Málakor 4 CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

De Felipe el dragón y un dilema

La pelirroja, de pie junto a la ventana de mis aposentos, me miró entrecerrando los ojos.

Su figura se recortaba en el pedazo de cielo, tan azul como el día anterior, que se veía desde allí.

La brisa que entraba por la hoja abierta traía el aroma del mar, del humo de los hogares y del incienso de los templos cercanos.

Le movía las hebras del cabello, que ese día llevaba recogido en una trenza.

—¿Cómo va a un dragón a llamarse Felipe?

—Te lo juro, Anamkha. Así se llama.

—Estás de broma —dijo.

—Sé que no es un nombre muy dracónico —respondí, tendido en la cama—, hasta el guaperas de Alastus me lo dijo.

—¿Llamas guaperas al príncipe de Irasis? —dijo con un atisbo de risa en la voz.

—Sí, es lo que es, ¿no? Como tu hermano. Otro guaperas.

—Mi hermano siempre ha sido lo que muchos consideran guapo, aunque las preocupaciones de su puesto están envejeciéndolo antes de lo previsto.

Me estiré, cómodamente y puse las manos tras la nuca.

Había dormido más de un día, me sentía bien a pesar de que aún tenía cierto entumecimiento en los brazos, una punzada constante en la zona magullada del antebrazo y escozor en los lugares en los que la amantir había dejado sus espinas.

Quizá mi mejoría venía dada por la sopa de ruibarbo, muy rica a pesar de ser de plantas, y el plato de panceta, salchichas, patatas asadas y huevos fritos que me había comido hacía cosa de media hora.

Tenían nombres distintos en Sigmarina, estaban aderezados también de manera diferente, pero sabían igual de bien.

—Bueno, ¿y qué te parece la canción?

—Es divertida, pero cantas fatal. Es imposible que ese sea el ritmo.

—Nunca dije que fuera un maldito cantamañanas —bufé—, solo quería enseñártela para que se la cantes a Zofi, así la animarás.

—Seguro que le gustará, ya le daré un ritmo que no suene como un puñado de ardillas contagiadas de rabia.

—Qué exagerada eres…

—No tienes oído —dijo entre risas.

Resoplé, moviéndome el flequillo al hacerlo.

—¿Cómo están la niña y el resto de supervivientes? —pregunté después.

—En buenas manos. A ella la he dejado dormida. Me han dicho que ha tenido muchas pesadillas. No tardará tanto en recuperarse de las heridas físicas como de las mentales. Esas, me temo, se le quedarán quizá para siempre.

—Sí… —musité—, de eso creo que tú y yo sabemos un poco.

Anamkha me dirigió una sonrisa comprensiva, a la que correspondí.

—¿Qué pasará con ella después? —pregunté.

—Le buscaremos un hogar adoptivo. Aunque quizá mi hermano decida criarla aquí, con el resto de niños que sirven en palacio y que también son huérfanos —me explicó—.

Tras la guerra, la Corona y los clérigos de Thaliz fundaron un hospicio para niños desamparados.

Está a las espaldas de la catedral. Muchos de ellos crecen en él, otros lo hacen aquí.

Son chiquillos que han sufrido, como es normal, pero están dispuestos a seguir adelante.

Reciben clase por las mañanas, tienen unas horas libres y luego se emplean en tareas del palacio o en oficios por la ciudad.

—Anamkha miró Sigmarina brevemente por encima de su hombro—.

Venga, levántate. Tenemos cosas que hacer.

Es casi mediodía, ya has ganduleado bastante.

—Gandulear no es una cosa que tenga límite, pelirroja, aunque no sea algo que haga habitualmente. Y tiene pinta de que tú tampoco.

Ella rio mientras asentía. Salí de la cama y me estiré. Al hacerlo, noté un tirón en el antebrazo izquierdo y apreté los dientes.

—¿Qué te pasó en ese brazo que te quejaste tanto cuando la amantir lo agarró? Noté que iba más allá del daño que la criatura pudo hacerte.

—El maestro de los asesinos me hirió hace años, y desde entonces no ha dejado de doler.

La mayoría de las veces me es dificultoso emplear ambas manos para luchar.

Aunque esta cicatriz es como un… —busqué las palabras, con gesto pensativo—, como una de esas campanillas de la puerta de la librería, me avisa si hay asesinos cerca.

—¿Te parecería bien que te llevase a un experto para que la mirase?

—¿Tu hijo?

—No, alguien especializado en viejas heridas de guerra.

Me encogí de hombros.

—Si eso me ayuda en algo, no me negaré.

—Muy bien.

Fui hacia la puerta, con ella a la zaga. En mi camino, miré de reojo a un cuadro, porque vi meterse bajo él a Arapirey y Aralda. Cuchicheaban sobre lo mucho que les gustaba aquella habitación y los muchos lugares buenos para esconderse.

—Y los mosquitos son deliciosos… —dijo Aralda.

El otro cantó una canción sobre ellos, que no terminé de escuchar.

Me alegré de que estuvieran felices, porque nuestra estancia allí iba para rato.

En el pasillo había mucho movimiento de doncellas y guardias, que nos saludaron respetuosamente y con una mirada curiosa puesta en mí.

