CAPÍTULO 43 #2
Caminé hacia allí con ella, rumiando cómo hablarle de algo tan delicado y largo de contar.
Al final, lo hice de un modo natural, en tanto que recorríamos algún que otro pasillo, que cruzábamos ya la salida del palacio y entrábamos en la ciudad, con cuidado de que cierta información delicada no cayese en oídos ajenos.
—Así que eres el heredero perdido al trono del reino más grande de Luara… —dijo mirándome con sorpresa—. ¿No te era suficiente con ser hijo de una diosa?
—Claro que no. Me aburría y dije: siento que mis responsabilidades y cargas por ser eso son pocas, vamos a añadirle un poco más de salsa a esto. De drama. De tensión. De problemas. ¿Por qué no? —respondí entre la risa y la amarga aceptación—. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Anamkha rio.
—Deja de reírte de mí, anda —pedí con gesto inocente—, y dime qué harías en mi lugar.
—No quieres reinar, ni estás preparado para ello, por lo que me has contado y por lo que salta a la vista.
No iba a ofenderme por eso último. Ni había sido dicho con mala intención ni estaba falto de razón.
—Exactamente.
—Pero si no te postulas, el reino entrará en una guerra civil que se cobrará cientos de vidas. De inocentes también.
—Lo sé. —Tragué saliva con esfuerzo y llevé la vista al cielo.
El azul se coronaba sobre los tejados de aquella calle estrecha, llena de balconcitos repletos de macetas con flores. En el aire flotaba el olor de las flores, y, en algunas ventanas, vi velas encendidas. Tal vez la señal de que alguien querido en ese hogar estaba fuera.
—¿Qué hago, Anamkha?
—¿Quieres que te dé la respuesta diplomática y fácil, o quieres otra menos sencilla y rápida pero efectiva?
—Dámelas todas, quizá alguna me sirva.
—Bien, va la diplomática, con la que se suelen solucionar esta clase de conflictos: Cásate con ella.
Puse cara horrorizada a la par que me paraba de golpe.
—Élinor tiene catorce años. Casi quince a estas alturas.
—Eso no lo has dicho —respondió ceñuda, parándose también—. No obstante, ella no se quedará para siempre en esa edad. Cumplirá años y será adulta.
—Y yo podría ser su padre, más que su padre, su tatarabuelo. De hecho, lo soy. Soy antepasado suyo. ¡Le llevo más de doscientos años! —respondí enervado—. Aunque no recuerde cómo he vivido esas dos centenas, la verdad es la que es.
Se rascó bajo la oreja mientras carraspeaba.
—Creo que esto es lo que llamamos un choque cultural.
En Hérenthor, dado que existen los elfos, a veces se dan uniones con gran diferencia de edad.
Mi primer amor… —Las mejillas se le tiñeron del calor de los recuerdos—.
A ratos hasta olvido cuántos años tenía él cuando lo conocí.
Creo que, al menos, trescientos más que yo.
No me había parado a pensar en la cuestión de la diferencia de edad entre elfos y humanos. Ni en cuántos tendría la madre de Xelirian en comparación con mi hermano, aun siendo que él era también un ser de cientos de años.
—Las personas están en diferentes puntos vitales y de madurez cuando los separan edades tan grandes —dije—. ¿Cómo demonios te entendías con él?
Ella rio por lo bajo.
—Anamkha… —resoplé, adivinando sus pensamientos.
—La verdad es que me sentía la mayoría del tiempo como si no supiera nada de la vida.
A veces eso era bueno, porque aprendí muchas cosas de él.
Otras, complicaba nuestra relación. Pero lo amaba, y aunque eso bastaba a veces, es cierto que él veía la vida de otra manera, más calmada, y yo estaba en esos años en los que no siempre se piensa con la cabeza.
—¿Eso de no pensar con la cabeza se pasa alguna vez? —dije medio riéndome, y ella secundó mi gesto.
—¿Podemos seguir hablando de esto mientras caminamos?
Asentí, y retomamos el paso. Torcimos una esquina y desembocamos en una calle algo más ancha.
Coronaba la entrada un arco en el que había algo escrito en varias lenguas.
Pude leer que se trataba del barrio de los sanadores.
Corrió una ráfaga de aire, moviendo el olor a hierbas medicinales que salía de las casas.
Tras sortear a un grupo de personas que se habían quedado paradas en mitad de la calle, chismorreando sobre los cotilleos vecinales, pregunté:
—¿Y salvando ese detalle de los elfos? Entre humanos.
—También es común el matrimonio de personas de distinta edad, siempre y cuando se haya cumplido la mayoría. Dieciséis años en Sigmarina.
—¿Y casan a gente de dieciséis años con gente de… treinta y muchos?
—A menudo. A veces hasta son felices. —Se encogió de hombros—. Todo lo feliz que se puede ser en un matrimonio.
—Desprendo amargura de tus palabras, Maes Ir.
—No es amargura, es alergia al compromiso. Tú tienes alergia a las flores de tela y al aire; yo, a casarme.
Aquello me hizo reír con ganas.
—Sea como fuere, no me casaré con Elinor, sería como hacerlo con mi hermana pequeña —dije después, en un tono adecuado al asunto—.
Ni ella podría casarse conmigo tampoco ni consentiría que nadie la obligase a hacerlo.
Se merece un hombre que la quiera, no como podría quererla yo.
Eso sin contar que está prometida al principito de otro reino, aunque sea más tonto que un zapato.
Iba a armarse una tremenda si se rompiese ese compromiso.
Los comprometieron, precisamente, para evitar una guerra entre ambos reinos.
—A veces, es más fácil solucionar un conflicto entre reinos vecinos que tensiones en el propio. Así, que si no quieres casarte con ella, habrá guerra. Tendrás que prepararte para luchar en ella y ver morir a gente inocente. ¿Estás preparado para eso?
—No, la verdad es que no.
—Entonces tendrás, irremediablemente, que prepararte.
Llené los pulmones de aire, sintiéndome atrapado en aquella cuestión.
—¿Es esta la opción menos rápida de la que hablabas? —le dije.
—No, hay otra: Enseña a Élinor a luchar. Enséñala a comandar un ejército que haga caer a quienes osen interponerse entre ella y su trono. Haz que los aplaste sin compasión —soltó con arrojo, y luego, como si nada, se detuvo frente a una puerta y dijo—: Ya hemos llegado.
Impresionado por sus palabras, sacudí la cabeza, pues debía centrarme en otras cosas, al tiempo en que ella tocaba la aldaba.
Tenía forma de mortero, como ese que había visto en el laboratorio de alquimia de Azkena.
Al punto nos abrió una muchacha vestida enteramente de blanco, con una cofia que tenía dos picos planos en los laterales.
—Maes Ir —saludó alegre al verla, y añadió algo más que no entendí.
Anamkha la saludó de igual modo. La muchacha, tras sonreírme amablemente, nos guio al interior. Pasado un zaguán, carente de decoración, había una puerta. Cuando la abrió, me pareció ver otro mundo.