de los pájaros provocaban.
Aquí y allá había bancos, ocupados por gente de toda clase y edad.
Con algún libro, charlando entre ellos, todos con ropas de colores claros.
Aquel negro riguroso, que tanto había visto, había sido desterrado.
Me quedé parado tanto tiempo que, cuando salí de mi asombro, Anamkha y esa muchacha ya estaban en la esquina del corredor. La pelirroja me hizo un gesto y corrí para ir con ella.
—¿Dónde estamos? —pregunté asombrado.
—En la Casa de Sanación del Maestro Florian —respondió, y retomamos el paso con la doncella delante de nosotros—.
Como te dije, es experto en las heridas de guerra.
Ha tratado heridas como la tuya muchas veces, de esas que se han hecho viejas en el cuerpo, sobre las que los clérigos no tienen mucho que hacer.
—¿Tienen prohibido curarlas? —pregunté, pensando en lo que sucedía con Medora y su magia de sanación.
—No, pero igual que con todas las cosas que dependen de la magia, los sanadores que sirven a Thaliz y se proveen de su fuerza divina preservan el don para emplearlo en momentos concretos, situaciones de emergencia o cuestiones relativas a la Oscuridad.
—Comprendo. Para los magos de Luara está prohibido emplear magia curativa.
—Eso es desperdiciar el don que los dioses nos han dado. Solo hay que medir lo que hacemos con respecto a la magia, no imponer prohibiciones.
—Eso mismo podrían decir algunos del Ynsheran, ¿no? —susurré, en pos de que la doncella no nos escuchase. Sabía que esa cuestión no se pronunciaba a la ligera en Sigmarina.
—Eso dijo una vez alguien muy sabio —respondió ella, que esbozó una leve sonrisa.
—Tu hijo mencionó a su abuelo. ¿Fue él?
La pelirroja asintió y apresuró el paso, señal de que no quería o no podía hablar más del asunto. No insistí en saber más, estaba bien así, de momento.
Llegamos a una sala sencilla, con vistas al patio, en la que había gente vestida como esa chica, así como ciudadanos corrientes.
Algunos aguardaban, sentados en los bancos que se repartían por la estancia, con cabestrillos, piernas vendadas u otra clase de curas.
Al ver a Anamkha, cabecearon en señal de respeto.
La chica señaló a un banco, que ocupamos, y se marchó.
Frente a la puerta de entrada, había una por la que salían espantosos gritos de dolor.
Sentí tal escalofrío que la nuca se me inundó repentinamente de sudor.
—¿Están matando a alguien hay dentro? —le pregunté a la pelirroja en un susurro.
—Es probable —contestó con ánimo de guasa, en igual tono.
—No te burles —resoplé dándole un codazo—. No me hace gracia.
—A veces, para que un hueso sane correctamente, el maestro Florian tiene que romperlo de nuevo. Ya sabes lo que duele eso, ¿no?
—Sí, lo sé —dije llevándome la mano sobre el brazal de cuero—. Pero no tengo ningún hueso mal curado.
—No lo sabremos hasta que él no te vea. Florian tiene el don de ver a través de la carne. Así que lo sabrá con seguridad. Relájate y guarda silencio, tardará un tiempo en poder atendernos.
—¿Has dicho «Ver a través de la carne»?
—Shhh —se quejó uno de los presentes.
Levanté la mano en señal de paz y me removí en el asiento.
—Lo de guardar silencio lo veo fácil —dije—, lo de relajarme…
Anamkha, con disimulo, pasó la mano tras mi espalda y la frotó con gesto cariñoso. Si era su intención hacerme sentirme mejor, lo consiguió. Le dediqué una sonrisa, que correspondió, y luego aguardamos más de una hora. Me subía por las paredes cuando la doncella anunció que podíamos entrar.
La estancia a la que pasamos no era grande y estaba abarrotada de cosas.
Nada que fuese superfluo, solo mobiliario útil, estanterías con libros y vitrinas con frascos.
Había una camilla en el centro, vestida con blancas sábanas.
Tuve la impresión de que las acababan de cambiar.
De pie, ante una mesa esquinera, trasteando en un maletín de cuero, había un hombre que debía de tener cinco mil años al menos, a juzgar por las arrugas que lo vestían por todas las partes de piel visible.
Llevaba una túnica azul celeste y, cuando se giró para mirarnos, una sonrisa del tamaño de un sol en los labios.
—Maes Ir —fue hacia Anamkha y la tomó de las manos—, me alegro mucho de verte aquí, ¿a quién me has traído esta vez?
—Clavó sus pequeños ojos en mí, cuyos iris, de un azul casi translucido, brillaban—.
Ah, qué curioso ser ven estos viejos ojos.
Mira que sueles tener amigos raros, pero este es el más peculiar.
Peculiar es una buena palabra para definirme, así que no me enfadé.
Ella soltó una risa agradable, por lo bajo.
—Es Málakor.
—Ah, el hombre de tus sueños. En un sentido literal, no en ese que emplean los que están enamorados, claro. Al menos no de momento.