En tanto que iniciábamos el descenso por las escalinatas, amplias, con balaustradas de mármol y una alfombra que se tendía sobre la parte central de los peldaños, le pregunté a Anamkha:

—¿Por qué nadie se dio cuenta de lo que pasaba con Zofi?

¿Por qué los vecinos no la ayudaron? —Perdí la mirada en uno de los grandes cuadros que adornaban los descansos de las escalinatas.

Retrataba una escena del castillo de Sigmarina cubierto de nieve—.

Sus padres llevaban tiempo ya desaparecidos.

—He estado preguntando por eso mismo. Me han dicho que desde que tuvieron noticias de ello, de boca de los vecinos, han estado buscándola.

Es una niña querida en el barrio, vivía donde Cerennis, él mismo la conoce.

Así que le he preguntado a ella por qué anduvo por la ciudad, en vez de pedir ayuda a sus padres.

Me ha dicho… —Anamkha se aclaró la garganta, y me pareció que tragaba algo delicado.

—¿Qué?

—Que pidió ayuda a un vecino suyo y quiso llevársela con él.

—¿Llevársela con él? —Hasta el último vello de la nuca se me erizó. Había oído hablar de aquel horror de horrores, y pocas cosas me provocaban tanta aversión—. No estarás diciendo…

—No, no es eso —se apresuró a añadir aprisa, poniendo la mano en mi antebrazo para calmarme—.

Quería llevársela a una mina que tiene en el sur.

Sabemos que obliga a los niños a trabajar a marchas forzadas.

Por eso no quería regresar a su barrio: tenía miedo de él.

Dice que se ha llevado a otros chiquillos.

—¿Y por qué tu hermano no hace nada? —dije crispado.

—No están en Sigmarina, escapan a su control.

—Pero sí son ciudadanos de este reino.

—Lo sé, por eso ha tratado de mediar con los gobernantes de Luzen, donde están las minas; sin embargo, no están dispuestos a escuchar.

Aunque se cuentan muchas cosas sobre él, después de todo, es un ciudadano modélico, nada hallamos para apretarle las tuercas.

Y, en Sigmarina, las leyes garantizan la protección de los ciudadanos.

Tienen derechos que no se pueden vulnerar.

Cruzamos otro descansillo entre escalones, y un tramo más a continuación. El sonido de nuestros pasos se mezcló con el de las armaduras de un grupo de guardias que iban en sentido ascendente. Nos dedicaron un breve saludo con un gesto y siguieron su camino.

—Vale, no le vulneraremos los derechos, pero ¿y qué tal el cuello? Los cuellos son altamente vulnerables.

—Málakor… —dijo, entre el regaño y la risa—. No podemos hacer eso, por más ganas que nos den. Somos la familia real de Sigmarina, si se supiera que vamos extorsionando a los ciudadanos, imagínate.

—No soy de la familia real de Sigmarina. —Levanté ambas manos—. Nadie sabrá que tienes nada que ver. Ni siquiera sabrán que soy yo.

Anamkha se paró en seco.

—No estás hablando en serio.

—En serio, no: muy en serio. Solo dime dónde vive, le haré una visita.

—No pienso hacer nada parecido.

Sacudió la cabeza y retomó el paso. A su ritmo de ciervo huyendo de algún depredador, claro. Tuve que correr para ponerme a su altura.

—Si no me lo dices, lo averiguaré. Tengo una batalla personal con los criminales que atentan contra la infancia, y ese tipejo es uno de ellos.

Déjame hacer algo, aunque sea mínimo. No le separaré la cabeza del torso, te lo prometo —solté, al cabo de otro tramo de escalones.

No sabía cuántos llevábamos ya, pero se me estaba haciendo interminable—.

Me he pasado media vida haciendo algo parecido.

Cuando tenía que matar a alguien por orden del gremio, digamos que buscaba otras salidas, casi siempre con las pertinentes amenazas, claro.

La mayoría de la gente solo reacciona si ve su vida en peligro.

—¿Por qué es tan importante? —Me miró de reojo.

—Porque destruyeron mi infancia, y no quiero que nadie pase por eso. ¿La tuya fue feliz?

—La más feliz del mundo —respondió con voz nostálgica.

—Pues así debería de ser para todos. Si no somos felices entonces, cuando las cosas son sencillas, no lo seremos jamás —declaré con aplomo—. Si quieres también podemos ir a Luzen y partirles a todos la cara.

—Una buena idea, si es que queremos desatar una guerra entre ambas naciones —respondió con gesto cansado—. Ya hemos tenido bastante con eso.

Otra vez la guerra. No pude evitar pensar en ese asunto de un conflicto civil en Ardacia por culpa de la cuestión de Élinor y el trono.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Todas las que quieras, otra cosa es que pueda contestarlas.

—Creo que esta sí podrás. —Suspiré, acordándome de las que no—. Si dependiera de ti evitar una guerra civil, pero pensases a la par que no es justo que te entrometas y que quienes quieren desatarla están equivocados, ¿qué harías?

Llegamos al fin a la planta baja, a juzgar por el paisaje de jardines que reconocí, y que podía verse a través del ventanal que dominaba una de las paredes de un zaguán.

—Necesito un poco más de contexto. —Puso la mano en mi espalda, suavemente, para indicarme que debíamos tomar el pasillo que comenzaba tras un gran arco.