Málakor 4 CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Del chico de la sonrisa bonita y de ser buenos amigos

No sé cuánto tiempo después aparecieron unos guardias y aldeanos.

Dijeron que la Maes Ir los había enviado.

Dado que no estaba con ellos, supuse que había continuado el camino en busca de un médico.

La cara que se les quedó cuando vieron aquello, no se me olvidará jamás.

Algunos vomitaron, sumando hedor al hedor.

Solo uno salió corriendo de allí para tener, al menos, la deferencia de vomitar fuera.

No pude darle las gracias, porque la boca la tenía pastosa y casi no podía hablar.

Me cargaron entre varios y me subieron a una carreta que aguardaba a las puertas de la casona.

Quedé tendido, con la espalda apoyada en unos sacos que, a juzgar por cómo olían, llevaban harina o algo parecido.

Si ya todo me daba vueltas, cuando el cochero inició la marcha, fue como montar borracho en un dragón.

Pensé que las arañas se habían quedado allí, hasta que las sentí moverse por mi cuello.

Aralda se puso en la punta de mi nariz, me dijo que me pondría bien y luego se escondió en algún lado.

Me pregunté cuánto vivían las arañas, pues empezaba a cogerles cariño.

Aunque tampoco podían seguir viviendo para siempre entre mis ropas, algún día las aplastaría sin querer.

Tenía que buscarles un hogar. Quizá, allí en Sigmarina, junto al mar, serían felices.

Reproduciéndose, comiendo mosquitos y tejiendo sus telas.

Sumido en el traqueteo del camino y los efectos del veneno, mi mente divagó en esos asuntos, como si no tuviera cosas más relevantes en las que pensar.

No fue hasta que sentí un golpe seco a mi lado que salí de mi ensimismamiento.

—Hola, Málakor —dijo Altaxio cuando lo miré. Estaba de cuclillas, junto a uno de los sacos. Debía de haber saltado al carro en movimiento, porque, desde luego, no se había detenido—. ¿Crees que puedes beberte esto?

Me mostró un vial en el que se mecía, al ritmo del carro, un líquido tan verde como la sangre de esa cosa.

Encogí un hombro. O eso pensé yo. Igual ni me moví.

Logré cabecear, y él me ayudó a beber. Suerte de la corteza, o me habría ahogado.

Luego revisó mis heridas, empezando por el chichón de la cabeza, que debía de ser considerable a juzgar por la cara que puso.

—Te baja la hemorragia hasta el ojo. —Me dio toquecitos con un algodón impregnado en una sustancia que olía a bosque—. Y tendrás unos cuantos cardenales por un tiempo.

Me pregunté por qué no usaba su don. Quizá sucedía como con Esmeralda: requería de una energía que debía de ser usada inteligentemente, no con heridas menores, pensé.

—No sé por qué tienes seda de araña donde los aguijonazos, pero ha sido una gran idea. No obstante, tengo remedios mejores. Voy a quitarte la camisa, ¿de acuerdo?

Asentí como pude. Altaxio me manejó hábilmente, a pesar de mi tamaño y de que mi peso era casi muerto.

Se notaba que había hecho eso cien veces.

Mientras me curaba, el carro dio un bandazo y uno de los sacos cayó a mi lado.

Un hilo de harina se derramó por un agujerito.

Escribí sobre ella el nombre de Zofi y señalé allí para que lo viera.

—Se pondrá bien, no te preocupes. Desgraciadamente, por su padre no ha podido hacerse nada —dijo con pesar—. Que Thaliz lo guarde.

Me dolió el alma al pensarlo.

—No te preocupes por Zofi, cuidaremos de ella en palacio —anotó después.

Le di las gracias con la mirada. El cabello le brillaba rojísimo bajo el sol de la mañana, lo que me hizo sonreír, pues me recordó al de su madre.

Iba a preguntarle por ella; sin embargo, la vi montada en Epona, al lado del carro.

Me sonrió, con la mirada clavada en la mía, un gesto dulce en ella.

Estiré un poco la comisura del labio, admirando también el rojo de sus cabellos. Eran tan hermosos y ella era tan…

Tan ella. Ni más ni menos. Como todas las personas de este mundo, única e incomparable.

Irremplazable también. Nunca existiría otra como ella.

Ni nadie como yo. Ni nadie como el resto de los nadies del mundo.

Me alegré de haberla conocido, una vez más.

Igual que me alegraba de haber conocido a todas esas personas que hacían que mi vida tuviera más sentido.

—¿Cómo estás? —me preguntó la pelirroja.

Asentí, y la señalé a duras penas.

—Estoy bien, no te preocupes —respondió ella.

—Sí, ya le he echado un vistazo —dijo su hijo—. Solo se ha hecho un poco de daño al caer al suelo. Nada que una buena friega con sales no pueda arreglar.