—Florian… —regañó ella.
Él soltó una risa ajada por la edad, a la par que las manos de ella.
Luego se encaminó hacia mí. Yo estaba tieso como una vela, con los nervios encogiéndome el estómago.
Sin embargo, cuando me tomó de las manos, se me fueron de golpe.
Desprendía la misma energía que Altaxio; de hecho, sus auras eran muy parecidas.
—Así que escudriñando mi energía —dijo como si lo percibiera, lo que me dibujó una expresión de desconcierto—. La tuya es buena también. No esperaba menos siendo tan amigo de la Maes Ir. Ven… —tiró suavemente de mí para guiarme hasta la camilla—, túmbate.
Miré a la pelirroja. Ella asintió, e hice lo que me pedían. Respiré profundamente, con la mirada en el techo. Había dibujados unos extraños símbolos, parecidos a las runas de los enanos.
—Pondré las manos sobre ti y me dirás cuál de esos símbolos brilla, o cuáles, ¿de acuerdo? —dijo el hombre.
Asentí, tragando saliva. Florian extendió las palmas de las manos y se acercó a mis pies.
Sin llegar a tocarme, fue pasando con ellas sobre mí.
Conforme ascendía fueron prendiéndose casi todos esos símbolos.
Tan brillantemente que algunos me deslumbraron.
Cerré los ojos y, al abrirlos, el maestro miraba hacia arriba.
—Por los Cuatro Dioses… —musitó Anamkha—. ¿Hay alguna parte de ti que no tenga heridas?
—Laceraciones, cicatrices, esguinces, huesos mal curados, quemaduras, inflamación, costillas astilladas… —El maestro me palmeó el muslo en un gesto cariñoso—. Es un muestrario de heridas dignas de estudio. Creo que, si no fueras quién eres, no podrías ni andar. Tu parte divina te protege.
No perdí el tiempo en sorprenderme porque lo supiera: ese hombre no era normal.
—Tendré mucho trabajo contigo, así que es una suerte que seas tan fuerte.
—¿Por? —pregunté ceñudo.
—Porque te dolerá muchísimo.
—¡Qué gran noticia! —resoplé, a medio camino de reírme.
Mi amiga me dirigió un gesto de ánimo.
—Pero será por una buena causa —anotó—. Aunque las cicatrices no se irán, eso desde luego, al menos ya no te molestarán tanto.
—Así es. —Florian se frotó la barbilla, en la que bailaban algunos pelos sueltos y blancos—. No obstante, sospecho por qué, exactamente, lo has traído, Anamkha. —Puso un dedo en mi antebrazo izquierdo—. Esto.
—Eso, sí —dijo ella—, le impide luchar con normalidad. Y necesitamos que esté entero.
—Bueno, entero… —Me miró el dedo, o más bien la ausencia de él, con los ojos brillándole por la broma—. Eso ya no podrá ser.
—Me has entendido. —Ella ladeó la cabeza con un regaño. Él soltó una risita divertida—. Visitaré a la maestra Meliana para eso. Pero ¿puede hacerse algo con lo del brazo?
Los miraba, sintiéndome más vulnerable que en toda mi vida, en aquella camilla. A pesar de todo, me quedé quieto y no me quejé, cosa rara en mí. Un logro digno de mención.
—Claro que se puede. Ayúdame a quitarle las ropas, mis dedos ya no son lo que eran.
Anamkha se aproximó para quitarme el brazal. Fui a ayudarla, pero ese hombre me puso una mano el pecho, pidiéndome que no me moviera.
—Eh… —Carraspeé—. Puedo desvestirme solo.
—Si te mueves ahora, perturbarás la energía de las runas. No es la primera vez que la Maes Ir y yo desnudamos a alguien juntos en esta consulta, ¿verdad que no?
Ella negó con la cabeza, como si nada.
—Quítale todo, de cintura para arriba —indicó él después—. Cuando termine con la parte superior, le quitaremos lo demás.
Tomé aire profundamente y me dejé hacer.
Anamkha me quitó los brazales, la capa y todo lo demás salvo los pantalones y las botas.
Cuando sentí el tacto de las yemas de sus dedos, unas cosquillas me revolotearon por el vientre y el corazón me latió más aprisa que antes.
Parada a mi lado, con mi camisa en las manos, me miró con una expresión de dolor en el rostro.
—¿Quién te ha hecho esto, Málakor? —musitó, al ver las cicatrices y quemaduras. Algunas de ellas de la tortura impuesta por Derian y Azskar, en el faro de Ardacia.
—Demasiada gente como para mencionarlos a todos —respondí.
Los ojos se le fueron a parar a la que tenía en el costado, fruto de la paliza que me dio Roan cuando cometí el error de llamarlo «padre» por primera vez.
—Los mataría con mis propias manos —masculló.
—Algunos ya están muertos, si te sirve de consuelo.
—No me sirve. —Me dio la espalda de golpe, para ir a dejar la blusa sobre una silla.
El anciano soltó un suspiro.
—Le duele verte así. Eres más importante para ella de lo que ella misma esperaba.