En silencio, di gracias a los dioses por ello.

Aunque habíamos formado un buen equipo, había sido consciente de las muchas cosas que aún me quedaban por aprender, de las tantas que podría aprender de ella.

Me preguntaba a mí mismo si podría llegar a enseñarle algo que pudiera serle útil, cuando la voz de Altaxio me sacó de mis pensamientos.

—Me gusta cómo miras a mi madre —dijo.

«¿Cómo?», quise preguntarle. Así que lo escribí en la harina.

—Con admiración y respeto.

Su sonrisa llenó el espacio de tanta luz y sinceridad como desprendía. Era de las más bonitas que había visto nunca, y me hacía sentir en paz.

—Creo que esas dos cosas son imprescindibles para forjar una gran amistad —anotó después—. Seréis buenos amigos, más allá de todo ese asunto del destino.

Logré asentir. El chico me escudriñó por unos instantes. Luego, a su madre. Habría pagado una fortuna por saber qué estaba pensando. Alguien la llamó desde la lejanía y le dijo algo en sigmari. La pelirroja, al punto, fue a atenderlo. Le dediqué un gesto interrogante a su hijo, que él captó.

—Uno de los guardias ha encontrado rastros de elfos oscuros en la linde del camino —indicó.

«¿Están cerca?», escribí en la harina.

Miró hacia la lejanía, probablemente pendiente de la conversación de su madre y el guardia, de quienes se oían los murmullos, y luego negó con la cabeza.

—No, pero lo han estado. Siempre lo están —dijo con fastidio—. Habéis tenido suerte de no encontrároslos. O ellos, quizá, porque mi madre no deja uno sin cabeza.

Eso no lo ponía en duda; sin embargo, al pensar en los momentos de soledad en la balsadera, en cómo había estado expuesto a algún ataque, me sentí aliviado de no haberlos visto por allí.

Tras vestirme el torso, me preguntó si me dolían las piernas.

Notaba como si tuviera una decena de arañas, cuyas patas estuvieran hechas de alfileres, andando por ellas, así que asentí.

Altaxio sacó unas tijeras de un saquito y abrió un hueco en los pantalones desde los tobillos hasta los muslos.

Se abrieron como hojas de un puerro. Por los dioses, qué hambre tenía…

Aplicó en la piel una plasta fría y reconfortante. Escribí un gracias en la harina.

—Pronto podrás hablar, los antídotos de los qatary son muy efectivos.

Recorren la sangre como si fueran golondrinas practicando esos giros asombrosos en los que parece que corten el aire en dos —dijo entusiasmado—.

Cuando llegues a Sigmarina, come bien, aséate y vete a dormir.

Sospecho que habéis tomado cierta cosa ilegal para seguir tan frescos, pero pronto dejará de hacer efecto y necesitaréis reposo, ¿de acuerdo?

«Sí», dibujé en la harina, guardándome excusa alguna pues, ni podía darla ni tampoco a Altaxio parecía hacerle falta. Estaría acostumbrado a esa faceta de su madre de hacer lo que le venía en gana.

—Tengo que ayudar a mis compañeros —anunció—. Si te encuentras mal, avísame.

Le hice un gesto para comunicarle que lo haría. Él llamó a su madre y levantó la mano. Cuando ella aproximó la yegua, de un salto, con el carro en movimiento, se subió a lomos de Epona, tras su madre. Ella hizo girar a la yegua, me lanzó un guiño y tomó el camino en sentido contrario.

Con una sonrisa tranquila, eché la cabeza hacia atrás.

Clavé la mirada en el cielo, azul y límpido.

Era un bonito día para estar vivo. Me llevé la mano al bolsillo y saqué la pluma.

La alcé ante mí. Aún llena de sangre y estropeada, seguía siendo mi pasaje de vuelta a casa.

El movimiento del carro hizo que la pluma tapara el sol.

Una vieja conversación con Anamkha me llegó a la mente.

En aquel jardín de la ciudad de los dragones, bajo un cielo de estrellas mágicas y una constelación que era una salchicha.

« —No se puede cubrir la luna con un pañuelo ni tapar las estrellas con una uva.

—¿Y qué quiere decir?

—Que no puedes ocultar algo de gran importancia con cosas pequeñas».

Aquella pluma era una cosa pequeña comparada con el sol, pero, para mí, tenía una importancia infinita.

Aunque eso no quitaba que el refrán de los elfos tuviera razón.

Guardé la pluma y cerré los ojos. Me dejé mecer por el traqueteo y el calor del sol.

Para cuando llegamos a Sigmarina, me había echado una siesta que ni las de Felipe el Dragón cuando pensaba en su dieta.

«Tengo que enseñarle esa canción a Anamkha», pensé.